viernes, 24 de abril de 2015

La yihad chií en Irak y Siria

Esta semana publiqué en Esglobal este artículo dedicado a la irrupción de milicias chiíes en la escena siria e iraquí. Un asunto sobre el que habitualmente no se suele hablar demasiado a pesar de su relevancia.

La nada soterrada guerra fría que Irán y Arabia Saudí libran por la hegemonía en Oriente Medio ha provocado, como es bien sabido, una fractura sectaria en la región. La proclamación, en junio del pasado año, de un califato por Abu Bakr al Bagdadi evidencia el creciente poderío del autodenominado Estado Islámico, que tiene su base territorial en Irak y Siria y en el que combaten unos 25.000 yihadistas internacionales. Menos conocida es la irrupción de milicias armadas chiíes, surgidas precisamente para combatir a los grupos yihadistas de orientación salafista, que disponen de un número similar de combatientes sólo en territorio sirio. Estas milicias, procedentes de Líbano e Irak, cuentan con el patrocinio directo de Irán.

Uno de los principales argumentos empleados por el Frente Al Nusra, la franquicia local de Al Qaeda, para justificar su intervención en Siria fue la necesidad de combatir al apóstata régimen alawí. Su primer comunicado, emitido el 24 de enero de 2012, describe la guerra como una cuestión islámica y como la oportunidad para imponer la sharia por medio de una yihad defensivo haciendo alusión directa a la azora 9.39 (“Combate a los politeístas tal y como ellos te combaten a ti”). Con frecuencia los combatientes yihadistas se refirieren a diversos hadices y profecías que sitúan a Dabiq, una pequeña localidad norteña, como el lugar en el que tendrá lugar una batalla decisiva entre las tropas del islam y las de los infieles que desencadenará el Juicio Final.

Los chiíes, por su parte, no olvidan que fue Yazid, un califa de la dinastía Omeya, el responsable de la muerte en Kerbala del tercer imán chií Husayn, hijo de Alí y nieto de Mahoma, y consideran la actual confrontación como una revancha contra el islam suní. No por casualidad, las milicias chiíes contemplan la guerra siria como una batalla entre el bien y el mal que precederá la llegada del mahdi. Algunas profecías indican que el último imán chií pondrá fin a su ocultación en una época de caos en la que un personaje denominado Al Sufiani (identificado por algunos con Abu Bakr al Bagdadi) tratará de exterminar a los chiíes, pero será derrotado por el Ejército del mahdi comandado por Jurasani y Shu`aib bin Saleh (a quienes se identifica, respectivamente, como el ayatolá Alí Jamenei y Hasan Nasrallah, líder del Hezbolá libanés, o Qasem Suleimani, responsable de la unidad de élite Al Quds de la Guardia Republicana iraní).

El enemigo común de las milicias chiíes que combaten tanto en Siria como en Irak serían los yihadistas, que comulgan con el wahhabismo de inspiración saudí, a los que se tacha de takfiríes (aquellos que practican el takfir: declarar apóstata al resto de musulmanes que no comparten esta ideología radical lo que justificaría sus muertes). El jeque Nasrallah, en un discurso pronunciado el 25 de mayo de 2013, advertía de los riesgos de la deriva yihadista que vive la región: “Esta mentalidad takfirí ha matado a más suníes que a miembros de otras sectas musulmanas… No estamos abordando la cuestión desde una perspectiva suní o chií, sino desde una perspectiva que engloba a todos los musulmanes y cristianos: para todos ellos el proyecto takfirí representa una amenaza”.

Hoy en día, Irán se ha convertido en el principal sostén tanto del régimen sirio dirigido por Bashar al Asad como del iraquí de Haydar al Abadi. Ante la desintegración gradual de ambos países y el progresivo avance del Estado Islámico, los asesores militares iraníes han auspiciado el establecimiento de diversas milicias armadas que han ido progresivamente desplazando en sus funciones a unos ejércitos regulares cuestionados por las sucesivas derrotas que han cosechado en el terreno de batalla. Su propósito sería el de preservar los intereses iraníes en la región y afianzar un arco chií que va desde el Golfo Pérsico al mar Mediterráneo, una arco que arranca en Teherán y llega hasta Beirut pasando por Bagdad y Damasco.

En Siria se establecieron, a partir de 2012, las Fuerzas de Defensa Nacional y el Ejército Popular que disponen de unos 200.000 efectivos, superando al propio Ejército regular. Dichos grupos tienen su origen en los comités populares nacidos para combatir a los rebeldes. Al estar demasiado atomizados y actuar de manera caótica, la Guardia Revolucionaria iraní y Hezbolá decidieron convertirlos en unas fuerzas paramilitares más cohesionadas ofreciéndoles tanto entrenamiento como asesoramiento. En estos grupos no sólo combaten alawíes, sino también cristianos y drusos, así como una nutrida nómina de suníes aliados del régimen. Algunas de sus unidades son dirigidas por el propio clan Assad, como evidencia el caso del recientemente fallecido Hilal al Assad, primo del presidente y responsable de las FDN en Latakia. Estos grupos son financiados por el régimen, que también les permite practicar el pillaje, perpetrar secuestros y desarrollar otras actividades ilícitas para financiarse.

Como señala Aron Lund en un reciente artículo publicado por el think tank Carnegie Endowment for International Peace, “desde comienzos de 2011, el Gobierno comenzó a emplear dinero y servicios para comprar la lealtad de los jóvenes desempleados entre los cuales distribuyó armas y coches, a la vez que ofreció ventajas a sus leales y sus familias, militarizando las vastas redes clientelares establecidas durante más de cuatro décadas de gobierno de los Assad. Entre los reclutados estaban familias de militares, simpatizantes baazistas, bandas de matones con respaldo de los servicios de inteligencia, las comunidades religiosas minoritarias, algunas tribus árabes suníes y otros actores locales dependientes del régimen de Assad”.

Menos conocida es la presencia de milicias chiíes procedentes, en su mayor parte, de Líbano e Irak. Un reciente informe realizado por Phillip Smyth para The Washington Institute for Near East Policy bajo el esclarecedor título de The Shiite Jihad in Syria and Its Regional Effects advertía de este fenómeno. Además de Hezbolá, que ha servido como modelo para estas milicias chiíes, combaten sobre el terreno una pléyade de milicias iraquíes como Liwwa Abu Fadl al Abbas, Asaib Ahl al Haqq, Kataib Hizb Allah, Badr, Harakat al Nujaba o Kataib Sayyid al Shuhada, todas ellas entrenadas por la Guardia Republicana iraní. Esta presencia se ha tratado de justificar aludiendo a la necesidad de defender los santuarios chiíes en territorio sirio y combatir a los grupos yihadistas de ideología wahhabí.
 http://2.bp.blogspot.com/-zC2yRVTYC94/Uiofa9ze__I/AAAAAAAANGY/_F-SQ7cYgcs/s1600/la-proxima-guerra-hezbola-siria-iran-israel-oriente-medio.jpg
Aunque se trata de grupos relativamente poco numerosos (se estima que, en total, suman 25.000 efectivos), disponen de importantes recursos y su intervención ha sido determinante para impedir la caída de Bashar al Assad. El grupo más relevante es Hezbolá, cuya implicación activa data, al menos, desde febrero de 2012 cuando intervino en la ofensiva para recuperar la estratégica ciudad de Zabadani, entonces en manos del Ejército Sirio Libre. En la primavera de 2013 también tomó parte en la reconquista de Qusayr, que comunica Damasco con la franja mediterránea predominantemente alawí. En total se habla de, al menos, unos 5.000 de sus milicianos, muchos de ellos desplegados en la zona fronteriza de la Beqaa libanesa, precisamente su feudo. Más allá de su presencia sobre el terreno, Hezbolá ha servido como modelo de inspiración para otros grupos paramilitares.

Una decena de milicias chiíes iraquíes han tenido o tienen presencia activa en Siria. Una de los más relevantes es Liwa Abu al Fadl al Abbas, que se desplegó para proteger el santuario chií de Sayyida Zeinab (hermana del imán Husayn), situado en las afueras de Damasco, para evitar un posible atentado por parte de los grupos yihadistas similar al perpetrado en 2006 contra la mezquita del `Askari en Samarra, que precipitó la guerra sectaria iraquí. También se han desplegado en otras mezquitas como la de Sayyida Ruqayya, siendo su papel eminentemente defensivo. Otra de las milicias, que ha participado en diversas ofensivas, es Asaib Ahl al Haq, desplegada en torno a Alepo. Se trata de una escisión del Ejército del Mahdi del clérigo chií Muqtada al Sadr que contó con el respaldo del entonces primer ministro iraquí Nuri al Maliki. También tienen presencia las Kataib Sayyid al Shuhada, un grupo nacido en mayo de 2013 para defender los santuarios chiíes en el mundo islámico. En mayo de ese año, el Harakat Hezbollah al Nujaba creó Liwa Ammar ibn Yasir, el nombre de un santuario chií de Raqqa que fue destruido por los yihadistas, y que también combate en el frente de Alepo. También la organización Badr cuenta con efectivos sobre el terreno.

Como hemos visto, buena parte de las milicias chiíes son originarias de Irak. La invasión estadounidense de 2003 fue respondida con la creación de diferentes fuerzas paramilitares chiíes que se enfrentaron contra las tropas ocupantes y también contra la rama iraquí de Al Qaeda dirigida por Abu Musab al Zarqawi. Quizás el caso más conocido, aunque no el más importante, fuera el del Ejército del Mahdi (que ahora ha pasado a denominarse Saraya al Salam, las Brigadas de la Paz) dirigido por Muqtada al Sadr, pero también existen numerosos grupos próximos a Irán que cuentan con el patrocinio de su Guardia Revolucionaria, que se encarga de su adiestramiento y les proporciona armamento. Según un reciente artículo publicado por Spyer y Al Tamimi en The Tower, “Irán no está interesada en que ninguno de estos grupos llegue a ser lo suficientemente fuerte como para romper lazos con Teherán y establecer su propia agenda. Para evitarlo mantiene múltiples milicias que compiten entre sí”.

Como en el caso sirio, es difícil conocer con exactitud el número de integrantes de las milicias chiíes que combaten en Irak contra el Estado Islámico, aunque diferentes fuentes estiman que podrían contar con más de 100.000 combatientes, un número similar al que dispone el propio Ejército regular iraquí, en pleno proceso de descomposición. La caída de Mosul en el pasado verano y la proclamación de un califato por parte de Daesh provocaron un alistamiento masivo de combatientes chiíes en el marco del proceso de movilización popular (al hashad al shaabi) alentado por una fatua del influyente ayatolá Alí Sistani en torno a la necesidad de defender Irak ante el avance del grupo yihadista.

En el marco de la operación para recuperar la ciudad de Tikrit en el mes de marzo combatieron entre 20.000 y 30.000 milicianos chiíes integrantes de la organización Badr, Kataib Hezbollah, Asaib Ahl al Haq, Kataib Imam Alí y Saraya al Salam, todos ellos dirigidos por la Guardia Revolucionaria iraní y su brigada de élite al Quds, comandada por el omnipresente Qasem Soleimani. También la coalición aliada, dirigida por EE UU, bombardeó la ciudad, aunque los mandos militares norteamericanos se apresuraron a señalar, de manera poco convincente, que no habían coordinado sus operaciones con las autoridades militares iraníes.

Con frecuencia se ha acusado a estos grupos armados chiíes de disponer de una agenda sectaria. Recientemente, Amnistía Internacional publicó un demoledor informe titulado Absolute Impunity: Militia Rule in Iraq en el que las acusaba de secuestrar y asesinar a miles de civiles suníes con total impunidad en las zonas bajo su control. Donatella Rovera, una de sus investigadoras, ha señalado: “Las milicias chiíes están atacando implacablemente a la población civil suní por motivos sectarios, bajo el pretexto de combatir el terrorismo, en un aparente intento de castigar a los suníes por el ascenso del Estado Islámico y por sus atroces crímenes. Al dar su bendición a milicias que perpetran este tipo de atroces abusos de forma habitual, el Gobierno iraquí está autorizando los crímenes de guerra y fomentando un peligroso círculo de violencia sectaria que está destrozando al país. El apoyo del Gobierno de Irak al dominio de las milicias debe terminar ya”.

No obstante todo parece indicar que desde el Ejecutivo iraquí no sólo no piensa disolver dichas milicias chiíes, sino que además se está planteando la posibilidad de regularizar su existencia por medio de la creación de una Guardia Nacional que se nutriría, precisamente, de sus cuadros. De hecho, el 3 de marzo el Parlamento debatió una propuesta de ley en esta dirección que, al menos por el momento, no ha sido aprobada, aunque sin duda se retomará en los próximos meses en el caso de que sigan cosechando éxitos en su combate contra el Estado Islámico.

jueves, 16 de abril de 2015

Claves yemeníes

Hoy sale el nuevo número del periódico quincenal Diagonal, en el que publico este artículo en el que trato de aportar las claves internas para comprender la descomposición de Yemen y que puede leerse en paralelo a "El puzle yemení" que apareció el martes en El Correo. Mañana colgaré un post con el enlace al debate de El dilema titulado de "La primavera a la yihad" que emitió anoche la televisión pública vasca.

De la noche a la mañana, Yemen ha pasado de ser un absoluto desconocido a ocupar las portadas de la prensa. El motivo es la operación Tormenta Decisiva, lanzada por una coalición de países árabes dirigida por Arabia Saudí para impedir que los rebeldes húzies prosigan su avance militar y conquisten Adén, puerto estratégico del Cuerno de África que controla Bab al-Mandeb, la puerta de acceso al mar Rojo y al canal de Suez, por donde pasa el 15% del comercio mundial. Con este movimiento, Arabia Saudí intentaría evitar la caída de Yemen en manos de los húzies, una milicia chií que ha aprovechado el vacío de poder existente para apoderarse de la capital y hacerse con el control del país.

El rompecabezas yemení, sin embargo, no sólo se explica en clave sectaria o en el marco de la guerra fría que libran Irán y Arabia Saudí por la hegemonía de la zona. Para entender la situación que atraviesa Yemen, un país con una extensión similar a la de Francia y que cuenta con 25 millones de habitantes, debemos aludir a las divisiones confesionales, la deriva autoritaria, la naturaleza tribal, la pujanza del yihadismo y el levantamiento húzi. Estas cinco claves explican el colapso estatal y la conversión de Yemen en un Estado fallido.

La primera clave explicativa es la existencia de una minoría zaydí, una corriente del Islam chií profesada por un tercio de la población. Desde el siglo IX, los zaydíes dispusieron de su propio estado dirigido por linajes sagrados. En 1911, Yemen del Norte alcanzó la independencia bajo la dirección del imán Yahya, que gobernó un estado agrícola, tribal y atrasado que tenía su epicentro en las montañas de Saada. El golpe militar de 1962 permitió el establecimiento de una república, pero también provocó una cruenta guerra civil en la que los dos bandos en liza fueron respaldados por Arabia Saudí y Egipto, las principales potencias regionales de aquel momento. El actual levantamiento húzi da comienzo en 2004, en el marco de un proceso de renacimiento zaydí que fue respondido con una brutal represión por el entonces presidente Abdullah Saleh.

La segunda clave es la deriva autoritaria durante el mandato de Saleh (1978-2011) y el subsiguiente vacío político que dejó su marcha. Durante sus tres décadas en el poder, Saleh instauró un régimen presidencialista, autoritario, clientelista y cleptómano que recortó las libertades, recompensó a sus fieles, persiguió a los disidentes y, sobre todo, extendió la pobreza. Saleh controló con mano de hierro a las Fuerzas Armadas, de las que provenía, y también al partido Congreso General del Pueblo, que monopolizó la vida política. La Primavera Árabe puso fin a este poder omnímodo y obligó a Saleh a presentar su dimisión, eso sí tras asegurarse la inmunidad. Su abrupta salida de escena dejó un vacío que ningún actor ha sido capaz de llenar hasta el momento, incluido su débil y cuestionado sucesor Abd Rabboh Mansur Hadi, que ha huido a Arabia Saudí.
 
La tercera clave para comprender la realidad yemení es el factor tribal, que progresivamente ha ido perdiendo peso en el golfo Pérsico pero que en Yemen todavía está fuertemente arraigado. El expresidente al-Iryani llegó a afirmar en 1978 que Yemen no necesitaba partidos políticos, puesto que ya disponía de tribus. Saleh reforzó estas dinámicas neopatrimoniales situando a los miembros de su tribu –los Sanhan– en los principales centros de autoridad políticos y militares. Esta circunstancia explica el actual apoyo que el Ejército yemení presta a los húzies, vital para entender su fulminante avance. También la oposición, representada por el partido islamista Islah, erigió fuertes redes clientelares con parte de las tribus desafectas al poder. De hecho, dicho movimiento fue dirigido por el jeque Abdullah al-Ahmar, líder de la poderosa confederación de tribus Hashid.

La cuarta clave la representa la presencia de Al Qaeda. Ya en el año 2000 el grupo reivindicó el ataque contra el destructor norteamericano USS Cole en el puerto de Adén. Desde entonces no ha hecho más que reforzar su presencia, sobre todo en la zona sureña donde cuenta con sus bases militares más importantes en toda la península Arábiga. Yemen se ha convertido, por lo tanto, en retaguardia estratégica, base logística y reserva espiritual para Al Qaeda, que ha sobrevivido a las ejecuciones extrajudiciales y a los ataques con drones lanzados por EEUU. Una buena muestra de ello es su reivindicación del atentado contra el semanario Charlie-Hebdo en enero. También el Estado Islámico ha aprovechado la actual coyuntura para implantarse en territorio yemení, tal y como demuestran sus ataques contra las mezquitas chiíes de Sanaa de marzo, que provocaron 150 muertes.

La quinta clave que explica el colapso yemení es la irrupción en escena de los húzies, un grupo zaydí que ha aprovechado la debilidad estatal para expandirse desde las montañas del norte hasta la ciudad costera de Adén, pasando por la capital Sanaa que fue capturada el verano pasado. Los húzies, agrupados en el partido Ansar Allah, pretenden combatir a Al Qaeda y frenar la expansión del salafismo impulsada por la vecina Arabia Saudí, aliada estratégica de EEUU. Además demandan un Estado federal, con amplios poderes para las provincias norteñas donde son mayoritarios. Estas reivindicaciones representan una clara amenaza para los países del golfo Pérsico que cuentan con población chií, empezando por la propia Arabia Saudí y siguiendo por Kuwait, Emiratos Unidos y Bahréin, ya que podrían ser asumidas como propias por sus poblaciones chiíes.

martes, 14 de abril de 2015

El puzle yemení




Yemen ha sido el enésimo país árabe en hundirse en el caos, aunque probablemente no será el último. La fatal combinación de colapso estatal, vacío de poder, demandas federalistas, fracturas tribales, movimientos separatistas, irrupción yihadista, corrupción sistémica e intervención foránea han llevado a Yemen a la encrucijada en la que ahora se encuentra. El establecimiento de una coalición regional, capitaneada por Arabia Saudí y respaldada por Estados Unidos, contra los rebeldes húzies, que dominan buena parte del país, no sólo no estabilizará la situación, sino que a buen recaudo contribuirá a su agravamiento. Para entender la situación actual es necesario remitirse a la Primavera Árabe, cuando las movilizaciones populares provocaron una salida pactada de Abdullah Saleh, quien había dirigido los destinos del país desde la unificación de los dos Yémenes en 1990. Durante su larga presidencia, Saleh tejió una eficaz red de alianzas por medio de la cual cooptó a los principales líderes tribales. También impuso un férreo control sobre el Congreso General del Pueblo, que dominó la escena política, y sobre las Fuerzas Armadas, un elemento clave para garantizar la unidad territorial amenazada por los grupos secesionistas y el irredentismo yihadista. Además de personalista, Saleh fue un dirigente autoritario que estableció uno de los regímenes más corruptos del mundo árabe, lo que no es poco si tenemos en cuenta el abultado historial de latrocinio de los Mubarak, Ben Ali y Asad.

La caída en desgracia de Saleh creó un vacío de poder que ningún actor fue capaz de llenar. El nuevo presidente Abd Rabboh Mansur Hadi carecía del carisma suficiente y de los respaldos necesarios para asentar su autoridad. Desde el norte, los rebeldes de Ansar Allah, más conocidos como húzies, aprovecharon el proceso constituyente para plantear sus reivindicaciones de corte federalista, que contaban con un sólido respaldo entre la minoría zaidí, una rama del Islam chií que representa el 30% de la población y que ha sido sistemáticamente discriminada por el poder central. Ante la debilidad presidencial, los húzies iniciaron una fulgurante expansión territorial que les llevó a extender su autoridad desde su feudo norteño de Saada hasta la propia capital Sanaa. Todo ello con el inestimable apoyo ofrecido por Saleh y un sector del Ejército, algo que evidencia que no se trata de una mera lucha sectaria.
 
Pero Ansar Allah no es el único actor no estatal que combate en Yemen, ya que en el sur existe Al Hirak Al Yanubi, un grupo secesionista con base en la costera ciudad de Adén que pretende independizarse del norte. El país también cuenta con una relevante presencia de militantes yihadistas, en particular de Al Qaeda en la Península Arábiga, que el pasado mes de enero reivindicó el atentado contra el semanario satírico Charlie-Hebdo en París. Recientemente, el propio Estado Islámico ha irrumpido con fuerza con los ataques contra varias mezquitas chiíes de la capital que se saldaron con la muerte de 150 personas. Este cuadro quedaría incompleto sin referirnos al Islah, la rama yemení de los Hermanos Musulmanes, que cuenta con importantes respaldos sociales y que dirige un frente sunní anti-húzi.

La caída de Sanaa en manos de los húzies el pasado verano encendió todas las alarmas entre los vecinos del golfo Pérsico y, en particular, Arabia Saudí, país que libra una guerra fría con Irán por la hegemonía regional. La captura del palacio presidencial y la disolución de gobierno fueron seguidas de la huida del presidente Hadi a Adén y el avance húzi hacia dicha ciudad, gota que colmó el vaso. Arabia Saudí interpretó entonces que el país no podía quedar bajo el control de una minoría chií próxima a Irán, por lo que activó una coalición integrada por los miembros del Consejo de Cooperación de Golfo (a excepción de Omán) y otros aliados del bloque árabe conservador (entre ellos Egipto, Jordania, Marruecos y Sudán). El 25 de marzo se lanzaron los primeros ataques aéreos contra los húzies en el marzo de la operación Tormenta Decisiva y, en la actualidad, no se descarta una invasión terrestre si las circunstancias lo aconsejaran.

Yemen se ha convertido, por lo tanto, en un nuevo frente de la guerra fría que Arabia Saudí e Irán libran por el control de la región y que tiene en Siria e Irak otros de sus escenarios. En realidad, esta tensión saudí-iraní no es nueva, sino que arranca prácticamente con la misma Revolución Islámica en 1979 que consagra en el poder a una corriente chií revolucionaria y antiimperialista que supone una evidente amenaza para la vertiente wahhabí ultraconservadora y aliada de EEUU representada por Arabia Saudí.

Este enfrentamiento se intensificó a consecuencia de la invasión de Irak en 2003 y de la nefasta gestión posterior, que encendió la llama del sectarismo en toda la región. El progresivo distanciamiento de Oriente Medio por parte de EEUU ha creado un enorme vacío de poder que ha sido llenado por Irán y Arabia Saudí. Mientras que la primera ha sido capaz de extender su influencia a Líbano, Siria, Irak y, ahora, Yemen, la segunda no ha dejado de ceder terreno. El reciente acuerdo entre EEUU (y el resto de integrantes de G5+1) e Irán para frenar el programa nuclear a cambio de levantar las sanciones evidencia que Irán es una potencia en ascenso cuya intervención es clave para estabilizar la zona, mientras que Arabia Saudí corre el riesgo de quedar relegada a un segundo plano, algo a lo que no se resignará fácilmente tal y como demuestra su intervención en Yemen.