viernes, 30 de agosto de 2013

Lecturas sobre la crisis siria

Estos días he estado haciendo varias lecturas sobre la crisis siria y la posible intervención norteamericana. En The New York Times, Edward N. Luttwak advierte de que la estrategia más conveniente para EEUU es prolongar indefinidamente el conflicto. Es decir: ni derribar a Bashar al-Asad ni reforzar a los rebeldes. Anthony Dworkin & Daniel Levy & Julien Barnes-Dacey han escrito para el European Council on Foreign Relations (ECFR) un paper titulado "Eight Things to Consider Before Intervening in Syria" en el que subrayan los efectos contraprucentes que podría tener una operación militar norteamericana contra Siria.
 
Hay tres lecturas que me gustaría destacar, todas ellas de periodistas españoles que conocen bien la siuación sobre el terreno. La primera es "Siria se va al diablo" publicada por Ilya U. Topper en Mediterráneo Sur. Entre otras cosas dice: "No se trata de cambiar el régimen. En otras palabras, el régimen puede y debe continuar. Se trata, pues, de mantener el régimen en un equilibrio inestable, amenazado pero sin el riesgo de caer. Esto explica, desde luego, la estrategia que Washington sigue con los rebeldes desde hace más de un año: financiarlos con millones de dólares, pero sin entregarles armas. Mantenerlos ahí, entre vida y muerte, justo en el punto en el que no pueden derrocar a Asad, pero tampoco tienen motivo para abandonar, porque hay dinero para seguir combatiendo.... El régimen de Asad puede continuar matando, mediante bombardeos, morteros o francotiradores, mediante sicarios o tortura en la cárcel, siempre y cuando no emplee sustancias químicas, porque morir por inhalación de gas tóxico es muy malo para la salud".
 
Mi segunda recomendación es el artículo de Mónica Prieto "Una intervención que no cambiará el curso de la guerra siria" aparecido en Cuarto Poder. Aunque el título es lo suficientemente ilustrativo merece la pena rescatar alguno de sus párrafos: "Si bien una intervención puntual debilitaría la maquinaria bélica de Bashar Assad, mientras siga disponiendo de su Fuerza Aérea (la imposición de una zona de exclusión aérea ha sido excluida) y los rebeldes carezcan de munición pesada, la situación sobre el terreno se mantendrá más o menos estable. Es uno de los motivos por los que parte de la oposición siria es escéptica ante la novedosa indignación occidental: la extendida desconfianza regional a cualquier intervención humanitaria de Estados Unidos y sus socios, que jamás han elevado así el tono ante las múltiples y gravísimas agresiones israelíes contra palestinos o libaneses, les lleva a pensar que se servirá de los muertos sirios para defender sus intereses".
 
Por última, la tercera lectura de interés la realiza Olga Rodríguez en eldiario.es: "Siria y la obscenidad moral". La periodista establece un interesante paralelismo con la guerra irano-iraquí de los años ochenta: "El material bélico facilitado a los rebeldes que luchan contra Assad ha llegado principalmente a través de los países del Golfo y Turquía, y ha sido medido con precisión desde 2011, para que estos no dispusieran de armamento pesado. De este modo los ‘rebeldes’ han podido herir pero no tumbar el gobierno de Assad; han contado con capacidad suficiente para resistir pero no para vencer. Y así, el conflicto se ha mantenido en un nivel que permite a ambos bandos sobrevivir, desgastándose. Es el punto muerto, la situación indefinida que hasta ahora ha convenido a algunos actores internacionales involucrados de un modo u otro en el conflicto. No es algo nuevo. En los años ochenta, cuando estalló la guerra entre Irán e Irak, Washington proporcionó apoyo, armas e información militar a Bagdad, y de hecho Sadam Hussein empleó gas sarín estadounidense contra población iraní y kurda. Pero en una estrategia de doble juego EEUU también facilitó secretamente armamento a Irán entre 1985 y 1987 a través de una red de tráfico de armas estadounideses e israelíes organizada por la CIA".
 

jueves, 29 de agosto de 2013

Vuelta de tuerca en Egipto

Retomo el blog tras un largo silencio estival. Recupero un artículo mío que publicó hace unos días el diario El País en su sección de Internacional: "Vuelta de tuerca en Egipto". Mientras tanto sigo de cerca lo que ocurre en Siria y escribiré sobre el tema en mi entrada de mañana.

Las aguas han retornado su cauce. Con el derrocamiento de Morsi y la brutal represión de las acampadas islamistas, los militares han cortado de raíz el errático experimento democrático egipcio. Recuperan así el protagonismo en una escena que nunca llegaron a abandonar por completo, ya que durante todo este tiempo mantuvieron su control sobre el Estado profundo representado por las fuerzas de seguridad y los aparatos de inteligencia.

Desde la caída de Mubarak, los militares han venido manipulando al conjunto de las fuerzas políticas y fomentando las disputas interpartidistas. Primero se aproximaron a los Hermanos Musulmanes y a los salafistas a los que enfrentaron con los sectores revolucionarios, que acabaron boicoteando las elecciones legislativas y denunciaron la existencia de un pacto secreto entre religiosos y militares para repartirse el poder. En el golpe del 3 de julio se aliaron con laicos, liberales, izquierdistas y coptos, todos ellos hastiados por el autoritarismo de Morsi y preocupados por la islamización del país. Al respaldar el derrocamiento de un gobierno legítimo, la oposición ha hipotecado su futuro convirtiéndose en un cooperador necesario de los militares.

Con esta exitosa estrategia, los militares han conseguido preservar sus innumerables privilegios y el vasto imperio económico laboriosamente erigido durante las pasadas seis décadas. Además, la confusión que ha presidido la transición les ha apuntalado como garantes del orden y la estabilidad entre una parte significativa de la población. Esta narrativa ha terminado por ser asumida por las potencias regionales que, como en el caso de Israel, han respaldado el golpe. También Arabia Saudí y otras petromonarquías le han dado su bendición al inyectar 12.000 millones de dólares para evitar el colapso de la economía egipcia y, de paso, reforzar las posiciones de los sectores salafistas, los principales beneficiados de la probable ilegalización de la Hermandad. Esta ayuda vuelve a poner de manifiesto la santa alianza entre petróleo y salafismo, pero también la creciente irrelevancia de EE UU y la UE en la región, ya que sus iniciativas para evitar un baño de sangre fueron sistemáticamente ignoradas.

Los Hermanos Musulmanes son, sin duda, el gran perdedor. En tan sólo unas semanas han pasado de controlar los poderes ejecutivo y legislativo a estar al borde de la ilegalización. El encarcelamiento de sus principales dirigentes ha descabezado la organización, que se encuentra en un estado de shock psicológico del que tardará en recuperarse. Además, la brutal represión de la que han sido objeto podría favorecer la emergencia de un nuevo liderazgo deseoso de tomarse la justicia por sus manos. Las dos opciones a las que se enfrenta la Hermandad son igualmente descorazonadoras. Ilegalización y represión, como ocurriera en época de Naser. Alegalidad y relativa tolerancia, como pasó con Mubarak, siempre y cuando acepten dócilmente la nueva repartición de poder. Ante este escenario no puede descartarse por completo el surgimiento de alguna excisión entre sus filas que adopte un discurso más beligerante e, incluso, abogue por el empleo de las armas, opción que ofrecería a los militares el argumentario idóneo para adoptar una estrategia erradicadora.