lunes, 27 de enero de 2014

Nada que esperar de Ginebra II

Este fin de semana publiqué en el blog de la Fundación Alternativas en El País este breve artículo sobre las conversaciones entre el régimen y la oposición sirias que se celebran en Suiza: "Ginebra II: esperando nada".
Han tenido que transcurrir tres años para que el régimen y la oposición se sienten a la mesa de negociaciones para hablar juntos del futuro de Siria. Demasiado tiempo si tenemos en cuenta el nivel de destrucción alcanzado y la magnitud de la catástrofe humanitaria: 130.000 muertos, 2.400.000 refugiados y 6.500.000 desplazados internos.

El acuerdo de mínimos alcanzado entre EEUU y Rusia para convocar Ginebra II teóricamente obliga a las partes a aceptar el marco de negociación establecido en Ginebra I. Es decir: que se comprometan a una transición política en el curso de la cual se establecerá una autoridad transitoria con plenos poderes ejecutivos para gobernar el país hasta que se celebren unas elecciones legislativas y presidenciales libres y plurales. Sus integrantes deberían ser consesuados por las partes. Por lo tanto tanto el régimen como la oposición disponen de capacidad de veto. Se da por entendido que todas aquellas personas que tengan las manos manchadas de sangre no podrán ser parte de dicho gobierno interino.
¿Cuál será entonces el futuro de Bashar El Asad? Ante la falta de acuerdo, la Casa Blanca y el Kremlin apostaron en 2012 por la ambigüedad constructiva confiando en que el tiempo se encargase por sí mismo de despejar las incógnitas que se cernían en el horizonte. Pero contra todo pronóstico, el régimen ha sido capaz de mantener su cohesión y recuperar parte del terreno perdido más por los errores de sus rivales que por sus propios aciertos. Además de explotar a pleno rendimiento su maquinaria de aniquilación y muerte que ha devastado buena parte del país, también ha contado con la inestimable ayuda de tres aliados estratégicos. Rusia, Irán y Hezbolá le han mostrado un inquebrantable apoyo que ha sido indispensable para que el régimen pudiera sobrevivir en condiciones sumamente adversas. No debe extrañarnos, por lo tanto, que El Asad se sienta reforzado y que la delegación oficial siria desafie a la oposición acusándola de “traición” en la apertura de la conferencia.
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Por el contrario, la oposición ha tenido mucha menos suerte en sus respaldos. Sus desesperadas llamadas a la comunidad internacional para que se involucrara activamente y evitase una carnicería cayeron en saco roto. No se fijaron zonas de exclusión aérea ni corredores humanitarios, tal y como demandaban. Ni tan siquiera se aprobó un embargo armamentístico contra el régimen, que no ha dejado de masacrar a los rebeldes y a la población civil aprovechándose de su notable superioridad.
La oposición también ha acusado la falta de respaldo militar por parte de sus supuestos aliados, lo que le ha llevado a arrojarse a los brazos de países como Arabia Saudí o Catar, que financian genorasamente a las diferentes milicias que combaten sobre el terreno. Esta contribución no es, obviamente, desinteresada y ha pasado una elevada factura a la oposición. Los activistas que se movilizaron pacíficamente contra El Asad en los primeros compases de la revuelta han sido desplazados y ahora son los combatientes del Ejército Sirio Libre y el Frente Islámico los que combaten a las tropas asadistas. La penetración de yihadistas internacionales ha fortalecido al Frente de Al Nusra y al Estado Islámico de Irak y Siria, satélites de Al Qaeda, que libran su propia guerra sectaria contra el ‘apóstata’ régimen alauí.
Es en este alambicado escenario en el que tiene lugar Ginebra II, una conferencia que parece condenada al fracaso ante las abismales diferencias que separan al régimen y la oposición sirias. Mientras el primero considera que la prioridad debería ser combatir al terrorismo, los segundos tienen como meta trazar la hoja de ruta de la Siria post-Asad. El presidente sirio ha dejado claro, por activa y por pasiva, que no está dispuesto a abandonar el poder. Además considera que, dada la división de la oposición y su falta de respaldos internacionales, el tiempo juega en su favor. Si ha acudido a Ginebra II no ha sido para negociar su salida, sino para dejar claro que continuará resistiendo de manera numantina aunque su obstinación reduzca a cenizas al país.
Ante esta manifiesta falta de voluntad política debería fijarse una agenda más modesta basada en acuerdos concretos sobre puntos en los que existe cierta voluntad de consenso. El régimen y la oposición deberían centrarse en aliviar la catástrofe humanitaria en la que se haya inmersa Siria. Para ello sería conveniente que se alcanzaran acuerdos de alto el fuego en los frentes de combate y se permitiera la apertura de corredores humanitarios por los cuales se evacuase a los heridos y se introdujeran productos de primera necesidad y material médico. Un acuerdo de mínimos en torno a estas cuestiones además permitiría afianzar canales de diálogo entre las partes, punto indispensable para reconstruir puentes y sentar las bases de una posible, y todavía lejana, solución negociada.

jueves, 23 de enero de 2014

Egipto: una transición frustrada

Esta tarde estaré hablando en el Palacio de la Madraza de Granada sobre la situación en Egipto tres años después de la Revolución del 25 de Enero de 2011 que derrocó a Hosni Mubarak.
 

miércoles, 22 de enero de 2014

Sobre Ginebra II

Ricard González, colaborador de El País, me entrevistó el pasado fin de semana para el diario chileno La Tercera para hablar sobre la Conferencia de Ginebra II. Aquí mis telegráficas respuestas. También incluyo la entrevista que me hizo el Canal 24 Horas de TVE sobre el tema.
 
Parece claro que la conferencia está condenada al fracaso, dado que ni el régimen ni la oposición están comprometidos con la vía trazada en Ginebra I: formación de una autoridad interina y elecciones legislativas y presidencial. El régimen se encuentra reforzado tras sus últimas ofensivas y Bashar al-Asad ha advertido que no contempla abandonar la presidencia.
 
La oposición está cada vez más dividida, como prueba que sólo 58 de los 120 miembros de la Coalición Nacional Siria aprobaran tomar parte en la conferencia y eso tras una intensa presión por parte de EEUU, Francia, Arabia Saudí, Qatar y Turquía. Lo peor de todo es que los grupos armados del interior -incluido el Ejército Sirio Libre- ya han anunciado que no se sienten comprometidos con las decisiones que puedan adoptarse. Por lo demás, los combates entre el Frente Islámico y los grupos afines a al-Qaeda (Frente al-Nusra y el Estado Islámico de Irak y Siria) cada vez son más encarnizados.
 
Todo ello nos hace pensar que no se dan las mínimas condiciones para que la Conferencia de Ginebra II ponga fin a la cruenta guerra civil siria que ya ha provocado 125.000 muertes, 2.400.000 millones de refugiados y 6.500.000 de desplazados internos.
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A continuación la entrevista:

P ¿Cuáles son las expectativas de éxito de la cumbre de Ginebra II?
R El alcance de cualquier acuerdo de tipo político que pueda abrir el camino a una solución parece imposible. Las principales facciones armadas de la oposición no participarán en la cumbre, y ya han dicho que no se considerarán obligadas por ningún hipotético pacto de alto el fuego. Por su parte, el régimen se siente más fuerte, y no tiene necesidad de ceder. Además, no estarán presentes dos actores claves: Irán y Arabia Saudita. Así, pues, como mucho, se puede llegar a algún acuerdo de tipo humanitario que permita abrir corredores para distribuir asistencia a la población civil, pues millones de personas viven una situación dramática no sólo en los campamentos de refugiados fuera de Siria, sino también dentro.

P ¿Considera que el régimen está ganando la guerra?
R El régimen ha podido realizar avances sobre el terreno gracias a la división, e incluso enfrentamientos violentos, en la oposición. La aparición de grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda capaces de controlar parte del territorio, como Frente Al Nusra y el Isis, ha cambiado la naturaleza del conflicto.

P ¿Y qué efectos tiene esta nueva dinámica?
R Favorece al gobierno, que siempre ha querido difundir la narrativa que el conflicto es contra el terrorismo islamista y no por la democratización del país. Esta situación ha hecho que una parte de la población pase a apoyar al régimen, al creer que es una opción menos mala que los islamistas radicales. De hecho, el régimen centra sus ataques en las bases de los grupos combatientes no islamistas.  Le gustaría hacerlos desaparecer como alternativa, lo que podría llevar a la comunidad internacional a aceptar su continuidad en el poder.

P ¿Cree que EE.UU. lamenta ahora no haber intervenido anteriormente de forma más decidida para forzar la caída de Assad?
R No, porque Estados Unidos no considera que lo que sucede en Siria afecte sus intereses nacionales, como sí pasaba con Libia o Irak gracias a su petróleo. Su verdadero objetivo era contener el conflicto, y que no contagiara a sus países vecinos. Ahora es obvio que no se ha conseguido. Si se hubiera intervenido militarmente al inicio de la guerra se podría haber evitado el baño de sangre. Ahora el escenario más probable es una libanización del conflicto, es decir, una prolongación y la división del país entre una multitud de grupos armados (como sucedió en Líbano entre 1975 y 1990).
 

martes, 21 de enero de 2014

Retorno al autoritarismo en Egipto

Mi reflexión sobre el referéndum constitucional egipcio para el diario vasco El Correo:
El referéndum sobre la nueva Constitución ha mostrado, una vez más, la fractura de la sociedad egipcia. Si bien es cierto que un 98% de los votantes se ha inclinado por el ‘sí’, también lo es que un 61,5% de los censados han preferido abstenerse. La abrumadora mayoría obtenida ha sido interpretada como un claro respaldo al golpe que desalojó a los Hermanos Musulmanes del gobierno el pasado verano y como un voto de confianza a su máximo artífice, el general Abdel Fatah al Sisi, que obtiene así el aval de buena parte de la población egipcia para presentar su candidatura presidencial.
 
Sin embargo, esta victoria a la búlgara del ‘sí’ queda obscurecida por las dificultades que han tenido que afrontar los opositores a la nueva Carta Magna. Los medios de comunicación egipcios han repetido hasta la saciedad que el ‘sí’ generaría estabilidad, mientras que el ‘no’ sería antipatriótico. Egipto Fuerte fue la única formación que hizo campaña por el ‘no’, aunque se vio obligado a replantear su posición después de que decenas de sus simpatizantes fueran detenidos inclinándose finalmente, al igual que los proscritos Hermanos Musulmanes, por el boicot.
 
Si bien es cierto que la nueva Constitución es más garantista que la precedente en lo que a derechos y libertades se refiere, también lo es que Egipto es especialista en redactar constituciones que nunca llegan a respetarse en su integridad. Ahí está, por ejemplo, el partido salafista al-Nur, generosamente financiado por el capital saudí, a pesar de que la Constitución prohíbe expresamente partidos de base religiosa. Además preserva los privilegios de las Fuerzas Armadas, entre ellos el carácter secreto de su presupuesto, la pervivencia de los juicios militares y el control sobre un tercio de la economía egipcia.
 
La mayor crítica que se puede formular al referéndum es que haya optado por el frentismo. En lugar de tratar de resucitar el diálogo nacional, el comité constitucional ha optado por ignorar la opinión de una parte significativa de la población. De los cincuenta integrantes de la comisión tan sólo dos eran islamistas, lo que contrasta con la distribución de fuerzas de la calle egipcia. El gobierno interino tropieza, así, en la misma piedra que sus antecesores islamistas: intentar imponer su voluntad al conjunto de la ciudadanía sin tener en cuenta todas las sensibilidades políticas.
 
No ya sólo se pasa por alto la opinión de los Hermanos Musulmanes, que obtuvieron 216 de sus 508 escaños en las elecciones de 2011 y que ahora son tachados de terroristas, sino que además se acallan los voces de los artífices de la Revolución del 25 de enero que derrocó a Mubarak. La mayor parte de ellos respaldaron el golpe del 3 de julio, pero tras criticar las medidas arbitrarias adoptadas por el nuevo gobieno han sido perseguidos con saña. Las detenciones y encarcelamientos de significativos activistas y blogueros ponen en evidencia el verdadero rostro del régimen y su falta de credenciales democráticas.
Todo lo anterior viene a confirmar que más que ante una segunda ola revolucionaria, como se anunció tras la destitución de Mohamed Morsi, estamos en pleno proceso de restauración del autoritarismo. Como en el pasado, quienes se avengan a respetar las nuevas normas del juego fijadas por los militares serán acogidos fraternalmente bajo su manto protector, pero quienes manifiesten la más mínima crítica serán brutalmente perseguidos. Se retoma, así, la vieja fórmula del ‘con nosotros o contra nosotros’.
 
Una cosa está clara: los resultados del referéndum refuerzan a Abdel Fatah al Sisi, el nuevo hombre fuerte de Egipto, que gusta de presentarse ante la población como el antídoto contra el caos. Todo parece señalar que el próximo paso de Sisi consistirá en anunciar su candidatura a la presidencia. Para ello cuenta con el apoyo del Estado profundo y de amplios sectores de la población, asqueados por la experiencia democrática islamista. Lo que Sisi parece ignorar es que deberá afrontar los mismos problemas que los Hermanos Musulmanes fueron incapaces de resolver: una sociedad profundamente  dividida y una economía en horas bajas.
 
La persecución y crimminalización de los Hermanos Musulmanes es tan sólo un parche que no resuelve la situación. Este movimiento, que durante sus 85 años de historia ha vivido todo tipo de vicisitudes, no desaparecerá de la faz de la tierra porque sus principales dirigentes hayan sido encarcelados ni sus bienes confiscados. Cuenta con un amplio respaldo social, tal y como se puso de manifiesto en las urnas donde el expresidente Morsi obtuvo 13 millones de votos. Si piensa que la represión es el único lenguaje que entiende la cofradía se equivoca, porque ya ha atravesado tragos más amargos en el pasado consiguiendo salir airosa.
 
En lo que respeta a la economía, Egipto soporta una situación extraordinariamente compleja con una deuda exterior que supera el 85% del PIB y una inflación superior al 10%. Además, la subvención de los productos de primera necesidad como el gasóleo, el pan o la electricidad absorbe una cuarta parte del presupuesto nacional, situación del todo insostenible. Si bien es cierto que los 8.000 millones de dólares que han prestado generosamente Arabia Saudí y otras petromonarquías del Golfo han evitado males mayores, parece claro que antes o después deberán acometerse reformas estructurales si se quiere reflotar la economía egipcia, algo que incluso para Sisi podría tener un elevado coste en términos de popularidad.


lunes, 20 de enero de 2014

Documental "La plaza" sobre la revolución egipcia

En Youtube puede verse en versión original en árabe subtitulada en inglés el documental "The Square", que narra la Revolución del 25 de Enero de 2011. Un buen momento para recordar aquellos días históricos cuando se cumplen los tres años de la caída de Hosni Mubarak.


martes, 14 de enero de 2014

Réquiem por los refugiados sirios

Cuando apenas queda una semana para la celebración de la Conferencia de Ginebra II, en la que el régimen y la oposición sirias se verán por primera vez las caras tras casi tres años de conflicto, el diario El País publica hoy mi artículo "Réquiem por los refugiados sirios".

Todos los elementos parecen haberse conjurado contra los refugiados sirios. Oriente Próximo está viviendo el invierno más riguroso que se recuerda desde hace más de un siglo con un temporal que ha azotado Siria y los países vecinos con especial crudeza. Las bajas temperaturas están causando estragos en los precarios campamentos donde se hacinan 2.350.000 personas.
 
El agravamiento de la guerra civil siria ha intensificado la catástrofe humanitaria. Durante el pasado año, una media de 141.000 sirios abandonaron su país cada mes. En total suman 1,7 millones: un 340% más que en 2012. Cada uno arrastra su propia tragedia: bombardeos, extorsiones, torturas, violaciones, desolación y muerte. El ACNUR estima que, de no detenerse pronto esta sangría, a finales de 2014 habrá más de cuatro millones de refugiados.
 
A esta cifra deben sumarse los 6,5 millones de desplazados internos que han abandonado sus hogares huyendo de la violencia y la destrucción de una guerra que ya ha provocado 125.000 muertes. En el interior del país escasean las medicinas, la electricidad, el combustible e, incluso, el agua potable. Los productos básicos de la cesta diaria han cuadruplicado o quintuplicado sus precios, convirtiéndose prácticamente en artículos de lujo para la cada vez más empobrecida población siria.
 
Con un territorio dividido entre las zonas controladas por el régimen y por la heterogénea oposición, la población civil ha quedado desprotegida en tierra de nadie. Las agencias de ayuda humanitaria tienen serias dificultades para acceder a las áreas en las que se libran los combates más encarnizados donde están atrapadas 2,5 millones de personas. La población no sólo es víctima de las brutales ofensivas aéreas del régimen, que trata de recuperar los territorios bajo control del Ejército Sirio Libre o del Frente Islámico, sino que además debe hacer frente a las arbitrarias medidas adoptadas por el Frente al Nusra y el Estado Islámico de Irak y Siria, que han impuesto su peculiar interpretación de la sharía en las zonas donde se han hecho fuertes.
 
Nos encontramos, por lo tanto, ante un punto de no retorno. Las diferentes agencias de la ONU estiman que serán necesarios 4.720 millones de euros tan sólo en este año para tratar de hacer frente a la catástrofe humanitaria. Se trata de la mayor cantidad solicitada en la historia en un único conflicto. Antonio Guterres, Alto Comisario de ACNUR, no ha dudado en calificarla “la crisis más peligrosa para la paz y la seguridad global desde la Segunda Guerra Mundial”.
 
Probablemente lo peor esté por llegar, ya que existen escasas posibilidades de que la situación sobre el terreno mejore en el corto plazo. Como ha advertido recientemente, el Plan de Respuesta de 2014 para Siria elaborado por la Oficina para la Coordinación de Ayuda Humanitaria de la ONU, “sin una perspectiva inmediata de paz a la vista, la combinación del conflicto, el deterioro de las oportunidades económicas y la disminución de los servicios sociales podrían generar mayores niveles de desplazamiento dentro de Siria y la región”.
 
Sin embargo, la capacidad de absorción de Líbano, Jordania, Irak y Turquía, los principales países de acogida, no es ilimitada. Además debe tenerse en cuenta que los tres primeros no han firmado la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 ni tampoco el Protocolo de 1967, por lo que los recién llegados se encuentran en un limbo legal. Sí que han ratificado los Pactos Internacionales de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y de Derechos Civiles y Políticos que les obligan a garantizar el acceso a la salud, la educación, la vivienda y la alimentación, pero necesitan la ayuda de la comunidad internacional para poder brindar dichos servicios.
En Líbano ya hay más de 850.000 refugiados sirios (cerca del 20% de la población). No debe pasarse por alto que sus cuatro millones de habitantes mantienen un delicado equilibrio confesional. La llegada de centenares de miles de sirios, la mayor parte de ellos suníes, es vista con preocupación no sólo por la población cristiana, sino también por la mayoría chií. Es sabido que Hezbolá se ha involucrado activamente en la crisis siria enviando a miles de sus combatientes a luchar en el bando de Bachar el Asad. Los cada vez más frecuentes atentados en Beirut evidencian que esta implicación podría llegar a desestabilizar el país de los cedros.
 
Al contrario que Líbano, cuya legislación prohíbe expresamente la construcción de campamentos de refugiados, Jordania sí que ha autorizado seis campamentos para acoger a 575.000 sirios (casi el 10% de la población). El más grande de ellos, erigido en una zona desértica, es Zaatari, donde malviven 125.000 personas. Uno de los principales problemas es abastecer a la que se ha convertido, en muy poco tiempo, en la cuarta ciudad con más habitantes del país, problema que se agrava debido a la crónica carestía de agua que padece el reino hachemita.
 
Turquía, por su parte, alberga a unos 600.000 refugiados. La mitad de ellos residen en campos gestionados por las propias autoridades turcas, que se han posicionado claramente contra el régimen asadista. Irak acoge a 210.000 refugiados, la mayor parte de ellos kurdos que han huido de las milicias yihadistas que se disputan el control de los pozos de petróleo en el Hasake. En Egipto, por último, hay otros 130.000 refugiados objeto de una creciente presión por parte del gobierno egipcio, que les acusa de simpatizar con el ilegalizado movimiento de los Hermanos Musulmanes.
 
Si bien es cierto que la mayor parte de estos países planteó en un principio una política de puertas abiertas y recibió a los refugiados de manera solidaria, a medida que el problema se ha ido agravando han ido sellando sus fronteras. Ante esta insostenible situación son cada vez más los refugiados que ven en Europa su tabla de salvación. En los últimos tres años, 55.000 sirios han pedido asilo en el continente europeo (la mayor parte en Suecia y Alemania). Si bien debe reconocerse que la UE ha realizado un importante esfuerzo económico para amortiguar la crisis humanitaria aportando una cantidad nada desdeñable (2.000 millones de euros), lo cierto es que ha tratado de circunscribirla al ámbito medioriental para evitar que le afectase de manera directa.
 
Ante las escasas perspectivas de que se alcance un acuerdo entre las partes, la UE se ha comprometido a aceptar a otros 12.350 refugiados, una cantidad claramente insuficiente. El país más generoso han sido Alemania (10.00o refugiados) y los más cicateros Francia y España (500 y 100, respectivamente). Reino Unido, al igual que otros 17 miembros, ni tan siquiera ha ofrecido una sola plaza. Ante esta situación, Amnistía Internacional ha denunciado que “la UE ha hecho una lamentable dejación de su parte de responsabilidad a la hora de proporcionar un lugar seguro a unas personas que lo han perdido todo excepto la vida. Todos los dirigentes europeos sin excepción deben avergonzarse”.
 
Nos encontramos ante una situación límite y la Conferencia de Ginebra II, prevista para el 22 de enero, podría ser la última oportunidad para poner fin a la guerra civil y evitar la desintegración de Siria. Dada la magnitud de la catástrofe humanitaria, las prioridades deberían ser el cese de las hostilidades y un inmediato alto el fuego. Sin embargo, ni el régimen ni la heterogénea oposición parecen excesivamente inclinados a ello. Tan sólo una activa participación en dicha conferencia de las potencias internacionales (con EE UU y Rusia a la cabeza) y regionales (incluidas Arabia Saudí e Irán) podría permitir que se sienten los cimientos para poner fin al derramamiento de sangre.

martes, 7 de enero de 2014

La metástasis siria

Empiezo el 2014 reproduciendo este artículo, titulado "La metástasis siria", que  publiqué el pasado sábado en el diario vasco El Correo. Durante este año, el blog experimentará cambios, ya que no le podré dedicar demasiado tiempo. Lo más seguro es que tan sólo incluya un par de entradas por semana vinculadas a temas de actualidad.

Si nadie lo impide, la guerra civil siria va camino de convertirse en un conflicto de larga duración. El balance de estos últimos treinta meses no puede ser más desalentador. Una tercera parte de la población siria se ha visto obligada, como resultado directo de los enfrentamientos, a abandonar sus hogares buscando refugio en los países limítrofes o en zonas más seguras. En total se contabilizan 125.000 muertos, 2,3 millones de refugiados y 6,5 millones de desplazados internos.
 
Ni Estados Unidos ni la Unión Europea parecen excesivamente interesados en involucrarse de una manera más activa en la crisis siria, sobre todo después de que se alcanzase un acuerdo en torno a la destrucción de las armas químicas, compromiso que ha sido interpretado por el régimen como un cheque en blanco para proseguir sus campañas militares. Eso sí, empleando en exclusiva medios de guerra tradicionales. Peor aún: el avance de grupos yihadistas situados en la órbita de Al Qaeda ha disparado todas las alarmas y no son pocos quienes apuestan ahora por el mantenimiento de Bachar El Asad como un mal menor.
 
Mientras tanto, la guerra ha entrado en un punto muerto en el que ninguno de los contendientes parece capaz de imponerse a su rival. Lo que empezó siendo una intifada popular contra un régimen autoritario y despótico que monopolizaba el poder desde hacía cuatro décadas, se ha transformado en una guerra de todos contra todos: un cáncer que se ha extendido por todo el territorio sirio provocando una metástasis. En este proceso han intervenido tanto elementos endógenos como exógenos, puesto que el régimen y oposición han requerido la ayuda de terceros para blindarse, lo que ha contaminado aún más la crisis siria.
El régimen, principal responsable del descenso del país a los infiernos, ha empleado todos los medios a su disposición para aplastar los feudos rebeldes sin importarle provocar miles de muertes entre la población civil a la que ha diezmado con sus bombardeos aéreos indiscriminados. Para ello ha contado con la inestimable ayuda de Hezbolá, que se ha puesto al servicio del régimen sirio aún a riesgo de desestabilizar el Líbano, que se ha adentrado en una peligrosa dinámica de atentados entre los partidarios y contrarios a Bachar El Asad. El apoyo de Irán y Rusia ha sido vital para mantener a flote al régimen en los momentos de zozobra, ya que le han aportado armamento y, más importante, cobertura internacional. Gracias a los vetos rusos, el Consejo de Seguridad ha quedado maniatado siendo incapaz de aprobar una resolución que autorice el empleo de la fuerza para proteger a la población civil, principal víctima de la guerra civil.
 
La oposición, por su parte, se encuentra profundamente dividida. La Coalición Nacional Siria dispone de escasa credibilidad en el interior del país, donde campean a sus anchas los grupos armados. El Ejército Sirio Libre, que nació con el propósito de coordinar a los rebeldes, atraviesa sus horas más bajas debido, entre otras razones, a la falta de ayuda externa. Una parte significativa de sus efectivos se han pasado al Frente Islámico, que presume de disponer de 100.000 hombres armados, y que se ha convertido en el principal foco de resistencia al régimen. Quizás lo más peligroso sea el avance registrado en los últimos meses por las franquicias locales de Al Qaeda (el Frente al Nusra y el Estado Islámico de Irak y Siria), aunque su poderío haya sido sobredimensionado para justificar la inmovilidad occidental. Todos estos grupos son financiados por las potencias regionales, en particular de Arabia Saudí, Turquía, Catar y las fortunas del golfo Pérsico. Este cuadro quedaría incompleto sin aludir a las Unidades de Protección Kurdas, que defienden la autonomía kurda implantada en el Hasake y que resisten los continuos embates de las fuerzas yihadistas.
 
Es en este convulso escenario en el que se celebrará el próximo 22 de enero la Conferencia de Ginebra II que pretende alcanzar un acuerdo en torno a la transición, tarea compleja si tenemos en cuenta que el régimen se ha fortalecido tras los últimos avances registrados sobre el terreno y que la oposición no habla con una sola voz. La Coalición Nacional Siria ha puesto como condiciones para asistir a la cumbre la apertura de corredores humanitarios, la liberación de todos los presos políticos y que ni Asad ni su camarilla tengan un papel en la transición. Por su parte, la mayor parte de los grupos armados, incluido el Frente Islámico, han anunciado que no respetarán las decisiones que allí se adopten.
 
La ausencia de las potencias regionales tampoco augura nada bueno. Parece difícil que se ponga fin a la guerra siria sin un compromiso previo por parte de Irán y Arabia Saudí, que libran su particular guerra de desgaste por la hegemonía regional a través de actores interpuestos. El reciente entendimiento entre Washington y Teherán en torno al futuro de su programa nuclear nos indica que nada es imposible, pero debe tenerse en cuenta que Arabia Saudí se opondrá a todo acuerdo que suponga un mantenimiento del status quo o un reforzamiento de Irán. Todo intento de poner fin a la guerra siria deberá tener en cuenta todos estos factores, ya que en caso contrario estará condenado al fracaso.