viernes, 15 de marzo de 2019

Siria: ni olvido, ni perdón


El horizonte comienza a despejarse en Siria. Después de ocho años de devastadora guerra y cruentos combates parece claro que Bashar Al Asad ha logrado superar con éxito su particular travesía del desierto e imponerse a sus rivales. Aunque por el momento sólo controla dos terceras partes del territorio, tan sólo es una cuestión de tiempo que se haga con resto del país. Esta victoria no hubiera sido posible sin la determinante ayuda de Rusia e Irán, sus dos aliados estratégicos que ahora reclaman su parte del botín. En los últimos meses ambos países se han repartido, no siempre de manera amistosa, la explotación futura de los campos de petróleo y gas, las minas de fosfatos y las licencias de telefonía móvil, para intentar recuperar, al menos, una parte del dinero invertido en mantener a flote a Al Asad.

La heterogénea oposición es consciente de que la hora de su derrota definitiva se aproxima. Desde la pérdida de Alepo en otoño de 2015 no ha dejado de perder posiciones. Hoy en día, los diferentes grupos rebeldes se encuentran atrincherados en la provincia de Idlib, donde esperan el asalto final del régimen sirio. Un precario alto el fuego, que en las últimas semanas ha sido violado de manera sistemática, protege este último bastión controlado por el antiguo Frente Al Nusra. Su caída provocaría un nuevo éxodo masivo, ya que Idlib acoge a decenas de miles de desplazados internos huidos de los últimos bastiones rebeldes tras su captura por el régimen. Turquía, que ya acoge a tres millones de refugiados sirios, es el menos interesado en una nueva crisis humanitaria en la zona, de ahí sus intentos por evitar la ofensiva final que, por el momento, ha sido congelada por Rusia.
 Vista general de los edificios dañados en Ghouta (Siria). REUTERS / Omar Sanadiki
Las malas noticias nunca llegan solas. A la pérdida de territorio ha de sumarse el progresivo abandono del que han sido objeto los grupos rebeldes por parte de sus antiguos patrocinadores. Los países del Golfo, que antaño les regaron con sus petrodólares, han interrumpido su financiación de manera abrupta y, lo que es peor, han empezado a allanar el terreno para normalizar sus relaciones con el régimen sirio. Emiratos Árabes Unidos y Bahréin ya han reabierto sus embajadas en Damasco y, tarde o temprano, Arabia Saudí hará lo propio. Unos y otros parecen haber arrojado la toalla y ahora buscan coartadas para rehabilitar a Al Asad. Una de las más repetidas en las capitales del Golfo en los últimos meses es que este paso ayudaría a contener el avance regional de Irán, su principal enemigo, algo difícil de creer si tenemos en cuenta la estrecha relación entre Damasco y Teherán desde la década de los ochenta.