jueves, 26 de febrero de 2015

La tragedia siria

Ahora que están a punto de cumplirse el cuarto aniversario de la revuelta antiautoritaria siria es buen momento para preguntarse cómo hemos llegado a la guerra civil y regional que ahora devora el país. Este es el artículo que ayer publiqué en El Correo sobre este particular.


Cada vez son más los refugiados sirios que intentan alcanzar las costas europeas huyendo de la inmensa morgue en la que se ha convertido su país. El goteo de naufragios en las costas italianas y libias pone de manifiesto el punto de no retorno al que ha llegado la crisis siria. Cuatro años después de su inicio, la guerra civil ha entrado en un punto muerto en el que no hay ningún ganador, pero sí un claro perdedor: la población civil. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos ha contabilizado al menos 210.000 muertos con nombres y apellidos, aunque la cifra real podría ser notablemente superior si se añaden las decenas de miles de desaparecidos. El ACNUR, por su parte, acaba de advertir que los refugiados en los países del entorno ya suman los 3.8 millones y existen otros 7.5 millones de desplazados que se han visto forzados a abandonar sus hogares.

Una catástrofe humanitaria ante la cual la comunidad internacional no ha estado a la altura de las circunstancias. Como señalara el enviado especial de la ONU para Siria Staffan de Mistura: «Es una verdadera tragedia que la población siria siga viviendo bajo la constante amenaza de barriles bomba, ataques de mortero, cohetes, ataques aéreos, coches bomba, secuestros y asesinatos extrajudiciales». Diversos organismos internacionales han advertido, a su vez, de la proliferación de enfermedades ya extinguidas como la poliomielitis, el tifus o el sarampión, así como de la dramática situación educativa, puesto que hay tres millones de niños sin escolarizar debido a la destrucción de 4.000 escuelas. Este catastrófico escenario confirma la existencia de una generación perdida en Siria.

El año 2014 estuvo marcado por dos importantes acontecimientos: la irrupción en escena del denominado Estado Islámico, que ya controla una tercera parte del territorio sirio, y la formación de una coalición internacional que no ha dudado en bombardear el norte del país para tratar de combatirlo. Mientras tanto, el régimen ha recuperado parte del terreno perdido y la oposición moderada ha acentuado su atomización, lo que ha beneficiado a los grupos yihadistas que han avanzado posiciones. Por su parte, las fuerzas kurdas han aprovechado el vacío político para extender su dominio sobre el Rojava, el Kurdistán sirio.
 
Los ataques aéreos de la coalición internacional han obtenido, por el momento, logros limitados. Si bien es cierto que han frenado el avance del Estado Islámico, no han sido suficientes para desalojarles de sus feudos, en los que se han atrincherado. Debe recordarse que dicho grupo todavía controla ocho provincias sirias e iraquíes y gobierna sobre cinco millones de personas. Probablemente los dos principales éxitos de la coalición liderada por EEUU hayan sido evitar la caída de Bagdad y colocar al Estado Islámico en posición defensiva. En este sentido, el ejemplo de Kobane ha señalado el camino a seguir al mostrar que la derrota yihadista tan sólo será posible en el caso de que los bombardeos aéreos se combinen con la presencia de tropas sobre el terreno, en este caso los ‘pershmergas’ kurdos. El presidente estadounidense Barack Obama ya ha advertido que la campaña durará al menos tres años, lo que permitirá a EEUU manejar los tiempos a su antojo e intervenir en Siria e Irak según aconsejen sus intereses.

El gran beneficiado de esta situación es el régimen sirio, que ha logrado importantes avances en Homs y Qalamun, así como en el entorno de Damasco y Alepo y, lo más importante, controla ya la mitad del país donde viven cerca de dos terceras partes de la población. El presidente Bashar Al Asad parece considerar que el fin justifica los medios, lo cual explicaría su estrategia de tierra quemada para golpear los bastiones rebeldes. El sistemático uso de barriles bomba, denunciado por diversas organizaciones de derechos humanos, ha causado una altísima mortandad entre la población civil.

De cara a 2015 la mayor novedad es que la creciente fatiga de los contendientes podría abrir una ventana de oportunidad. En el curso de los últimos meses diversas iniciativas han tratado de romper este círculo vicioso. A finales de enero Rusia convocó un encuentro entre el régimen y parte de la oposición para tratar de acercar posiciones. Este encuentro informal se cerró con un acuerdo de mínimos que apoyaba una nueva conferencia internacional con la presencia de todas las potencias regionales, incluida Irán (que en el pasado fue excluida de la Conferencia de Ginebra de junio de 2012).

 

Por su parte, el enviado especial de la ONU Staffan de Mistura trata de impulsar un acuerdo de alto el fuego en Alepo, ciudad que en la actualidad se disputa el régimen y la heterogénea oposición. De aplicarse permitiría la entrada de ayuda humanitaria y la evacuación de los heridos. El Plan Alepo Primero deberá sortear diferentes obstáculos, puesto que parece difícil poner de acuerdo al régimen con la decena de grupos rebeldes que operan en los distintos barrios de la ciudad. El precedente de la evacuación de Homs demuestra, sin embargo, que si existe voluntad política nada es imposible.

En todo caso, todos estos esfuerzos llegan demasiado tarde. Todo parece indicar que la guerra siria corre el peligro de perpetuarse en el tiempo de no darse una activa implicación de la comunidad internacional y de los actores regionales, que vienen cortocircuitando cualquier solución negociada. A pesar de la caída en picado de los precios del petróleo, Rusia, Irán y Hezbollah no abandonarán a su suerte al régimen ahora que ha empezado a recuperar posiciones, ni tampoco Arabia Saudí, Turquía y Qatar retirarán su apoyo a los grupos opositores, porque ello equivaldría a reconocer su derrota.

martes, 24 de febrero de 2015

La fractura suní-chií en Oriente Medio

Hoy publico este artículo en ESGLOBAL relacionado con la brecha creciente entre sunníes y chiíes en Oriente Medio. Sin el concurso de Irán y Arabia Saudí hubiera sido impensable el choque sectario que hoy se respira, entre otros países, en Irak, Yemen, Bahréin, Siria y Líbano.
 
Desde la entrada en el siglo XXI, Oriente Medio ha experimentado una preocupante agudización del sectarismo. Varios son los factores que explican esta deriva que amenaza con acentuar los conflictos socio-políticos que afectan a varios países. Quizás el más relevante sea la guerra fría que libran Arabia Saudí e Irán por el control de la región y que se ha dejado sentir especialmente en Irak, Yemen, Bahréin, Siria y Líbano, países que cuentan con importantes comunidades chiíes.

En realidad, no se trata tanto de un enfrentamiento de índole religiosa, como a menudo se suele plantear, sino más bien de otro relacionado con la distribución del poder. Como advierte la politóloga Fatiha Dazi-Héni, “las actuales divisiones sectarias entre Arabia Saudí e Irán parecen estar mucho más relacionadas con el enfrentamiento geopolítico y el antagonismo ideológico en su búsqueda por el predominio en Oriente Medio, que con la religiosidad”. El hecho de que sean precisamente Arabia Saudí e Irán quienes pretendan convertirse en referentes para los países de la región debería encender todas las alarmas, ya que ninguno de ellos se distingue precisamente por sus credenciales democráticas. En ambos casos se trata de dos teocracias que violan sistemáticamente los derechos humanos más elementales y persiguen las libertades públicas.

Tras la aparición de los Estados-nación árabes a mediados del siglo XX, el proyecto panarabista puso el énfasis en la identidad árabe para tratar de limar las diferencias confesionales. Además impulsó un ambicioso programa de reformas socio-económicas con el objeto de modernizar los nuevos países, lo que produjo importantes avances pero también rompió con las dinámicas precedentes. La centralización estatal requirió la creación de una vasta administración, lo que a su vez provocó el crecimiento de las ciudades y un éxodo del campo a la ciudad. Las minorías confesionales chiíes, que tradicionalmente habían vivido en la periferia lejos de los centros de poder suníes, se desplazaron a nuevos barrios de las grandes urbes. Los barrios chiíes de Dahiye en Beirut o de Sadr City en Bagdad son buenos exponentes de este fenómeno. El geógrafo Xavier de Planhol describe este proceso como el descenso de las montañas y el asalto a las ciudades. En un contexto histórico marcado por la Guerra Fría árabe entre el movimiento panarabista y el bloque conservador, las minorías chiíes fueron desalojadas del poder, tal y como ocurrió con la desaparición del imamato zaydí en Yemen en 1962, o accedieron a él, como hicieron los alawíes en Siria en 1970.

Irak
La invasión norteamericana de Irak en 2003 y la caída de Saddam Husein crearon un peligroso vacío de poder en un país que desde el siglo VII había servido de frontera entre el Islam sunní y el chií. Irak, que más recientemente había sido un Estado-tapón que había separado a los dos grandes rivales de la región: Arabia Saudí e Irán, se convierte, a partir de entonces, en territorio donde ambos actores libran su particular guerra a través de actores interpuestos. Riad tratará de desestabilizar el país a través de su apoyo a la insurgencia sunní y a otros grupos yihadistas que se presentan como los defensores de la minoría árabe sunní (un 20% de la población), tradicional detentadora del poder desde épocas inmemoriales. Teherán, por su parte, respaldará el establecimiento de un Estado confesional dominado por los chiíes, que representan una clara mayoría (un 60%), que además gravitará a partir de entonces bajo la órbita iraní. El resultado será una devastadora guerra sectaria, librada entre 2005 y 2007, en la que se ven envueltas las milicias suníes y chiíes, Al Qaeda en Mesopotamia y el Ejército regular. La población civil fue la principal víctima de esta guerra fratricida que devastó el país, en el curso de la cual se produjo la limpieza étnico-confesional de importantes zonas. En total, cinco millones de personas, una quinta parte de la población, se vieron obligadas a abandonar sus hogares convirtiéndose la mitad de ellos en refugiados en los países del entorno (en particular, Jordania y Siria). Esta fractura sectaria también favoreció, a partir de 2013, la implantación del Estado Islámico en importantes zonas del país, en particular en la cuenca del Éufrates.


Yemen
Tras el arranque de la Primavera Árabe en 2011, Yemen fue uno de los países que se sumó a las denominadas revoluciones de la Dignidad. Debe tenerse en cuenta que Yemen es uno de los países más pobres del mundo árabe, con un 50% de los 25 millones de yemeníes viviendo bajo el umbral de la pobreza y con unas tasas de analfabetismo sin parangón. La vulnerabilidad económica de Yemen le ha hecho cada vez más dependiente de la ayuda exterior y, en particular, de Arabia Saudí, que cada año proporciona 4.000 millones de dólares para evitar que el vecino sureño se hunda en el caos.
Como en el resto de los países árabes, los manifestantes exigían el fin del autoritarismo y la caída del presidente Abdallah Saleh, en el poder desde 1978, que controlaba con mano de hierro las estructuras estatales y había establecido un complejo entramado clientelar dominado por la tribu Sanhan, cuyos miembros copaban casi la mitad de los altos cargos. La caída en desgracia de Saleh y la mediación del Consejo de Cooperación del Golfo permitió la apertura de un incierto proceso de transición. Sin embargo, la formación de un nuevo gobierno dirigido por Abd Rabbo Mansur Hadi no devolvió las aguas a su cauce, puesto que en las montañas del norte recobró fuerza el movimiento húzi, que en 2004 se había creado con el objeto de reforzar la identidad religiosa zaydí. Esta variante septimana del Islam chií es profesada por casi un tercio de la población yemení.
Aprovechando el vacío de poder, los húzies ampliaron su radio de acción llegando a conquistar la capital Sanaa en septiembre de 2014. Ante la inacción del ejército regular yemení fueron los líderes tribales suníes, junto a Al Qaeda en la Península Arábiga y elementos del movimiento islamista Al Islah (la rama yemení de los Hermanos Musulmanes), quienes trataron de frenar su avance. La propaganda oficial ha intentado deslegitimar las reivindicaciones de los húzies, a los que se acusa de recibir financiación y consignas de Irán. La actual disputa por el poder ha permitido a Al Qaeda en la Península Arábiga recuperar parte del terreno perdido en la última década, así como reforzarse como retaguardia estratégica, base logística y reserva espiritual de Al Qaeda en un momento en el que el Estado Islámico le disputa su propio liderazgo en la escena yihadista. Además de acentuar el desgobierno, la dimisión del presidente Hadi en enero de 2015 puede ser el prólogo de un nuevo estallido de la violencia.

Bahréin
Tres países árabes cuentan con mayoría chií: Líbano, Irak y Bahréin. En este último país, el más joven de la región puesto que alcanzó la independencia en 1971, los chiíes representan un 70% de sus 600.000 habitantes. A pesar de ello han sido tradicionalmente relegados a un segundo plano por el poder político monopolizado por la dinastía Khalifa, que controla los destinos de esta pequeña isla desde 1820. En las últimas décadas, la monarquía ha tratado de alterar la composición demográfica mediante la naturalización de decenas de miles de árabes suníes procedentes de Irak, Yemen, Siria, Jordania o Egipto, lo que ha soliviantado los ánimos de la mayoría chií.
La principal riqueza del país es el petróleo, aunque sus reservas distan mucho de la que poseen de sus principales vecinos. Tras la irrupción de la Primavera Árabe, la población chií aprovechó la coyuntura para reclamar el fin de su discriminación y una plena igualdad entre todos los ciudadanos, así como el fin de las violaciones de los derechos humanos y la liberación de los presos políticos. Tras la brutal represión de las manifestaciones registradas en la plaza de la Perla de Manama el 17 de febrero de 2011, la oposición también demandó la deposición del primer ministro Khalifa bin Salman Al Khalifa.
Ante la posibilidad de que estas reivindicaciones se contagiaran al conjunto de petromonarquías del golfo Pérsico donde existen minorías chiíes, el Consejo de Cooperación del Golfo decidió intervenir militarmente para apuntalar al rey Hamad. Un millar de militares saudíes, así como 500 emiratíes, entraron en el reino por el puente del Rey Fahd que, a través de sus 28 kilómetros, comunica Bahréin con la península Arábiga. También Estados Unidos, cuya Quinta Flota fondea en Manama, respaldó de manera inequívoca a la monarquía. Como en otros lugares, Arabia Saudí acusó a Irán de promover las manifestaciones, aunque el informe de la comisión de investigación independiente descartó una posible implicación iraní.
Cuatro años después del estallido de la revuelta, las reformas demandas por la población chií y por el Wifaq, el principal partido de la oposición, siguen ser respondidas. El descenso de los precios del petróleo ha golpeado especialmente a Bahréin e incrementado su dependencia de Arabia Saudí. Una eventual retirada de los generosos subsidios aprobados tras las movilizaciones populares podría contribuir a una nueva desestabilización del reino.

Siria
Al igual que en los casos anteriores, también la evolución de la situación en Siria guarda una estrecha relación con la brecha sectaria. El régimen sirio está controlado esencialmente por la minoría alawí, una rama heterodoxa del Islam chií que representa el 11% de los 22 millones de sirios. A partir de 2012, la revuelta antiautoritaria derivó en una guerra civil con una fuerte implicación de los países del entorno. Mientras Arabia Saudí, Turquía y Qatar apoyaron a los grupos opositores, Irán y Hezbollah acudieron en socorro del presidente Bashar Al Asad. El vacío de poder también fue aprovechado por el Estado Islámico para hacerse con el control de la cuenca del Éufrates donde proclamaron el nacimiento de un nuevo califato con presencia también en territorio iraquí.
Tras el inicio de las movilizaciones populares el 15 de marzo de 2011, el régimen sirio apostó todas sus cartas a la denominada ‘solución militar’. El presidente Bashar al-Asad interpretó que libraba una batalla a vida o muerte en la que sólo habría un ganador. La inacción de la comunidad internacional allanó el terreno para la intervención de las principales potencias regionales y, en particular, Arabia Saudí e Irán, que libran en territorio sirio una guerra a través de actores interpuestos. Este enfrentamiento ha dado pie a una profunda sectarización del conflicto con la irrupción de grupos salafistas y yihadistas que libran una guerra sin cuartel contra los alawíes, que son tachados de apóstatas, y los yazidíes, a los que se denominada adoradores del diablo.

Líbano
Al contrario que el resto de los países árabes, Líbano no fue contagiado por la Primavera Árabe. Una de sus principales asignaturas pendientes es la reforma del Estado confesional establecido por Francia en la época de entreguerras. Según este esquema, el poder se distribuye en función del peso demográfico de cada una de sus 17 comunidades confesionales. En base al censo de población de 1932, el Pacto Nacional de 1943 estableció que un miembro de la comunidad maroní debería detentar la jefatura del Estado al ser la más numerosa, un representante suní debería presidir el Consejo de Ministros y un chií debería situarse al frente del Parlamento. Esta repartición del poder está detrás de buena parte de los problemas que ha venido arrastrando el país del cedro desde su independencia.
Hoy en día la distribución de fuerzas ha cambiado radicalmente. La comunidad chií se ha convertido en mayoritaria, ya que suma al menos el 40% de la población libanesa, aunque esta fortaleza demográfica no se traduce en poder político. Los precarios Acuerdos de Taef que pusieron fin a la guerra civil en 1990 tan sólo contienen medidas cosméticas (como la repartición equitativa de los escaños de la Asamblea entre cristianos y musulmanes), pero no abordan el corazón del problema. Desde entonces Líbano padece una inestabilidad congénita en la que las principales fuerzas políticas rivalizan por el apoyo de las principales potencias regionales. Arabia Saudí es el principal sostén del Bloque 14 de Marzo, liderado por Saad Hariri, mientras que Irán respalda al Bloque del 8 de Marzo, comandado por Hezbollah, que en la actualidad dispone de minoría de bloqueo en las decisiones gubernamentales. El enfrentamiento entre ambos bandos explica situaciones surrealistas, por ejemplo que no se haya alcanzado un consenso en torno a la elección del nuevo presidente. Pero quizás la principal amenaza que se cierne sobre Líbano en el medio plazo es una nueva confrontación sectaria que ponga fin a la situación de falsa calma en la que vive instalado el país desde hace veinticinco años.

jueves, 29 de enero de 2015

Entrevista a Ignacio Alvarez-Ossorio, experto en islamismo

El día 28 de enero, el mismo en el que Hezbollah atacó a un convoy militar israelí en las granjas de Sabaa y un soldado español murió como resultado del posterior ataque israelí contra territorio libanés, concedí esta larga entrevista a Informativos.net en la que se pasa repaso la problemática del Oriente Medio tocando el ascenso del yihadismo, la situación en Siria, el problema palestino, la tensión irano-iraquí...Son, nada más y nada menos, que 40 minutos que dan para muchas cosas.

sábado, 24 de enero de 2015

El legado de Abdullah

Tras la muerte del rey Abdullah, los mandatarios occidentales se han apresurado a subrayar su dimensión de estadista y a aplaudir las tímidas reformas que auspició. No podía ser de otra manera si tenemos en cuenta la sólida alianza que esta monarquía absoluta mantiene, desde su creación en 1932, con EE UU y las principales potencias europeas. No obstante, su largo reinado, de casi veinte años si le sumamos los diez años que actuó como regente, ha tenido más sombras que luces.

Arabia Saudí es uno de los principales productores mundiales de petróleo, con 9,5 millones de barriles de petróleo anuales, lo que ha servido para catapultarse como centro de gravedad del mundo árabe. También alberga en sus territorios los lugares sagrados de La Meca y Media, lo que le da también una importante ascendencia sobre el mundo islámico. De hecho, los monarcas saudíes interpretan que el petróleo es una bendición divina y que, en consecuencia, debe emplearse para expandir el Islam, una religión de vocación universal, por todos los confines del mundo.

Fue precisamente el boom petrolífero de la década de los setenta el que posibilitó a Arabia Saudí abandonar la periferia y reafirmar su centralidad en los sistemas árabe e islámico. También le permitió establecer un estado rentista que compró la paz social a cambio de regar con generosas subvenciones al conjunto de la población. Para ello contó con un aliado esencial: el estamento religioso, que vela por la aplicación y el cumplimiento del wahabismo, una corriente extremadamente rigorista del Islam. Este pacto también se ha traducido en el decidido apoyo a la expansión del wahabismo por todos los confines del mundo islámico, lo que ha acentuado las tensiones en muchos países musulmanes que tradicionalmente practicaban un Islam más tolerante, alejado de los rigores de un wahabismo anclado en el pasado que reniega de la modernización.

El boom petrolífero fue seguido del boom demográfico. De hecho, el 65% de la población saudí tiene menos de 30 años y el 50% menos de 15. Este es precisamente uno de los principales retos del nuevo monarca Salman, ya que estos jóvenes tratarán de incorporarse al mercado laboral en el curso de los próximos años y el reino parece incapaz de proveer empleos para todos ellos, lo que podría espolear la frustración y extender el descontento hacia una monarquía inmovilista que ha demostrado su escasa voluntad de introducir reformas de índole política, económica y social.
 Can Saudi Arabia’s New King Manage a Restive Middle East?
Debe tenerse en cuenta que Arabia Saudí sigue restringiendo severamente las libertades públicas y pisoteando los derechos humanos, además de segregar a la mujer, que desde que nace hasta que muere, es considerada una ciudadana de segunda categoría. El reino que ahora loan nuestros mandatarios carece de Constitución y prohíbe los partidos políticos y sindicatos. Además aplica una versión anquilosada de la ‘sharía’ y mantiene la pena de muerte, que tan sólo en los últimos dos años ha acabado con la vida de más de 150 personas, muchas de ellas degolladas. Uno de los sectores que más ha sufrido las arbitrariedades gubernamentales ha sido la minoría chií, que representa un 15% de la población, y que sin embargo carece de libertad de culto.

Tampoco la política exterior saudí ofrece un historial excesivamente positivo. El principal logro de Abdullah, si así pudiéramos denominarlo, ha sido torpedear la denominada Primavera Árabe apagando las voces que reclamaban una democratización de la región. En este sentido, Arabia Saudí capitaneó el frente contrarrevolucionario ya que una eventual democratización del mundo árabe era contemplada como una amenaza existencial. Para impedir el efecto contagio no dudó un instante a la hora de intervenir militarmente cuando Bahréin, uno de sus vecinos, fue alcanzado por la ola revolucionaria. De otra parte financió generosamente a los movimientos ultraconservadores salafistas en un intento de crear un contrapeso a los Hermanos Musulmanes, mucho más proclives a introducir reformas y a transitar el incierto camino de la islamodemocracia. El apoyo saudí al golpe de estado en Egipto mostró a las claras hasta dónde estaba dispuesto a llegar Abdullah para truncar cualquier conato de experiencia reformista.
El otro gran quebradero de cabeza para Abdullah ha sido el progresivo ascenso de Irán, su principal rival en la región. Desde la invasión estadounidense de Irak, Irán no ha dejado de ganar posiciones gracias a su alianza con los regímenes de Bagdad y Damasco. La rivalidad irano-saudí ha incendiado la región provocando una peligrosa intensificación del sectarismo en el golfo Pérsico y Oriente Medio. La lógica del ‘enemigo de mi enemigo es mi amigo’ ha catapultado a grupos radicales como el Estado Islámico o Al Qaeda, que campean a sus anchas por varios países de la zona, tal y como se puede ver hoy en día en Siria, Irak o Yemen.

Si en algo ha tenido éxito Abdullah ha sido en reconducir las relaciones entre Arabia Saudí y EE UU e impedir un choque de trenes que habría amenazado la propia supervivencia de la monarquía. Tras los atentados del 11-S se elevaron numerosas voces críticas que pidieron una revisión de esta alianza contra natura entre dos países que se sitúan en las antípodas en cuanto a su modelo de vida y a sus valores. La loa fúnebre que el presidente Barack Obama ha dedicado al recientemente fallecido monarca muestra a las claras la apuesta de la Administración norteamericana por el mantenimiento de un ‘matrimonio de conveniencia’ que, a pesar de todas sus contradicciones, todavía parece resultar rentable para ambas partes.

jueves, 15 de enero de 2015

Lecturas y reflexiones sobre la masacre de Charlie Hebdo

En los últimos días se han publicado numerosos artículos y reflexiones sobre las implicaciones del atentado contra el semanario Charlie Hebdo y, no lo olvidemos, también contra la masacre en un mercado de comida kosher que provocó también cuatro víctimas judías (en una clara señal de la deriva antisemita del yihadismo).

De todo lo que se ha publicado me quedo con las reflexiones de Olivier Roy en El País ("Una comunidad imaginaria"), Ahmad Rashid en El Mundo ("Un castastrófico error de la inteligencia occidental"), Javier Valenzuela en InfoLibre ("Los yihadistas existen, también los fascistas") y, cómo  no, Santiago Alba Rico en Rebelión ("Lo más peligroso es la islamofobia"). También merecen leerse las reacciones de la prensa árabe al atentado traducidas y recopiladas por la Fundación Al-Fanar. También creo que Fernando Reinares, del Real Instituto Elcano, abordó el tema con lucidez en su intervención en El Intermedio de La Sexta. Todas estas lecturas se contraponen a las de algunos tertulianos pirómanos con escaso conocimiento sobre el mundo árabe o el islam que desinforman más que informan.

Por mi parte he concedido algunas entrevistas. En la entrada de blog reproduzco la aparecida en el diario alicantino Información. También intenté aportar algo de luz sobre el tema, entre otros programas, en El Búho de Radio4G y en Herrera en la Onda de Onda Cero.
https://polop.cpd.ua.es/dossierua/REPOSITORIO/09-01-2015/INFORMACION/Ignacio%20%C3%81lvarez-Ossorio.jpg

viernes, 9 de enero de 2015

Tormenta perfecta

Hoy publico este artículo en el diario vizcaíno El Correo. Aborda el ascenso de la islamofobia en Europa al abrigo de los atentados contra la sede del semanario 'Charlie Hebdo'.
 
Una vez más la historia se repite y la barbarie yihadista ha sido aprovechada para desatar una campaña islamófoba que trata de extender la sombra de la sospecha sobre el conjunto de las comunidades musulmanas en territorio europeo. El execrable atentado contra la sede del seminario satírico francés ‘Charlie Hebdo’ ha dejado doce víctimas, así como un reguero de tinta y comentarios xenófobos en una fatal combinación de generalizaciones, estereotipos y lugares comunes. Todo parece valer: el mundo árabe es puesto como ejemplo de intolerancia, extremismo y radicalismo. Los musulmanes son dibujados como los nuevos bárbaros, aquellos que son incapaces de adaptarse a la modernidad o conciliar sus tradiciones religiosas con los valores democráticos. Nada nuevo bajo el sol: un ‘totum revolutum’ orientado más bien a estigmatizar que a informar.
 
Para empezar, buena parte de nuestros tertulianos y analistas dan por sentado que los terroristas que perpetraron el atentado deben ser considerados como los auténticos representantes del islam, cuando más bien parece todo lo contrario. La mayor parte de los militantes yihadistas de procedencia occidental no se distinguen precisamente por su cultura religiosa y suelen responder a un patrón similar: desarraigo, marginalidad y radicalización. Por esta razón reconocerles como supremos portavoces del Islam es hacer un flaco favor a la verdad y, sobre todo, darles una preeminencia de la que carecen en sus propias comunidades. ¿Hasta qué punto pueden considerarse representativos los grupos yihadistas, que apenas cuentan con unos miles de militantes, de una religión que comulgan 1.600 millones de personas, la inmensa mayoría de una manera completamente pacífica y tolerante? ¿No es caer en la trampa del choque de civilizaciones, terreno en el que se sienten cómodos los extremistas y radicales de ambos bandos? Creo que no es necesario incidir en lo evidente, pero los principales beneficiados por la exacerbación de las tensiones serán, por una parte, el Estado Islámico que ha demostrado por primera vez su capacidad para golpear una capital occidental y, por otra parte, los movimientos populistas europeos que tratan de emplear la islamofobia como trampolín electoral.
Para comprender el enésimo episodio de violencia yihadista debemos contextualizarlo de manera adecuada y, sobre todo, tratar de desentrañar sus motivaciones. El atentado es tanto un ataque contra la libertad de expresión como un castigo contra Francia por su participación en la coalición internacional contra el Estado Islámico. ¿Puede acaso ignorarse el hecho, como se ha hecho de manera sistemática, que los dos supuestos responsables del atentado han combatido en Siria en las filas del movimiento yihadista y anteriormente formaron parte del aparato de captación de combatientes para Irak? Como no nos hemos cansado de repetir algunos especialistas en la materia, la pasividad de la comunidad occidental ante el baño de sangre en estos países no tardaría en salpicarnos. Por ahora la respuesta de la comunidad internacional se ha limitado a la dimensión contraterrorista, intentando evitar que el Estado Islámico siga extendiendo sus tentáculos en Oriente Medio. Este posicionamiento es del todo insuficiente, ya que en nada contribuye a resolver la crisis siria que ha provocado la muerte de 300.000 personas y la huida de otros 11 millones de sus hogares, la mayor catástrofe humanitaria registra en Oriente Medio desde hace varias décadas. Si algo evidencia el atentado de París es que no podemos seguir mirando hacia otro lado mientras Siria se hunde en el abismo.
 
Otro lugar común viene a ser criticar el supuesto silencio de las autoridades religiosas musulmanas ante el terrorismo yihadista. Pues bien: las condenas contra el ataque a la sede de ‘Charlie Habdo’ han sido generalizadas y unánimes, aunque algunos no parezcan demasiado interesados en airearlas porque cuestionan sus juicios apriorísticos. La Universidad del Azhar, la más alta autoridad religiosa del Islam sunní, ha criticado con dureza el atentado, al igual que cientos de ulemas que gozan de gran predicamento en el mundo árabe. El tunecino Rachid Ganuchi, líder del partido Ennahda y uno de los principales pensadores reformistas musulmanes, indicó: “Condenamos con la mayor firmeza estos actos terroristas, a sus autores y sus instigadores, y a todos quienes los apoyan". Dalil Boubakeur, presidente del Consejo Francés del Culto Musulmán, condenó sin tapujos el atentado afirmando: "Un crimen es un crimen y es inútil ver en ello una connotación religiosa, y quiero denunciar cualquier intento de vincularlo a mi religión, mis correligionarios y el Islam de Francia”. En nuestro país, la Comisión Islámica de España, ha expresado “su total condena a los atentados de París” y “su firme rechazo y condena al terrorismo y a la violencia en todas sus formas” denunciando que “los autores de los atentados no representan ni el Islam ni a la comunidad musulmana”. Por su parte, Mohammad Escudero, vicepresidente de la Junta Islámica de España, no ha tenido reparo para señalar “quien perpetra este tipo de acciones queda fuera del Islam”. ¿No son suficientemente explícitas estas condenas? Parece que no para quienes tratan de rentabilizar la situación en su propio beneficio. Ya sabemos que en aguas revueltas, ganancia de pescadores.

jueves, 8 de enero de 2015

París, capital del dolor

Ayer un comando yihadista asesinó a doce personas en París: diez de ellos miembros de la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Hoy publico este artículo en el diario El País: "París,capital del dolor". En el título he querido homenajear al poeta surrealista Paul Éluard para recordar que la cultura siempre acaba por imponerse a la barbarie.

"Los peores presagios se han cumplido. El pasado 22 de septiembre, el portavoz del Estado Islámico reclamó a sus simpatizantes en los países occidentales que atacaran a los infieles americanos y europeos, ya fueran civiles o militares, por cualquier medio posible. Abu Muhammad Al Adnani hizo especial hincapié en la necesidad de atentar contra “los sucios franceses” por su activa implicación en la coalición internacional que, desde agosto, golpea implacablemente los principales bastiones yihadistas. Esta no era la primera vez que se situaba a Francia en el punto de mira, ya que en 2006 Al Qaeda había amenazado de muerte a los responsables del semanario satírico francés Charlie Hebdo por publicar unas controvertidas caricaturas de Mahoma en las que se le tachaba de terrorista. Aunque pueda parecer demasiado pronto para establecer conclusiones sobre las motivaciones de los atacantes, no parece excesivamente descabellado ver una conexión directa entre ambos acontecimientos.

En el curso de las últimas semanas, Francia ha sido testigo de una serie de atentados de diversa índole que han evidenciado que nuestro vecino se ha convertido en un objetivo prioritario para los grupos yihadistas. La principal novedad, a nuestro entender, reside en que la acción no es obra de un lobo solitario que actúa a la desesperada y sin preparación, sino que parece más bien el resultado de una operación cuidadosamente planificada perpetrada por un grupo que al menos cuenta con formación militar y, quizás, con experiencia de combate. De confirmarse esta hipótesis, los responsables del atentado podrían haberse curtido en algunos de los frentes que el yihadismo internacional tiene abiertos, ya sea en la zona del Sahel o en el frente sirio-iraquí.

Los servicios de inteligencia europeos han advertido una y otra vez de un posible retorno de yihadistas del frente de batalla y de la creación de células durmientes que podrían activarse cuando la situación lo requiriese. En este sentido cabe señalar que Francia es el país que más yihadistas ha exportado a Oriente Próximo en el curso de los últimos años y que este fenómeno se ha intensificado tras la proclamación de un califato islámico en la zona fronteriza sirio-iraquí el pasado mes de julio. Al menos una tercera parte de los 2.500 combatientes europeos en las huestes del Estado Islámico proceden de nuestro vecino, hecho que desde hace mucho tiempo hizo saltar todas las señales de alarma. También España ha aportado un centenar de islamistas radicales, un número excepcional limitado sobre todo si lo comparamos con otros países de nuestro entorno.
 
El hecho de que el Gobierno de Hollande decidiera asumir un papel protagonista en la coalición internacional formada para combatir a las huestes de Abu Baker Al Bagdadi parece haberle situado en la diana del movimiento yihadista. Debe tenerse en cuenta que la ofensiva internacional ha pasado una elevada factura sobre el Estado Islámico, que se encuentra en una posición defensiva tanto en Siria como en Irak y que está sometido a una guerra de agotamiento que ya se ha traducido en las primeras deserciones en masa de sus filas. Una muestra de este enquistamiento lo encontramos en Kobane, posición que viene siendo defendida de manera numantina por los peshmergas kurdos desde el mes de septiembre. No por casualidad, Francia es uno de los principales sustentos militares de los kurdos que combaten sobre el terreno a la formación yihadista.
 
Francia no sólo está en la mirilla del Estado Islámico, sino también de Al Qaeda, grupo que imperiosamente necesita un golpe de efecto para recuperar el terreno perdido desde la muerte de Bin Laden. Desde entonces, su liderazgo del movimiento yihadista transnacional viene siendo contestado por diversos actores. La instauración de un califato el pasado verano vendría a suponer un tiro de gracia para el movimiento. Un atentado de gran envergadura en territorio cruzado le permitiría recuperar el protagonismo perdido y, sobre todo, demostraría a sus simpatizantes que todavía está viva y cuenta con capacidad operativa a pesar de los diversos reveses que ha sufrido desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Al mismo tiempo le reafirmaría en su estrategia de “golpear al enemigo lejano” basada en atacar a los países occidentales que gozan de mayor presencia y tienen mayores intereses en el mundo árabe, entre los que figura Francia. Tampoco debería descartarse por completo que los autores actuaran de manera independiente como una franquicia yihadista, un modus operandi similar al de los responsables de los atentados de Atocha el 11 de marzo de 2004.

Por último no debe pasarse por alto que, además de causar daño y extender el terror, los yihadistas también pretenden polarizar a las sociedades occidentales y tensar la convivencia con las comunidades musulmanes que acogen. El atentado llega en un momento delicado, puesto que en varios países europeos (entre ellos Alemania, Suecia, Holanda y Francia) se ha experimentado un avance de los movimientos xenófobos que arremeten contra la creciente inmigración musulmana y que gozan cada vez de mayor predicamento. En el ánimo de los yihadistas también está provocar un choque de trenes que se traduzca en un aumento de la islamofobia. El escenario de cuanto peor mejor sería la mayor recompensa para los grupos yihadistas".

martes, 23 de diciembre de 2014

Primavera Árabe: esperanzas frustradas

Mi último artículo para El País de este 2014 que ahora despedimos trata de repasar lo ocurrido en el mundo árabe desde la caída de Ben Ali: "Primavera Árabe: esperanzas frustradas". Me hubiera gustado ser algo menos pesimista, pero la situación sobre el terreno no deja mucho espacio para el optimismo. Esperemos que en el 2015 cambien las tornas. La deliciosa ilustración es de Raquel Marín.

Hace cuatro años la población tunecina protagonizó una revolución popular en el curso de la cual el presidente Ben Ali fue derrocado. Este acontecimiento inesperado tuvo efectos inmediatos en una parte significativa del mundo árabe, donde se registraron diversas réplicas en forma de movilizaciones antiautoritarias. En algunos casos se registraron tímidos procesos de apertura democrática, pero en otros se asistió a una peligrosa espiral de violencia que todavía no ha tocado fondo.

Transcurrido un tiempo razonable disponemos de la suficiente perspectiva para concluir que las expectativas que generó la primavera árabe se han visto defraudadas. Si bien es cierto que algunos países han emprendido una relativamente exitosa transición del autoritarismo hacia la democracia, como es el caso de Túnez (donde se ha registrado una transferencia pacífica de poder), lo cierto es que la trayectoria del resto es cuanto menos preocupante. Algunos han optado por una vuelta de tuerca autoritaria (como en Egipto, donde un golpe militar desalojó a los Hermanos Musulmanes del poder) y otros están inmersos en conflictos por la repartición del poder ante la descomposición estatal (como Libia o Yemen) o, peor aún, se han enzarzado en guerras civiles con tintes sectarios (casos de Irak en el pasado y de Siria en la actualidad).

En estos últimos casos, ya no se cumple la máxima weberiana de que el Estado tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia, puesto que un amplio abanico de actores no estatales se lo disputan (milicias armadas y grupos yihadistas como el Estado Islámico, el Frente Al Nusra, Ansar Al Sharía, Ansar Bait Al Maqdis, todos ellos en la órbita de Al Qaeda). Por tanto, hemos pasado de lo malo conocido (los regímenes autoritarios) a lo peor por conocer (grupúsculos yihadistas que pretenden redibujar las fronteras regionales y reinstaurar un califato islámico por la fuerza de las armas).

Una de las claves para entender el meteórico ascenso de dichos grupos es la exacerbación de las tensiones sectarias en Oriente Medio, resultado directo de la lucha por la supremacía regional que libran entre bastidores Arabia Saudí e Irán, una guerra fría que ha contaminado a Siria, Irak, Baréin y Yemen (todos ellos con importantes concentraciones de población chií). El hecho de que sean precisamente Arabia Saudí e Irán quienes pretendan convertirse en referentes para los países de la región debería encender todas las alarmas, ya que son dos teocracias que violan sistemáticamente los derechos humanos más elementales y persiguen las libertades públicas, donde la igualdad de género es una quimera y donde todo aquel que eleva la voz o disiente es perseguido de manera brutal.

La primavera árabe fue una reacción popular ante los reiterados abusos de los regímenes autoritarios. A pesar de las diferencias existentes entre los países árabes, la mayoría de ellos se caracterizan por un déficit de libertades (expresión, reunión o asociación), una sistemática violación de los derechos humanos (falta de rendición de cuentas e impunidad), una legislación restrictiva (que impide o dificulta la formación de asociaciones y partidos políticos), una patente desigualdad de género (fruto del contexto religioso, pero también de los valores patriarcales imperantes) y leyes de emergencia o antiterroristas establecidas con el pretexto de combatir las amenazas externas (casos de Egipto, Argelia, Siria y Arabia Saudí).
 
Cuatro años después de la primavera árabe no existen demasiadas razones para el optimismo. En Egipto se ha experimentado un retroceso generalizado de las libertades desde la llegada a la presidencia de Al Sisi. En primer lugar, los Hermanos Musulmanes, la formación que se impuso en las elecciones legislativas de 2011 y presidenciales de 2012, han sido desalojados del poder e ilegalizados bajo la acusación de haberse convertido en un grupo terrorista, equiparándole, nada más y nada menos, con Al Qaeda. Veinte mil de sus simpatizantes y dirigentes han sido encarcelados y varios cientos de ellos ya han sido condenados a muerte, entre ellos sus máximos responsables. En segundo lugar, se ha aprobado una Ley Antiprotestas para impedir que vuelvan a repetirse las multitudinarias manifestaciones de la plaza de Tahrir y 23 activistas, entre ellos conocidos blogueros y activistas del Movimiento de Jóvenes 6 de Abril, han sido condenados a elevadas penas de prisión por cuestionarla. Por último, el Ministerio de Asuntos Sociales y Justicia ha dado un ultimátum a todas las asociaciones a que se registren conforme a la muy restrictiva Ley de 84/2002, que permite a las autoridades disolver las asociaciones, bloquear sus fondos e, incluso, encarcelar a sus responsables si representan una amenaza para la seguridad nacional.

En el caso de Siria e Irak nos encontramos con dos regímenes sectarios que tratan de instrumentalizar la heterogeneidad religiosa en su propio beneficio. El conflicto civil que sufren ambos países ha provocado que diferentes grupos no estatales disputen al poder central el monopolio del uso legítimo de la violencia. Milicias armadas y grupos yihadistas se han apoderado de partes significativas del territorio, lo que en algunas zonas implica la imposición de una retrógrada interpretación de la ley islámica o sharía y, en ocasiones, la persecución de las minorías religiosas. Cinco millones de iraquíes se vieron obligados a abandonar sus hogares en la pasada década como consecuencia de la guerra sectaria librada entre diferentes milicias armadas sunníes y chiíes. Esta cifra se ha superado ampliamente en Siria, donde nueve millones de personas, casi la mitad de la población, se han convertido en refugiados o desplazados internos. En Irak, los secuestros, extorsiones y ejecuciones por parte de las milicias armadas, que muchas veces actúan en connivencia con el poder central, son el pan de cada día. En Siria, el régimen y algunas milicias armadas practican a diario crímenes de guerra y de lesa humanidad y la guerra ya ha costado la vida a 225.000 personas.

La irrupción del Estado Islámico supone un nuevo factor desestabilizador. Dicho grupo, que controla ocho provincias sirias e iraquíes y que gobierna a cinco millones de personas, pretende restaurar un califato islámico. Sus prácticas comprenden flagelaciones, amputaciones, crucifixiones, torturas y ejecuciones sumarias. No sólo se aplican a sus enemigos, sino también a quienes beben alcohol, cometen adulterio o roban. El Estado Islámico ha situado en el punto de mira a las minorías confesionales con la deportación de cristianos y la eliminación de los yazidíes, pero también a los propios musulmanes, puesto que tachan de apóstatas a los chiíes y a todos aquellos que se atreven a cuestionar su delirante interpretación del islam. En este sentido merece recordarse que en los últimos meses se han perpetrado masacres entre varias tribus sunníes que se alzaron contra ellos y ejecutado a diversos ulemas que se resistieron a jurarles obediencia.

Yemen y Libia, otros dos países donde la primavera árabe prendió y sus dirigentes fueron desalojados del poder, se han adentrado en una peligrosa huida hacia ninguna parte como resultado de la descomposición del poder central. Yemen se enfrenta a una revuelta protagonizada por los huzíes del norte que se han apoderado de la capital Saná, mientras que Libia dispone de dos Gobiernos —uno en Trípoli y otro en Tobruz— que se disputan el poder. En ambos países, las milicias armadas imponen su ley y Al Qaeda goza de significativas bolsas de apoyo. Las organizaciones de defensa de los derechos humanos han denunciado masacres de civiles, así como secuestros, torturas y ejecuciones de rivales políticos, muchas veces basados en criterios tribales o sectarios, crímenes que quedan impunes ante la creciente anarquía.

Si bien es cierto que este diagnóstico puede parecer excesivamente sombrío, también lo es que existe una profunda desafección hacia las élites dirigentes en el conjunto del mundo árabe que podría servir de detonante para nuevas movilizaciones populares. No debe olvidarse que el pan, la libertad y la justicia social que demandaban los manifestantes hace cuatro años siguen siendo asignaturas pendientes que podrían traducirse en una segunda ola revolucionaria.