jueves, 11 de julio de 2013

Egipto: un Estado castrense

Más sobre Egipto. En este caso, un artículo del profesor Víctor de Currea-Lugo, de la Universidad Javeriana de Bogotá, titulado "Un Estado castrense" y publicado en el diario El Espectador.

"Los militares aparecen como los salvadores de la revuelta egipcia y, además, como defensores de la democracia. Más allá del entusiasmo por su opción a favor de la salida de Mursi, hay una historia de poder militar que determina al Egipto de hoy. En el siglo XIX, el desarrollo del Egipto moderno bajo la dirección de Mohammed Alí Pasha, incluyó la creación de unas fuerzas armadas profesionales y de escuelas de formación militar. Es decir, el ejército egipcio fue parte de la identidad de la nación moderna.
 
En 1952, bajo el nombre del Comité de Oficiales Libres, el militar Gamal Abdel Nasser tomó el poder expulsando al Rey Faruq I. Nasser se mantuvo al frente del gobierno hasta 1970. A su muerte, fue remplazado por su vicepresidente, Anwar el-Sadat, también militar, quien estuvo al frente de Egipto hasta 1981, cuando fue asesinado. A su vez, Hosni Mubarak, exjefe de la Fuerza Aérea Egipcia, se quedó con el poder hasta 2011. Es decir, durante 59 años Egipto vivió bajo el gobierno de los militares.
 
El ejército de Egipto es militarmente poderoso: el más grande de los ejércitos de África y el tercero de Oriente Medio (después de Turquía e Israel). Pero su poder no sólo radica en lo militar. Se calcula que más del 40% de la economía nacional está en manos de los militares: más que un cuerpo armado al servicio del Estado es un empresariado en armas. El ejército egipcio es, después de Israel, el segundo mayor receptor de ayuda militar de los Estados Unidos; controla las ganancias del canal del Suez, y es dueño de astilleros, entre otras industrias.
 
En febrero de 2011, cuando el gobierno de Mubarak tambaleaba, los militares jugaron la carta nacionalista para legitimarse ante el pueblo, sabiendo que frente al descrédito de los partidos políticos y la falta de organizaciones articuladoras de la protesta social, ellos podrían convertirse en la opción política para liderar el país. Y así fue.
 Mohammed Morsi, Abdel-Fattah el-Sissi
Los militares se quedaron en el poder desde febrero de 2011 hasta junio de 2012, modificaron leyes, legitimaron su poder, siguieron cometiendo violaciones de derechos humanos como detenciones arbitrarias y torturas, no avanzaron en las reformas que pedía la gente en las calles y finalmente cedieron a la presión para realizar una elecciones con las que incluso tenían su candidato: Ahmed Shafik, comandante por muchos años de la Fuerza Aérea y luego primer ministro de Mubarak.
 
Hoy, el libreto se repite. Ante la torpeza de Mursi, los militares reaparecen en medio de la euforia de las calles como salvadores: el general Abdel Fatah al Sisi es el nuevo faraón. Egipto parece no recordar los largos años de control militar, la falta de democracia, la persecución política de Nasser a los opositores, el neoliberalismo de Sadat que generó grandes protestas ni la corrupción de Mubarak, que vendía gas subsidiado al país más rechazado por el pueblo egipcio: Israel.
 
El ejército es militarmente poderoso (no fue el caso de Irak), económicamente promercado y políticamente cual Mubarak. Aunque la caída de Mursi es un triunfo de la democracia, no lo es la tutela militar del nuevo gobierno. El ejército recupera su trinidad: el poder militar que nunca han perdido, el poder económico que no se ha visto afectado por las revueltas y el político que tuvieron durante 59 años.
 
Es ingenuo esperar que quienes sostuvieron un régimen de partido único, persiguieron la oposición y violaron derechos humanos sean ahora guardianes de la revuelta prodemocrática. El nuevo gobierno civil, en cabeza de Adly Mansour, empezó desatando una cacería de brujas y cerrando medio de comunicación, muy a la usanza de los militares, lo que muestra un pésimo comienzo.
 
Los militares de Argentina fueron juzgados gracias a un proceso democrático hecho por civiles; en Guatemala gracias a una comisión de la verdad, que no se ve en la agenda egipcia inmediata; en Irak, el ejército fue disuelto por decisión del ocupante Estados Unidos, y en Siria ya más de veinte generales se han pasado al lado rebelde. En ninguno de estos escenarios los militares habían concentrado tanto poder ni tanta capacidad camaleónica de adaptación política, y esa es su gran ventaja en Egipto.
 
El problema no es sólo el uso de la fuerza para expulsar a Mursi bajo la presión de los tanques de guerra en las calles, además de las multitudinarias marchas; el problema es que estos tanques tienen una agenda propia falsamente articulada con el movimiento popular. En 1952, los militares se apoyaron en la izquierda y en los Hermanos Musulmanes para expulsar al Rey Faruq I, hoy se apoyaron en los laicos y en los liberales para sacar a Mursi. El clientelismo armado y oportunismo institucional de 59 años de historia se resiste a desaparecer.
 
Los votos no conjugan bien con las botas. Gracias a las manifestaciones populares, cayó Mubarak y el mariscal Tantawi entregó el poder, y Mursi fue elegido y removido. Cuando empiecen las marchas contra la “trinidad” militar, económica y política del ejército, empezará la verdadera revolución".

miércoles, 10 de julio de 2013

Occidente visto por los árabes

Ayer publiqué en esglobal, la revista sucesora de la edición española de Foreign Policy, el artículo "Occidente visto por los árabes". Un cambio de tercio para desintoxicarnos de la sobreinformación en torno a Egipto.

"Hace treinta años, Amin Maaluf publicó Las cruzadas vistas por los árabes. A través de los relatos de los cronistas Ibn al Qalanisi, Usama Ibn Munqid, Ibn Yubair e Ibn al Atir, el autor libanés ofrecía la versión árabe de las Cruzadas y describía, con especial crudeza, las masacres perpetradas por los francos. Nueve siglos después, los árabes siguen considerando a los occidentales como “violentos y fanáticos”, así como “egoístas, inmorales y codiciosos”, según la encuesta The Great Divide: How Westerners and Muslims View Each Other del Pew Global.
Estos datos no nos aclaran si las percepciones negativas han sido transmitidas de generación en generación o, por el contrario, obedecen a nuevos agravios. Lo que sí constatan es la imperiosa necesidad de realizar un esfuerzo para propiciar un mejor conocimiento entre dos mundos que, a pesar de la proximidad geográfica, siempre han vivido de espaldas.
¿Se ha ampliado en los últimos años la brecha que separa al mundo árabe del occidental? Cada cierto tiempo se plantean preguntas similares para explicar la desconfianza mutua que se profesan Occidente y el mundo árabe. Probablemente, la principal razón que la explica es el desconocimiento existente sobre el otro. Como evidencia la encuesta Research from Within: “los árabes basan sus opiniones sobre Occidente en un conocimiento bastante débil de sus culturas y sociedades”, tal y como reconocieron más de la mitad de los encuestados en cinco países árabes.
De todos estos datos cabe deducir que el recurso al estereotipo no es patrimonio exclusivo de los occidentales. Los árabes suelen recurrir a imágenes simplificadoras y, con frecuencia, distorsionadas para describir al mundo occidental. Si en Occidente se tiende a poner el énfasis en la religión como el elemento que explica este desencuentro, en el mundo árabe más bien se subrayan los aspectos políticos y económicos.
Occidente es visto por los árabes como potencia dominadora. Gran Bretaña y Francia los colonizaron durante décadas y explotaron sus recursos naturales. Tras las independencias nacionales, EE UU se opuso frontalmente tanto al nacionalismo árabe como al islam político, prestando, al mismo tiempo, un respaldo inquebrantable a Israel. Por eso no nos debe extrañar que uno de los lugares comunes sea culpabilizar a las potencias occidentales de los males del mundo árabe. Las teorías conspirativas acusan a la CIA o al Mossad de golpes de Estado y derrocamientos e, incluso, de los atentados del 11-S o de la propia primavera árabe.
Parece claro que “la política exterior de EEUU en la región es el factor más importante a la hora de influenciar las actitudes árabes”. Esta imagen negativa no es estática, ya que varía en función de los cambios políticos registrados en la escena estadounidense. Las intervenciones de Afganistán e Irak durante el mandato de George W. Bush provocaron un retroceso considerable de Estados Unidos entre la opinión pública árabe, que tachaba a dicho país de “racista”, “agresivo” e “inmoral”. Una encuesta realizada en seis países árabes por el Saban Center for Middle East Policy de Brookings Institution -2007 Annual Arab Public Opinion Survey- concluía que la actitud en torno a EE UU era sumamente desfavorable entre el 57% de los encuestados (y que sólo un 4% tenía una imagen muy favorable).
Tras la llegada a la presidencia de Barack Obama registró una clara mejoría, aunque en los últimos meses su imagen ha experimentado cierto desgaste, tal y como pone de manifiesto la encuesta Global Opinion of Obama Slips, International Policies Faulted, como resultado de su incapacidad o renuencia a revisar algunos de los postulados tradicionales de la política exterior norteamericana, en especial lo que atañe a la relación privilegiada con Israel. De hecho, el respaldo sin fisuras a los israelíes es la principal fuente de descontento árabe hacia EE UU. La encuesta realizada en 2011 por el Anwar Sadar Chair for Peace and Development constataba que la imagen de Estados Unidos mejoraría, notablemente, en el caso de que se firmara un acuerdo de paz palestino-israelí (según un 55% de los encuestados), se dejase de prestar ayuda a Israel (un 42%), las tropas estadounidenses abandonaran Arabia Saudí (un 29%) e Irak (un 26%), se otorgara más ayuda económica (12%) y se promoviera la democracia (un 11%).
Buena parte de la opinión pública árabe considera que el principal interés de los países occidentales es controlar sus recursos y muy pocos creen que EE UU y la UE deseen impulsar realmente la democracia, las libertades públicas o los derechos humanos. El matrimonio de conveniencia que Estados Unidos mantiene con Arabia Saudí, un país que hasta en las antípodas de los valores socio-políticos occidentales, suele ser puesto como ejemplo de ello. Otro tanto puede decirse de la Unión que, en las últimas décadas, mantuvo una excelente relación con algunos gobernantes autoritarios como Ben Alí y Mubarak, considerados una barrera de contención frente al islamismo radical.
Según la encuesta 2007 Annual Arab Public Opinion Survey, realizada por el Saban Center for Middle East Policy, el 65% de los encuestados no consideraban que EE UU esté interesado en promover la democracia (frente a un 5% que interpretaba lo contrario). Otro dato interesante es la pregunta en torno a cuáles son los objetivos que persigue Estados Unidos en Oriente Medio. El primer objetivo sería el control del petróleo (83% de los encuestados), el segundo la protección de Israel (75%) y el tercero debilitar al mundo islámico (69%); por el contrario, los últimos objetivos serían promover la paz (10%), defender los derechos humanos (10%) y, por último, extender la democracia (9%).
Esta percepción negativa también se explica en clave identitaria. El modo de vida occidental está cada vez más presente en las capitales árabes y con él una creciente uniformización de las costumbres que es vista con recelo por parte de la sociedad, en particular por los sectores más tradicionalistas. La globalización, entendida como occidentalización, es percibida como una amenaza para las tradiciones locales. En definitiva, un intento de Occidente de universalizar sus valores. En las últimas décadas, la religión se ha convertido en un refugio mediante el cual preservar la identidad musulmana y protegerse frente a la Westoxication.
Pero no todo iban a ser malas noticias. Las encuestas también demuestran que el abismo que nos separa no es tan grande como cabría imaginar. La mayoría de la población árabe es partidaria de más democracia y menos autoritarismo, tal y como demostró la primavera árabe. Además, buena parte de los árabes confiesan abiertamente su admiración por el sistema de libertades e instituciones democráticas occidentales. Según una reciente encuesta de 2011 realizada por el Anwar Sadar Chair for Peace and Development, un 55% de los encuestados en Egipto, Jordania, Marruecos, Arabia Saudí y Emiratos Árabes era optimista con la primavera árabe y un 57% consideraban que su principal propósito era conseguir la dignidad, garantizar las libertades y alcanzar una vida mejor. No obstante, la caída de Mubarak no contribuyó a mejorar la imagen de la Administración Obama, ya que el 52% de la población tenía una imagen negativa frente al 20% que tenía una positiva.
El hecho de que la religión no ocupe un lugar preferente entre las prioridades de los encuestados, como habitualmente se suele considerar en los países occidentales, queda meridianamente claro en una encuesta de Zogby International realizada en siete países. La principal sorpresa reside precisamente en que las preocupaciones de la población árabe no distan mucho de la occidental, ya que son, en orden de importancia: generar oportunidades de empleo, desarrollar la sanidad, combatir la corrupción, mejorar el sistema educativo y luchar contra el extremismo y el terrorismo. Quizás estemos mucho más cerca de lo que habitualmente pensamos".


".

martes, 9 de julio de 2013

HHMM: Radicalización o moderación

El periodista Ricard González, colaborador habitual del diario El País, escribe en su blog Mosaic Oriental esta reflexión sobre la posible evolución de los islamismo en Oriente Medio: "Radicalizarse o moderarse: el dilema del islamismo regional"

"Un golpe de Estado militar siempre deja profundas cicatrices psicológicas en una sociedad, sobre todo si va acompañado de un estallido violento. Por su dimensión demográfica e importancia geostratégica, en Egipto, los terremotos políticos en Egipto no afectan solo a sus habitantes, sino que hacen temblar el entero orden político regional. Y más aún ahora con la región en plena convulsión tras la llamada Primavera Árabe. La experiencia egipcia puede marcar especialmente la evolución del islamismo político, y enfrascado en una batalla ideológica entre moderados y radicales, a la vez que algunos de sus movimientos cargan con la responsabilidad de gestionar sus países.
 
Después de décadas de represión y exilio, y de asumir una ética resistencialista, la caída o liberalización de varias dictaduras árabes ofrecieron al islamismo político una oportunidad de oro para pasar de la oposición al gobierno de sus países. En cuestión de meses, Egipto, Túnez y Marruecos pasaron a contar con dirigentes de partidos islamistas. Mientras, en otros países, como Jordania o Libia, los islamistas se frotaban las manos a la espera de un ascenso considerado imparable.
 
Para muchos de ellos, un país vecino aunque no árabe, la Turquía de Recep Tayip Erdogan, marcaba la senda a seguir. Todo parecía indicar que, después de unos años de efervescencia yihadista al rebufo de la guerra de Irak, los sectores moderados que apostaban por las urnas como medio de alcanzar el poder. “La Primavera Árabe ha sido como una daga clavada en el corazón de Al Qaeda. Las masas en Egipto, pacíficamente y en sólo 18 días, consiguieron mucho más que Bin Laden en una década sangrienta”, explicaba a El PAIS Bruce Riedel, especialista en islamismo del think tank Brookings Institution.
 
Aunque tardío, el apoyo de Occidente a la democratización de la región alejaba el fantasma de Algeria, donde un golpe militar contra un gobierno islamista recién elegido democráticamente encontró el beneplácito de Washington y la UE. Se abrió entonces una brutal guerra civil que dejaría tras de sí un auténtico reguero de sangre: más 200.000 víctimas. El putsch de los militares egipcios puede retrotraer al islamismo mayoritario a su mentalidad victimista, y alterar el equilibrio de fuerzas en favor de los grupos radicales. Todo dependerá de la lectura que hagan sobre las causas del ocaso de Mursi. ¿Se debió a sus propios errores o a la alergia occidental al islamismo?
 
En Túnez, algunos líderes de Ennahda se han decantado por la primera opción. En una velada crítica a sus correligionarios egipcios, el primer ministro, Ali Laarayedh, declaró en una entrevista a la televisión del país que “un escenario como el de Egipto” es poco probable en Túnez porque “nuestra labor se caracteriza por el consenso y la cooperación”. Es decir, que los Hermanos Musulmanes tensaron demasiado la cuerda al intentar acaparar todos los resortes del poder.
 
Como era de esperar, los líderes de la Hermandad en Egipto han optado más bien por el relato opuesto. “El ejército egipcio ha actuado a instancias de Occidente. El mensaje es claro: no quieren que triunfe un gobierno islamista en un país tan importante como Egipto”, sostiene Hamza Zawba, un dirigente del Partido de la Libertad y la Justicia, el brazo político de la cofradía. En el fragor de la batalla, y ante la necesidad de movilizar a sus bases para arrancar concesiones al ejército, su actitud no resulta sorprendente. Sin embargo, es posible que, al menos de puertas hacia dentro, en algún momento se hará una autocrítica. Y es que hace demasiadas décadas que el movimiento apostó por las urnas como para desandar el camino, sobre todo cuando ha demostrado poseer la maquinaria electoral mejor engrasada del país.
 
La caída de Morsi se hará sentir de forma más inmediata sobre todo en dos escenarios: Siria y Palestina. “Lo que ha pasado es una pesadilla para Hamás … el nuevo gobierno no tendrá buenas relaciones con ellos”, explica el catedrático palestino Mujaimer Abu Saasa en el diario Al Ahram, haciendo referencia a las buenas relaciones políticas y vínculo orgánico entre los Hermanos Musulmanes y la milicia palestina.
 
La alegría que expresaron la noche del miércoles los activistas de Tahrir es parecida a la que debió sentir Bashar al-Assad. Apenas unas horas después del golpe, el presidente sirio ya se había felicitado en una entrevista televisiva por la “caída del islamismo”. “Quien usa la religión por intereses políticos o partidistas caerá en cualquier parte del mundo”, pronosticó. El rais ha basado su estrategia para sobrevivir a la Primavera Árabe en presentar el conflicto sirio como una lucha contra el yihadismo, en lugar de una revolución popular contra su dictadura. Por eso, considera que todo debilitamiento del islamismo gobernante en favor del yihadismo supone una bendición para él. El Egipto de Morsi nunca aportó a los rebeldes otro apoyo que el moral".

lunes, 8 de julio de 2013

Golpe de estado sin atenuantes

El blog Hotel Palestina, del periodista valenciano Vicent Montagud, analiza también la situación en Egipto en su entrada: "El hombre del paraguas en Egipto". Aquí dejo sus reflexiones, como siempre interesantes.
 
En el mundo árabe son muy frecuentes las confusiones. Tanto, que el mítico periodista de La Vanguardia Tomás Alcoverro tituló así un libro-resumen de sus crónicas durante casi cuatro décadas: “Espejismos de Oriente”. Y detrás de la alegría de los jóvenes laicos y musulmanes moderados en El Cairo puede haber otro espejismo, e incluso “una tragedia”, como titula mañana The Economist. Hay algunos datos que, por desgracia, apuntan en esa dirección:
 
1. Un golpe de estado sin atenuantes. Los líderes europeos sólo pronuncian las tres palabras cuando desaparecen los micrófonos, pero es evidente que se trata de un golpe militar, aunque cuente con apoyo ciudadano. Tampoco es el primero de la historia aplaudido en las calles. El Ejército ha destituido a un presidente elegido en las urnas, ha suspendido la constitución, ha colocado a una marioneta, ha ordenado la detención de centenares de militantes del partido en el poder y ha cerrado los medios de comunicación más críticos. Sólo faltaban las marchas militares en la televisión estatal para cumplir por completo el manual del golpista.
 
En el momento de escribir este post se están produciendo graves enfrentamientos en el Cairo, entre partidarios de Mursi y el Ejército, que ha disparado contra los manifestantes y ha matado al menos a 17 personas.
Un partidario del gobierno de Mursi herido por disparos del Ejército en El Cairo.
2. La legitimidad procede de las urnas. Es cierto que las opciones no islamistas sumaron más votos en la primera vuelta de unas elecciones no del todo libres y no del todo limpias, que Mohammed Mursi ganó por un estrecho margen, y que después ha intentado poner en marcha un programa de máximos que ha irritado a amplísimos sectores de la población. El ministerio de Interior reconoció que en las manifestaciones del domingo participaron entre 14 y 17 millones de personas. Eso supone casi el 20 por ciento de la población del país, contando a niños, adultos y ancianos.Tampoco nadie duda que la gestión de Mursi ha sido ineficaz y que ha empeorado la calidad de vida de los ciudadanos. (No voy a extenderme en las razones del descontento porque las pueden encontrar en este artículo de Olga Rodríguez que anticipaba el golpe días antes de consumarse).  Pero parece exagerado asegurar que Mursi ha intentado transformar la república en un califato porque no controlaba el ejército, como se ha demostrado, ni el aparato judicial heredado de Mubarak. Argumentan también algunos analistas que el país se dirigía a la guerra civil o a la bancarrota.  Parece difícil que un gobierno pueda conseguir ambas cosas con sólo un año en el poder. Y justificar el derrocamiento de gobiernos legítimos sólo por ineficaces sería un caos. ¿Acaso quedarían muchos en el mundo? ¿Quedaría alguno en Oriente Medio?
 
3. El Ejército mantiene el poder. Como siempre desde la creación de la república hace más de medio siglo. Es parte del problema, de una arquitectura institucional asfixiante todavía por desmantelar, y no puede ser la solución. Los militares gozan de un gran prestigio entre la población y ello les permite seguir siendo, sobre todo, una gran empresa que controla el 20 por ciento del PIB a base de prebendas y corruptelas. Pero es también en enorme aparato represivo que estuvo al servicio de la dictadura de Mubarak. Incluso en sus últimos días. Mientras cubría las revueltas en El Cairo hace dos años me encontré a dos periodistas de la televisión rusa Star que habían sido torturados, no por policías, sino por militares. Les vendaron los ojos, les ataron las manos por la espalda, les golpearon y les trasladaron a un centro de detención secreto donde les amenazaron con violarlos: “¿Sois homosexuales, verdad? Porque si no lo vais a pasar muy mal”. Este es el rostro del Ejército que autorizó después las pruebas de virginidad para las opositoras detenidas y que esta semana dibujaba corazones de colores con aviones sobre la plaza Tahrir.
Momento de la oración en una manifestación pro Mursi en El Cairo, Egipto.
 
4. ¿Auge del islamismo político? El 73 por ciento de los egipcios censuraban la gestión del presidente Mursi, según una encuesta publicada por el Egyptian Center for Public Opinion, tan lejos como el 2 de julio. Muchos de ellos, en consecuencia, no le hubieran vuelto a votar. ¿Qué ocurrirá si el gobierno impuesto por el Ejército cumple su palabra y convoca elecciones? De momento, falta saber si los Hermanos Musulmanes seguirán siendo perseguidos, o podrán volver a concurrir a las urnas. Y en qué condiciones. Si lo hacen, no es descartable que rentabilicen el victimismo, como siempre han hecho. Al islamismo político, el movimiento mejor organizado después de la caída de las dictaduras, le había llegado el momento histórico de gobernar. En tiempos muy difíciles. Por lo tanto, probablemente también de fracasar, con lo que se podría producir la alternancia imprescindible para avanzar en el proceso democrático. Un proceso que queda interrumpido.
 
5. El peor mensaje al mundo árabe. La bolsa de Egipto se disparó el 10 por ciento el día siguiente al golpe. Eso significa que el poder económico da la bienvenida a la subversión. Tal vez sea una de las razones que explique el encogimiento de hombros de las grandes potencias. Puede, incluso, que la economía mejore. Y que los ciudadanos vivan mejor. Ojalá sea así. Pero el golpe en Egipto, el corazón del mundo árabe, lanza el peor mensaje a otros países que todavía caminan a tientas después de librarse de los regímenes mafiosos que los han oprimido durante décadas: no sirve de nada ganar las elecciones porque a los perdedores siempre les queda el recurso a la fuerza.
 
Como consecuencia de todo ello me ha parecido ver, de nuevo, al hombre del paraguas en las calles de El Cairo. En el documental de Errol Morris, el periodista Josiah “Tink” Thompson dice así: “si pones cualquier hecho histórico bajo el microscopio te encontrarás toda una dimensión de cosas absolutamente extrañas e increíbles que están pasando”. De todas ellas, sólo una me parece esperanzadora: los egipcios perdieron el miedo hace tiempo y ya conocen el camino de Tahrir.

viernes, 5 de julio de 2013

Jugando con fuego en Egipto

Javier Barreda, compañero en la Universidad de Alicante y quizás el mejor conocedor de la realidad egipcia en nuestro país, publica dos recomendables reflexiones sobre el antes y el después de la caída de Morsi en el portal Rebelión. Recupero algunos fragmento del sugundo artículo titulado "Los motivos de la oposición a Mursi frente al golpe de estado consumado".
 
"En la primera parte de este texto, publicada ayer en estas mismas páginas (Jugando con fuego en Egipto (1). La conspiración), queríamos avanzar la idea, antes de entrar en los motivos de la oposición al presidente Mursi, de que las actuales manifestaciones han sido precedidas por una campaña de diabolización de aquel y de los Hermanos Musulmanes, que no dudé, a pesar de las previsibles acusaciones de paranoia, de calificar como parte de una conspiración. En ningún momento negué la amplitud del movimiento de oposición a Mursi, ni las buenas razones que pueda haber para ella, aspectos en los que pensaba extenderme en estas líneas. Sin embargo, a la vista de los acontecimientos de las últimas quince horas, es necesario insistir en la teoría de la conspiración y la desinformación, pues está condicionando los análisis de manera decisiva.
 
En su discurso de la noche de ayer, 2 de julio, Mursi anunció su negativa a abandonar el poder, y su aferramiento a la legalidad y la legitimidad (en árabe se utiliza la misma palabra para ambas), desde la base de que estas eran la únicas que suponían una garantía para todos los egipcios. Su discurso estuvo salpicado de alusiones a la violencia y al derramamiento de sangre que había que evitar a toda costa. Deduje de sus palabras que, puesto que sus partidarios no iban a abandonar motu propio su movilización, serían objeto de violencia, y que dejaba en el aire que se resistieran a ella o no. No obstante, los comentaristas de la televisión pública que inmediatamente después comentaron el discurso de Mursi, dieron por hecho que el presidente amenazaba a sus conciudadanos con la violencia, y lo propio hicieron una serie de opositores que hablaron posteriormente para la cadena Al-Jazeera. Poco después el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), Abdel Fattah al-Sisi, declaraba a través de Facebook, escuetamente, que “es más honorable morir que [permitir] que el pueblo egipcio sea aterrorizado y amenazado. Juramos a dios ofrecer nuestra sangre contra cualquier terrorista, extremista o ignorante” [...].
 
Desde el inicio de las manifestaciones, el argumento de que “el pueblo” quiere que Mursi abandone el poder ha sido el mantra repetido por la campaña mediática, y asumido por el CSFA, porque es el único argumento legítimo que se puede esgrimir para su abandono bajo coacción. Todas las ineptitudes y los visos de autoritarismo (muy matizables) que haya podido mostrar Mursi, no justifican en manera alguna lo que de ninguna manera puede dejar de llamarse un golpe de Estado, como señalan honorables conocedores del tema, como Alain Gresh y Robert Fisk. Y aquí es donde se ha producido el salto cualitativo que sorprende que no hayan previsto las escasas fuerzas de oposición honorables y millones de ciudadanos honestos y conscientes. Un rápido repaso de las acciones que afean a Mursi y a su partido permitirá a los lectores juzgar por sí mismos.
 
La composición monolítica de los gobiernos de Mursi, supuestamente dominados por los Hermanos Musulmanes, fue la primera razón argüida para descalificarlo. Sin embargo, según han reconocido los implicados, o personas próximas a ellos, Mursi ofreció el puesto de presidente del gobierno a Ayman Nur, presidente del partido Gad Al-Thawra, el de vicepresidente de la República a Hamdin al-Sibahi, presidente del Partido Naserista y adversario presidencial de Mursi, y el de asesor presidencial a Ahmad Maher, dirigente del Movimiento 6 de abril. Todos ellos declinaron la oferta. Un año después, el presidente del gobierno, Hisham Qandil, que no es miembro de los Hermanos Musulmanes, declaró en una entrevista televisada que había ofrecido de nuevo puestos ministeriales a destacadas figuras de la oposición. Aún así, la composición del último gobierno incluía tan sólo 10 miembros de la Hermandad de un total de 27 ministros.
 
La oposición a la composición de la Asamblea Constituyente que debía redactar la constitución fue la segunda piedra de toque en la que los partidos de oposición mostrarían sus cartas, arguyendo que estaba dominada por personas de tendencia “islamista”. Sin embargo, la composición de la asamblea había sido aprobada en un acuerdo firmado por los 22 partidos de la oposición el 7 de junio de 2012, antes de la elección de Mursi, tras aceptar los Hermanos Musulmanes el fallo judicial, producido bajo el mandato de los militares, que anulaba la composición de su predecesora, determinado por el parlamento, donde no hay que olvidar que la coalición de los Hermanos Musulmanes y otros partidos islamistas contaba con el 72% de los escaños, obtenidos a principios de año (el Parlamento también había sido disuelto por un fallo judicial). La mayoría de los miembros de los partidos de la oposición se retiraron prontamente de los debates de la Asamblea. La constitución fue aprobada con un 64% de votos a favor, aunque la participación electoral fuera baja (33%).
 
La declaración constitucional emitida por Morsi el 22 de noviembre de 2012, que fundamentalmente pretendía blindar las decisiones de aquel y las de la Asamblea Constituyente frente a los fallos del poder judicial fue sin duda la única decisión mayor que puede tildarse de autoritaria, y uno de los mayores errores estratégicos de Mursi, a pesar de que anulara dos semanas después sus disposiciones más controvertidas –lo que indica los límites de su autoritarismo-, y de que estuviera orientada a prevenir la influencia de la importante presencia en el poder judicial de fieles servidores del ex presidente Mubarak y de sus sucesores, el CSFA. En este mismo terreno, siguió poco después el intento de limitar dicha influencia mediante la reelaboración de la legislación relativa a los cuerpos judiciales, y en particular de adelantar cinco años la edad de jubilación de los jueces. Hay que señalar, sin embargo, que pocos años antes Mubarak había retrasado dicha edad de jubilación en cinco años, y entonces nadie dudó de que el ex presidente lo hiciera para servir a sus intereses. Finalmente, en el terreno judicial, también en noviembre de 2012 Mursi cesó en su puesto al Fiscal General, Abdel Meguid Mahmud, y nombró uno nuevo por cuatro años, lo que así mismo abrió una larga disputa acerca de su autoritarismo. No obstante, Mahmud había sido nombrado por Mubarak, y había sido acusado por la oposición tras enero de 2011 de dificultar las investigaciones sobre los dirigentes del régimen de aquel. Hace dos días, el Tribunal Supremo falló, sin apelación posible, que Mahmud debía retornar a sus anteriores funciones [...]".

jueves, 4 de julio de 2013

Egipto: quo vadis?

Hoy firmo en El Correo esta reflexión sobre la situación tras la caída de Morsi: Egipto: quo vadis? que mañana saldrá en la edición de papel. Quizás demasiado breve para una situación tan compleja y poliédrica. Espero tener la ocasión para extenderme sobre la situación en los próximos días.

"La función terminó. El presidente Mursi ha sido desalojado del poder por los militares, que han retornado al primer plano de la escena política con su golpe de mano. Los Hermanos Musulmanes, que habían acumulado buena parte del poder ejecutivo y legislativo en la fase post-Mubarak, han sido desalojados convirtiéndose en un apestado del que todos reniegan debido a su controvertida gestión de gobierno. La situación sobre el terreno, sin embargo, es mucho más compleja de lo que pudiera parecer.
 
Las Fuerzas Armadas son, sin ninguna género de dudas, los principales beneficiarios de la nueva situación: han conseguido recuperar el protagonismo político y, además, han dado a su golpe de estado una fachada democrática al contar con el respaldo de buena parte de las fuerzas políticas seculares y de las personalidades religiosas. También la calle egipcia le ha otorgado su apoyo a pesar de que en el pasado los militares no se distinguieron precisamente por sus credenciales democráticas, sino más bien todo lo contrario.
Egyptians celebrate in Tahrir square last night after the army ousted President Mohamed Morsi. The head of Egypt's armed forces General Abdel Fattah al-Sisi issued a declaration on Wednesday suspending the constitution and appointing the head of the constitutional court as interim head of state, effectively declared the removal of elected Islamist President.
Naser, Sadat y Mubarak, los tres presidentes que se sucedieron desde 1954, fueron todos ellos militares autocráticos que persiguieron las libertades públicas y fomentaron un sistema de partido único. Tras la revolución del 25 de enero de 2011, el mariscal Tantawi maniobró para que los militares conservaran todas sus prerrogativas (carácter secreto de sus cuentas, control de una tercera parte de la economía y mantenimiento de tribunales militares para civiles). Tampoco demostraron excesivo celo a la hora de investigar las violaciones de los derechos humanos o en llevar a juicio a los responsables de las más de mil víctimas caídas en los dos últimos años y medio.
 
A pesar de que Abdel Fattah Sisi, ministro de Defensa y nuevo hombre fuerte de Egipto, se ha cifrado como una de sus prioridades la reconciliación nacional, parece difícil que ésta vaya a impulsarse si los Hermanos Musulmanes son ilegalizados y sus dirigentes son encarcelados. No debe olvidarse que dicha formación cuenta con un amplio respaldo popular, tal y como demostraron en las elecciones legislativas y presidenciales en las cuales se consagraron como la principal fuerza política del país. Por lo tanto, el sentido común aconsejaría que la transición no repita los errores del pasado y no excluya a ninguna fuerza política, lo que evitaría una mayor polarización social y un eventual derramamiento de sangre. La delicada situación económica en la que se encuentra el país así lo aconseja".

miércoles, 3 de julio de 2013

El (des)gobierno de Morsi

Hoy publico en La Cuarta de El País esta reflexión sobre los doce meses de presidencia de Mohamed Morsi bajo el título "El (des)gobierno de Morsi". Ayer también estuve hablando sobre el tema en La Tarde del Canal 24 Horas. La salida de la crisis no parece fácil. Hoy expira el ultimátum que el ejército ha dado a Morsi para que acepte las demandas de la población. Todos los escenarios están abiertos.
 
"Egipto se encuentra al borde del abismo. Un año después de la toma de posesión de Mohamed Morsi como presidente, el país está inmerso en una aguda crisis política, social y económica. Las esperanzas que muchos sectores de la sociedad egipcia habían depositado en los Hermanos Musulmanes han quedado defraudadas ante su manifiesta incapacidad para estabilizar la situación.
 
Tras imponerse en las elecciones presidenciales, Morsi prometió que sería el presidente de todos los egipcios y que no trataría de imponer una agenda islamista, exactamente lo contrario de lo que hizo después. En lugar de negociar un pacto con el resto de fuerzas políticas para superar la compleja situación que atenazaba al país, la Hermandad movilizó a todos sus peones para controlar las principales estructuras estatales en un proceso que los egipcios denominan ijwanización (del árabe ijwan, hermanos). Como único compañero de viaje en esta arriesgada travesía han elegido al movimiento salafista, que aspira a restablecer el califato islámico y es generosamente financiado por Arabia Saudí.
 
Tras la disolución del Parlamento, el presidente Morsi ha maniobrado para concentrar buena parte del poder ejecutivo, legislativo y, también, judicial. Estos movimientos explican el creciente malestar de los sectores seculares, que consideran que se ha reforzado el presidencialismo y que el Partido de la Libertad y la Justicia, marca política de la Hermandad, disfruta de una situación cuasi monopolística muy parecida a la que, en época de Mubarak, detentó el oficialista Partido Nacional Democrático.
 
Si bien es cierto que los Hermanos Musulmanes y las fuerzas seculares colaboraron activamente para derribar a Mubarak, desde la llegada al poder de los islamistas el abismo que les separa se ha ido ensanchando hasta hacerse prácticamente infranqueable. El decreto presidencial del 22 de noviembre marcó un punto de no retorno al conceder plena inmunidad a Morsi, quien además se arrogó el derecho de adoptar aquellas medidas que considerase convenientes para “proteger al país y los objetivos de la revolución”. El referéndum constitucional, celebrado a mediados de diciembre, agravó la situación, ya que la nueva carta magna fracasaba a la hora de garantizar las libertades fundamentales. Una muestra del amplio rechazo que generó fue la escasa participación: apenas un 33% del censo electoral (20 puntos por debajo del porcentaje registrado en las elecciones legislativas y presidenciales).
 
En estos meses, las posiciones de islamistas y seculares se han polarizado todavía más. El último eslabón de esta cadena de desencuentros lo representa una ambiciosa campaña de desobediencia civil iniciada en abril para reunir tantas firmas como votos obtuvo Morsi en las elecciones. El objetivo final sería desalojar del poder al presidente al considerar que “ha cosechado un rotundo fracaso en sus objetivos, puesto que no ha traído la seguridad ni la justicia social y se ha mostrado incapaz de gobernar una gran nación como Egipto”.
 
Para tratar de hacer frente al desafío islamista, la oposición secular ha establecido un Frente de Salvación Nacional en el que toman parte tanto los partidos tradicionales (Wafd, Karama y Tagammu) como los de nuevo cuño (Partido de la Constitución, Partido Social Democrático Egipcio o Partido de los Egipcios Libres), así como diversos movimientos juveniles y sindicatos. Sus principales demandas son la retirada del decreto presidencial, la derogación de la Constitución y el establecimiento de una nueva Asamblea Constituyente.
 
Si bien es cierto que la oposición parece haber extraído algunas lecciones de los errores cometidos desde la caída de Mubarak (entre ellos la falta de liderazgo, la fragmentación política y la incapacidad de articular un discurso que conecte con el electorado), no está del todo claro que dicho frente sea capaz de permanecer unido hasta las próximas elecciones, que se celebrarán en otoño, ya que el único elemento que le cohesiona es su rechazo frontal a Morsi. Las diversas formaciones que toman parte en esta heterogénea coalición mantienen fuertes discrepancias en torno a la hoja de ruta para sacar a Egipto de la profunda crisis en la que se encuentra inmerso.
 
El Gobierno islamista también ha intensificado la presión sobre sus críticos. En los últimos meses se han multiplicado las campañas contra las organizaciones de la sociedad civil y las nuevas centrales sindicales surgidas tras la revolución. Asimismo se ha experimentado un rebrote del sectarismo, como muestran los diversos linchamientos y persecuciones entre la minoría chií (integrada por, al menos, 200.000 personas) y la población copta (unos nueve millones), muchos de ellos alentados desde las filas salafistas.
Plaza Tahrir en Egipto
Junto a la polarización sociopolítica, el principal problema que atenaza a Egipto es su delicada situación económica. No debe pasarse por alto que gran parte de las reivindicaciones de la revolución del 25 de enero de 2011 tenían un trasfondo económico: mayor justicia social, mejor redistribución de la riqueza y creación de puestos de trabajo para la juventud, que representa más de la mitad de la población.
 
El Proyecto Renacimiento, planteado a bombo y platillo durante la campaña electoral de Morsi, pretendía captar 200.000 millones de dólares en inversiones y alcanzar, en un plazo de cinco años, un crecimiento del 7% anual. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ya que la economía apenas creció el pasado año un 1,8% (frente al 5% del periodo 2006-2010). Entre 2009 y 2012, el déficit fiscal se duplicó, pasando del 5,6% al 11%. Hoy en día, la deuda pública representa ya el 85% del PIB y las divisas están prácticamente agotadas (desde la caída de Mubarak se han gastado dos terceras partes de las reservas). La importación de productos de primera necesidad, como el trigo y el gasóleo, se ha disparado y cada vez es más costosa debido a la depreciación de la moneda local (más de un 15% en los últimos seis meses). La inflación no deja de escalar y ya supera el 11%, mientras casi la mitad de la población vive bajo el umbral de la pobreza (un 25% con menos de un dólar al día y otro 24% con dos). Además, son cada vez más frecuentes los cortes de agua y electricidad.
 
Ante esta dramática situación, el Gobierno egipcio negocia con el FMI un préstamo de 4.800 millones de dólares, pero no parece dispuesto a asumir el elevado coste electoral que tendría la retirada de las subvenciones a productos básicos como el pan, la electricidad o el gasóleo (que suman una quinta parte del presupuesto). La aplicación de este plan de ajuste podría desencadenar una segunda ola revolucionaria, un escenario explosivo si tenemos en cuenta que los Hermanos Musulmanes deberán someterse nuevamente al veredicto de las urnas en otoño.
 
La mayoría de los analistas coinciden en que la hegemonía política de los islamistas está seriamente amenazada. Es más que probable que la formación sufra un fuerte castigo en las próximas elecciones, aunque no está claro quién será el principal beneficiado. Si bien es cierto que parte de dicho voto podría ir a parar a los salafistas, hay quienes consideran que estos también podrían retroceder posiciones por sus divisiones internas. Esta circunstancia podría beneficiar a los partidos islamistas de nuevo cuño, como Egipto Fuerte de Abul Futuh, quien logró casi cuatro millones de votos en las elecciones presidenciales. También el secular Frente de Salvación Nacional, en el que participan Mohamed el Baradei y Amr Musa, podría avanzar posiciones de conseguir mantener su cohesión y movilizar a quienes se abstuvieron en las pasadas elecciones. De lo que no cabe ninguna duda es que la sociedad está cada día más polarizada y que las crecientes tensiones entre islamistas y seculares podrían provocar un choque de trenes que haga saltar en pedazos la frágil transición egipcia. Ante esta posibilidad, los militares se mantienen a la expectativa esperando que se den las condiciones para recuperar el poder que detentaron con mano de hierro durante más de medio siglo".

martes, 2 de julio de 2013

Rebelión en Egipto

La Fundación Al Fanar publica en su último boletín varios artículos de la prensa árabe sobre la campaña de desobediencia contra el gobierno egipcio de Morsi: Tamarrud. Uno de ellos lo firma Abd Al-Bari Atuan, director del diario Al Quds al Arabi, y lleva por título "La pregunta de la que huyen todos los egipcios".

"La pregunta que se impone en estos momentos, después de que ayer salieran miles de opositores del presidente Mursi a manifestarse en Tahrir y ante el palacio de la Presidencia, es la siguiente: ¿Qué hacer ahora? ¿Qué va a pasar hoy, mañana, en los próximos meses?
 
Reconozcamos una verdad en la que todo el mundo debe detenerse: Egipto vive una situación crítica que se agrava, que se complica cada minuto y que discurre en paralelo a una división cada vez más peligrosa a todos los niveles. La única institución íntegra es la del Ejército que vigila la situación de cerca y estudia sus opciones, todas ellas inquietantes y sin garantías.
 
La institución militar, representada por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa, Abdelfattah Sisi, dio a la oposición y al poder un plazo de cinco días para solucionar la crisis o de lo contrario se pondría de parte del pueblo e intervendría para impedir el colapso del Estado y sus instituciones. Ese plazo concluye hoy y la crisis sigue como estaba si no peor. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿El Ejército cumplirá sus amenazas, se hará con el poder y declarará el estado de excepción y la ley marcial?
 
La posibilidad de las soluciones intermedias es inexistente ya que cada una de las partes de la crisis se atrinchera en su posición y se niega a dar marcha atrás ni un solo milímetro. Los opositores del presidente Mursi corean lemas pidiendo la marcha del presidente y elecciones presidenciales anticipadas desde antes de las protestas de ayer. Por su parte los partidarios del presidente insisten en que él le respalda la legitimidad al haber sido elegido por el pueblo y debe seguir en la Presidencia otros tres años más.
Protesters opposing Egyptian President Mohamed Mursi gather during a demonstration at Tahrir Square in Cairo
El presidente no se va a marchar respondiendo a las manifestaciones que así se lo piden aunque salgan millones de personas a la calle, pero se verá obligado a hacerlo si interviene el Ejército y se hace con el poder al igual que sucedió tras la revolución del 25 de enero pero esta vez con una gran diferencia: el presidente Mursi es un presidente elegido y apoyado por un amplio sector de la población y el presidente Mubarak era odiado por la mayoría aplastante de los egipcios.
 
Supongamos que el Ejército egipcio interviene y asume el poder cumpliendo sus amenazas y encuentra que este paso es bien recibido por el pueblo ¿Recibirá también la élite egipcia, la del poder y la de la oposición, esa intervención? Si no acepta ese paso, y ya la hemos oído corear antes «que caiga el gobierno militar», ¿cómo va a reaccionar? ¿Se echará a la calle?
 
Añadimos otra pregunta necesaria: si el presidente Mursi se somete a las demandas de la oposición y acepta las elecciones anticipadas y éstas se celebran y las vuelve a ganar ¿aceptará la oposición los resultados de esos comicios? ¿Respetará la opinión del pueblo y la sentencia de las urnas o volverá de nuevo a las calles?
 
Miente quien diga que tiene las respuestas a estas preguntas o a alguna de ellas, porque el odio es el amo de la situación y la incitación contra el otro es el titular principal de la crisis. Es imposible plantear soluciones intermedias creativas por muy pacíficas y patrióticas que sean las intenciones de quien las plantee, y aunque ponga los intereses de Egipto por encima de cualquier consideración (…)".

lunes, 1 de julio de 2013

Luces y sombras de Morsi

La periodista Nuria Tesón firma en esglobal este detallado artículo "Luces y sombras de un año de Morsi" en el que repasa el primer año de gestión de Mohamed Morsi en la presidencia de Egipto. Como el 25 de enero de 2011, millones de egipcios se han lanzado a las calles para reclamar la caída del régimen y reclamar un nuevo proceso constituyente. Los Hermanos Musulmanes recogen ahora la cosecha de una transición sin consensos y sin díalogo con la oposición. Mañana publicaré mi propia reflexión que saldrá en la prensa.
 
"Aunque pudiera parecer lo contrario en este último año, Egipto ha retrocedido más de lo que ha avanzado. De hecho, el país del Nilo parece más inmerso en un eterno retorno temporal obligado a repetir sus errores, que en una transición que avance en alguna dirección (sea la que fuere). Para muestra un vistazo a los acontecimientos de los últimos meses: Mubarak y sus hijos entran y salen de los juzgados mientras se suceden los aplazamientos y el público pierde el interés; tan bajas son las expectativas de que se haga justicia. El único órgano democrático elegido en las urnas aún en pie, el Consejo de la Shura, ha sido declarado inconstitucional. La Cámara alta egipcia podría ser disuelta tras las legislativas que, tras un año sin Parlamento no tienen fecha de celebración.
 
Lo mismo ocurre con la Carta Magna después de que la Asamblea Constituyente que la redactó fuera también declarada inconstitucional por el alto Tribunal. Ahora la calle pide nuevas elecciones presidenciales, pero sin un Parlamento desde junio de 2012, con una Cámara alta que deberá ser disuelta tan pronto como haya Cámara baja, con una Constitución en entredicho y la economía por los suelos se hace difícil imaginar que el país esté preparado para reiniciar el proceso, aunque quizá fuera lo deseable por una amplia mayoría en las calles (Morsi llegó a la presidencia con el 51% de los sufragios y ha perdido apoyos en los últimos meses).
 
La constitución: oír, ver y callar
La vigente Carta Magna ha costado, literalmente, sangre sudor y lágrimas.  Hecha por y para los islamistas, el resto de tendencias de toda índole abandonaron la Asamblea Constituyente donde aseguraban que no se les escuchaba ni se tenían en cuenta sus opiniones (la mayoría de miembros de los Hermanos Musulmanes así como de los salafistas era abrumadora). El texto llegó sembrado de polémica tras un decreto de Morsi, en el que se blindaba él y a sus decisiones a la justicia hasta que hubiera una Constitución,  y con el que forzaba a los ciudadanos a aceptar sí o sí la propuesta que saliera del consejo.
 
El punto de fricción más relevante es el que se refiere a la sharia. Para los no islamistas  la Ley deja abierta la puerta a interpretaciones extremistas. En el texto legal todo lo referente a la ley islámica es tan genérico como multiuso: la Constitución repite en su artículo 2 lo enunciado en la Carta de 1971 por el que se eleva la ley coránica a “fuente principal de toda legislación”, estribillo al que casi ningún egipcio, fervoroso o no, se opondría. Y para definir los principios de la misma entrega a la histórica universidad de Al Azhar autoridad absoluta para interpretarla.  El peligro radica en una institución dominada por Hermanos Musulmanes, algo que los propios religiosos han denunciado y por lo que se han manifestado.
 
Tanto o más significativos son, sin embargo, los artículos con los que se compra a los generales. El 197 pone fuera de todo escrutinio parlamentario el presupuesto militar, competencia exclusiva de un Consejo Nacional de Defensa inflado de altos mandos; y el 198 permite el juicio de civiles por el fuero militar, cuando “dañaran al Ejército”.  Perpetuando así los juicios militares a civiles, cuyo fin ha sido una demanda desde la revolución.  El artículo 48 establece que “la libertad de prensa está garantizada”, pero siempre “de acuerdo con los principios básicos del Estado y la sociedad”, una coletilla preocupante para muchos reporteros, sobre todo si su interpretación correspondiera a una judicatura dominada por los islamistas.
 
El Ejército: ¡armas al hombro!
Aunque Morsi se encargó de silenciar a los que se oponían a la hegemonía de la hermandad,  tan pronto como llego al poder hace un año. Los militares siguen siendo la pieza clave del complicado puzle egipcio. Siempre en la sombra, los generales se han asegurado en la Constitución las prebendas sobre su presupuesto y el poder de juzgar a los que amenacen su estatus. Además, tampoco han perdido la oportunidad de enseñar la patita cuando ha sido menester para presentarse como pacificadores y guardianes del país. Aunque lo cierto es que su imagen se ha visto muy deteriorada tras su año de regencia.  En los últimos días  el comandante jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa, Abdel Fatah el Sisi (piadoso general favorable a la Hermandad), manifestó que el Ejército ha evitado “intervenir en la batalla política en la última etapa”, pero que no se quedarán callados “si el país se desliza hacia un conflicto difícil de controlar”.  Aunque El Sisi  argumentó que las Fuerzas Armadas han trabajado con “neutralidad total” y se ha alejado de la política desde que Morsi asumiera el poder, lo cierto es que no han dejado de blandir sus sables para recordar a los islamistas quién les allanó el camino al palacio de Heliópolis. Aunque los rostros, los nombres y las alianzas han cambiado, el Ejército sigue siendo el tercer pilar en el que se apoya el Estado egipcio junto con la presidencia y la religión, tan próximas estas últimas ahora.
 
La libertad de expresión. ¿Quién dijo miedo?
Seis meses bajo la presidencia de Mohamed Morsi fueron suficientes para darse cuenta de que su relación con el cuarto poder no iba a ser un idilio. Los tribunales egipcios abrieron en ese medio año más causas judiciales por “insultar” al rais que durante los 30 años de gobierno de Hosni Mubarak. Un informe publicado por la Red Árabe de Información sobre Derechos Humanos (ANHRI, por sus siglas en inglés), aún va más allá: en la era Morsi, estos procesos superan los iniciados en los últimos 120 años.
 
Encarcelación de informadores y opositores, acoso a medios de comunicación y un largo etcétera de torturas y detenciones a cualquier voz contraria han desatado duras críticas entre periodistas y organizaciones de la sociedad civil egipcia ante una caza de brujas contra aquellos medios hostiles a los Hermanos Musulmanes.
 
Morsi creyó que podía engañar a alguien derogando una ley que permite encarcelación preventiva de periodistas por insultos al presidente. Sin embargo, ejemplos recientes de esa práctica de acoso continuada demuestran que esos derechos siguen siendo vulnerados [...]".