lunes, 25 de agosto de 2014

Guerra Fría en Oriente Medio

El ascenso del Estado Islámico tiene mucho que ver con la Guerra Fría que Arabia Saudí e Irán libran por el control de Oriente Medio. He escrito este artículo sobre el tema en el diario vizcaíno El Correo. Difícilmente se resolverán los problemas de la región si su futuro sigue estando en manos de estos dos actores que rechazan el diálogo y que están atrapados en una guerra de zero sum en la que sólo habrá un vencedor. A continuación  el artículo.

Oriente Medio vive uno de sus periodos más convulsos que se recuerdan y los focos del incendio no dejan de propagarse. Irán y Arabia Saudí han aprovechado esta creciente inestabilidad para extender a Siria e Irak su particular lucha por la hegemonía regional, utilizando para ello a actores interpuestos. Lo que está en juego es, nada más y nada menos, el futuro de la región tras las convulsiones que desencadenó la denominada Primavera Árabe y las revueltas antiautoritarias registradas en Túnez, Egipto, Libia y Siria.
 
No es ningún secreto que Arabia Saudí pretende exportar su modelo ultraortodoxo salafí al resto del mundo árabe y que ha puesto sus petrodólares al servicio de esta causa. Lo verdaderamente novedoso es que los saudíes han aprovechando la actual coyuntura, teóricamente adversa para sus intereses, para tratar de recuperar el terreno perdido en las dos últimas décadas. Su propósito no sería otro que cortocircuitar cualquier reforma democratizadora y extender el rigorismo religioso. De otra parte nos encontramos con Irán, que intenta preservar a toda costa el arco chií que va desde Irán hasta Líbano pasando por Irak y Siria e, incluso, extenderlo a otros países del golfo Pérsico con población chií.
 
Algunos autores no dudan en describir esta bipolarización saudí-iraní como una nueva Guerra Fría que se libra en Irak, Siria, Líbano y Palestina. La analista francesa Fatiha Dazi-Héni considera que no es pertinente hablar de un enfrentamiento religioso entre sunismo y chiísmo, puesto que «las actuales divisiones sectarias entre Arabia Saudí e Irán parecen estar mucho más relacionadas con el enfrentamiento geopolítico y el antagonismo ideológico en su búsqueda por el predominio en Oriente Medio, que con la religiosidad. Esta nueva Guerra Fría puede verse acentuada debido a las estrategias que utilizan los dos países desde la Primavera Árabe, que han mostrado una creciente bipolarización basada en el sectarismo de los conflictos que enfrentan a suníes y chiíes».
 
Al exacerbar las tensiones sectarias en una zona con una elevada heterogeneidad confesional ambos países son igualmente responsables del descenso a los infiernos que se vive en diversos escenarios y que amenaza con llevar a la región al abismo. Siria se ha convertido en un polo de atracción para salafistas y yihadistas deseosos de combatir a un régimen que es tachado de apóstata. De hecho, el sectarismo se ha convertido en uno de los elementos clave que explican la irrupción de grupos yihadistas en la órbita de Al Qaeda. El avance del Estado Islámico en Irak no puede entenderse tampoco sin aludir a los intentos de Arabia Saudí y del resto de petromonarquías del golfo Pésico de torpedear al gobierno sectario de Nuri al Maliki, cuyo principal respaldo es Irán.

 
Una muestra de este enconamiento son las ‘fatwas’ o edictos religiosos emitidos por importantes predicadores, entre ellos el influyente clérigo egipcio Yusuf al Qaradawi, que tiene su base en Qatar y emite un programa en la cadena Al Jazeera, quien consideraba lícito «matar a todos quienes trabajan para el gobierno sirio, ya sean civiles, militares, clérigos o ignorantes». El clérigo yihadista mauritano Abu al Mundir al Sinqiti emitió, por su parte, un edicto en el que afirmaba que «la yihad contra la secta politeísta alawí es una obligación de todo musulmán», que «debe emprender la yihad contra los alawíes al igual que la yihad contra los judíos, ya que no hay ninguna diferencia entre ellos».
 
Tras la revuelta antiautoritaria, el régimen sirio apostó por la denominada ‘solución militar’ para desactivar las protestas populares. La mayor parte de los países occidentales optaron por el ‘ver y esperar’ limitándose a dar respaldo político a la oposición. Las petromonarquías árabes aprovecharon esta situación para armar a los grupos de orientación yihadista. El embargo de armas occidentales a los rebeldes en los primeros compases de la confrontación incrementó la dependencia del golfo Pérsico y de los financiadores privados, que son el principal sustento para la mayor parte de grupos que combaten en territorio sirio. Debe recordarse que dicha financiación se supedita a la asunción de una agenda religiosa puritana y que los grupos yihadistas pretenden imponer por la fuerza de las armas un Estado islámico regido por la ‘sharía’.
 
La superposición de grupúsculos islamistas radicalizados y las agendas de los países del Golfo ha tenido efectos catatróficos en Irak y Siria, caos en el que también tiene una parte nada desdeñable de responsabilidad EE UU. La Administración de Obama ha tratado de distanciarse de Oriente Medio para marcar diferencias con la política intervencionista de George W. Bush. No obstante, su estrategia de salida ha estado marcada por los errores, puesto que ha apostado por los caballos equivocados. En Irak ha permitido durante demasiado tiempo los excesos de Nuri al Maliki, quien ha gobernado desde el sectarismo y el rencor provocando el desafecto de la minoría sunní. En Siria parece haberse resignado al manteniminento de Bachar al Asad como un mal menor ante el avance del Estado Islámico, como si la única alternativa posible al dictador fuese el yihadismo. Al mismo tiempo ha permitido que Arabia Saudí financie generosamente a los grupos salafistas que quieren imponer en todos los confines del mundo árabe una visión sesgada y medieval del Islam. Ahora ha llegado el momento de recoger los frutos de tan desastrosa apuesta.

jueves, 21 de agosto de 2014

El furor del Estado Islámico

El diario El País publica hoy mi  artículo sobre el avance del Estado Islámico en Siria e Irak: "El furor del Estado Islámico". Ayer el presidente Barack Obama lo calificó de cáncer que debe extirparse. La pregunta a hacerse es por qué no ha actuado antes, no sólo para impedir su crecimiento sino también para cortar las vías a quiénes lo financian. En mi opinión, el Estado Islámico no es más que el hijo descarriado del wahabismo saudí.

La proclamación de un nuevo califato el pasado 29 de junio de 2014 ha sorprendido a propios y extraños, tanto en los países occidentales como en el propio mundo árabe. Y su brutalidad, que ha mostrado su lado más perverso con el asesinato del periodista James Fowley, ha despertado ya todas las alarmas. Abu Bakr al Bagdadi, que ahora se hace llamar califa Ibrahim, es el artífice del fulgurante ascenso del Estado Islámico, que ya domina buena parte de Siria e Irak.

Desde la caída de Mosul, el Estado Islámico no ha dejado de ganar posiciones tomando plazas estratégicas en torno a Bagdad y amenazando Erbil, la capital del Kurdistán autónomo, lo que ha constatado la descomposición del Estado iraquí. Este creciente poderío ha obligado al presidente estadounidense Barack Obama a abandonar su tradicional mutismo y autorizar ataques selectivos para contener el avance yihadista. Con este movimiento del todo insuficiente intenta redimirse de su nefasta gestión del dossier sirio, ya que ha sido precisamente el vacío de poder provocado por la guerra civil el que ha permitido la irrupción del Estado Islámico. Como advirtiera hace dos años el International Crisis Group: “La guerra siria ofrece a los salafistas un entorno propicio: violencia y sectarismo, desencanto con Occidente, líderes seculares y figuras islámicas pragmáticas, así como acceso a la financiación del golfo Árabe y el saber hacer militar yihadista”.

Si bien es cierto que Al Qaeda no tenía presencia en territorio sirio antes de marzo de 2011, también lo es que aprovechó la guerra para implantarse sobre el terreno. En un video difundido en febrero de 2012, su líder Ayman al Zawahiri invitó a todos los musulmanes a acudir a Siria para combatir al régimen “apóstata” de Bachar El Asad. El desembarco de Al Qaeda en Siria se realizó por medio de su franquicia local: el Frente al Nusra. Sin presencia en los primeros compases de la contienda fue precisamente la inmovilidad de la comunidad internacional y la regionalización del conflicto, lo que provocó un “efecto llamada” entre los yihadistas internacionales paralelo a la progresiva sectarización de la guerra siria. Este proceso se debe a varias razones, pero quizás la más relevante es el respaldo de los países del Golfo a las facciones islamistas ante la pasividad de los países occidentales.

En realidad, el Frente al Nusra no era otra cosa que la rama siria del Estado Islámico de Irak comandado por Abu Bakr al Bagdadi. No obstante, las relaciones se tensaron cuando este último anunció la fusión de ambos grupos el 8 de abril de 2013. Unos meses más tarde, el propio Ayman al Zawahiri intercedió en la disputa exigiendo que cada grupo se centrara en su propio país de origen, orden que no fue acatada por Bagdadi. Desde entonces, ambos mantienen un enconado enfrentamiento por el control del movimiento yihadista internacional. De hecho, la conquista de una base territorial por parte del Estado Islámico y el establecimiento de un nuevo califato representan una amenaza sin precedentes para Al Qaeda, que ve peligrar su monopolio de la ideología yihadista detentado desde los atentados del 11-S.
El principal objetivo del Estado Islámico no es sólo restablecer un califato regido por la sharía, sino también imponer su disparatada interpretación del islam basada en una lectura extrema del wahhabismo. Para tratar de justificar su guerra sin cuartel contra el régimen alawí sirio y contra el gobierno chií iraquí aluden a hadices atribuidos a Mahoma y a ciertas aleyas coránicas como la que reza: “Combate a los politeístas tal y como ellos te combaten a ti” (9:39). A los cristianos se les ofrece elegir entre el pago de un impuesto de capitación, la conversión al islam o la expulsión. Otras religiones minoritarias como el yazidismo han corrido todavía peor suerte al no ser consideradas religiones monoteístas reveladas, por lo que deben ser, simple y llanamente, erradicadas de la faz de la tierra.

Todos estos planteamientos forman parte del ADN de cualquier formación yihadista. Lo que les hace especialmente peligrosos es que ahora el Estado Islámico tiene una base territorial en la cual pasar de la teoría a la práctica. En Siria han logrado conquistar las provincias de Al Raqqa y Deir Zohr, aunque también tiene presencia en Idlib y Alepo. En Irak ha logrado avances aún más espectaculares en las provincias de Al Anbar y Nínive aprovechando el hartazgo de la población suní hacia el gobierno sectario de Nuri al Maliki, recientemente desalojado del poder por quienes antaño fueran sus principales protectores: EEUU e Irán. Su objetivo final sería redibujar las fronteras establecidas un siglo atrás por británicos y franceses en los Acuerdos de Sykes-Picot. No obstante, su osadía tiene límites, ya que de manera significativa no han cuestionado la existencia de las petromonarquías del golfo Pérsico, que durante la última década han financiado generosamente a los grupos yihadistas con el pretexto de contener el avance de Irán en la región.
El principal éxito del Estado Islámico radica, por lo tanto, en haber triunfado allí donde Al Qaeda fracasó. No sólo representan una organización yihadista transnacional con una creciente facilidad para captar a islamistas de diferentes nacionalidades (incluidos españoles), sino que han sido capaces de conquistar una base territorial en la cual proclamar su propio califato. Además disponen de una eficaz red de financiación que les aporta abundantes recursos materiales gracias a su control de campos petrolíferos y a los impuestos que recaudan en las zonas bajo su autoridad, sin olvidarnos de la extorsión a los hombres de negocios y a los minorías confesionales a las que requisan sus pertinencias. Sólo en la toma de Mosul las huestes del Estado Islámico se hicieron con 400 millones de dólares provenientes del Banco Central. Dichos recursos les permiten adquirir material militar y pagar las soldadas de sus milicianos, pero también distribuir alimentos entre la población y abrir centros de predicación para captar nuevos adeptos. En las medersas que han establecido, la educación se reduce al Corán, la Sunna y las tradiciones de los califas ortodoxos con contenidos plagiados de los textos escolares saudíes.

Los brutales métodos empleados por el Estado Islámico parecen haber generado un rechazo unánime, no obstante la respuesta de la comunidad internacional no ha estado ni mucho menos a la altura de las circunstancias. Los coches bomba y los atentados suicidas empleados en el pasado han dejado lugar, a medida que controlaban cada vez mayores porciones de territorio, a las ejecuciones sumarias, las decapitaciones públicas e, incluso, la crucifixión de infieles, todo ello con el objeto de extender el terror entre sus rivales. Tras la toma de Mosul se ha intensificado la espiral de violencia registrándose un éxodo masivo entre la diezmada minoría cristiana. Hoy en día, la espada pende sobre los yazidíes, una secta sincrética preislámica que cuenta con especial predicamento entre la población kurda y que está siendo objeto de un genocidio cuidadosamente planificado. Esta violencia irracional e indiscriminada podría pasarle factura y volverse en su contra, tal y como ocurrió en 2006 cuando los jeques tribales suníes organizaron sus propios comités de autodefensa con el objeto de expulsar a las fuerzas de Al Qaeda en Mesopotamia.

A estas alturas parece probado que el Estado Islámico se ha convertido en una amenaza no sólo para Irak y Siria, sino para el conjunto de Oriente Medio. Los garrafales errores cometidos por EEUU desde el derrocamiento de Sadam Husein, la nada soterrada Guerra Fría que mantienen Arabia Saudí e Irán y el creciente sectarismo de los gobiernos iraquí y sirio han creado un monstruo incontrolable que no será fácil de domeñar mientras todos estos actores sigan atrincherados en sus posiciones maximalistas y utilicen al Estado Islámico como cortina de humo para ocultar sus respectivos fracasos.

jueves, 10 de julio de 2014

Jugando con fuego en Gaza

Hoy publico en el diario vizcaíno El Correo y otras cabeceras del grupo Vocento este artículo sobre la situación en la Franja de Gaza.

Una vez más la historia vuelve a repetirse. La Franja de Gaza es atacada de nuevo por tierra, mar y aire por las Fuerzas de Defensa Israelíes. El objetivo declarado es detener la lluvia de cohetes lanzados contra el territorio israelí; el objetivo encubierto es golpear a Hamas, organización que había encontrado en el acuerdo de reconciliación sellado con Fatah una tabla de salvación a una situación desesperada, ya que sus principales vías de financiación han sido interrumpidas a lo que debe añadirse la rampante erosión de su popularidad por su deficiente gestión de gobierno.
 
Lamentablemente la historia nos enseña que no existen operaciones quirúrgicas y que la población civil será la principal víctima de una operación militar que agravará los problemas endémicos de la Franja de Gaza, en la que más del 80% de la población depende de la ayuda humanitaria internacional para sobrevivir. Una prisión a cielo abierto como tantas veces se ha descrito con todas sus salidas y entradas controladas por las fuerzas israelíes que, en 2005, se retiraron del territorio pero que no le permitieron cortar el cordón umbilical con la ocupación. Una operación desproporcionada que, como todos sabemos, está condenada al fracaso, puesto que no parece factible que a estas alturas Israel sea capaz de destruir a Hamas, una organización que cuenta con un amplio respaldo popular y que, además, suele salir reforzada tras cada una de las campañas desencadenadas contra ella.
 
Con el bombardeo de la franja, Israel lanza un claro mensaje a la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas a la que dicta unas líneas rojas que no deberá sobrepasar. El gobierno israelí sigue apostando por el ‘divide y vencerás’ según el cual la escena palestina tendrá que seguir enfrentada y no se permitirá a Fatah y Hamas sellar sus diferencias, porque ya se sabe que al enemigo es mejor mantenerlo dividirlo e impedir que unifique sus fuerzas para plantar cara a la colonización. Por eso, la prioridad de Benjamin Netanyahu es imposibilitar a toda costa y a cualquier precio que las dos principales fuerzas políticas palestinas resuelvan sus diferencias y establezcan un programa de acción común. Ese es el peor escenario para Israel y eso es lo que se trata de impedir con la operación Margen Protector.
ataque israeli a palestina
Lo que no parece tener en cuenta Israel es que está jugando con fuego. En el poco probable caso de que Hamas fuera extirpada de raíz del territorio palestino, deberíamos preguntarnos quién ocuparía su lugar y quién asumiría la defensa del islam político. Si los Hermanos Musulmanes palestinos desaparecieran de la faz de la tierra de la noche a la mañana no cabe duda que sería remplazada por grupos más radicales situados en la órbita salafista y yihadista. El remedio podría ser, por lo tanto, peor que la enfermedad, puesto que favorecería la emergencia de fuerzas situadas en la órbita de Al Qaeda que aprovecharían la desesperación y la frustración existente entre la población para tratar de ganar terreno e impulsar su causa.
 
A estas alturas parece claro que el miserable asesinato de tres adolescentes israelíes está siendo hábilmente instrumentalizado por el gobierno israelí para tratar de sacar réditos en aguas turbulentas. Curiosamente nadie se ha rasgado las vestiduras por los 1.520 menores palestinos muertos desde el año 2.000 como como consecuencia de ataques israelíes. Como ya sabemos, no todos los muertos valen lo mismo y la sangre palestina cotiza a la baja en el mercado de la geopolítica internacional. Se trata de una estrategia, cuanto menos, arriesgada, puesto que apuesta por añadir más leña al fuego en un Oriente Medio que vive en un momento especialmente volátil, con Siria hundida en el lodo de la guerra civil y con un Irak cada día más fragmentado con el Estado Islámico en plena fase de ascenso. En este contexto, cualquier chispa podría encender un incendio de impredecibles consecuencias abriendo la caja de truenos. Además, todos sabemos cómo empiezan las guerras en la región, pero no cómo acaban. Basta con recordar que el bombardeo de Gaza en 2006 provocó un efecto contagio a Líbano con el enfrentamiento entre Israel y Hezbollah, un choque que acabó sin ganadores ni perdedores pero que provocó una crisis de gobierno que se cobró la cabeza del por entonces primer ministro Ehud Olmert por sus costosos errores de cálculo.
 
Cuando las autoridades israelíes decidan, en unos días o en unas semanas, poner fin a la operación Margen Protector será el momento de hacer el recuento de víctimas en ambos bandos y enterrar los cadáveres. Como en el pasado, los líderes mundiales condenarán con firmeza el terrorismo de Hamas y, en menor medida, se lamentarán de la desproporción de la ‘respuesta’ israelí. Una vez más apremiarán a las partes a retornar a la mesa de negociaciones y apostarán por la solución de los dos Estados, declaraciones que no serán acompañadas de ninguna presión efectiva para que se cumplan las resoluciones internacionales ni para que Israel se retire del territorio ocupado. Un mensaje que, como tantas veces en el pasado, caerá en saco roto y acabará arrastrando el viento. Mientras tanto, Israel seguirá aprovechando la inmovilidad de la comunidad internacional para seguir aplicando su política de hechos consumados para judaizar el territorio ocupado mediante la construcción de nuevos asentamientos y hacer inviable un Estado palestino con continuidad territorial. Nada nuevo bajo el sol.

martes, 24 de junio de 2014

Retorno al autoritarismo en Egipto

Hoy publico en El País esta reflexión sobre hacia dónde se dirige Egipto. La respuesta es fácil: hacia un nuevo autoritarismo que recuerda mucho al vigente en época de Mubarak: "Retorno al autoritarismo en Egipto".
 
En poco menos de un año, Abdelfatah al Sisi ha pasado de ser prácticamente un desconocido a convertirse en el hombre fuerte de Egipto. Desde el desalojo de los Hermanos Musulmanes del Gobierno, Al Sisi ha seguido a rajatabla y sin vacilaciones su particular hoja de ruta presentándose como un nuevo mesías que traerá la estabilidad y espantará el fantasma de la confrontación civil. Sin embargo, su presidencia nace con un importante déficit de legitimidad: La exclusión de la vida política no sólo de los islamistas, sino también de todos aquellos que han osado denunciar su deriva autoritaria.
 
En este sentido, las elecciones presidenciales no pueden ser vistas más que como un retorno al pasado. Si bien es cierto que los electores tuvieron más de una opción por la que decantarse, también lo es que la participación del nasserista Hamdin Sabahi permitió al régimen darles un barniz democrático. Los resultados lo dicen todo, puesto que Al Sisi obtuvo un poco verosímil respaldo del 97% (con diez millones más de votos de los obtenidos por el expresidente Mohamed Morsi en 2012). La escasa participación (a pesar de que los datos oficiales la cifran en un 47%, diferentes organizaciones independientes consideran que no habría superado el 12%) muestra a las claras que los llamamientos realizados por relevantes actores socio-políticos, entre ellos los Hermanos Musulmanes y los Jóvenes del 6 de Abril, no han caído en saco roto.
 
La elección de Al Sisi cierra de manera abrupta las expectativas generadas por la Revolución del 25 de Enero de 2011 en torno a una posible transición democrática y devuelve, tras el breve paréntesis islamista, el absoluto protagonismo a los militares. Es pertinente recordar que la nueva Constitución egipcia, la tercera en tan sólo tres años, blinda a las Fuerzas Armadas al permitirles elegir al ministro de Defensa, conservar el carácter secreto de su presupuesto y, por último pero no menos importante, garantizar que los tribunales militares puedan seguir juzgando a civiles, prerrogativa que ha permitido que miles de ciudadanos hayan sido condenados sin las más básicas garantías procesales en el curso de los últimos años.
Al Sisi no sólo cuenta con el respaldo del Ejército, sino que además disfruta de significativos apoyos en el seno de la sociedad egipcia, sobre todo entre los críticos con el periodo de gobierno islamista caracterizado por la improvisación y el desgobierno. Durante su campaña electoral, el mariscal se presentó como el único capaz de restaurar la seguridad y garantizar el orden. No obstante, estas promesas chocan frontalmente con la realidad existente sobre el terreno. Desde el golpe militar, el país vive inmerso en una peligrosa espiral de violencia. En los últimos doce meses han muerto más de 3.000 personas, una tercera parte en el curso del brutal desalojo de la acampada de Rabaa al-Adawiya el pasado verano. Unos 300 militares han perdido la vida en atentados perpetrados por grupos yihadistas, especialmente activos en la península del Sinaí.
 
La judicatura no ha dudado un solo instante en ponerse al servicio del nuevo régimen. En los últimos tres meses, 1.212 dirigentes y simpatizantes de la Hermandad (incluido su guía supremo Mohamed Badia) han sido condenados a muerte en juicios sumarísimos, una cifra que supera con creces las penas capitales dictadas en las tres décadas de dictadura de Mubarak. Otros cientos de responsables de la Hermandad, con el expresidente Mohamed Morsi a la cabeza, podrían correr la misma suerte. El número de detenidos en este último año supera las 20.000 personas, entre ellos conocidos activistas y revolucionarios que han sido acusados de espionaje, conspiración y terrorismo. Un ejemplo de esta deriva represiva ha sido la ilegalización del movimiento Jóvenes del 6 de Abril, uno de los convocantes de las multitudinarias manifestaciones de la plaza Tahrir en 2011 al que ahora se considera una amenaza para la seguridad nacional. Las libertades públicas también han sufrido un fuerte retroceso, tal y como evidencia la aprobación de una ley antiprotestas que restringe severamente el derecho a la manifestación. El pasado año, Egipto ocupó el tercer puesto en la lista de países más peligrosos para ejercer el periodismo con seis informadores muertos y dos decenas encarcelados.
 
Sin duda quienes más han sufrido esta ola represiva han sido los Hermanos Musulmanes. La organización, indiscutible vencedora de las elecciones legislativas de 2011 y presidenciales del 2012, ha sido ilegalizada y declarada terrorista siendo confiscados todos sus bienes y propiedades. No es, ni probablemente será, la primera vez en la historia de Egipto que se pretende extirpar de raíz dicho movimiento cuyo origen se remonta a 1928. Antes ya lo intentó Gamal Abdel Nasser sin excesivo éxito, a pesar de que encarceló y ejecutó a sus más destacados dirigentes. Desde entonces, todos los presidentes egipcios se han resignado a coexistir con la Hermandad alternando el palo con la zanahoria: fases de intensa represión con otras de relativa tolerancia. Por eso se antoja complicado que Sisi vaya a tener éxito allá donde Sadat y Mubarak fracasaron.
 
Con bastante probabilidad será la evolución económica del país la que decidirá la suerte de Al Sisi. Es precisamente en este aspecto donde surgen más dudas en torno a su capacidad para enderezar el rumbo y afrontar la aguda crisis económica que azota el país, sobre todo si tenemos en cuenta que el principal activo de su currículo es haber dirigido con mano de hierro la Inteligencia Militar. Debe tenerse en cuenta que Egipto se encuentra al borde del colapso como ponen de manifiesto los datos macroeconómicos. En el último año, la deuda pública ha crecido un 14% y la inflación supera el 10%. Cuatro de cada diez egipcios viven bajo el umbral de la pobreza, por lo que el gobierno se ha visto obligado a destinar una cuarta parte del presupuesto para subvencionar productos básicos como el pan, la electricidad y la gasolina, todo ello con el objetivo de evitar un nuevo estallido social. Las exhaustas arcas egipcias deben afrontar, además, las nóminas de la sobredimensionada e inefectiva administración, integrada por siete millones de funcionarios. A ello ha de sumarse la caída en picado del turismo, una de las principales fuentes de riqueza del país.
 
Ante esta situación, el nuevo rais confía que los militares, que controlan un tercio de la economía, jueguen un papel esencial en el proceso de renacimiento que se anuncia a bombo y platillo. Entre tantas incertidumbres, la única certeza es que Egipto es cada vez más dependiente de las petromonarquías árabes, que le han prestado una ayuda de 12.000 millones de dólares en el último año. Obviamente esta ayuda no es desinteresada y, entre otras cosas, está ligada a un trato favorable a las inversiones provenientes del Golfo, pero también a que no se pongan trabas a la imparable penetración del credo salafista promovido por Arabia Saudí, hecho que está provocando un gradual deslizamiento de la población hacia posiciones rigoristas y puritanas cuyas consecuencias están por ver.
 
Para diversificar sus alianzas, Al Sisi ha prodigado en los últimos meses sus viajes al extranjero tratando, a su vez, de recuperar el protagonismo que antaño tuvo Egipto en el tablero regional. Ante las naturales cautelas de EE UU y la UE, Al Sisi se ha aproximado a Rusia con la que ha cerrado un importante acuerdo armamentístico por valor de 2.000 millones de dólares, lo que indica la tradicional alianza entre El Cairo y Washington, vigente durante las últimas cuatro decadas, pende ahora de un hilo.
 
Está por ver cuánto dura el periodo de gracia del que disfruta Al Sisi, ya que parece difícil que la proverbial paciencia del pueblo egipcio se mantenga de manera indefinida. En el caso de que el rais sea incapaz de mejorar sustancialmente la situación económica y siga apostando por medidas represivas para acallar a sus detractores no puede descartarse el estallido de una tercera ola revolucionaria que vuelva a reclamar en las calles “pan, libertad y justicia social”.

viernes, 20 de junio de 2014

Revueltas y transiciones en Oriente Medio

 
Entre el 7 y el 11 de julio celebraremos en la Universidad de Alicante este curso sobre 'Revueltas y transiciones en Oriente Medio: balance y retos'.

Tres años después del inicio de la Primavera Árabe, el mundo árabe contemporáneo vive un periodo de incertidumbre. Las transiciones hacia la democracia han chocado con múltiples escollos, entre ellos las inercias autoritarias, la fragmentación de las fuerzas revolucionarias, las resistencias del Estado profundo, las trabas de los militares, el choque de islamismos o la creciente polarización social. Este curso pretende analizar tanto la emergencia de nuevos actores en la escena socio-política de Oriente Medio como la evolución experimentada por diversos países (Egipto, Libia, Siria, Turquía, Palestina y Líbano).
Lunes 7 de julio - 16:30h a 17:00h. Inauguración y presentación del curso
Josefina Bueno, directora de la Sede Universitaria de Alicante. Universidad de Alicante.
Ignacio Álvarez-Ossorio Alvariño, profesor del departamento de Filologias Integradas de la UA
- 17'00h a 19'00h. Ignacio Álvarez-Ossorio (Universidad de Alicante). “Siria: del levantamiento popular a la guerra civil”
- 19'15h a 21'15h. Víctor Amado (Universidad del País Vasco). “Egipto de Mubarak a Sisi: estamento militar y gobierno autoritario”
Martes 8 de julio
- 17'00h a 19'00h. Javier García Marín (Universidad de Granada): “"Comunicación política en el mundo Árabe: cambios, avances y retrocesos desde 2011"
- 19'15h a 21'15h. Marién Durán (Universidad de Granada). “Turquía tras la revuelta popular de Taksim”
Miércoles 9 de julio- 17'00h a 19'00h. Isaías Barreñada (Universidad Complutense de Madrid). “Palestina: sociedad civil y activismo político”
- 19'15h a 21'15h. José Abu Tarbush (Universidad de La Laguna). “Estados Unidos ante la Primavera Árabe: la promoción exterior de la democracia”
Jueves 10 de julio- 17'00h a 19'00h. Francisco Torres (Universidad de Alicante). “El agua como factor de conflicto en Oriente Medio”.
- 19'15h a 21'15h. Rafael Ortega (Universidad de Granada). “La irrupción del salafismo en la escena política árabe”
Viernes 11 de julio
- 17'00h a 19'00h. Ignacio Gutiérrez de Terán (Universidad Autónoma de Madrid).  “La Libia post-Gaddafi: entre el tribalismo y el faccionalismo”
- 19'15h a 21'15h. Pedro Buendía (Universidad de Salamanca). “Líbano: el confesionalismo como factor estabilizador”

martes, 17 de junio de 2014

La espiral iraquí

El Correo publica hoy este artículo mío sobre la toma de Mosul por el Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS) en el que se trata de explicar cómo este grupo ha logrado resurgir de sus cenizas y extender su control sobre parte del Bilad al-Sham.

Irak está a punto de convertirse en un Estado fallido, si no lo es ya. La caída de Mosul ha puesto en evidencia la debilidad del gobierno central, incapaz de hacer frente a un millar de milicianos del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS). A pesar de que esta ofensiva haya tomado por sorpresa a propios y extraños desde hace tiempo era previsible que el rearme del ISIS en territorio sirio acabaría teniendo implacaciones en suelo iraquí, ya que ambos conflictos se retroalimentan mutuamente.
 
El ISIS ha sabido aprovechar la caótica situación en ambos países para ganar posiciones. La guerra civil siria se ha convertido en una guerra de todos contra todos en la cual la formación yihadista ha aprovechado el vacio de poder para asentarse en las provincias de Raqqa y Deir Zor. En los últimos meses, el régimen sirio ha concentrado sus ofensivas en la frontera libanesa y en las ciudades de Homs y Alepo sin atacar las bases del ISIS, que al fin y al cabo es un enemigo cómodo puesto que le permite presentar el conflicto como una lucha entre el secularismo y el radicalismo, entre el autoritarismo o la barbarie. El avance de los yihadistas obligará a Bashar Al Asad a mover ficha ante las crecientes presiones por parte de dos de sus principales aliados: Bagdad y Teherán, que temen una posible reactivación de la violencia sectaria en Irak y una desestabilización del país.
En el caso de Irak, el ISIS se ha beneficiado del profundo malestar de la población sunní hacia las políticas sectarias del presidente Nuri Al Maliki. Durante sus dos mandatos ha sido incapaz de sacar al país del pozo en el que la invasión anglo-iraquí lo dejó. Un 28% de la población vive en situación de extrema pobreza y el desempleo afecta al 60% de los iraquíes. Los servicios públicos no han conseguido recuperar los niveles alcanzados en época de Sadam Husein y un tercio de las viviendas carecen de agua y electricidad. Todo ello a pesar de que, en 2013, Irak fue el tercer exportador de petróleo mundial con 3,6 millones de barriles por día. El hecho de que Irak sea uno de los países más corruptos (ocupa el 169 en la lista de Transparencia Internacional) explica que una parte significativa de los beneficios obtenidos por la venta del crudo acabe en manos de las nuevas elites políticas, económicas y militares. A estos datos debe sumarse el rebrote de la violencia experimentado el pasado año cuando se registraron 9.000 muertos, una cifra que podría ser rebasada con creces este año.
 
Este caldo de cultivo ha permitido el resurgimiento del ISIS, especialmente en la norteña provincia suní de Al Anbar. Sus habitantes critican los modos autoritarios y la concentración de poderes por parte de Nuri Al Maliki, quien no esconde su agenda sectaria claramente pro-chií. En su ofensiva, la organización yihadista ha contado con la complicidad de varias milicias sunníes, entre ellas las dirigidas por Izzat Ibrahim Al Duri, el exvicepresidente de Sadam Hussein.
Para no cometer los mismos errores que provocaron la expulsión de Al Qaeda de las zonas sunníes en 2007, el ISIS se ha aproximado a los líderes tribales y a los consejos militares locales comprometiéndose a no lanzar operaciones de represalia ni a perseguir a todos aquellos que considera infieles. Además deberá coordinar sus acciones con las milicias armadas sunníes y abstenerse de acciones unilaterales. Sin embargo puede pronosticarse que la convivencia no será fácil puesto que este grupo suele imponer su peculiar interpretación de la ‘sharía’ en las zonas bajo su control, incluidos castigos corporales, prohibición de alcohol y tabaco, obligación de rezar cinco veces al día y reclusión de la mujer. Debe recordarse que el objetivo final del ISIS es establecer un califato islámico en el que prevalezca su versión descarriada del Islam.
 
Todo ello hace pensar que practicarán la autocontención hacia los sunníes dirigiendo su violencia hacia los chiíes. No debe olvidarse que la literatura yihadista se refiere a los chiíes como apóstatas que deberían ser eliminados de la faz de la tierra. Por otra parte parece claro que las provocaciones del ISIS buscan una respuesta fulminante y desproporcionada por parte del poder central y de las milicias chiíes armadas. Se iniciaría así una espiral de violencia sectaria que permitiría al ISIS asentarse en las zonas suníes. Es decir: cuanto peor mejor.
 
El radicalismo del ISIS no sólo despierta el temor del gobierno central iraquí, sino también de dos países que, a su vez, se hayan inmersos en una larga y costosa lucha por la hegemonía regional: Irán y Arabia Saudí. Irán ya ha anunciado que hará todo lo necesario por frenar el avance yihadista hacia algunos de los santuarios sagrados del chiísmo como Samarra, Nayaf o Kerbala. Arabia Saudí, por su parte, no parece dispuesta a que el EIIS, que tacha a la monarquía de ilegítima, consiga reforzarse y captar a más yihadistas saudíes, por temor a que en un futuro lancen su propia ‘yihad’ contra el denominado ‘enemigo interior’, fórmula empleada para describir a los gobernantes situados en la órbita occidental.
 
El ISIS se ha constituido incluso en una amenaza para la propia Al Qaeda, grupo que durante un tiempo le dio cobertura. No debe olvidarse que la organización yihadista ha sido incapaz de establecer una base territorial en la que instaurar su califato islámico, un objetivo que ahora parece haber alcanzado el EIIS que se ha hecho fuerte en las provincias próximas a la frontera sirio-iraquí. Un reciente comunicado de dicho grupo se permitía acusar a Al Zawahiri de haberse «desviado del camino correcto de la ‘yihad’».

lunes, 27 de enero de 2014

Nada que esperar de Ginebra II

Este fin de semana publiqué en el blog de la Fundación Alternativas en El País este breve artículo sobre las conversaciones entre el régimen y la oposición sirias que se celebran en Suiza: "Ginebra II: esperando nada".
 
Han tenido que transcurrir tres años para que el régimen y la oposición se sienten a la mesa de negociaciones para hablar juntos del futuro de Siria. Demasiado tiempo si tenemos en cuenta el nivel de destrucción alcanzado y la magnitud de la catástrofe humanitaria: 130.000 muertos, 2.400.000 refugiados y 6.500.000 desplazados internos.

El acuerdo de mínimos alcanzado entre EEUU y Rusia para convocar Ginebra II teóricamente obliga a las partes a aceptar el marco de negociación establecido en Ginebra I. Es decir: que se comprometan a una transición política en el curso de la cual se establecerá una autoridad transitoria con plenos poderes ejecutivos para gobernar el país hasta que se celebren unas elecciones legislativas y presidenciales libres y plurales. Sus integrantes deberían ser consesuados por las partes. Por lo tanto tanto el régimen como la oposición disponen de capacidad de veto. Se da por entendido que todas aquellas personas que tengan las manos manchadas de sangre no podrán ser parte de dicho gobierno interino.
¿Cuál será entonces el futuro de Bashar El Asad? Ante la falta de acuerdo, la Casa Blanca y el Kremlin apostaron en 2012 por la ambigüedad constructiva confiando en que el tiempo se encargase por sí mismo de despejar las incógnitas que se cernían en el horizonte. Pero contra todo pronóstico, el régimen ha sido capaz de mantener su cohesión y recuperar parte del terreno perdido más por los errores de sus rivales que por sus propios aciertos. Además de explotar a pleno rendimiento su maquinaria de aniquilación y muerte que ha devastado buena parte del país, también ha contado con la inestimable ayuda de tres aliados estratégicos. Rusia, Irán y Hezbolá le han mostrado un inquebrantable apoyo que ha sido indispensable para que el régimen pudiera sobrevivir en condiciones sumamente adversas. No debe extrañarnos, por lo tanto, que El Asad se sienta reforzado y que la delegación oficial siria desafie a la oposición acusándola de “traición” en la apertura de la conferencia.
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Por el contrario, la oposición ha tenido mucha menos suerte en sus respaldos. Sus desesperadas llamadas a la comunidad internacional para que se involucrara activamente y evitase una carnicería cayeron en saco roto. No se fijaron zonas de exclusión aérea ni corredores humanitarios, tal y como demandaban. Ni tan siquiera se aprobó un embargo armamentístico contra el régimen, que no ha dejado de masacrar a los rebeldes y a la población civil aprovechándose de su notable superioridad.
 
La oposición también ha acusado la falta de respaldo militar por parte de sus supuestos aliados, lo que le ha llevado a arrojarse a los brazos de países como Arabia Saudí o Catar, que financian genorasamente a las diferentes milicias que combaten sobre el terreno. Esta contribución no es, obviamente, desinteresada y ha pasado una elevada factura a la oposición. Los activistas que se movilizaron pacíficamente contra El Asad en los primeros compases de la revuelta han sido desplazados y ahora son los combatientes del Ejército Sirio Libre y el Frente Islámico los que combaten a las tropas asadistas. La penetración de yihadistas internacionales ha fortalecido al Frente de Al Nusra y al Estado Islámico de Irak y Siria, satélites de Al Qaeda, que libran su propia guerra sectaria contra el ‘apóstata’ régimen alauí.
Es en este alambicado escenario en el que tiene lugar Ginebra II, una conferencia que parece condenada al fracaso ante las abismales diferencias que separan al régimen y la oposición sirias. Mientras el primero considera que la prioridad debería ser combatir al terrorismo, los segundos tienen como meta trazar la hoja de ruta de la Siria post-Asad. El presidente sirio ha dejado claro, por activa y por pasiva, que no está dispuesto a abandonar el poder. Además considera que, dada la división de la oposición y su falta de respaldos internacionales, el tiempo juega en su favor. Si ha acudido a Ginebra II no ha sido para negociar su salida, sino para dejar claro que continuará resistiendo de manera numantina aunque su obstinación reduzca a cenizas al país.
Ante esta manifiesta falta de voluntad política debería fijarse una agenda más modesta basada en acuerdos concretos sobre puntos en los que existe cierta voluntad de consenso. El régimen y la oposición deberían centrarse en aliviar la catástrofe humanitaria en la que se haya inmersa Siria. Para ello sería conveniente que se alcanzaran acuerdos de alto el fuego en los frentes de combate y se permitiera la apertura de corredores humanitarios por los cuales se evacuase a los heridos y se introdujeran productos de primera necesidad y material médico. Un acuerdo de mínimos en torno a estas cuestiones además permitiría afianzar canales de diálogo entre las partes, punto indispensable para reconstruir puentes y sentar las bases de una posible, y todavía lejana, solución negociada.

jueves, 23 de enero de 2014

Egipto: una transición frustrada

Esta tarde estaré hablando en el Palacio de la Madraza de Granada sobre la situación en Egipto tres años después de la Revolución del 25 de Enero de 2011 que derrocó a Hosni Mubarak.
 

miércoles, 22 de enero de 2014

Sobre Ginebra II

Ricard González, colaborador de El País, me entrevistó el pasado fin de semana para el diario chileno La Tercera para hablar sobre la Conferencia de Ginebra II. Aquí mis telegráficas respuestas. También incluyo la entrevista que me hizo el Canal 24 Horas de TVE sobre el tema.
 
Parece claro que la conferencia está condenada al fracaso, dado que ni el régimen ni la oposición están comprometidos con la vía trazada en Ginebra I: formación de una autoridad interina y elecciones legislativas y presidencial. El régimen se encuentra reforzado tras sus últimas ofensivas y Bashar al-Asad ha advertido que no contempla abandonar la presidencia.
 
La oposición está cada vez más dividida, como prueba que sólo 58 de los 120 miembros de la Coalición Nacional Siria aprobaran tomar parte en la conferencia y eso tras una intensa presión por parte de EEUU, Francia, Arabia Saudí, Qatar y Turquía. Lo peor de todo es que los grupos armados del interior -incluido el Ejército Sirio Libre- ya han anunciado que no se sienten comprometidos con las decisiones que puedan adoptarse. Por lo demás, los combates entre el Frente Islámico y los grupos afines a al-Qaeda (Frente al-Nusra y el Estado Islámico de Irak y Siria) cada vez son más encarnizados.
 
Todo ello nos hace pensar que no se dan las mínimas condiciones para que la Conferencia de Ginebra II ponga fin a la cruenta guerra civil siria que ya ha provocado 125.000 muertes, 2.400.000 millones de refugiados y 6.500.000 de desplazados internos.
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A continuación la entrevista:

P ¿Cuáles son las expectativas de éxito de la cumbre de Ginebra II?
R El alcance de cualquier acuerdo de tipo político que pueda abrir el camino a una solución parece imposible. Las principales facciones armadas de la oposición no participarán en la cumbre, y ya han dicho que no se considerarán obligadas por ningún hipotético pacto de alto el fuego. Por su parte, el régimen se siente más fuerte, y no tiene necesidad de ceder. Además, no estarán presentes dos actores claves: Irán y Arabia Saudita. Así, pues, como mucho, se puede llegar a algún acuerdo de tipo humanitario que permita abrir corredores para distribuir asistencia a la población civil, pues millones de personas viven una situación dramática no sólo en los campamentos de refugiados fuera de Siria, sino también dentro.

P ¿Considera que el régimen está ganando la guerra?
R El régimen ha podido realizar avances sobre el terreno gracias a la división, e incluso enfrentamientos violentos, en la oposición. La aparición de grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda capaces de controlar parte del territorio, como Frente Al Nusra y el Isis, ha cambiado la naturaleza del conflicto.

P ¿Y qué efectos tiene esta nueva dinámica?
R Favorece al gobierno, que siempre ha querido difundir la narrativa que el conflicto es contra el terrorismo islamista y no por la democratización del país. Esta situación ha hecho que una parte de la población pase a apoyar al régimen, al creer que es una opción menos mala que los islamistas radicales. De hecho, el régimen centra sus ataques en las bases de los grupos combatientes no islamistas.  Le gustaría hacerlos desaparecer como alternativa, lo que podría llevar a la comunidad internacional a aceptar su continuidad en el poder.

P ¿Cree que EE.UU. lamenta ahora no haber intervenido anteriormente de forma más decidida para forzar la caída de Assad?
R No, porque Estados Unidos no considera que lo que sucede en Siria afecte sus intereses nacionales, como sí pasaba con Libia o Irak gracias a su petróleo. Su verdadero objetivo era contener el conflicto, y que no contagiara a sus países vecinos. Ahora es obvio que no se ha conseguido. Si se hubiera intervenido militarmente al inicio de la guerra se podría haber evitado el baño de sangre. Ahora el escenario más probable es una libanización del conflicto, es decir, una prolongación y la división del país entre una multitud de grupos armados (como sucedió en Líbano entre 1975 y 1990).
 

martes, 21 de enero de 2014

Retorno al autoritarismo en Egipto

Mi reflexión sobre el referéndum constitucional egipcio para el diario vasco El Correo:
El referéndum sobre la nueva Constitución ha mostrado, una vez más, la fractura de la sociedad egipcia. Si bien es cierto que un 98% de los votantes se ha inclinado por el ‘sí’, también lo es que un 61,5% de los censados han preferido abstenerse. La abrumadora mayoría obtenida ha sido interpretada como un claro respaldo al golpe que desalojó a los Hermanos Musulmanes del gobierno el pasado verano y como un voto de confianza a su máximo artífice, el general Abdel Fatah al Sisi, que obtiene así el aval de buena parte de la población egipcia para presentar su candidatura presidencial.
 
Sin embargo, esta victoria a la búlgara del ‘sí’ queda obscurecida por las dificultades que han tenido que afrontar los opositores a la nueva Carta Magna. Los medios de comunicación egipcios han repetido hasta la saciedad que el ‘sí’ generaría estabilidad, mientras que el ‘no’ sería antipatriótico. Egipto Fuerte fue la única formación que hizo campaña por el ‘no’, aunque se vio obligado a replantear su posición después de que decenas de sus simpatizantes fueran detenidos inclinándose finalmente, al igual que los proscritos Hermanos Musulmanes, por el boicot.
 
Si bien es cierto que la nueva Constitución es más garantista que la precedente en lo que a derechos y libertades se refiere, también lo es que Egipto es especialista en redactar constituciones que nunca llegan a respetarse en su integridad. Ahí está, por ejemplo, el partido salafista al-Nur, generosamente financiado por el capital saudí, a pesar de que la Constitución prohíbe expresamente partidos de base religiosa. Además preserva los privilegios de las Fuerzas Armadas, entre ellos el carácter secreto de su presupuesto, la pervivencia de los juicios militares y el control sobre un tercio de la economía egipcia.
 
La mayor crítica que se puede formular al referéndum es que haya optado por el frentismo. En lugar de tratar de resucitar el diálogo nacional, el comité constitucional ha optado por ignorar la opinión de una parte significativa de la población. De los cincuenta integrantes de la comisión tan sólo dos eran islamistas, lo que contrasta con la distribución de fuerzas de la calle egipcia. El gobierno interino tropieza, así, en la misma piedra que sus antecesores islamistas: intentar imponer su voluntad al conjunto de la ciudadanía sin tener en cuenta todas las sensibilidades políticas.
 
No ya sólo se pasa por alto la opinión de los Hermanos Musulmanes, que obtuvieron 216 de sus 508 escaños en las elecciones de 2011 y que ahora son tachados de terroristas, sino que además se acallan los voces de los artífices de la Revolución del 25 de enero que derrocó a Mubarak. La mayor parte de ellos respaldaron el golpe del 3 de julio, pero tras criticar las medidas arbitrarias adoptadas por el nuevo gobieno han sido perseguidos con saña. Las detenciones y encarcelamientos de significativos activistas y blogueros ponen en evidencia el verdadero rostro del régimen y su falta de credenciales democráticas.
Todo lo anterior viene a confirmar que más que ante una segunda ola revolucionaria, como se anunció tras la destitución de Mohamed Morsi, estamos en pleno proceso de restauración del autoritarismo. Como en el pasado, quienes se avengan a respetar las nuevas normas del juego fijadas por los militares serán acogidos fraternalmente bajo su manto protector, pero quienes manifiesten la más mínima crítica serán brutalmente perseguidos. Se retoma, así, la vieja fórmula del ‘con nosotros o contra nosotros’.
 
Una cosa está clara: los resultados del referéndum refuerzan a Abdel Fatah al Sisi, el nuevo hombre fuerte de Egipto, que gusta de presentarse ante la población como el antídoto contra el caos. Todo parece señalar que el próximo paso de Sisi consistirá en anunciar su candidatura a la presidencia. Para ello cuenta con el apoyo del Estado profundo y de amplios sectores de la población, asqueados por la experiencia democrática islamista. Lo que Sisi parece ignorar es que deberá afrontar los mismos problemas que los Hermanos Musulmanes fueron incapaces de resolver: una sociedad profundamente  dividida y una economía en horas bajas.
 
La persecución y crimminalización de los Hermanos Musulmanes es tan sólo un parche que no resuelve la situación. Este movimiento, que durante sus 85 años de historia ha vivido todo tipo de vicisitudes, no desaparecerá de la faz de la tierra porque sus principales dirigentes hayan sido encarcelados ni sus bienes confiscados. Cuenta con un amplio respaldo social, tal y como se puso de manifiesto en las urnas donde el expresidente Morsi obtuvo 13 millones de votos. Si piensa que la represión es el único lenguaje que entiende la cofradía se equivoca, porque ya ha atravesado tragos más amargos en el pasado consiguiendo salir airosa.
 
En lo que respeta a la economía, Egipto soporta una situación extraordinariamente compleja con una deuda exterior que supera el 85% del PIB y una inflación superior al 10%. Además, la subvención de los productos de primera necesidad como el gasóleo, el pan o la electricidad absorbe una cuarta parte del presupuesto nacional, situación del todo insostenible. Si bien es cierto que los 8.000 millones de dólares que han prestado generosamente Arabia Saudí y otras petromonarquías del Golfo han evitado males mayores, parece claro que antes o después deberán acometerse reformas estructurales si se quiere reflotar la economía egipcia, algo que incluso para Sisi podría tener un elevado coste en términos de popularidad.