viernes, 31 de octubre de 2014

Nida Tunis se impone a Ennahda

Las elecciones legislativas tunecinas, celebradas el pasado 26 de octubre, se han saldado con la victoria de Nida Tunis y la derrota de Ennahda. Toda una sorpresa. Esta es la reflexión que he preparado para el Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas.


Las primeras elecciones legislativas libres y democráticas de la Segunda República tunecina han deparado no pocas sorpresas. La primera de ellas ha sido la holgada victoria de Nida Tunis (85 de los 217 escaños), una formación secular y centrista, que se ha presentado como la única alternativa posible frente a los islamistas atrayendo el voto anti-Ennahda. La segunda, la derrota del partido islamista (69 escaños frente a los 89 de 2011). La tercera es la fragmentación de la Asamblea: la Unión Patriótica Libre del millonario Slim Riahi (16 escaños), el izquierdista Frente Popular (15 escaños) y Afak Tunis (8 escaños) han obtenido más votos que el Congreso por la República y Ettakatol, los dos aliados gubernamentales de Ennahda, que han sido fuertemente penalizados por su electorado obteniendo tan sólo 5 escaños (frente a los 49 de 2011). La cuarta sorpresa ha sido la elevada participación, que ha superado en más de 10 puntos la registrada en 2011, todo ello a pesar del hartazgo de la población hacia la clase política. Observadores internacionales han refrendado la limpieza del proceso y la falta de incidentes reseñables a lo largo de la jornada electoral.

La gran vencedora ha sido, por lo tanto, Nida Tunis, una formación de nuevo cuño establecida en 2012 como un frente anti-Ennahda. El partido es dirigido de manera personalista por Beji Caid Essebsi, un político de 88 años que, bajo las presidencias de Bourguiba y Ben Ali (las únicos que han dirigido el país tuvo desde su independencia en 1956 hasta la Revolución de los Jazmines en 2011) desempeñó importantes cargos (ministro de Interior, Defensa y Exteriores con el primero y presidente del Parlamento con el segundo). Nida Tunis ha obtenido el respaldo de las clases medias seculares, que le han dado su voto a pesar de contar en sus filas con destacados dirigentes de la época benalista y varios cuadros del ilegalizado Reagrupamiento Constitucional Democrático.

Ennahda, por su parte, ha sido incapaz de rentabilizar el que probablemente fuese su principal activo: la relativa estabilidad que ha vivido el país en el curso de los tres últimos años, sobre todo si lo comparamos con otros países del entorno como Libia o Egipto. Esa era la carta que precisamente destacaba su líder Rashid Ganushi en un artículo en The Washington Post: “Mi país ofrece un marcado contraste con los casos extremos de terrorismo e intervención militar de otros lugares en la región. Túnez evidencia que el sueño de la democracia que estimuló la Primavera Árabe todavía sigue vivo” y que “el mundo árabe puede lograr la estabilidad y la paz a través de un proceso de reconciliación democrática y de consenso”. 
 
No cabe duda que la labor de gobierno ha pasado factura a Ennahda, ya que los tres últimos años no han estado exentos de tensiones. Muchos de sus detractores consideran que tenían una agenda oculta para islamizar el país y que han sido excesivamente tolerantes ante la proliferación de grupos salafistas. Los asesinatos de dos destacados dirigentes del Frente Popular (Chokri Belaïd y Mohamed Brahmi) marcaron un antes y un después obligando a Ennahda a abandonar el poder y aceptar la formación de un gobierno tecnocrático. La presión popular también le llevó a recular y negociar el texto final de la Constitución, que presume de ser la más respetuosa con las libertades de todo el mundo árabe. Los propios dirigentes de Ennahda han reconocido sus dificultades a la hora de pilotar la transición del autoritarismo a la democracia. Como reconociese Ahmed Gaaloul, miembro del Consejo Consultivo de Ennahda, “la mayoría de los gobiernos post-revolucionarios tienen que afrontar mayores dificultades porque las expectativas de la población son más elevadas tras la revolución”. 

Una de las prioridades del nuevo gobierno será volver a la senda del crecimiento, pero antes deberá establecer una coalición de gobierno lo suficientemente amplia. Sus dirigentes ya han indicado sus preferencias inclinándose por un frente secular y rechazando, con ello, la mano tendida de Ennahda para integrarse en el nuevo gobierno. De hecho, una coalición de las dos fuerzas más votadas sería vista como una traición por una parte significativa de los votantes de Nida Tunis. 
 
Por último no debe pasarse por alto que el próximo 23 de noviembre se celebrará la primera ronda de las elecciones presidenciales, en la que Beji Caid Essebsi parte como favorito, sobre todo si tenemos en cuenta que Ennhada no presentará ningún candidato. De obtener nuevamente el respaldo de las urnas, como todo parece indicar, Nida Tunis podría concentrar en sus manos un inusitado poder legislativo y ejecutivo. Está por ver si empleará dicho respaldo para tratar de aislar a Ennahda y lanzar políticas anti-islamistas, similares a las adoptadas por Sisi en Egipto, lo que provocaría una mayor polarización política. 
La asignatura pendiente de Túnez sigue siendo conciliar la conquista de las libertades con el crecimiento económico y la paz social. Ennahda no tuvo excesivo éxito a la hora de lograrlo, ahora le toca el turno a Nida Tunis. En todo caso resulta cuanto menos paradójico que los jóvenes, los verdaderos protagonistas de la revolución tunecina, hayan quedado en un segundo plano y que el gran beneficiado sea un político octogenario de la época benalista.

sábado, 25 de octubre de 2014

La excepción tunecina

Como buena parte de los arabistas españoles, en mis años universitarios visité Túnez en varias ocasiones para estudiar en el Instituto Burguiba. Desde entonces sigo con atención la situación de un país que estuvo a la vanguardia de la Primavera Árabe y que, curiosamente, es el único que ha sobrevivido a los embates del Otoño Árabe. Aquí mi reflexión de El Correo sobre las elecciones legislativas que tendrán lugar mañana en el país magrebí.

De todos los países que se vieron sacudidos por la Primavera Árabe, Túnez es el único que puede presumir de haber llevado a cabo una transición democrática medianamente exitosa. Al contrario que otros, no ha experimentado un retorno al autoritarismo (caso de Egipto), el desgobierno (Libia) o, aún peor, la guerra civil (Siria). 

Cuando Túnez estuvo al borde del abismo, tras los asesinatos políticos de dos destacados líderes izquierdistas, el partido gobernante Enahda pactó una salida negociada en el curso de la cual abandonó el poder y dio paso a la creación de un gobierno de tecnócratas. En un proceso inédito, el primer ministro Ali Larayed se retiró de manera voluntaria en enero de 2014 y cedió el testigo a Mehdi Jomaa. La presión popular también le llevó a recular y negociar el texto final de la Constitución, que presume de ser la más respetuosa con las libertades de todo el mundo árabe. 

La voluntad de consenso es, sin duda, el principal activo del partido islamista moderado Enahda. También la relativa estabilidad del país en un periodo de fuertes convulsiones como el que está sacudiendo al conjunto del mundo árabe. Todo ello no quiere decir que Túnez esté blindada ante los peligros que atenazan a otros países del entorno como Libia o Argelia. La mayor preocupación reside en la infiltración de grupos yihadistas desde los países vecinos: el pasado mes de julio fueron asesinados 15 soldados en la frontera con Argelia. Otro motivo de alarma es el flujo constante de yihadistas hacia Siria e Irak. Hasta 3.000 tunecinos habrían viajado a estos dos países para incorporarse al Frente Al Nusra y, sobre todo, al Estado Islámico. De hecho, Ansar al-Sharia, el principal grupo yihadista tunecino, juró lealtad hace unas semanas a su líder Abu Bakr al-Bagdadi. 
 
Junto al déficit de seguridad, el estancamiento económico es la otra asignatura pendiente Enahda. Según una reciente encuesta del Pew Research Center, el 88% de los tunecinos considera que la situación económica es mala o muy mala. A ello contribuye el lento crecimiento (un 2,7% del PIB en 2013, muy lejos del 4,6% de media de la pasada década). La tasa de desempleo ya supera el 15,7% (frente al 14% de 2010). El paro azota con especial intensidad a los jóvenes, protagonistas de la Revolución de la Dignidad que puso fin a la dictadura de Ben Ali. Un reciente informe del Banco Mundial resalta que Túnez está «encerrado en un ciclo de políticas inadecuadas que impiden que la economía conozca un crecimiento duradero». Además señala que «el crecimiento es débil y no genera empleo» y «constata que el exceso de burocracia y de control estatal sobre el mercado de trabajo provoca que muchos ciudadanos opten por la economía sumergida». 

La frustración y el descontento ante la lentitud de las reformas podrían condicionar el resultado de las elecciones que se celebran mañana. Muchos consideran improbable que se supere el umbral de participación de las elecciones a la Asamblea Constituyente en 2011, que tan sólo movilizaron a un 51,9% del censo. Una de las principales incógnitas reside precisamente en la participación de la juventud, ya que debe tenerse en cuenta que las personas que están entre los 20 y 29 años representan el 20% de la población. Muchos de ellos consideran que la revolución ha sido secuestrada por la clase política y podrían optar por la abstención como forma de protesta. 

Los cinco millones de votantes registrados tendrán que elegir entre más de 70 formaciones y alianzas, aunque lo cierto es que todos los pronósticos sitúan a Enahda como la primera fuerza política. Ello no quiere decir que vaya a reeditar su arrolladora victoria de 2011, cuando obtuvo el 37% de los votos y 89 de los 217 diputados de la Asamblea, ya que la formación sufrirá el desgaste de su labor de gobierno. Una vez más, Enahda se verá obligado a establecer una coalición de gobierno. De hecho, los dirigentes islamistas, con su ideólogo Rachid Ganuchi a la cabeza, siguen insistiendo en que Túnez no puede ser gobernada por un solo partido. Como muestra de este compromiso han anunciado que no presentarán candidato a las elecciones presidenciales que tendrán lugar el 23 de noviembre, señalando que no pretenden disponer del monopolio de la escena política. 

La segunda incógnita residirá en comprobar los apoyos con los que cuenta Nida Tunis. Esta formación de nuevo cuño podría auparse a la segunda plaza atrayendo el voto secular, aunque va a tener complicado captar el voto de los jóvenes que reclaman un cambio radical, ya que está presidida por Bejji Caid Essebsi, un octogenario bien conectado con el antiguo régimen. La formación también podría verse perjudicada por la presencia en sus filas de destacados ‘fulul’ o residuos del régimen de Ben Ali. Por último queda por dilucidar el desempeño de los dos compañeros de viaje de Enahda en el Gobierno: el Congreso por la República y Ettakattol. Es bastante probable que ambas formaciones reciban un voto de castigo por parte de sus electores, descontentos con su alianza con los islamistas. De hecho, durante los últimos tres años han vivido una verdadera sangría pasando buena parte de sus diputados al grupo de independientes. 

Así las cosas, el principal reto de Enahda será afianzar la transición democrática sin tratar de imponer sus concepciones al conjunto de la población. Este proceso debe ser acompañado de un crecimiento económico lo suficientemente sólido para crear nuevas oportunidades de trabajo. Un escenario tal cortaría de raíz la posibilidad de que los grupos yihadistas aprovechen el descontento para asentarse en territorio tunecino. 
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miércoles, 1 de octubre de 2014

Cuenta atrás para el Estado Islámico

Hoy publico el diario El País este artículo sobre quiénes pueden ser los grandes beneficiados y los grandes perjudicados de la campaña contra el Estado Islámico.

El día D y la hora H contra el Estado Islámico (EI) se ha hecho esperar, pero finalmente ha llegado. Durante un año y medio, esta internacional del terror ha logrado extender sin obstáculos reseñables sus tentáculos por Siria e Irak aprovechando la progresiva descomposición de ambos países. Para ello ha contado con la connivencia de buena parte de las potencias regionales, que han tolerado, o directamente alentado, a este grupo terrorista transnacional siguiendo la lógica del enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Para las petromonarquías árabes, que han financiado con generosidad a los grupos armados salafistas, se trataba de frenar a Irán, su bestia negra y principal aliado de Bashar El Asad. Por su parte, Turquía, que ha permitido que sus fronteras se convirtieran en un coladero de yihadistas, pretendía impedir que el Kurdistán sirio afianzara su autonomía. Siria, a su vez, permitió que el EI se instalase en su territorio confiando en que su presencia fragmentase las filas rebeldes. De esta combinación de factores surgió una tormenta perfecta cuyas principales beneficiadas fueron las huestes del EI, que llegaron a creerse su propia propaganda y anunciaron el advenimiento de un nuevo califato.

Los recientes ataques contra los bastiones yihadistas en Siria e Irak parecen indicar que este periodo de gracia ha llegado a su fin. La pregunta que flota en el aire es por qué ahora y no antes. Cuesta comprender por qué se ha tardado tanto tiempo en reaccionar y por qué se ha permitido que la situación se deteriorase hasta tal punto. Una de las pocas cosas claras entre tanta nebulosa es que el EI ha aprovechado este precioso tiempo para ganar músculo y transformarse en una amenaza global. Debe tenerse en cuenta que este grupo lleva imponiendo su ley y aterrorizando a las poblaciones locales desde hace meses mientras las potencias occidentales miraban hacia otro lado. Sus éxitos sobre el terreno de batalla han provocado un verdadero “efecto llamada” de combatientes curtidos en Afganistán e Irak, así como de aprendices de mártires deseosos de dar sentido a sus vidas inmolándose en el camino de Allah. La brutal persecución de las minorías confesionales parece haber despertado a la comunidad internacional de su letargo, pero ha sido la decapitación de dos de sus nacionales la que ha obligado a Estados Unidos a pasar a la acción. Queda por dilucidar si este fue un desafío intencionado por parte del EI o un mero error de cálculo, pero lo que es evidente es que ha abierto la caja de los truenos e iniciado la cuenta atrás para la erradicación del movimiento.

Hoy en día, las potencias regionales e internacionales denuncian sin ambages la brutalidad de sus métodos y su ambición sin límites. Esta sensación de amenaza compartida ha permitido el establecimiento de una amplia coalición de cuarenta países capitaneada por Estados Unidos que, además, cuenta con una nutrida presencia de países árabes. Si bien es cierto que la Administración de Obama es consciente de que los ataques aéreos serán incapaces de destruir por completo al EI, lo que intenta al menos es reducir al máximo su capacidad bélica. En términos pugilísticos lo que pretende es llevarle contra las cuerdas, lo que implica, además de golpearle sin pausa, cortar sus vías de financiación, impedir la llegada de yihadistas y evitar su rearme. En definitiva: ponerlo a la defensiva. Para ello no sólo será necesario la colaboración con los países árabes que se han sumado a la coalición, sino que también será imprescindible el concurso de los peshmergas kurdos, los rebeldes sirios y las grandes tribus de la zona, que ya tuvieron un papel destacado en la expulsión de Al Qaeda de Irak en 2007. Sólo la conjunción de los ataques aéreos y la presión terrestre puede si no derrotar al EI al menos reducirla a su más mínima expresión. El precio a pagar será inevitablemente alto, puesto que los yihadistas podrían dispersarse y optar por desestabilizar algunos países de la región y, en particular, Líbano y Jordania, los dos eslabones más débiles de la ecuación.


El presidente Obama ha advertido que la guerra contra el EI será larga, entre otras cosas porque despierta más incertidumbres que certezas. Una de las principales incógnitas por despejar es a quién beneficiarán y a quién perjudicarán los ataques. Aunque parece evidente que el EI será la principal víctima, no está claro quién ocupará el vacío que deje. La coalición internacional ha anunciado que trabajara con las fuerzas rebeldes moderadas, en una clara alusión a un Ejército Sirio Libre que no ha dejado de perder posiciones ante el avance de las fuerzas yihadistas hasta convertirse en un rosario de grupos sin un liderazgo centralizado y que, para más inri, depende por entero de la ayuda saudí y qatarí. Hoy por hoy parece poco factible que dichas fuerzas tengan capacidad para hacerse con el control de aquellas zonas de las que el EI sea expulsado.

Aunque Estados Unidos no esté dispuesto a reconocerlo, el principal beneficiado de estos ataques podría ser el régimen de Bashar El Asad. Junto a las posiciones del EI, la coalición internacional está golpeando al Frente Al Nusra, la franquicia local de Al Qaeda. Así las cosas, el ejército sirio podrá deshacerse de dos de sus más importantes rivales y afianzar los avances alcanzados en los últimos meses. La intervención de Estados Unidos podría tener un carácter providencial para el régimen sirio que, a pesar de todas las atrocidades que ha cometido, no tiene reparo en seguir presentándose como un mal menor y, sobre todo, como una barrera de contención al movimiento yihadista. En todo caso, por el momento no hay indicios de que la ofensiva contra el EI pueda ser un preámbulo para la rehabilitación internacional de El Asad, al que la mayor parte de la comunidad internacional sigue considerando como un indeseable criminal de guerra.

Aunque la tarea más urgente es evitar que siga creciendo, el combate contra el EI no sólo debería limitarse a su dimensión militar. Además de cortar sus vías de financiación, también debería ponerse un énfasis especial en impedir que las potencias regionales, y en particular Arabia Saudí e Irán, prosigan su peligrosa Guerra Fría, que ha creado el ambiente propicio para su avance. De un tiempo a esta parte, la instrumentalización de la religión por parte de sus gobernantes ha llegado hasta extremos intolerables convirtiéndose en una pantalla de distracción para distraer a sus poblaciones de los graves problemas de índole política, económica y social que padecen. Esta arriesgada apuesta ha sumido al conjunto de la región en una incontrolable espiral de violencia. Quizás haya llegado el momento de ponerle fin.