sábado, 24 de enero de 2015

El legado de Abdullah

Tras la muerte del rey Abdullah, los mandatarios occidentales se han apresurado a subrayar su dimensión de estadista y a aplaudir las tímidas reformas que auspició. No podía ser de otra manera si tenemos en cuenta la sólida alianza que esta monarquía absoluta mantiene, desde su creación en 1932, con EE UU y las principales potencias europeas. No obstante, su largo reinado, de casi veinte años si le sumamos los diez años que actuó como regente, ha tenido más sombras que luces.

Arabia Saudí es uno de los principales productores mundiales de petróleo, con 9,5 millones de barriles de petróleo anuales, lo que ha servido para catapultarse como centro de gravedad del mundo árabe. También alberga en sus territorios los lugares sagrados de La Meca y Media, lo que le da también una importante ascendencia sobre el mundo islámico. De hecho, los monarcas saudíes interpretan que el petróleo es una bendición divina y que, en consecuencia, debe emplearse para expandir el Islam, una religión de vocación universal, por todos los confines del mundo.

Fue precisamente el boom petrolífero de la década de los setenta el que posibilitó a Arabia Saudí abandonar la periferia y reafirmar su centralidad en los sistemas árabe e islámico. También le permitió establecer un estado rentista que compró la paz social a cambio de regar con generosas subvenciones al conjunto de la población. Para ello contó con un aliado esencial: el estamento religioso, que vela por la aplicación y el cumplimiento del wahabismo, una corriente extremadamente rigorista del Islam. Este pacto también se ha traducido en el decidido apoyo a la expansión del wahabismo por todos los confines del mundo islámico, lo que ha acentuado las tensiones en muchos países musulmanes que tradicionalmente practicaban un Islam más tolerante, alejado de los rigores de un wahabismo anclado en el pasado que reniega de la modernización.

El boom petrolífero fue seguido del boom demográfico. De hecho, el 65% de la población saudí tiene menos de 30 años y el 50% menos de 15. Este es precisamente uno de los principales retos del nuevo monarca Salman, ya que estos jóvenes tratarán de incorporarse al mercado laboral en el curso de los próximos años y el reino parece incapaz de proveer empleos para todos ellos, lo que podría espolear la frustración y extender el descontento hacia una monarquía inmovilista que ha demostrado su escasa voluntad de introducir reformas de índole política, económica y social.
 Can Saudi Arabia’s New King Manage a Restive Middle East?
Debe tenerse en cuenta que Arabia Saudí sigue restringiendo severamente las libertades públicas y pisoteando los derechos humanos, además de segregar a la mujer, que desde que nace hasta que muere, es considerada una ciudadana de segunda categoría. El reino que ahora loan nuestros mandatarios carece de Constitución y prohíbe los partidos políticos y sindicatos. Además aplica una versión anquilosada de la ‘sharía’ y mantiene la pena de muerte, que tan sólo en los últimos dos años ha acabado con la vida de más de 150 personas, muchas de ellas degolladas. Uno de los sectores que más ha sufrido las arbitrariedades gubernamentales ha sido la minoría chií, que representa un 15% de la población, y que sin embargo carece de libertad de culto.

Tampoco la política exterior saudí ofrece un historial excesivamente positivo. El principal logro de Abdullah, si así pudiéramos denominarlo, ha sido torpedear la denominada Primavera Árabe apagando las voces que reclamaban una democratización de la región. En este sentido, Arabia Saudí capitaneó el frente contrarrevolucionario ya que una eventual democratización del mundo árabe era contemplada como una amenaza existencial. Para impedir el efecto contagio no dudó un instante a la hora de intervenir militarmente cuando Bahréin, uno de sus vecinos, fue alcanzado por la ola revolucionaria. De otra parte financió generosamente a los movimientos ultraconservadores salafistas en un intento de crear un contrapeso a los Hermanos Musulmanes, mucho más proclives a introducir reformas y a transitar el incierto camino de la islamodemocracia. El apoyo saudí al golpe de estado en Egipto mostró a las claras hasta dónde estaba dispuesto a llegar Abdullah para truncar cualquier conato de experiencia reformista.
El otro gran quebradero de cabeza para Abdullah ha sido el progresivo ascenso de Irán, su principal rival en la región. Desde la invasión estadounidense de Irak, Irán no ha dejado de ganar posiciones gracias a su alianza con los regímenes de Bagdad y Damasco. La rivalidad irano-saudí ha incendiado la región provocando una peligrosa intensificación del sectarismo en el golfo Pérsico y Oriente Medio. La lógica del ‘enemigo de mi enemigo es mi amigo’ ha catapultado a grupos radicales como el Estado Islámico o Al Qaeda, que campean a sus anchas por varios países de la zona, tal y como se puede ver hoy en día en Siria, Irak o Yemen.

Si en algo ha tenido éxito Abdullah ha sido en reconducir las relaciones entre Arabia Saudí y EE UU e impedir un choque de trenes que habría amenazado la propia supervivencia de la monarquía. Tras los atentados del 11-S se elevaron numerosas voces críticas que pidieron una revisión de esta alianza contra natura entre dos países que se sitúan en las antípodas en cuanto a su modelo de vida y a sus valores. La loa fúnebre que el presidente Barack Obama ha dedicado al recientemente fallecido monarca muestra a las claras la apuesta de la Administración norteamericana por el mantenimiento de un ‘matrimonio de conveniencia’ que, a pesar de todas sus contradicciones, todavía parece resultar rentable para ambas partes.

jueves, 15 de enero de 2015

Lecturas y reflexiones sobre la masacre de Charlie Hebdo

En los últimos días se han publicado numerosos artículos y reflexiones sobre las implicaciones del atentado contra el semanario Charlie Hebdo y, no lo olvidemos, también contra la masacre en un mercado de comida kosher que provocó también cuatro víctimas judías (en una clara señal de la deriva antisemita del yihadismo).

De todo lo que se ha publicado me quedo con las reflexiones de Olivier Roy en El País ("Una comunidad imaginaria"), Ahmad Rashid en El Mundo ("Un castastrófico error de la inteligencia occidental"), Javier Valenzuela en InfoLibre ("Los yihadistas existen, también los fascistas") y, cómo  no, Santiago Alba Rico en Rebelión ("Lo más peligroso es la islamofobia"). También merecen leerse las reacciones de la prensa árabe al atentado traducidas y recopiladas por la Fundación Al-Fanar. También creo que Fernando Reinares, del Real Instituto Elcano, abordó el tema con lucidez en su intervención en El Intermedio de La Sexta. Todas estas lecturas se contraponen a las de algunos tertulianos pirómanos con escaso conocimiento sobre el mundo árabe o el islam que desinforman más que informan.

Por mi parte he concedido algunas entrevistas. En la entrada de blog reproduzco la aparecida en el diario alicantino Información. También intenté aportar algo de luz sobre el tema, entre otros programas, en El Búho de Radio4G y en Herrera en la Onda de Onda Cero.
https://polop.cpd.ua.es/dossierua/REPOSITORIO/09-01-2015/INFORMACION/Ignacio%20%C3%81lvarez-Ossorio.jpg

viernes, 9 de enero de 2015

Tormenta perfecta

Hoy publico este artículo en el diario vizcaíno El Correo. Aborda el ascenso de la islamofobia en Europa al abrigo de los atentados contra la sede del semanario 'Charlie Hebdo'.
 
Una vez más la historia se repite y la barbarie yihadista ha sido aprovechada para desatar una campaña islamófoba que trata de extender la sombra de la sospecha sobre el conjunto de las comunidades musulmanas en territorio europeo. El execrable atentado contra la sede del seminario satírico francés ‘Charlie Hebdo’ ha dejado doce víctimas, así como un reguero de tinta y comentarios xenófobos en una fatal combinación de generalizaciones, estereotipos y lugares comunes. Todo parece valer: el mundo árabe es puesto como ejemplo de intolerancia, extremismo y radicalismo. Los musulmanes son dibujados como los nuevos bárbaros, aquellos que son incapaces de adaptarse a la modernidad o conciliar sus tradiciones religiosas con los valores democráticos. Nada nuevo bajo el sol: un ‘totum revolutum’ orientado más bien a estigmatizar que a informar.
 
Para empezar, buena parte de nuestros tertulianos y analistas dan por sentado que los terroristas que perpetraron el atentado deben ser considerados como los auténticos representantes del islam, cuando más bien parece todo lo contrario. La mayor parte de los militantes yihadistas de procedencia occidental no se distinguen precisamente por su cultura religiosa y suelen responder a un patrón similar: desarraigo, marginalidad y radicalización. Por esta razón reconocerles como supremos portavoces del Islam es hacer un flaco favor a la verdad y, sobre todo, darles una preeminencia de la que carecen en sus propias comunidades. ¿Hasta qué punto pueden considerarse representativos los grupos yihadistas, que apenas cuentan con unos miles de militantes, de una religión que comulgan 1.600 millones de personas, la inmensa mayoría de una manera completamente pacífica y tolerante? ¿No es caer en la trampa del choque de civilizaciones, terreno en el que se sienten cómodos los extremistas y radicales de ambos bandos? Creo que no es necesario incidir en lo evidente, pero los principales beneficiados por la exacerbación de las tensiones serán, por una parte, el Estado Islámico que ha demostrado por primera vez su capacidad para golpear una capital occidental y, por otra parte, los movimientos populistas europeos que tratan de emplear la islamofobia como trampolín electoral.
Para comprender el enésimo episodio de violencia yihadista debemos contextualizarlo de manera adecuada y, sobre todo, tratar de desentrañar sus motivaciones. El atentado es tanto un ataque contra la libertad de expresión como un castigo contra Francia por su participación en la coalición internacional contra el Estado Islámico. ¿Puede acaso ignorarse el hecho, como se ha hecho de manera sistemática, que los dos supuestos responsables del atentado han combatido en Siria en las filas del movimiento yihadista y anteriormente formaron parte del aparato de captación de combatientes para Irak? Como no nos hemos cansado de repetir algunos especialistas en la materia, la pasividad de la comunidad occidental ante el baño de sangre en estos países no tardaría en salpicarnos. Por ahora la respuesta de la comunidad internacional se ha limitado a la dimensión contraterrorista, intentando evitar que el Estado Islámico siga extendiendo sus tentáculos en Oriente Medio. Este posicionamiento es del todo insuficiente, ya que en nada contribuye a resolver la crisis siria que ha provocado la muerte de 300.000 personas y la huida de otros 11 millones de sus hogares, la mayor catástrofe humanitaria registra en Oriente Medio desde hace varias décadas. Si algo evidencia el atentado de París es que no podemos seguir mirando hacia otro lado mientras Siria se hunde en el abismo.
 
Otro lugar común viene a ser criticar el supuesto silencio de las autoridades religiosas musulmanas ante el terrorismo yihadista. Pues bien: las condenas contra el ataque a la sede de ‘Charlie Habdo’ han sido generalizadas y unánimes, aunque algunos no parezcan demasiado interesados en airearlas porque cuestionan sus juicios apriorísticos. La Universidad del Azhar, la más alta autoridad religiosa del Islam sunní, ha criticado con dureza el atentado, al igual que cientos de ulemas que gozan de gran predicamento en el mundo árabe. El tunecino Rachid Ganuchi, líder del partido Ennahda y uno de los principales pensadores reformistas musulmanes, indicó: “Condenamos con la mayor firmeza estos actos terroristas, a sus autores y sus instigadores, y a todos quienes los apoyan". Dalil Boubakeur, presidente del Consejo Francés del Culto Musulmán, condenó sin tapujos el atentado afirmando: "Un crimen es un crimen y es inútil ver en ello una connotación religiosa, y quiero denunciar cualquier intento de vincularlo a mi religión, mis correligionarios y el Islam de Francia”. En nuestro país, la Comisión Islámica de España, ha expresado “su total condena a los atentados de París” y “su firme rechazo y condena al terrorismo y a la violencia en todas sus formas” denunciando que “los autores de los atentados no representan ni el Islam ni a la comunidad musulmana”. Por su parte, Mohammad Escudero, vicepresidente de la Junta Islámica de España, no ha tenido reparo para señalar “quien perpetra este tipo de acciones queda fuera del Islam”. ¿No son suficientemente explícitas estas condenas? Parece que no para quienes tratan de rentabilizar la situación en su propio beneficio. Ya sabemos que en aguas revueltas, ganancia de pescadores.

jueves, 8 de enero de 2015

París, capital del dolor

Ayer un comando yihadista asesinó a doce personas en París: diez de ellos miembros de la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Hoy publico este artículo en el diario El País: "París,capital del dolor". En el título he querido homenajear al poeta surrealista Paul Éluard para recordar que la cultura siempre acaba por imponerse a la barbarie.

"Los peores presagios se han cumplido. El pasado 22 de septiembre, el portavoz del Estado Islámico reclamó a sus simpatizantes en los países occidentales que atacaran a los infieles americanos y europeos, ya fueran civiles o militares, por cualquier medio posible. Abu Muhammad Al Adnani hizo especial hincapié en la necesidad de atentar contra “los sucios franceses” por su activa implicación en la coalición internacional que, desde agosto, golpea implacablemente los principales bastiones yihadistas. Esta no era la primera vez que se situaba a Francia en el punto de mira, ya que en 2006 Al Qaeda había amenazado de muerte a los responsables del semanario satírico francés Charlie Hebdo por publicar unas controvertidas caricaturas de Mahoma en las que se le tachaba de terrorista. Aunque pueda parecer demasiado pronto para establecer conclusiones sobre las motivaciones de los atacantes, no parece excesivamente descabellado ver una conexión directa entre ambos acontecimientos.

En el curso de las últimas semanas, Francia ha sido testigo de una serie de atentados de diversa índole que han evidenciado que nuestro vecino se ha convertido en un objetivo prioritario para los grupos yihadistas. La principal novedad, a nuestro entender, reside en que la acción no es obra de un lobo solitario que actúa a la desesperada y sin preparación, sino que parece más bien el resultado de una operación cuidadosamente planificada perpetrada por un grupo que al menos cuenta con formación militar y, quizás, con experiencia de combate. De confirmarse esta hipótesis, los responsables del atentado podrían haberse curtido en algunos de los frentes que el yihadismo internacional tiene abiertos, ya sea en la zona del Sahel o en el frente sirio-iraquí.

Los servicios de inteligencia europeos han advertido una y otra vez de un posible retorno de yihadistas del frente de batalla y de la creación de células durmientes que podrían activarse cuando la situación lo requiriese. En este sentido cabe señalar que Francia es el país que más yihadistas ha exportado a Oriente Próximo en el curso de los últimos años y que este fenómeno se ha intensificado tras la proclamación de un califato islámico en la zona fronteriza sirio-iraquí el pasado mes de julio. Al menos una tercera parte de los 2.500 combatientes europeos en las huestes del Estado Islámico proceden de nuestro vecino, hecho que desde hace mucho tiempo hizo saltar todas las señales de alarma. También España ha aportado un centenar de islamistas radicales, un número excepcional limitado sobre todo si lo comparamos con otros países de nuestro entorno.
 
El hecho de que el Gobierno de Hollande decidiera asumir un papel protagonista en la coalición internacional formada para combatir a las huestes de Abu Baker Al Bagdadi parece haberle situado en la diana del movimiento yihadista. Debe tenerse en cuenta que la ofensiva internacional ha pasado una elevada factura sobre el Estado Islámico, que se encuentra en una posición defensiva tanto en Siria como en Irak y que está sometido a una guerra de agotamiento que ya se ha traducido en las primeras deserciones en masa de sus filas. Una muestra de este enquistamiento lo encontramos en Kobane, posición que viene siendo defendida de manera numantina por los peshmergas kurdos desde el mes de septiembre. No por casualidad, Francia es uno de los principales sustentos militares de los kurdos que combaten sobre el terreno a la formación yihadista.
 
Francia no sólo está en la mirilla del Estado Islámico, sino también de Al Qaeda, grupo que imperiosamente necesita un golpe de efecto para recuperar el terreno perdido desde la muerte de Bin Laden. Desde entonces, su liderazgo del movimiento yihadista transnacional viene siendo contestado por diversos actores. La instauración de un califato el pasado verano vendría a suponer un tiro de gracia para el movimiento. Un atentado de gran envergadura en territorio cruzado le permitiría recuperar el protagonismo perdido y, sobre todo, demostraría a sus simpatizantes que todavía está viva y cuenta con capacidad operativa a pesar de los diversos reveses que ha sufrido desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Al mismo tiempo le reafirmaría en su estrategia de “golpear al enemigo lejano” basada en atacar a los países occidentales que gozan de mayor presencia y tienen mayores intereses en el mundo árabe, entre los que figura Francia. Tampoco debería descartarse por completo que los autores actuaran de manera independiente como una franquicia yihadista, un modus operandi similar al de los responsables de los atentados de Atocha el 11 de marzo de 2004.

Por último no debe pasarse por alto que, además de causar daño y extender el terror, los yihadistas también pretenden polarizar a las sociedades occidentales y tensar la convivencia con las comunidades musulmanes que acogen. El atentado llega en un momento delicado, puesto que en varios países europeos (entre ellos Alemania, Suecia, Holanda y Francia) se ha experimentado un avance de los movimientos xenófobos que arremeten contra la creciente inmigración musulmana y que gozan cada vez de mayor predicamento. En el ánimo de los yihadistas también está provocar un choque de trenes que se traduzca en un aumento de la islamofobia. El escenario de cuanto peor mejor sería la mayor recompensa para los grupos yihadistas".

martes, 23 de diciembre de 2014

Primavera Árabe: esperanzas frustradas

Mi último artículo para El País de este 2014 que ahora despedimos trata de repasar lo ocurrido en el mundo árabe desde la caída de Ben Ali: "Primavera Árabe: esperanzas frustradas". Me hubiera gustado ser algo menos pesimista, pero la situación sobre el terreno no deja mucho espacio para el optimismo. Esperemos que en el 2015 cambien las tornas. La deliciosa ilustración es de Raquel Marín.

Hace cuatro años la población tunecina protagonizó una revolución popular en el curso de la cual el presidente Ben Ali fue derrocado. Este acontecimiento inesperado tuvo efectos inmediatos en una parte significativa del mundo árabe, donde se registraron diversas réplicas en forma de movilizaciones antiautoritarias. En algunos casos se registraron tímidos procesos de apertura democrática, pero en otros se asistió a una peligrosa espiral de violencia que todavía no ha tocado fondo.

Transcurrido un tiempo razonable disponemos de la suficiente perspectiva para concluir que las expectativas que generó la primavera árabe se han visto defraudadas. Si bien es cierto que algunos países han emprendido una relativamente exitosa transición del autoritarismo hacia la democracia, como es el caso de Túnez (donde se ha registrado una transferencia pacífica de poder), lo cierto es que la trayectoria del resto es cuanto menos preocupante. Algunos han optado por una vuelta de tuerca autoritaria (como en Egipto, donde un golpe militar desalojó a los Hermanos Musulmanes del poder) y otros están inmersos en conflictos por la repartición del poder ante la descomposición estatal (como Libia o Yemen) o, peor aún, se han enzarzado en guerras civiles con tintes sectarios (casos de Irak en el pasado y de Siria en la actualidad).

En estos últimos casos, ya no se cumple la máxima weberiana de que el Estado tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia, puesto que un amplio abanico de actores no estatales se lo disputan (milicias armadas y grupos yihadistas como el Estado Islámico, el Frente Al Nusra, Ansar Al Sharía, Ansar Bait Al Maqdis, todos ellos en la órbita de Al Qaeda). Por tanto, hemos pasado de lo malo conocido (los regímenes autoritarios) a lo peor por conocer (grupúsculos yihadistas que pretenden redibujar las fronteras regionales y reinstaurar un califato islámico por la fuerza de las armas).

Una de las claves para entender el meteórico ascenso de dichos grupos es la exacerbación de las tensiones sectarias en Oriente Medio, resultado directo de la lucha por la supremacía regional que libran entre bastidores Arabia Saudí e Irán, una guerra fría que ha contaminado a Siria, Irak, Baréin y Yemen (todos ellos con importantes concentraciones de población chií). El hecho de que sean precisamente Arabia Saudí e Irán quienes pretendan convertirse en referentes para los países de la región debería encender todas las alarmas, ya que son dos teocracias que violan sistemáticamente los derechos humanos más elementales y persiguen las libertades públicas, donde la igualdad de género es una quimera y donde todo aquel que eleva la voz o disiente es perseguido de manera brutal.

La primavera árabe fue una reacción popular ante los reiterados abusos de los regímenes autoritarios. A pesar de las diferencias existentes entre los países árabes, la mayoría de ellos se caracterizan por un déficit de libertades (expresión, reunión o asociación), una sistemática violación de los derechos humanos (falta de rendición de cuentas e impunidad), una legislación restrictiva (que impide o dificulta la formación de asociaciones y partidos políticos), una patente desigualdad de género (fruto del contexto religioso, pero también de los valores patriarcales imperantes) y leyes de emergencia o antiterroristas establecidas con el pretexto de combatir las amenazas externas (casos de Egipto, Argelia, Siria y Arabia Saudí).
 
Cuatro años después de la primavera árabe no existen demasiadas razones para el optimismo. En Egipto se ha experimentado un retroceso generalizado de las libertades desde la llegada a la presidencia de Al Sisi. En primer lugar, los Hermanos Musulmanes, la formación que se impuso en las elecciones legislativas de 2011 y presidenciales de 2012, han sido desalojados del poder e ilegalizados bajo la acusación de haberse convertido en un grupo terrorista, equiparándole, nada más y nada menos, con Al Qaeda. Veinte mil de sus simpatizantes y dirigentes han sido encarcelados y varios cientos de ellos ya han sido condenados a muerte, entre ellos sus máximos responsables. En segundo lugar, se ha aprobado una Ley Antiprotestas para impedir que vuelvan a repetirse las multitudinarias manifestaciones de la plaza de Tahrir y 23 activistas, entre ellos conocidos blogueros y activistas del Movimiento de Jóvenes 6 de Abril, han sido condenados a elevadas penas de prisión por cuestionarla. Por último, el Ministerio de Asuntos Sociales y Justicia ha dado un ultimátum a todas las asociaciones a que se registren conforme a la muy restrictiva Ley de 84/2002, que permite a las autoridades disolver las asociaciones, bloquear sus fondos e, incluso, encarcelar a sus responsables si representan una amenaza para la seguridad nacional.

En el caso de Siria e Irak nos encontramos con dos regímenes sectarios que tratan de instrumentalizar la heterogeneidad religiosa en su propio beneficio. El conflicto civil que sufren ambos países ha provocado que diferentes grupos no estatales disputen al poder central el monopolio del uso legítimo de la violencia. Milicias armadas y grupos yihadistas se han apoderado de partes significativas del territorio, lo que en algunas zonas implica la imposición de una retrógrada interpretación de la ley islámica o sharía y, en ocasiones, la persecución de las minorías religiosas. Cinco millones de iraquíes se vieron obligados a abandonar sus hogares en la pasada década como consecuencia de la guerra sectaria librada entre diferentes milicias armadas sunníes y chiíes. Esta cifra se ha superado ampliamente en Siria, donde nueve millones de personas, casi la mitad de la población, se han convertido en refugiados o desplazados internos. En Irak, los secuestros, extorsiones y ejecuciones por parte de las milicias armadas, que muchas veces actúan en connivencia con el poder central, son el pan de cada día. En Siria, el régimen y algunas milicias armadas practican a diario crímenes de guerra y de lesa humanidad y la guerra ya ha costado la vida a 225.000 personas.

La irrupción del Estado Islámico supone un nuevo factor desestabilizador. Dicho grupo, que controla ocho provincias sirias e iraquíes y que gobierna a cinco millones de personas, pretende restaurar un califato islámico. Sus prácticas comprenden flagelaciones, amputaciones, crucifixiones, torturas y ejecuciones sumarias. No sólo se aplican a sus enemigos, sino también a quienes beben alcohol, cometen adulterio o roban. El Estado Islámico ha situado en el punto de mira a las minorías confesionales con la deportación de cristianos y la eliminación de los yazidíes, pero también a los propios musulmanes, puesto que tachan de apóstatas a los chiíes y a todos aquellos que se atreven a cuestionar su delirante interpretación del islam. En este sentido merece recordarse que en los últimos meses se han perpetrado masacres entre varias tribus sunníes que se alzaron contra ellos y ejecutado a diversos ulemas que se resistieron a jurarles obediencia.

Yemen y Libia, otros dos países donde la primavera árabe prendió y sus dirigentes fueron desalojados del poder, se han adentrado en una peligrosa huida hacia ninguna parte como resultado de la descomposición del poder central. Yemen se enfrenta a una revuelta protagonizada por los huzíes del norte que se han apoderado de la capital Saná, mientras que Libia dispone de dos Gobiernos —uno en Trípoli y otro en Tobruz— que se disputan el poder. En ambos países, las milicias armadas imponen su ley y Al Qaeda goza de significativas bolsas de apoyo. Las organizaciones de defensa de los derechos humanos han denunciado masacres de civiles, así como secuestros, torturas y ejecuciones de rivales políticos, muchas veces basados en criterios tribales o sectarios, crímenes que quedan impunes ante la creciente anarquía.

Si bien es cierto que este diagnóstico puede parecer excesivamente sombrío, también lo es que existe una profunda desafección hacia las élites dirigentes en el conjunto del mundo árabe que podría servir de detonante para nuevas movilizaciones populares. No debe olvidarse que el pan, la libertad y la justicia social que demandaban los manifestantes hace cuatro años siguen siendo asignaturas pendientes que podrían traducirse en una segunda ola revolucionaria.

España y el Estado palestino

El 17 de noviembre el Congreso de Diputados pidió al gobierno español que reconociera el Estado de Palestina. Esta es mi reflexión para el blog de la Fundación Alternativas en el diario El País.
 
El Congreso de Diputados aprobará este martes una proposición no de ley en la que insta al Gobierno a “impulsar el reconocimiento de Palestina como Estado, sujeto de derecho internacional”. Esta medida guarda coherencia con la tradicional política exterior española hacia la cuestión palestina. Desde la transición, todos los gobiernos, independientemente de su orientación política, han respaldado la autodeterminación palestina y han condenado la ocupación israelí de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este. Este apoyo arranca con el histórico abrazo entre Adolfo Suárez y Yaser Arafat en 1979 y culmina con el apoyo español a la candidatura de Palestina como Estado observador de la Asamblea General de la ONU en 2012.

La declaración confía en que palestinos e israelíes sean capaces de alcanzar un acuerdo negociado, pero advierte de que “si esa negociación se revela imposible o se demora injustificadamente, reconocer a Palestina será la manera de avanzar la causa de la paz”. Dicha medida pretende evitar que el proceso de paz, que se inició oficialmente en la Conferencia de Madrid de 1991, se perpetúe intencionadamente. De manera retrospectiva parece claro que uno de los principales errores del denominado Proceso de Oslo fue supeditar un acuerdo definitivo al visto bueno de ambas partes, lo que ha permitido a Israel torpedear las iniciativas lanzadas en el curso de las últimas dos décadas.

La bilateralización del proceso de paz fue interpretada por los mandatarios israelíes como un cheque en blanco para proseguir su política de hechos consumados destinada a hacer inviable un Estado palestino con continuidad territorial. Desde 1991, los gobiernos del Partido Laborista, el Likud o Kadima no han cesado de construir o ampliar los asentamientos multiplicando por tres el número de colonos, que ha pasado de 200.000 a 600.000 ante la indiferencia de la comunidad internacional. Muchos de estos colonos se concentran en el perímetro del Gran Jerusalén con el objeto de desconectar a la Ciudad Santa de su entorno palestino e impedir que Jerusalén Este se convierta algún día en capital de un eventual Estado palestino.
 Rajoy y Abbás
Veinte años después de los Acuerdos de Oslo podemos señalar, sin temor a equivocarnos, que el proceso de paz ha fracasado de manera estrepitosa y que la solución de los dos estados corre el peligro de diluirse definitivamente en el caso de que se permita a Israel parapetarse en sus tácticas dilatorias. Por esta razón, muchos países europeos, entre ellos España, consideran que ha llegado el momento de buscar la salida a este círculo vicioso reconociendo unilateralmente un Estado palestino.

El tiempo se agota para la solución de los dos estados –Israel y Palestina-, que convivan en paz y seguridad. Los dos próximos años serán, por lo tanto, cruciales. Por ello es fundamental que la UE adopte una posición enérgica y abandone su política de la avestruz que tan escasos réditos le ha deparado hasta el momento. Estados Unidos, tradicional aliado de Israel, también está llamado a jugar un papel esencial en el caso de que el presidente Barack Obama sea capaz de plantar cara a las presiones israelíes. A pesar de haber perdido el control del Congreso y el Senado en manos de los republicanos, Obama todavía dispone de dos años de mandato presidencial. Sus crecientes desencuentros con Netanyahu podrían llevarle a revisar algunos de sus privilegios, entre ellos el paraguas diplomático que le ofrece en el Consejo de Seguridad.

Es aquí donde de nuevo entra en escena España que, a partir de 2015, se incorpora al Consejo de Seguridad como miembro no permanente. Ante el bloqueo de las negociaciones, Mahmud Abbas pretende proponer una resolución que establezca un calendario para el fin de la ocupación y fije las fronteras del futuro Estado. Altos responsables palestinos ya han anunciado que un nuevo veto norteamericano les abocaría a recurrir a la última carta que guardan en su manga: la ratificación del Estatuto de Roma. Tal medida permitiría que la Corte Penal Internacional abra investigaciones para perseguir los crímenes de guerra y de lesa humanidad perpetrados en la reciente ofensiva israelí contra la Franja de Gaza, que dejó 2.200 muertos (el 75% de ellos civiles), lo que a su vez intensificaría el aislamiento internacional de un Israel cada vez más encerrado en su propio laberinto.

viernes, 31 de octubre de 2014

Nida Tunis se impone a Ennahda

Las elecciones legislativas tunecinas, celebradas el pasado 26 de octubre, se han saldado con la victoria de Nida Tunis y la derrota de Ennahda. Toda una sorpresa. Esta es la reflexión que he preparado para el Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas.


Las primeras elecciones legislativas libres y democráticas de la Segunda República tunecina han deparado no pocas sorpresas. La primera de ellas ha sido la holgada victoria de Nida Tunis (85 de los 217 escaños), una formación secular y centrista, que se ha presentado como la única alternativa posible frente a los islamistas atrayendo el voto anti-Ennahda. La segunda, la derrota del partido islamista (69 escaños frente a los 89 de 2011). La tercera es la fragmentación de la Asamblea: la Unión Patriótica Libre del millonario Slim Riahi (16 escaños), el izquierdista Frente Popular (15 escaños) y Afak Tunis (8 escaños) han obtenido más votos que el Congreso por la República y Ettakatol, los dos aliados gubernamentales de Ennahda, que han sido fuertemente penalizados por su electorado obteniendo tan sólo 5 escaños (frente a los 49 de 2011). La cuarta sorpresa ha sido la elevada participación, que ha superado en más de 10 puntos la registrada en 2011, todo ello a pesar del hartazgo de la población hacia la clase política. Observadores internacionales han refrendado la limpieza del proceso y la falta de incidentes reseñables a lo largo de la jornada electoral.

La gran vencedora ha sido, por lo tanto, Nida Tunis, una formación de nuevo cuño establecida en 2012 como un frente anti-Ennahda. El partido es dirigido de manera personalista por Beji Caid Essebsi, un político de 88 años que, bajo las presidencias de Bourguiba y Ben Ali (las únicos que han dirigido el país tuvo desde su independencia en 1956 hasta la Revolución de los Jazmines en 2011) desempeñó importantes cargos (ministro de Interior, Defensa y Exteriores con el primero y presidente del Parlamento con el segundo). Nida Tunis ha obtenido el respaldo de las clases medias seculares, que le han dado su voto a pesar de contar en sus filas con destacados dirigentes de la época benalista y varios cuadros del ilegalizado Reagrupamiento Constitucional Democrático.

Ennahda, por su parte, ha sido incapaz de rentabilizar el que probablemente fuese su principal activo: la relativa estabilidad que ha vivido el país en el curso de los tres últimos años, sobre todo si lo comparamos con otros países del entorno como Libia o Egipto. Esa era la carta que precisamente destacaba su líder Rashid Ganushi en un artículo en The Washington Post: “Mi país ofrece un marcado contraste con los casos extremos de terrorismo e intervención militar de otros lugares en la región. Túnez evidencia que el sueño de la democracia que estimuló la Primavera Árabe todavía sigue vivo” y que “el mundo árabe puede lograr la estabilidad y la paz a través de un proceso de reconciliación democrática y de consenso”. 
 
No cabe duda que la labor de gobierno ha pasado factura a Ennahda, ya que los tres últimos años no han estado exentos de tensiones. Muchos de sus detractores consideran que tenían una agenda oculta para islamizar el país y que han sido excesivamente tolerantes ante la proliferación de grupos salafistas. Los asesinatos de dos destacados dirigentes del Frente Popular (Chokri Belaïd y Mohamed Brahmi) marcaron un antes y un después obligando a Ennahda a abandonar el poder y aceptar la formación de un gobierno tecnocrático. La presión popular también le llevó a recular y negociar el texto final de la Constitución, que presume de ser la más respetuosa con las libertades de todo el mundo árabe. Los propios dirigentes de Ennahda han reconocido sus dificultades a la hora de pilotar la transición del autoritarismo a la democracia. Como reconociese Ahmed Gaaloul, miembro del Consejo Consultivo de Ennahda, “la mayoría de los gobiernos post-revolucionarios tienen que afrontar mayores dificultades porque las expectativas de la población son más elevadas tras la revolución”. 

Una de las prioridades del nuevo gobierno será volver a la senda del crecimiento, pero antes deberá establecer una coalición de gobierno lo suficientemente amplia. Sus dirigentes ya han indicado sus preferencias inclinándose por un frente secular y rechazando, con ello, la mano tendida de Ennahda para integrarse en el nuevo gobierno. De hecho, una coalición de las dos fuerzas más votadas sería vista como una traición por una parte significativa de los votantes de Nida Tunis. 
 
Por último no debe pasarse por alto que el próximo 23 de noviembre se celebrará la primera ronda de las elecciones presidenciales, en la que Beji Caid Essebsi parte como favorito, sobre todo si tenemos en cuenta que Ennhada no presentará ningún candidato. De obtener nuevamente el respaldo de las urnas, como todo parece indicar, Nida Tunis podría concentrar en sus manos un inusitado poder legislativo y ejecutivo. Está por ver si empleará dicho respaldo para tratar de aislar a Ennahda y lanzar políticas anti-islamistas, similares a las adoptadas por Sisi en Egipto, lo que provocaría una mayor polarización política. 
La asignatura pendiente de Túnez sigue siendo conciliar la conquista de las libertades con el crecimiento económico y la paz social. Ennahda no tuvo excesivo éxito a la hora de lograrlo, ahora le toca el turno a Nida Tunis. En todo caso resulta cuanto menos paradójico que los jóvenes, los verdaderos protagonistas de la revolución tunecina, hayan quedado en un segundo plano y que el gran beneficiado sea un político octogenario de la época benalista.

sábado, 25 de octubre de 2014

La excepción tunecina

Como buena parte de los arabistas españoles, en mis años universitarios visité Túnez en varias ocasiones para estudiar en el Instituto Burguiba. Desde entonces sigo con atención la situación de un país que estuvo a la vanguardia de la Primavera Árabe y que, curiosamente, es el único que ha sobrevivido a los embates del Otoño Árabe. Aquí mi reflexión de El Correo sobre las elecciones legislativas que tendrán lugar mañana en el país magrebí.

De todos los países que se vieron sacudidos por la Primavera Árabe, Túnez es el único que puede presumir de haber llevado a cabo una transición democrática medianamente exitosa. Al contrario que otros, no ha experimentado un retorno al autoritarismo (caso de Egipto), el desgobierno (Libia) o, aún peor, la guerra civil (Siria). 

Cuando Túnez estuvo al borde del abismo, tras los asesinatos políticos de dos destacados líderes izquierdistas, el partido gobernante Enahda pactó una salida negociada en el curso de la cual abandonó el poder y dio paso a la creación de un gobierno de tecnócratas. En un proceso inédito, el primer ministro Ali Larayed se retiró de manera voluntaria en enero de 2014 y cedió el testigo a Mehdi Jomaa. La presión popular también le llevó a recular y negociar el texto final de la Constitución, que presume de ser la más respetuosa con las libertades de todo el mundo árabe. 

La voluntad de consenso es, sin duda, el principal activo del partido islamista moderado Enahda. También la relativa estabilidad del país en un periodo de fuertes convulsiones como el que está sacudiendo al conjunto del mundo árabe. Todo ello no quiere decir que Túnez esté blindada ante los peligros que atenazan a otros países del entorno como Libia o Argelia. La mayor preocupación reside en la infiltración de grupos yihadistas desde los países vecinos: el pasado mes de julio fueron asesinados 15 soldados en la frontera con Argelia. Otro motivo de alarma es el flujo constante de yihadistas hacia Siria e Irak. Hasta 3.000 tunecinos habrían viajado a estos dos países para incorporarse al Frente Al Nusra y, sobre todo, al Estado Islámico. De hecho, Ansar al-Sharia, el principal grupo yihadista tunecino, juró lealtad hace unas semanas a su líder Abu Bakr al-Bagdadi. 
 
Junto al déficit de seguridad, el estancamiento económico es la otra asignatura pendiente Enahda. Según una reciente encuesta del Pew Research Center, el 88% de los tunecinos considera que la situación económica es mala o muy mala. A ello contribuye el lento crecimiento (un 2,7% del PIB en 2013, muy lejos del 4,6% de media de la pasada década). La tasa de desempleo ya supera el 15,7% (frente al 14% de 2010). El paro azota con especial intensidad a los jóvenes, protagonistas de la Revolución de la Dignidad que puso fin a la dictadura de Ben Ali. Un reciente informe del Banco Mundial resalta que Túnez está «encerrado en un ciclo de políticas inadecuadas que impiden que la economía conozca un crecimiento duradero». Además señala que «el crecimiento es débil y no genera empleo» y «constata que el exceso de burocracia y de control estatal sobre el mercado de trabajo provoca que muchos ciudadanos opten por la economía sumergida». 

La frustración y el descontento ante la lentitud de las reformas podrían condicionar el resultado de las elecciones que se celebran mañana. Muchos consideran improbable que se supere el umbral de participación de las elecciones a la Asamblea Constituyente en 2011, que tan sólo movilizaron a un 51,9% del censo. Una de las principales incógnitas reside precisamente en la participación de la juventud, ya que debe tenerse en cuenta que las personas que están entre los 20 y 29 años representan el 20% de la población. Muchos de ellos consideran que la revolución ha sido secuestrada por la clase política y podrían optar por la abstención como forma de protesta. 

Los cinco millones de votantes registrados tendrán que elegir entre más de 70 formaciones y alianzas, aunque lo cierto es que todos los pronósticos sitúan a Enahda como la primera fuerza política. Ello no quiere decir que vaya a reeditar su arrolladora victoria de 2011, cuando obtuvo el 37% de los votos y 89 de los 217 diputados de la Asamblea, ya que la formación sufrirá el desgaste de su labor de gobierno. Una vez más, Enahda se verá obligado a establecer una coalición de gobierno. De hecho, los dirigentes islamistas, con su ideólogo Rachid Ganuchi a la cabeza, siguen insistiendo en que Túnez no puede ser gobernada por un solo partido. Como muestra de este compromiso han anunciado que no presentarán candidato a las elecciones presidenciales que tendrán lugar el 23 de noviembre, señalando que no pretenden disponer del monopolio de la escena política. 

La segunda incógnita residirá en comprobar los apoyos con los que cuenta Nida Tunis. Esta formación de nuevo cuño podría auparse a la segunda plaza atrayendo el voto secular, aunque va a tener complicado captar el voto de los jóvenes que reclaman un cambio radical, ya que está presidida por Bejji Caid Essebsi, un octogenario bien conectado con el antiguo régimen. La formación también podría verse perjudicada por la presencia en sus filas de destacados ‘fulul’ o residuos del régimen de Ben Ali. Por último queda por dilucidar el desempeño de los dos compañeros de viaje de Enahda en el Gobierno: el Congreso por la República y Ettakattol. Es bastante probable que ambas formaciones reciban un voto de castigo por parte de sus electores, descontentos con su alianza con los islamistas. De hecho, durante los últimos tres años han vivido una verdadera sangría pasando buena parte de sus diputados al grupo de independientes. 

Así las cosas, el principal reto de Enahda será afianzar la transición democrática sin tratar de imponer sus concepciones al conjunto de la población. Este proceso debe ser acompañado de un crecimiento económico lo suficientemente sólido para crear nuevas oportunidades de trabajo. Un escenario tal cortaría de raíz la posibilidad de que los grupos yihadistas aprovechen el descontento para asentarse en territorio tunecino. 
 elections-tunisie-2014

miércoles, 1 de octubre de 2014

Cuenta atrás para el Estado Islámico

Hoy publico el diario El País este artículo sobre quiénes pueden ser los grandes beneficiados y los grandes perjudicados de la campaña contra el Estado Islámico.

El día D y la hora H contra el Estado Islámico (EI) se ha hecho esperar, pero finalmente ha llegado. Durante un año y medio, esta internacional del terror ha logrado extender sin obstáculos reseñables sus tentáculos por Siria e Irak aprovechando la progresiva descomposición de ambos países. Para ello ha contado con la connivencia de buena parte de las potencias regionales, que han tolerado, o directamente alentado, a este grupo terrorista transnacional siguiendo la lógica del enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Para las petromonarquías árabes, que han financiado con generosidad a los grupos armados salafistas, se trataba de frenar a Irán, su bestia negra y principal aliado de Bashar El Asad. Por su parte, Turquía, que ha permitido que sus fronteras se convirtieran en un coladero de yihadistas, pretendía impedir que el Kurdistán sirio afianzara su autonomía. Siria, a su vez, permitió que el EI se instalase en su territorio confiando en que su presencia fragmentase las filas rebeldes. De esta combinación de factores surgió una tormenta perfecta cuyas principales beneficiadas fueron las huestes del EI, que llegaron a creerse su propia propaganda y anunciaron el advenimiento de un nuevo califato.

Los recientes ataques contra los bastiones yihadistas en Siria e Irak parecen indicar que este periodo de gracia ha llegado a su fin. La pregunta que flota en el aire es por qué ahora y no antes. Cuesta comprender por qué se ha tardado tanto tiempo en reaccionar y por qué se ha permitido que la situación se deteriorase hasta tal punto. Una de las pocas cosas claras entre tanta nebulosa es que el EI ha aprovechado este precioso tiempo para ganar músculo y transformarse en una amenaza global. Debe tenerse en cuenta que este grupo lleva imponiendo su ley y aterrorizando a las poblaciones locales desde hace meses mientras las potencias occidentales miraban hacia otro lado. Sus éxitos sobre el terreno de batalla han provocado un verdadero “efecto llamada” de combatientes curtidos en Afganistán e Irak, así como de aprendices de mártires deseosos de dar sentido a sus vidas inmolándose en el camino de Allah. La brutal persecución de las minorías confesionales parece haber despertado a la comunidad internacional de su letargo, pero ha sido la decapitación de dos de sus nacionales la que ha obligado a Estados Unidos a pasar a la acción. Queda por dilucidar si este fue un desafío intencionado por parte del EI o un mero error de cálculo, pero lo que es evidente es que ha abierto la caja de los truenos e iniciado la cuenta atrás para la erradicación del movimiento.

Hoy en día, las potencias regionales e internacionales denuncian sin ambages la brutalidad de sus métodos y su ambición sin límites. Esta sensación de amenaza compartida ha permitido el establecimiento de una amplia coalición de cuarenta países capitaneada por Estados Unidos que, además, cuenta con una nutrida presencia de países árabes. Si bien es cierto que la Administración de Obama es consciente de que los ataques aéreos serán incapaces de destruir por completo al EI, lo que intenta al menos es reducir al máximo su capacidad bélica. En términos pugilísticos lo que pretende es llevarle contra las cuerdas, lo que implica, además de golpearle sin pausa, cortar sus vías de financiación, impedir la llegada de yihadistas y evitar su rearme. En definitiva: ponerlo a la defensiva. Para ello no sólo será necesario la colaboración con los países árabes que se han sumado a la coalición, sino que también será imprescindible el concurso de los peshmergas kurdos, los rebeldes sirios y las grandes tribus de la zona, que ya tuvieron un papel destacado en la expulsión de Al Qaeda de Irak en 2007. Sólo la conjunción de los ataques aéreos y la presión terrestre puede si no derrotar al EI al menos reducirla a su más mínima expresión. El precio a pagar será inevitablemente alto, puesto que los yihadistas podrían dispersarse y optar por desestabilizar algunos países de la región y, en particular, Líbano y Jordania, los dos eslabones más débiles de la ecuación.


El presidente Obama ha advertido que la guerra contra el EI será larga, entre otras cosas porque despierta más incertidumbres que certezas. Una de las principales incógnitas por despejar es a quién beneficiarán y a quién perjudicarán los ataques. Aunque parece evidente que el EI será la principal víctima, no está claro quién ocupará el vacío que deje. La coalición internacional ha anunciado que trabajara con las fuerzas rebeldes moderadas, en una clara alusión a un Ejército Sirio Libre que no ha dejado de perder posiciones ante el avance de las fuerzas yihadistas hasta convertirse en un rosario de grupos sin un liderazgo centralizado y que, para más inri, depende por entero de la ayuda saudí y qatarí. Hoy por hoy parece poco factible que dichas fuerzas tengan capacidad para hacerse con el control de aquellas zonas de las que el EI sea expulsado.

Aunque Estados Unidos no esté dispuesto a reconocerlo, el principal beneficiado de estos ataques podría ser el régimen de Bashar El Asad. Junto a las posiciones del EI, la coalición internacional está golpeando al Frente Al Nusra, la franquicia local de Al Qaeda. Así las cosas, el ejército sirio podrá deshacerse de dos de sus más importantes rivales y afianzar los avances alcanzados en los últimos meses. La intervención de Estados Unidos podría tener un carácter providencial para el régimen sirio que, a pesar de todas las atrocidades que ha cometido, no tiene reparo en seguir presentándose como un mal menor y, sobre todo, como una barrera de contención al movimiento yihadista. En todo caso, por el momento no hay indicios de que la ofensiva contra el EI pueda ser un preámbulo para la rehabilitación internacional de El Asad, al que la mayor parte de la comunidad internacional sigue considerando como un indeseable criminal de guerra.

Aunque la tarea más urgente es evitar que siga creciendo, el combate contra el EI no sólo debería limitarse a su dimensión militar. Además de cortar sus vías de financiación, también debería ponerse un énfasis especial en impedir que las potencias regionales, y en particular Arabia Saudí e Irán, prosigan su peligrosa Guerra Fría, que ha creado el ambiente propicio para su avance. De un tiempo a esta parte, la instrumentalización de la religión por parte de sus gobernantes ha llegado hasta extremos intolerables convirtiéndose en una pantalla de distracción para distraer a sus poblaciones de los graves problemas de índole política, económica y social que padecen. Esta arriesgada apuesta ha sumido al conjunto de la región en una incontrolable espiral de violencia. Quizás haya llegado el momento de ponerle fin.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Estado Islámico: hijo descarriado de Arabia Saudí

Hoy sale la entrevista que me hizo hace un par de semanas el periódico DIAGONAL sobre el origen y la evolución del Estado Islámico (EI). Me gusta el titular que han elegido: "El EI: el hijo descarriado del salafismo saudí". Es de agradecer el tiempo y la paciencia de Francisco Fernández, que firma la entrevista.

   P. ¿Cómo se forma el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL)? ¿Cuáles son sus antecedentes? ¿Quiénes lo constituyen?
R. Nació en la primavera de 2013 cuando Abu Bakr al-Bagdadi decidió, de manera unilateral y sin consultas previas, unificar el Estado Islámico de Irak (EII) con el Frente al-Nusra, una organización satélite creada un año antes con el propósito de combatir en la guerra siria. Aunque los integrantes de este frente procedían originariamente del EII, lo cierto es que fueron ganando autonomía y se hicieron con el control de vastas zonas del país, sobre todo en las provincias de Alepo, Raqqa y Deir Zor. De ahí que este grupo rechazase la unificación y jurase lealtad a Al Qaeda. En realidad ambos grupos guardan múltiples similitudes, ya que consideran que libran una yihad contra un régimen apóstata y persiguen la instauración de un califato islámico regido por la sharía. Sus diferencias, por lo tanto, no son ideológicas ni doctrinales, sino más bien basadas en las rivalidades personales. De hecho muchos de los militantes de al-Nusra no han tenido inconveniente en abandonar sus filas para incorporarse al EIIL a medida que extendía su autoridad por nuevos territorios tanto en Siria como en Irak. En ambos casos, al menos la mitad de sus combatientes son extranjeros provenientes en su mayoría del mundo islámico, pero también de los países occidentales (incluida España).
    
    P. ¿Hay alguna relación entre al Qaeda y el EIIL? ¿Cuáles son las diferencias que se dan entre ambos grupos?
   R. Por supuesto. Abu Bakr al-Bagdadi, que ahora se hace llamar el califa Ibrahim, fue lugarteniente de Abu Musab al-Zarqawi, líder de Al Qaeda en Mesopotamia. Por lo tanto, el EIIL está directamente emparentada con Al Qaeda, aunque en los últimos meses ambas organizaciones han marcado distancias, sobre todo tras la proclamación del califato islámico el 29 de junio pasado. Hoy en día, el EI y Al Qaeda se han convertido en rivales, ya que ambas compiten por dirigir al movimiento yihadista internacional. Está claro que Al Qaeda es una organización en franco retroceso con una capacidad de maniobra muy limitada debido a los continuos golpes que ha sufrido y que cada vez es más dependiente de sus satélites o franquicias locales, que en realidad son las que le mantienen con vida. Por el contrario, el EIIL es un actor en ascenso que cada vez controla más territorios y dispone de mayores recursos. Quizás la principal diferencia entre ambas es que el EIIL limita por ahora sus acciones al mundo árabe y Al Qaeda buscaba también ‘golpear al enemigo lejano’: es decir perpetrar atentados en el mundo occidental. 
   
   P. ¿Cómo se financia? ¿Consigue financiación de otros países? ¿Cuáles son?
R. Esta es una de las mayores incógnitas. En un principio contó con la ayuda de varios países del golfo Pérsico y de algunos de sus hombres más acaudalados, que les respaldaron con un doble objetivo. Por una parte para tratar de derrocar al régimen sirio dirigido por Bashar al-Asad. Por otra parte promover un movimiento de credenciales salafistas en un país claramente secular, sobre todo si lo comparamos con otros vecinos de la región. Más adelante, a medida que se fue haciendo con vastos territorios en el cauce del río Éufrates, mejoró sus vías de financiación gracias al control de importantes campos petrolíferos. Otras fuentes de financiación son la extorsión a los hombres de negocios o la recaudación de impuestos. Tras la caída de Mosul se apoderaron de 400 millones de dólares depositados en el Banco Central. Por último debe tenerse en cuenta que también cuenta con importantes arsenales de armas que fueron abandonadas por el ejército iraquí en su precipitada huida. En Siria también ha asaltado los arsenales de otros grupos que combaten al régimen, como el Ejército Libre Sirio, con el que además mantiene una enconada lucha.
 Yihadistas del Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), en el norte de Siria en enero de este año
   P. ¿Cómo ha influido la guerra de Siria en la emergencia de este nuevo movimiento yihadista? ¿En algún momento el régimen de Bachar al Assad ha mantenido alguna relación con el EIIL?
R. Durante el último año y medio, el EIIL ha encontrado en Siria un verdadero santuario y se ha aprovechado del vacío de poder para ganar una base territorial. El régimen sirio intenta convencer a la comunidad internacional de que el único rival al que se enfrenta es a los movimientos yihadistas próximos a Al Qaeda, como el Frente al-Nusra o el EIIL. En la práctica, la situación es mucho más compleja, ya que estos grupos no tienen propiamente una agenda siria, sino panislamista. Su objetivo es hacerse con una base territorial desde la cual proclamar un Estado islámico y, por lo tanto, no comparten los anhelos de libertad de la población siria ni los llamamientos al establecimiento de un Estado secular formulados por la Coalición Nacional Siria, el principal grupo de la oposición radicado en el extranjero. En realidad, el EIIL es el enemigo ideal de Bashar al-Asad, que ha permitido que este grupo ganase terreno y se asentase en la provincia de Raqqa para tratar de dividir a las filas opositoras. De hecho, los únicos que han combatido al EIIL han sido los rebeldes. En las últimas semanas, al-Asad pretende ser reconocido como un interlocutor válido por EEUU y el resto de la comunidad internacional en el combate contra el EIIL, para así propiciar su progresiva rehabilitación y tratar de lavar sus manos, manchadas de sangre por una guerra que ha provocado al menos 200.000 muertes hasta el momento.

   P. ¿Cuáles son los elementos que explican la descomposición del gobierno de al Maliki?
   R. Los dos mandatos presidenciales de Maliki han agudizado las tensiones sectarias resucitando la posibilidad de una guerra civil como la que devastó el país entre 2006 y 2007. Para entender la situación de Irak hay que hacer referencia a EEUU y a su invasión de 2003, que tuvo efectos demoledores puesto que, además de provocar decenas de miles de víctimas, desarticuló el Estado-nación iraquí desmovilizando al Ejército y desbaazificando la administración. La política norteamericana exacerbó las tensiones tribales, étnicas y sectarias provocando un recelo generalizado contra la población sunní. Esta situación creó el caldo de cultivo para la irrupción de Al Qaeda en Mesopotamia y para la creación de milicias armadas chiíes y kurdas que impusieron su ley y desarrollaron operaciones de limpieza étnica en varias ciudades y regiones del  país. Uno de los principales damnificados fue la población cristiana, ya que el 60% se vio obligada a abandonar el país. Además de tolerar y, en algunos casos, alentar esta violencia, Maliki fue incapaz de reconstruir el Estado iraquí y de garantizar una serie de servicios básicos para la población. En salud, educación, agua o infraestructuras seguimos estando muy lejos de los estándares previos a la invasión. Además, Irak es uno de los países más corruptos del mundo. 
   P. ¿Qué papel desempeñan las minorías étnicas –kurdos sirios e iraquíes– y religiosas –cristianos, sunníes y yazidíes– de la región? ¿Cómo les afecta el conflicto?
R. A cada una de las comunidades le afecta de una manera completamente diferente. Pese a las lecturas etnocéntricas que resaltan que nos encontramos ante un choque de civilizaciones, lo cierto es que los principales afectados por la irrupción del Estado Islámico son precisamente las poblaciones locales. El 99,9% de sus víctimas son sirios e iraquíes y no sólo se limitan a las sectas que ellos consideran heréticas, sino también a los propios musulmanes que tachan de descarriados o rechazan reconocer la autoridad de Abu Bakr al-Bagdadi. Este fue el caso de las máximas autoridades religiosas sunníes de Mosul, que fueron ejecutadas sumariamente por no reconocerle como nuevo califa. La opinión pública internacional parece haber descubierto a este grupo tras la decapitación de Foley, pero el EI ya gobernaba Raqqa y otras ciudades desde mucho tiempo atrás. En estas ciudades se ha instaurado la sharía y la justicia es administrada por tribunales religiosos. Se obliga a las mujeres a que se cubran con el niqab y permanezcan recluidas en sus casas. Se ha instaurado, como en Arabia Saudí, una policía de la moral que se vela por el mantenimiento de las costumbres islámicas. Además de castigos corporales a los vendedores de drogas, ladrones o adúlteros se han llevado a cabo lapidaciones, crucifixiones y decapitaciones de soldados o personas acusadas de traición. A los cristianos se les obliga a pagar un impuesto de capitación o a convertirse al Islam. Los que no abandonaron previamente sus hogares se ven obligados a huir y el EI se apodera de todas sus posesiones. Debemos tener en cuenta que el EI es el hijo descarriado del salafismo saudí; por eso persigue con especial saña a los musulmanes chiíes, que son tachados de apóstatas. También algunas sectas sincréticas como la yazidí, extendida por el Kurdistán, está siendo exterminada por medio de un genocidio. Por último se considera que los kurdos seculares también deben ser perseguidos y eliminados. Por todo ello, el EI se ha convertido en una amenaza no sólo para la seguridad internacional sino, y sobre todo, para la población local que lleva padeciendo sus arbitrariedades desde hace ya casi dos años.

   P. ¿Israel y los kurdos han establecido algún tipo de pacto? ¿Cuál o cuáles?
R. Ante el avance del EI, el Kurdistán iraquí se encuentra amenazado. Debe tenerse en cuenta que Irak es un Estado federal y que el Kurdistán cuenta con una amplia autonomía lo que les permite controlar todo lo referido a la seguridad, la educación, la sanidad, las infraestructuras y, parcialmente, sus fuentes petrolíferas. Es, por lo tanto, un Estado dentro de otro Estado. La caída del Kurdistán sería una hecatombe por varias razones. En primer lugar colocaría en una situación delicada a la población kurda, en segundo lugar amenazaría directamente al único aliado real que le queda a EEUU en Irak y, por último, expondría al peligro a la propia Irán, que pasaría a compartir fronteras con el EI. Por todo ello se ha establecido una alianza entre los dos archienemigos de la región –EEUU e Irán- para aprovisionar de armas al Kurdistán iraquí y evitar el avance del EI. También varios países europeos, entre ellos Alemania, Francia y Reino Unido, han enviado material bélico a los kurdos para frenar al EI. En lo que respecta a Israel debemos señalar que es partidaria de la creación de un Estado kurdo, probablemente porque considera que así dejaría de ser una excepción en la zona y, también, porque es consciente que esta decisión debilitaría a dos de sus tradicionales rivales: Siria e Irak.
 
  P. Hace unas semanas, en Guerra Fría en el Oriente Medio, recordaba cómo Arabia Saudí e Irán están aprovechando «la inestabilidad para extender su particular lucha por la hegemonía regional». ¿Cuáles son los intereses de Irán? ¿Qué estrategia está desarrollando? ¿Y Arabia Saudí?, ¿cuáles son sus intereses en el conflicto? ¿Hay algún tipo de relación entre el EIIL y las petromonarquías del Golfo?
R. El Irak de Sadam Husein ejercía como un Estado tapón entre los dos grandes rivales regionales: Arabia Saudí e Irán. Con su caída, esta función desapareció. Sin duda, el principal beneficiado por la ocupación norteamericana de Irak fue Irán, entre otras cosas porque se instauró un Estado sectario y la política se confesionalizó. Los chiíes, que representan el 60% de la población, pasaron de ser unos parias a controlar lo que quedaba de aparato estatal. Irán aprovechó la situación para reforzar su presencia en el país árabe provocando el temor de Arabia Saudí y del resto de las petromonarquías árabes del Golfo, que tienen importantes bolsas de población chií (no sólo en el caso de Bahréin). Todo ello motivó que estos países intentaran hacer descarriar al nuevo Irak apoyando no sólo a las facciones armadas sunníes, sino también a los grupos yihadistas que empezaron a operar en las provincias sunníes iraquíes. Soy de la opinión de que debemos hablar de un conflicto por la hegemonía regional, pero es obvio que también existe una dimensión religiosa. Arabia Saudí e Irán son países antitéticos. El primero es aliado de EEUU, defensor a ultranza del conservadurismo y pone sus petrodólares al servicio de la expansión del ultraortodoxo salafismo wahabí por todos los confines del universo. El segundo es la punta de lanza del Eje de la Resistencia frente a EEUU e Israel, es el patrón de Hezbollah y del régimen sirio y pretende exportar un Islam revolucionario. Ambos países libran una Guerra Fría por el control de la zona, lo que ha intensificado el sectarismo en todo Oriente Medio.

   P.  En otro reciente artículo sostiene que uno de los elementos que explica la creación del EIIL es «la cantidad de errores cometidos por EEUU desde el derrocamiento de Sadam Hussein», ¿cuáles habrían sido esos errores?
R. Han sido tantos que cuesta pensar que muchos de ellos no hayan sido intencionados con el objetivo de crear un caos controlado que hiciera inevitable su presencia en la región durante una larga temporada. Tradicionalmente, la política exterior norteamericana se ha basado en tres ejes: defensa a ultranza de Israel, alianza con Arabia Saudí (y el resto de petromonarquías del Golfo) y freno al comunismo. Tras el desmoronamiento de la URSS y los atentados del 11-S, este último objetivo fue reemplazado por la lucha contra Al-Qaeda. No obstante, el mundo de 2014 guarda poca relación con el existente tras la Segunda Guerra Mundial y las alianzas de entonces no sirven hoy en día. Hoy tanto Israel como Arabia Saudí pueden ser considerados Estados canallas, países que ponen en peligro la estabilidad de la región y violan sistemáticamente los derechos humanos más elementales, tal y como hemos tenido oportunidad de ver en la reciente agresión contra Gaza. En la práctica, su alianza acrítica con estos dos países se ha convertido en una carga estratégica que ha condicionado sus políticas regionales y deteriorado su imagen entre la población local. Obviamente, EEUU no puede modificar de la noche a la mañana su política exterior, pero lo cierto es que las posibilidades reales de hacerlo son extraordinariamente limitadas, puesto que Israel dispone de un poderoso lobby en Washington que elimina de raíz cualquier eventual crítica  y Arabia Saudí se ha cubierto las espaldas comprando una parte significativa de la deuda externa norteamericana y subvencionando generosamente su industria armamentística mediante la compra de armamento sofisticado que sabe que nunca necesitará, ya que su propia seguridad nacional ha sido subcontratada a EEUU. A esta alianza con Israel y Arabia Saudí debemos añadir los errores de la Administración de Obama, particularmente evidentes en Siria e Irak donde ha apostado inequívocamente por el mantenimiento del statu quo, aunque ello implicase la conservación del régimen asesino de Bashar al-Asad y del sectarismo de Nuri al-Maliki.

  P. ¿EEUU está desarrollando alguna estrategia sobre el terreno? ¿En qué consiste?, ¿cuáles son sus objetivos?
R. Una vez que se ha constado el peligro que representa el Estado Islámico parece que los principales actores regionales han llegado a la conclusión de que es necesario golpearle antes de que sea demasiado tarde. Arabia Saudí y el resto de las petromonarquías del Golfo, principales responsables de la creación de este monstruo, consideran ahora que podría volverse en su contra y dejar de representar el papel que le habían encomendado: desestabilizar a Siria e Irak. A su vez, Irán ha presionado activamente al régimen sirio para que empiece a combatirlo, ya que en el pasado lo toleró con el objeto de dividir a la oposición y fortalecer al yihadismo: un enemigo ideal que le permitía presentarse como una trinchera frente a Al Qaeda. También EEUU, tras el asesinato de dos periodistas estadounidenses, parece haber llegado a la conclusión de que su estrategia de contención basada en esperar y ver lo que ocurría en Siria no ha dado los resultados esperados, ya que ninguno de los bandos parece capaz de imponerse sobre su rival y los elementos yihadistas son los grandes beneficiados, puesto que han aprovechado el vacío de poder para conseguir una base territorial desde la que actuar. Esta tormenta perfecta podría crear un clima de entendimiento entre todos estos países anteriormente enfrentados para unirse en una alianza coyuntural contra el EI.