domingo, 22 de marzo de 2015

Netanyahu de Israel

Este jueves publiqué este artículo en el diario vizcaíno El Correo donde analizo cuáles pueden ser las políticas de Netanyahu hacia la cuestión palestina en su cuarto mandato. La respuesta es clara: afianzar las fronteras del Gran Israel y enterrar definitivamente la solución de los dos Estados. ¿Se lo permitirá la comunidad internacional?

Benjamin Netanyahu es el gran vencedor de las elecciones legislativas israelíes. La aplastante victoria del Likud le permitirá asumir su cuarto mandato y, por lo tanto, le convertirá en el primer ministro más longevo en la historia de Israel, superando incluso al propio David Ben Gurion, quien en 1948 proclamó el nacimiento del nuevo Estado. En el ánimo del electorado parecen haber pesado más las cuestiones relacionadas con la seguridad y la política exterior que la agenda doméstica y la situación económica, en las que la opositora Unión Sionista basó su campaña. 

Al contrario de lo esperado, el electorado israelí no ha penalizado la arriesgada estrategia de Netanyahu de confrontación con la Administración de Obama. Debe recordarse que el primer ministro israelí inauguró su campaña en Washington dirigiéndose a los congresistas y senadores norteamericanos, a los que advirtió en torno a los peligros de un posible acuerdo nuclear con Teherán, sobre todo si es acompañado del levantamiento de sanciones y se convierte en la antesala de una normalización de relaciones. El discurso de Netanyahu ante el Congreso de EE UU fue interpretado por muchos como una injerencia en la política exterior norteamericana y una bofetada al presidente Obama. De hecho, antiguos responsables del Mossad han advertido de que, al tensar la cuerda, se ponía en peligro la tradicional alianza entre los dos países.

Sólo cuando las encuestas se volvieron en su contra y anticiparon una victoria laborista, Benjamin Netanyahu situó a la cuestión palestina en el centro del debate para advertir que no haría ningún tipo de concesiones territoriales ni permitiría el establecimiento de un Estado palestino. En realidad esta posición no es novedosa, ya que en la práctica el mandatario ha hecho todo lo posible para expandir las fronteras de Israel y torpedear el proceso de paz. Lo que es novedoso es que lo verbalice de manera tan contundente, ya que entra en contradicción con lo defendido en el pasado. Para atraerse a los colonos, Netanyahu ha señalado que una eventual independencia palestina daría paso a un Hamastán o, incluso peor, a una Palestina bajo el control del Estado Islámico, idea que por esquizofrénica que pudiera parecer ha calado entre ciertos sectores de la sociedad israelí a juzgar por los resultados obtenidos.
Al mostrarse claramente contrario a la solución de los dos Estados, Netanyahu deja claro que profundizará la colonización mediante la ampliación de los asentamientos, donde ya viven 550.000 colonos, e intensificará la judaización de Jerusalén para separarla de su entorno árabe, todo ello con el propósito de impedir que algún día se convierta en capital de un eventual Estado palestino. No por casualidad, Netanyahu finalizó su campaña en Har Homa, un asentamiento que él mismo contribuyó a crear en tierras expropiadas a los palestinos durante su primer mandato (1996-1999) y que ahora alberga, nada más y nada menos, que 30.000 colonos. Son las nuevas realidades sobre el terreno que la comunidad internacional prefiere ignorar para evitar un choque de trenes con el gobierno israelí.

En realidad esta estrategia cortoplacista pone en riesgo la viabilidad del proyecto estatal propugnado por los pioneros sionistas, que concebían a Israel como un Estado étnicamente homogéneo que reuniese a toda la diáspora judía. Como advirtiese Tzipi Livni, la dirigente de la Unión Sionista, a la desesperada el último día de campaña, «las políticas de Netanyahu y Benett nos abocan a un Estado binacional». Una denuncia similar la formulaba recientemente el diario izquierdista ‘Haaretz’: «Está ignorando la verdadera amenaza para Israel y para su capacidad para sobrevivir como un ‘Estado judío y democrático’: la ocupación sin fin de los territorios. La insistencia de Israel en gobernar sobre millones de palestinos de Cisjordania que carecen de derechos civiles, la expansión de los asentamientos y el mantenimiento de la población de la Franja de Gaza bajo el asedio son los peligros que amenazan nuestro futuro».

Al contrario de lo pronosticado, la economía no parece haber influido de manera determinante en el electorado. Quizás este haya sido el principal error de cálculo de la Unión Sionista, integrada por el Partido Laborista y Hatnuah, que ha quedado en segunda posición. La alarmante alza del coste de la vida (la vivienda se ha encarecido un 55% en los últimos cinco años) y la consiguiente pérdida de poder adquisitivo de las clases medias no parecen haber pasado factura al gobernante Likud. Durante su mandato, Netanyahu ha recortado los gastos en educación y sanidad y ha priorizado las inversiones en los territorios ocupados mediante la construcción de asentamientos y el aumento del presupuesto militar. Tampoco la apuesta por la reconstrucción de la dañada relación con EE UU o la reanudación del proceso de paz han atraído a un segmento significativo de la población.

La amplia mayoría lograda por el Likud le permitirá formar un nuevo Gobierno junto a sus aliados tradicionales (la Casa Judía de Naftalí Bennett y Nuestra Casa Israel de Avigdor Liberman), formaciones de nuevo cuño (como Kulanu, dirigida por un exmiembro del Likud) y los partidos ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Tora. Entre todos sumarían 67 escaños, seis más de los necesarios, lo que garantizaría la gobernabilidad de Israel en los próximos años.

sábado, 21 de marzo de 2015

Más Netanyahu, menos paz

Mi reflexión sobre las elecciones israelíes, publicada este miércoles en el blog de la Fundación Alternativas en El País. Creo que el título lo dice todo: "Más Netanyahu, menos paz". Mañana incluiré en el blog mi artículo "Netanyahu de Israel", que publicó el jueves el diario El Correo.  

Las elecciones legislativas en Israel han deparado no pocas sorpresas. La primera, y también la más significativa, ha sido la abrumadora victoria del Likud. La segunda, la derrota de la Unión Sionista, una alianza formada por el Partido Laborista y el centrista Hatnuah con el propósito de reconstruir el campo de la paz. La tercera, el retroceso experimentado por los partidos ultranacionalistas Casa Judía e Israel Nuestra Casa, que han perdido la mitad de sus escaños. La cuarta, la emergencia de Kulanu, una fuerza que se convierte en un elemento clave a la hora de garantizar la gobernabilidad del país, al igual que el laico Yesh Atid, que sin embargo cede posiciones. La quinta, el importante avance de las formaciones árabes, que concurrían bajo el paraguas de una Lista Unida, que cosechan los mejores resultados en la historia. La sexta y última es la supervivencia del izquierdista Meretz, que ha superado, a duras penas y por unas pocas décimas, el umbral necesario para obtener representación parlamentaria.

El Likud ha conseguido dar la vuelta a las encuestas y consolidarse como la fuerza política hegemónica en Israel. Los 30 escaños obtenidos (de los 120 que tiene la Knesset, el Parlamento israelí) dan a Benjamin Netanyahu un espaldarazo para proseguir sus políticas, neoliberales en economía y ‘halcones’ en lo que se refiere a la cuestión palestina e Irán. La victoria de Likud es, esencialmente, un éxito de Netanyahu, quien planteó las elecciones como un referéndum a su labor de gobierno. Su liderazgo sale, por lo tanto, extraordinariamente reforzado, sobre todo si tenemos en cuenta que casi ha duplicado los resultados del Likud (de 18 a 30 escaños) y que, además, podría sumar a su coalición de gobierno a Kulanu (Todos Nosotros), una formación de nuevo cuño creada por el antiguo dirigente del Likud Moshe Kahlon, que ha obtenido 10 escaños.
 
Si en el campo likudista predomina la euforia, el laborismo está en estado de shock. La contundente derrota de la Unión Sionista (24 escaños) se ve agravada por el hecho de que las encuestas le otorgaban una sensible ventaja sobre su tradicional rival. Si bien es cierto que el dueto Herzog-Livni ha conseguido frenar la sangría de votos experimentada por el campo laborista en pasadas elecciones, también lo es que el denominado ‘campo de la paz’ parece incapaz de superar techo y convertirse en alternativa de gobierno. Sus intentos de focalizar la campaña en el alza del coste de la vida y soslayar el proceso de paz, un asunto en el que existe una evidente polarización social, han sido insuficientes para atraer a sus antiguas votantes desencantados, que han preferido inclinarse por otras opciones, como el laico Yesh Atid (Hay Futuro) de Yair Lapid que ha obtenido 11 escaños.

Los partidos ultranacionalistas Casa Judía e Israel Nuestra Casa han sido los más perjudicados por el avance del Likud, ya que han visto como una parte significativa de su electorado (los colonos y los inmigrantes rusos, respectivamente) se han movilizado a última hora para evitar una eventual derrota de Netanyahu. Este trasvase de votos explica que hayan pasado de 25 a 14 escaños, siendo el más perjudicado el partido de Avigdor Lieberman que el de Neftali Bennett. En los últimos días de campaña, Netanyahu prodigó los gestos hacia los colonos mostrándose en contra de las concesiones territoriales y del establecimiento de un Estado palestino, lo que a luz de los resultados ha sido un acierto.
 
Dos partidos centristas, Kulanu y Yesh Atid, serán claves a la hora de formar gobierno y dar estabilidad a la futura coalición gubernamental. Tampoco debe descartarse la participación de los partidos ultraortodoxos, en su vertiente ashkenazí representada por  la Judaísmo Unido de la Torá o en su versión sefardí por el Shas, que han captado un 15% de los votos, pero que han perdido posiciones pasando de 18 a 13 escaños debido sobre todo a la escisión registrada en el seno de este último. En el pasado, dichos partidos se han mostrado extraordinariamente flexibles a la hora de formar alianzas, siempre que se respeten sus exigencias religiosas.

Los únicos partidos que no se integrarán en ningún caso en la futura coalición de gobierno son el izquierdista Meretz, una fuerza residual al pasar de 6 a 4 escaños, y la Lista Árabe Unida, que se ha convertido en la tercera fuerza política con 14 escaños. A pesar de ello, su papel en la nueva Knesset será nulo, puesto que las formaciones árabes son un mero elemento decorativo y nunca en los 67 años de historia de Israel han sido invitados a formar parte de ninguna coalición de gobierno.

Lo más probable es que el nuevo ejecutivo israelí, bajo la batuta de Netanyahu, siga una política continuista en lo que respecta a la cuestión palestina basada en la colonización intensiva del territorio ocupado, en la creación de nuevos obstáculos para el establecimiento de un Estado palestino y en el lanzamiento de esporádicas campañas punitivas contra la Franja de Gaza. Su máxima prioridad es, como ya ha quedado de manifiesto, enterrar de manera definitiva la solución de los dos estados y anexionar la mayor cantidad de territorios posible con la menor cantidad de población.

viernes, 20 de marzo de 2015

¿Amenaza a España el yihadismo tunecino?

Hoy publico este artículo en el diario digital El Confidencial sobre los recientes atentados en Túnez. Mañana y pasado incluiré en el blog otros dos artículos sobre las elecciones legislativas israelíes publicados también estos días.


Túnez ha sido brutalmente golpeada por el Estado Islámico (EI). Con esta acción, la internacional yihadista pretende demostrar que dispone de la capacidad suficiente para perpetrar atentados mucho más allá de Siria e Irak, sus feudos tradicionales. Y, por supuesto, también busca desestabilizar a Túnez, que se ha convertido en la última esperanza de la Primavera Árabe al haber sorteado, de una manera relativamente exitosa, los obstáculos que se han interpuesto en el camino de su transición del autoritarismo a la democracia. 
 
La violenta irrupción del EI en territorio tunecino no debería sorprendernos. Durante la dictadura de Ben Ali se practicó una política de tolerancia cero contra cualquier corriente islamista. El resultado fue la ilegalización de la moderada Ennahda y la persecución de los grupos salafistas, así como la erradicación de las formaciones radicales situadas en la órbita de Al Qaeda. Tal situación llevó a muchos yihadistas a buscar refugio en el exterior del país combatiendo en Afganistán e Irak. 

La Primavera Árabe modificó radicalmente la situación. En las primeras elecciones a la Asamblea Constituyente, el partido islamista Ennahda logró una abrumadora mayoría que le permitió formar un gobierno de coalición en el que también participaron los izquierdistas Congreso por la República y Ettakatol. La apertura política benefició a los salafistas, una rama ultraortodoxa y puritana del Islam sunní que pretende replicar en toda la geografía árabe el modelo socio-religioso imperante en Arabia Saudí, un país donde las libertades públicas están severamente restringidas. Mientras la Unión Europea se mantenía en un discreto segundo plano, algunos petromonarquías del Golfo intervinieron de manera activa para truncar la transición de Túnez hacia la democracia. 
 Foto: Agentes tunecinos en la entrada de la morgue en Túnez (Reuters).
Debe tenerse en cuenta que tanto los grupos salafistas como los yihadistas consideran la democracia como una forma de gobierno impura que los occidentales promueven para debilitar al mundo islámico y alejarlo de sus propias tradiciones de gobierno. Con este atentado, el EI buscaría descarrilar la transición democrática tunecina y, sobre todo, destruir toda colaboración entre el laico Nida Tunis y el islamista Ennahda. Es decir: enfrentar a la sociedad tunecina y polarizarla en dos frentes irreconciliables, algo bastante improbable si tenemos en cuenta las pruebas de madurez que ha dado en el curso de los últimos años.

El sector turístico, que aporta casi un 9% del PIB, sería otro objetivo prioritario del EI. En su comunicado reivindicando el atentado, el EI indicó que pretendía “propagar el terror en el corazón de los infieles” y golpear a “los Estados cruzados”, una terminología similar a la empleada en el pasado por Al Qaeda para justificar los atentados del 11-M. Precisamente una franquicia tunecina de dicho grupo atacó en 2002, unos meses después del 11-S contra las Torres Gemelas, una sinagoga en la isla de Yerba provocando la muerte de 19 personas. El objetivo, como ahora, era dañar al sector turístico, así como destruir la larga trayectoria de coexistencia religiosa existente. Este atentado, como otros perpetrados en la última década, fue financiado directamente desde España por militantes yihadistas. El hecho de que se haya atacado el Museo del Bardo, que atesora una importante colección de mosaicos romanos, tampoco es casual, puesto que las huestes del EI han dado sobradas muestras en los últimos meses de su afán por borrar del mapa cualquier vestigio de las civilizaciones preislámicas en las zonas que controlan o aspiran a dominar.

A pesar de tener una escasa implantación en el interior del país, los yihadistas tunecinos cuentan con una dilatada experiencia de combate adquirida en Libia, Siria e Irak, países inmersos en cruentas guerras civiles y donde se ha registrado un rebrote del sectarismo. Según los servicios de inteligencia occidentales, más de 3.000 tunecinos combaten en las filas del EI en Siria e Irak. Otros centenares han optado por alistarse a las filas de Ansar Al Sharia, que opera en la vecina Libia. El retorno de estos yihadistas radicalizados es la peor pesadilla de los aparatos de seguridad tunecinos, ya que podrían desestabilizar al país magrebí y atentar contra objetivos occidentales. En los últimos meses se ha detectado el retorno de, al menos, 500 combatientes.

Así las cosas cabe preguntarse si podría estar España entre los objetivos del yihadismo tunecino. Aunque todavía el EI no ha situado a nuestro país en el punto de mira, lo cierto es que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) amenazó en el pasado con perpetrar atentados terroristas contra España o sus intereses en el Magreb. Obviamente la participación de España en la coalición internacional contra el EI ha elevado las posibilidades de sufrir un atentado, ya sea perpetrado por una célula yihadista o por algún ‘lobo solitario’.

También debe tenerse en cuenta que en Siria e Irak combaten casi un centenar de yihadistas españoles y que al menos una docena de ellos habría retornado recientemente. No obstante, la presencia española en territorio tunecino es limitada, al contrario de lo que ocurre en Marruecos y Argelia donde España mantiene una fuerte implantación y relevantes inversiones. De hecho, los intercambios comerciales con Túnez son bastante reducidos (las importaciones alcanzaron los 506 millones de euros y las exportaciones 905 en 2013) y el número de turistas que visitan el país africano ha caído drásticamente en la última década (pasando de los 140.000 de 2006 a los 24.600 de 2013).

jueves, 19 de marzo de 2015

Descenso a los infiernos en Siria

Hoy publico en La Cuarta de El País este artículo con el título "Descenso a los infiernos en Siria".
 
La guerra siria ha entrado ya en su quinto año sin que se vislumbre ningún horizonte de esperanza. Desde su inicio en 2011, 12 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares y otras 220.000 han perdido su vida. ¿Qué más catástrofes deben acontecer para que la comunidad internacional decida involucrarse y ayude a Siria a salir del abismo en el que se ha sumergido? Únicamente la irrupción en escena del Estado Islámico parece haber sacado a las potencias occidentales de su mutismo, pero no nos hagamos ilusiones. Sólo han actuado cuando dicho grupo ha dejado de ser un riesgo para la estabilidad regional y se ha convertido en una amenaza global.
 
Durante estos últimos cuatro años, el régimen, que desde un primer momento apostó todas sus cartas por la solución militar, ha demostrado una numantina capacidad de resistencia, así como un absoluto desprecio por los Convenios de Ginebra que marcan las líneas rojas que no deben sobrepasarse en un conflicto armado. La oposición, por su parte, ha evidenciado una preocupante incapacidad para establecer un frente lo suficiente cohesionado como para constituirse en alternativa de gobierno. Ni los Hermanos Musulmanes, ni la fragmentada oposición laica ni tampoco las personalidades independientes han conseguido que sus decisiones sean respetadas por las diversas facciones rebeldes y señores de la guerra que combaten sobre el terreno. De hecho, las variadas brigadas que integran el Ejército Sirio Libre han sido progresivamente desplazadas por otras formaciones de orientación salafista, yihadista o takfirí, que pretenden imponer, a sangre y fuego, un Estado islámico regido por la sharía. Aunque la movilización de los activistas que piden más libertades y menos autoritarismo no ha remitido, el fragor de la batalla ha apagado sus voces hasta hacerlas prácticamente inaudibles.
 
Hoy por hoy, ninguno de los contendientes tiene mucho que celebrar. Todos han perdido mucho y ninguno puede proclamarse vencedor, puesto que la volatilidad de la situación hace que las victorias de hoy puedan convertirse en derrotas mañana. En cambio sí que hay un claro perdedor: la población civil que ha sido doblemente golpeada por los crímenes de guerra y de lesa humanidad perpetrados tanto por el régimen como por los rebeldes y las huestes yihadistas. La mitad de los 220.000 muertos, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, serían civiles. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, por su parte, cifra en cuatro millones el número de refugiados en los países del entorno y en ocho millones los desplazados que han abandonado sus hogares huyendo de la violencia y la destrucción que se han propagado por el país como una peste.
 
El régimen tiene razones para mostrarse moderadamente optimista, puesto que, con la determinante ayuda de las milicias chiíes de Hezbolá y el asesoramiento militar iraní, ha conseguido notables avances y ya gobierna sobre la mitad del país y casi dos terceras partes de la población. Para ello no ha dudado en emplear todos los medios a su alcance, incluido el sistemático uso de barriles bomba contra las zonas rebeldes que ha provocado una elevadísima mortandad y una destrucción generalizada, tal y como ha denunciado un reciente informe de Médicos Sin Fronteras. Bashar El Asad ha llevado la guerra donde le convenía presentándose ante la comunidad internacional como una barrera de contención frente al movimiento yihadista y, por lo tanto, un mal menor en comparación con el brutal Estado Islámico.
Su verdadero talón de Aquiles es la aguda crisis económica que azota el país. El Producto Interior Bruto ha caído en picado en los últimos cinco años pasando de los 60.000 millones de dólares de 2010 a los 23.000 en 2014. El desempleo se ha disparado del 10% al 70% en este mismo periodo y, hoy en día, dos de cada tres sirios viven bajo el umbral de la pobreza. El régimen también ha perdido el control de los pozos petrolíferos, que antes de la guerra producían 380.000 barriles de crudo al día y reportaban el 25% de las exportaciones. La moneda se ha depreciado y el dólar se cambia en el mercado negro por 250 liras (cinco veces más que antes de la guerra), lo que ha encarecido los productos básicos que todavía reciben fuertes subvenciones estatales.
 
Todos estos datos evidencian que la economía siria está al borde del colapso. En estas condiciones no resulta extraño que Damasco haya apremiado a sus dos principales aliados –Rusia e Irán– a conceder nuevos créditos que alivien la delicada situación y contribuyan a financiar los elevados costes de la guerra. No obstante, el descenso de los precios del petróleo ha golpeado con especial intensidad las economías de ambos países, lo que podría reducir la tan preciada ayuda militar y económica que venían prestando hasta el momento. Si bien es cierto que es altamente improbable que abandonen a su suerte a El Asad, no le otorgarán un cheque en blanco para proseguir indefinidamente la guerra.
 
Las fuerzas rebeldes, las milicias kurdas y, de manera particular, los grupos yihadistas dominan la otra mitad del territorio sirio, donde vive un tercio de la población. EE UU y otros miembros de la coalición internacional se han comprometido a financiar y entrenar a varios miles de rebeldes para que combatan tanto al Frente Al Nusra como al Estado Islámico. Sin embargo, este esfuerzo parece demasiado modesto para revertir la situación. Debe tenerse en cuenta que las petromonarquías del golfo Pérsico y Turquía, los principales sostenes de la oposición y los rebeldes, siguen marcando su agenda y estableciendo sus prioridades. Uno de los daños colaterales de esta situación es la ampliación de la brecha sectaria no sólo en Siria, sino en el conjunto de Oriente Medio. Este turbulento contexto podría ser aprovechado por las fuerzas kurdas para afianzar su control sobre Rohava, el Kurdistán sirio, donde ya disfrutan de una amplia autonomía, lo que a su vez motivaría una mayor involucración de Turquía para dificultarlo.
 
De lo anteriormente dicho cabe concluir que todavía no se dan las condiciones necesarias para una salida del laberinto sirio. No obstante, los cuatro años de guerra han evidenciado que ninguno de los contendientes parece disponer de la suficiente fuerza como para imponerse a sus contrincantes en el terreno de batalla. En consecuencia, la única alternativa posible para poner fin a la guerra son las negociaciones, pero para que estas tengan éxito necesitan un contexto radicalmente distinto.
 
Una primera condición es que exista una verdadera voluntad de diálogo de las partes que, hoy por hoy, siguen ancladas en sus posiciones maximalistas. El principal punto de fricción sigue siendo el futuro de Bashar El Asad, quien pretende perpetuarse en el poder a pesar de ser el principal responsable del descenso de Siria a los infiernos. Como ha recordado la oposición, El Asad no puede ser parte de la solución y debería rendir cuentas por los crímenes que ha perpetrado ante el Tribunal Penal Internacional. Una segunda condición es un cambio de actitud de la comunidad internacional, que debería abandonar su mutismo e involucrarse activamente para evitar que la crisis siria se propague a los países del entorno. A estas alturas parece evidente que su errática estrategia ha fracasado de manera estrepitosa y que debería revisarse antes de que sea demasiado tarde. Una tercera condición es la interrupción de la Guerra Fría que libran Arabia Saudí e Irán por la hegemonía regional y en la que también Turquía y Qatar juegan sus bazas como actores secundarios. Si bien es cierto que, hoy por hoy, no parece factible una reconciliación entre ambas potencias, al menos deberían alcanzar un pacto de no agresión para evitar que el choque sectario se contagie a todo Oriente Medio. En juego no sólo está la estabilidad de la región, sino también nuestra propia seguridad.

jueves, 12 de marzo de 2015

Guerra de agotamiento en Siria

El nuevo número de Política Exterior incluye mi artículo "Guerra de agotamiento en Siria", una reflexión bastante extensa sobre la situación sobre el terreno tras cuatro años de guerra. Aquí os dejo uno de sus extractos, en concreto el referido a las perspectivas para 2015:


Dados los altibajos de la guerra siria es difícil pronosticar cómo evolucionarán los acontecimientos durante este año, aunque parece evidente que la caída de los precios del petróleo golpeará tanto al régimen como a la oposición. Rusia e Irán, los dos principales apoyos de Al Asad, no serán tan receptivos como en el pasado a las demandas provenientes de Damasco porque ya no se encuentran en condiciones de seguir firmando cheques en blanco a su tradicional aliado. De la misma manera, las petromonarquías del golfo Pérsico podrían empezar a cuestionarse la financiación de los grupos rebeldes ante las escasas perspectivas de que consigan revertir la situación. En este sentido se aprecia una creciente fatiga económica entre los tradicionales patrones de las diversas fuerzas que compiten por el poder. 

Por otra parte, la guerra fría que libran Arabia Saudí e Irán por la hegemonía regional, con frecuencia a través de actores interpuestos, empieza a dar síntomas de agotamiento debido al auge del sectarismo que amenaza con desestabilizar por completo la zona, tal y como se puede ver a diario no sólo en Siria, sino también en Irak, Yemen, Bahréin o Líbano. Un eventual avance en las conversaciones sobre el programa nuclear iraní podría contribuir a un progresivo deshielo en las relaciones entre Washington y Teherán, lo que también tendría efectos sobre Siria.

Por lo que respecta al régimen sirio cabe señalar que buscará afianzar su control sobre los principales núcleos urbanos y podría ser el principal beneficiado de la campaña aérea contra el EI. En lo que respecta a la oposición moderada, no hay motivos para esperar que consiga unificar sus filas; más bien todo lo contrario, así que lo más previsible es que continúe cediendo posiciones hasta convertirse en irrelevante frente a los cada vez más poderosos grupos yihadistas que dominan buena parte del territorio. Pese a que EEUU ha comprometido 500 millones para financiar a la oposición y está entrenando una nueva fuerza rebelde que contará con 5.000 efectivos, lo cierto es que la misión de estos efectivos se centrará en combatir en exclusiva a los grupos yihadistas.

Como ya hemos señalado, el régimen sirio ha logrado recuperar parte del terreno perdido en los últimos años. Además ha conseguido lo que tanto tiempo había deseado: poner a la comunidad internacional de su lado en el combate contra los grupos yihadistas, que ya son considerados un peligro para la estabilidad regional e internacional. Por lo tanto, Bashar Al Asad intentará presentarse ante la comunidad internacional como un mal menor frente a los yihadistas del EI y el Frente Al Nusra. Este discurso podría calar en EEUU, donde ya hay sectores partidarios de revisar la política de la Administración Obama hacia Siria. El 21 de diciembre de 2014, el diplomático estadounidense Ryan Crocker publicó un artículo en The New York Times titulado “Assad Is the Least Worst Option in Syria” en el que planteaba este dilema. Aunque todavía es demasiado pronto para imaginar una rehabilitación de Al Asad por parte de los países occidentales, lo cierto es que en el pasado el régimen sirio ha dado sobradas muestras de su numantina capacidad de resistencia que le ha permitido salir airoso de trances similares.

En este turbulento contexto, las fuerzas kurdas podrían aprovechar la coyuntura para afianzar su control sobre el Kurdistán sirio. La falta de continuidad territorial entre los enclaves kurdos –Yazira, Kobane y Afrin- podría ser un obstáculo para ello, pero parece claro que su victoria en Kobane marca un antes y un después en la lucha contra el EI y, además, consagra a las peshmergas como un actor clave en la región. No obstante, no es factible ni tampoco recomendable que estas milicias extiendan su control más allá de sus tradicionales áreas de influencia, porque su presencia en zonas árabes podría tensar las relaciones con la población local. Al igual que en Irak, los kurdos podrían ser los principales beneficiados del desgobierno y el caos que azotan Siria, circunstancias que les permitiría consolidar la amplia autonomía de la que ya gozan de facto.
 
Durante 2015, el EI seguirá concentrando la atención mediática. No sólo por los bombardeos de la coalición internacional, sino también por la creciente presión a la que deberá hacer frente por parte del régimen y de las fuerzas rebeldes. Aunque la lógica aconsejaría una mayor concertación entre ambos actores para combatir la amenaza yihadista, lo cierto es que es improbable que se forme un frente común para desalojar al EI del territorio sirio. Debe tenerse en cuenta que durante los últimos cuatro años, el régimen ha tolerado el ascenso yihadista con el objeto de crear un contrapeso a la oposición moderada. También varios grupos rebeldes tienen una larga trayectoria de colaboración con el Frente Al Nusra, por lo que no parece factible que ahora vuelvan sus armas contra ellos.

Todo parece indicar que Siria seguirá desangrándose durante este 2015, dado que no hay ningún indicio de que las grandes potencias internacionales y regionales tengan intención de revisar sus políticas en torno a Siria. Rusia, Irán y Hezbollah no abandonarán a su suerte al régimen ahora que ha empezado a recuperar posiciones, ni tampoco Arabia Saudí, Turquía y Qatar retirarán su apoyo a los grupos opositores, porque ello equivaldría a reconocer su derrota.

Tampoco parece probable que EEUU o la UE decidan involucrarse de una manera más activa en la resolución del conflicto, a pesar de los riesgos cada vez más evidentes que representa la degradación de la situación en Siria, tal y como han evidenciado los atentados yihadistas de París y la masiva llegada de emigrantes sirios a territorio europeo. Como señala Joshua Landis, director del Center for Middle East Studies de la University of Oklahoma, “las grandes potencias están determinadas a respaldar a sus protegidos sirios lo suficiente para que no sean derrotados, pero no lo bastante para que se impongan”. Es decir: entramos en una nueva fase en la que los bandos en liza librarán una guerra de agotamiento tratando de que la fatiga acabe haciendo mella en sus adversarios.