miércoles, 1 de octubre de 2014

Cuenta atrás para el Estado Islámico

Hoy publico el diario El País este artículo sobre quiénes pueden ser los grandes beneficiados y los grandes perjudicados de la campaña contra el Estado Islámico.

El día D y la hora H contra el Estado Islámico (EI) se ha hecho esperar, pero finalmente ha llegado. Durante un año y medio, esta internacional del terror ha logrado extender sin obstáculos reseñables sus tentáculos por Siria e Irak aprovechando la progresiva descomposición de ambos países. Para ello ha contado con la connivencia de buena parte de las potencias regionales, que han tolerado, o directamente alentado, a este grupo terrorista transnacional siguiendo la lógica del enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Para las petromonarquías árabes, que han financiado con generosidad a los grupos armados salafistas, se trataba de frenar a Irán, su bestia negra y principal aliado de Bashar El Asad. Por su parte, Turquía, que ha permitido que sus fronteras se convirtieran en un coladero de yihadistas, pretendía impedir que el Kurdistán sirio afianzara su autonomía. Siria, a su vez, permitió que el EI se instalase en su territorio confiando en que su presencia fragmentase las filas rebeldes. De esta combinación de factores surgió una tormenta perfecta cuyas principales beneficiadas fueron las huestes del EI, que llegaron a creerse su propia propaganda y anunciaron el advenimiento de un nuevo califato.

Los recientes ataques contra los bastiones yihadistas en Siria e Irak parecen indicar que este periodo de gracia ha llegado a su fin. La pregunta que flota en el aire es por qué ahora y no antes. Cuesta comprender por qué se ha tardado tanto tiempo en reaccionar y por qué se ha permitido que la situación se deteriorase hasta tal punto. Una de las pocas cosas claras entre tanta nebulosa es que el EI ha aprovechado este precioso tiempo para ganar músculo y transformarse en una amenaza global. Debe tenerse en cuenta que este grupo lleva imponiendo su ley y aterrorizando a las poblaciones locales desde hace meses mientras las potencias occidentales miraban hacia otro lado. Sus éxitos sobre el terreno de batalla han provocado un verdadero “efecto llamada” de combatientes curtidos en Afganistán e Irak, así como de aprendices de mártires deseosos de dar sentido a sus vidas inmolándose en el camino de Allah. La brutal persecución de las minorías confesionales parece haber despertado a la comunidad internacional de su letargo, pero ha sido la decapitación de dos de sus nacionales la que ha obligado a Estados Unidos a pasar a la acción. Queda por dilucidar si este fue un desafío intencionado por parte del EI o un mero error de cálculo, pero lo que es evidente es que ha abierto la caja de los truenos e iniciado la cuenta atrás para la erradicación del movimiento.

Hoy en día, las potencias regionales e internacionales denuncian sin ambages la brutalidad de sus métodos y su ambición sin límites. Esta sensación de amenaza compartida ha permitido el establecimiento de una amplia coalición de cuarenta países capitaneada por Estados Unidos que, además, cuenta con una nutrida presencia de países árabes. Si bien es cierto que la Administración de Obama es consciente de que los ataques aéreos serán incapaces de destruir por completo al EI, lo que intenta al menos es reducir al máximo su capacidad bélica. En términos pugilísticos lo que pretende es llevarle contra las cuerdas, lo que implica, además de golpearle sin pausa, cortar sus vías de financiación, impedir la llegada de yihadistas y evitar su rearme. En definitiva: ponerlo a la defensiva. Para ello no sólo será necesario la colaboración con los países árabes que se han sumado a la coalición, sino que también será imprescindible el concurso de los peshmergas kurdos, los rebeldes sirios y las grandes tribus de la zona, que ya tuvieron un papel destacado en la expulsión de Al Qaeda de Irak en 2007. Sólo la conjunción de los ataques aéreos y la presión terrestre puede si no derrotar al EI al menos reducirla a su más mínima expresión. El precio a pagar será inevitablemente alto, puesto que los yihadistas podrían dispersarse y optar por desestabilizar algunos países de la región y, en particular, Líbano y Jordania, los dos eslabones más débiles de la ecuación.


El presidente Obama ha advertido que la guerra contra el EI será larga, entre otras cosas porque despierta más incertidumbres que certezas. Una de las principales incógnitas por despejar es a quién beneficiarán y a quién perjudicarán los ataques. Aunque parece evidente que el EI será la principal víctima, no está claro quién ocupará el vacío que deje. La coalición internacional ha anunciado que trabajara con las fuerzas rebeldes moderadas, en una clara alusión a un Ejército Sirio Libre que no ha dejado de perder posiciones ante el avance de las fuerzas yihadistas hasta convertirse en un rosario de grupos sin un liderazgo centralizado y que, para más inri, depende por entero de la ayuda saudí y qatarí. Hoy por hoy parece poco factible que dichas fuerzas tengan capacidad para hacerse con el control de aquellas zonas de las que el EI sea expulsado.

Aunque Estados Unidos no esté dispuesto a reconocerlo, el principal beneficiado de estos ataques podría ser el régimen de Bashar El Asad. Junto a las posiciones del EI, la coalición internacional está golpeando al Frente Al Nusra, la franquicia local de Al Qaeda. Así las cosas, el ejército sirio podrá deshacerse de dos de sus más importantes rivales y afianzar los avances alcanzados en los últimos meses. La intervención de Estados Unidos podría tener un carácter providencial para el régimen sirio que, a pesar de todas las atrocidades que ha cometido, no tiene reparo en seguir presentándose como un mal menor y, sobre todo, como una barrera de contención al movimiento yihadista. En todo caso, por el momento no hay indicios de que la ofensiva contra el EI pueda ser un preámbulo para la rehabilitación internacional de El Asad, al que la mayor parte de la comunidad internacional sigue considerando como un indeseable criminal de guerra.

Aunque la tarea más urgente es evitar que siga creciendo, el combate contra el EI no sólo debería limitarse a su dimensión militar. Además de cortar sus vías de financiación, también debería ponerse un énfasis especial en impedir que las potencias regionales, y en particular Arabia Saudí e Irán, prosigan su peligrosa Guerra Fría, que ha creado el ambiente propicio para su avance. De un tiempo a esta parte, la instrumentalización de la religión por parte de sus gobernantes ha llegado hasta extremos intolerables convirtiéndose en una pantalla de distracción para distraer a sus poblaciones de los graves problemas de índole política, económica y social que padecen. Esta arriesgada apuesta ha sumido al conjunto de la región en una incontrolable espiral de violencia. Quizás haya llegado el momento de ponerle fin.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Estado Islámico: hijo descarriado de Arabia Saudí

Hoy sale la entrevista que me hizo hace un par de semanas el periódico DIAGONAL sobre el origen y la evolución del Estado Islámico (EI). Me gusta el titular que han elegido: "El EI: el hijo descarriado del salafismo saudí". Es de agradecer el tiempo y la paciencia de Francisco Fernández, que firma la entrevista.

   P. ¿Cómo se forma el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL)? ¿Cuáles son sus antecedentes? ¿Quiénes lo constituyen?
R. Nació en la primavera de 2013 cuando Abu Bakr al-Bagdadi decidió, de manera unilateral y sin consultas previas, unificar el Estado Islámico de Irak (EII) con el Frente al-Nusra, una organización satélite creada un año antes con el propósito de combatir en la guerra siria. Aunque los integrantes de este frente procedían originariamente del EII, lo cierto es que fueron ganando autonomía y se hicieron con el control de vastas zonas del país, sobre todo en las provincias de Alepo, Raqqa y Deir Zor. De ahí que este grupo rechazase la unificación y jurase lealtad a Al Qaeda. En realidad ambos grupos guardan múltiples similitudes, ya que consideran que libran una yihad contra un régimen apóstata y persiguen la instauración de un califato islámico regido por la sharía. Sus diferencias, por lo tanto, no son ideológicas ni doctrinales, sino más bien basadas en las rivalidades personales. De hecho muchos de los militantes de al-Nusra no han tenido inconveniente en abandonar sus filas para incorporarse al EIIL a medida que extendía su autoridad por nuevos territorios tanto en Siria como en Irak. En ambos casos, al menos la mitad de sus combatientes son extranjeros provenientes en su mayoría del mundo islámico, pero también de los países occidentales (incluida España).
    
    P. ¿Hay alguna relación entre al Qaeda y el EIIL? ¿Cuáles son las diferencias que se dan entre ambos grupos?
   R. Por supuesto. Abu Bakr al-Bagdadi, que ahora se hace llamar el califa Ibrahim, fue lugarteniente de Abu Musab al-Zarqawi, líder de Al Qaeda en Mesopotamia. Por lo tanto, el EIIL está directamente emparentada con Al Qaeda, aunque en los últimos meses ambas organizaciones han marcado distancias, sobre todo tras la proclamación del califato islámico el 29 de junio pasado. Hoy en día, el EI y Al Qaeda se han convertido en rivales, ya que ambas compiten por dirigir al movimiento yihadista internacional. Está claro que Al Qaeda es una organización en franco retroceso con una capacidad de maniobra muy limitada debido a los continuos golpes que ha sufrido y que cada vez es más dependiente de sus satélites o franquicias locales, que en realidad son las que le mantienen con vida. Por el contrario, el EIIL es un actor en ascenso que cada vez controla más territorios y dispone de mayores recursos. Quizás la principal diferencia entre ambas es que el EIIL limita por ahora sus acciones al mundo árabe y Al Qaeda buscaba también ‘golpear al enemigo lejano’: es decir perpetrar atentados en el mundo occidental. 
   
   P. ¿Cómo se financia? ¿Consigue financiación de otros países? ¿Cuáles son?
R. Esta es una de las mayores incógnitas. En un principio contó con la ayuda de varios países del golfo Pérsico y de algunos de sus hombres más acaudalados, que les respaldaron con un doble objetivo. Por una parte para tratar de derrocar al régimen sirio dirigido por Bashar al-Asad. Por otra parte promover un movimiento de credenciales salafistas en un país claramente secular, sobre todo si lo comparamos con otros vecinos de la región. Más adelante, a medida que se fue haciendo con vastos territorios en el cauce del río Éufrates, mejoró sus vías de financiación gracias al control de importantes campos petrolíferos. Otras fuentes de financiación son la extorsión a los hombres de negocios o la recaudación de impuestos. Tras la caída de Mosul se apoderaron de 400 millones de dólares depositados en el Banco Central. Por último debe tenerse en cuenta que también cuenta con importantes arsenales de armas que fueron abandonadas por el ejército iraquí en su precipitada huida. En Siria también ha asaltado los arsenales de otros grupos que combaten al régimen, como el Ejército Libre Sirio, con el que además mantiene una enconada lucha.
 Yihadistas del Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), en el norte de Siria en enero de este año
   P. ¿Cómo ha influido la guerra de Siria en la emergencia de este nuevo movimiento yihadista? ¿En algún momento el régimen de Bachar al Assad ha mantenido alguna relación con el EIIL?
R. Durante el último año y medio, el EIIL ha encontrado en Siria un verdadero santuario y se ha aprovechado del vacío de poder para ganar una base territorial. El régimen sirio intenta convencer a la comunidad internacional de que el único rival al que se enfrenta es a los movimientos yihadistas próximos a Al Qaeda, como el Frente al-Nusra o el EIIL. En la práctica, la situación es mucho más compleja, ya que estos grupos no tienen propiamente una agenda siria, sino panislamista. Su objetivo es hacerse con una base territorial desde la cual proclamar un Estado islámico y, por lo tanto, no comparten los anhelos de libertad de la población siria ni los llamamientos al establecimiento de un Estado secular formulados por la Coalición Nacional Siria, el principal grupo de la oposición radicado en el extranjero. En realidad, el EIIL es el enemigo ideal de Bashar al-Asad, que ha permitido que este grupo ganase terreno y se asentase en la provincia de Raqqa para tratar de dividir a las filas opositoras. De hecho, los únicos que han combatido al EIIL han sido los rebeldes. En las últimas semanas, al-Asad pretende ser reconocido como un interlocutor válido por EEUU y el resto de la comunidad internacional en el combate contra el EIIL, para así propiciar su progresiva rehabilitación y tratar de lavar sus manos, manchadas de sangre por una guerra que ha provocado al menos 200.000 muertes hasta el momento.

   P. ¿Cuáles son los elementos que explican la descomposición del gobierno de al Maliki?
   R. Los dos mandatos presidenciales de Maliki han agudizado las tensiones sectarias resucitando la posibilidad de una guerra civil como la que devastó el país entre 2006 y 2007. Para entender la situación de Irak hay que hacer referencia a EEUU y a su invasión de 2003, que tuvo efectos demoledores puesto que, además de provocar decenas de miles de víctimas, desarticuló el Estado-nación iraquí desmovilizando al Ejército y desbaazificando la administración. La política norteamericana exacerbó las tensiones tribales, étnicas y sectarias provocando un recelo generalizado contra la población sunní. Esta situación creó el caldo de cultivo para la irrupción de Al Qaeda en Mesopotamia y para la creación de milicias armadas chiíes y kurdas que impusieron su ley y desarrollaron operaciones de limpieza étnica en varias ciudades y regiones del  país. Uno de los principales damnificados fue la población cristiana, ya que el 60% se vio obligada a abandonar el país. Además de tolerar y, en algunos casos, alentar esta violencia, Maliki fue incapaz de reconstruir el Estado iraquí y de garantizar una serie de servicios básicos para la población. En salud, educación, agua o infraestructuras seguimos estando muy lejos de los estándares previos a la invasión. Además, Irak es uno de los países más corruptos del mundo. 
   P. ¿Qué papel desempeñan las minorías étnicas –kurdos sirios e iraquíes– y religiosas –cristianos, sunníes y yazidíes– de la región? ¿Cómo les afecta el conflicto?
R. A cada una de las comunidades le afecta de una manera completamente diferente. Pese a las lecturas etnocéntricas que resaltan que nos encontramos ante un choque de civilizaciones, lo cierto es que los principales afectados por la irrupción del Estado Islámico son precisamente las poblaciones locales. El 99,9% de sus víctimas son sirios e iraquíes y no sólo se limitan a las sectas que ellos consideran heréticas, sino también a los propios musulmanes que tachan de descarriados o rechazan reconocer la autoridad de Abu Bakr al-Bagdadi. Este fue el caso de las máximas autoridades religiosas sunníes de Mosul, que fueron ejecutadas sumariamente por no reconocerle como nuevo califa. La opinión pública internacional parece haber descubierto a este grupo tras la decapitación de Foley, pero el EI ya gobernaba Raqqa y otras ciudades desde mucho tiempo atrás. En estas ciudades se ha instaurado la sharía y la justicia es administrada por tribunales religiosos. Se obliga a las mujeres a que se cubran con el niqab y permanezcan recluidas en sus casas. Se ha instaurado, como en Arabia Saudí, una policía de la moral que se vela por el mantenimiento de las costumbres islámicas. Además de castigos corporales a los vendedores de drogas, ladrones o adúlteros se han llevado a cabo lapidaciones, crucifixiones y decapitaciones de soldados o personas acusadas de traición. A los cristianos se les obliga a pagar un impuesto de capitación o a convertirse al Islam. Los que no abandonaron previamente sus hogares se ven obligados a huir y el EI se apodera de todas sus posesiones. Debemos tener en cuenta que el EI es el hijo descarriado del salafismo saudí; por eso persigue con especial saña a los musulmanes chiíes, que son tachados de apóstatas. También algunas sectas sincréticas como la yazidí, extendida por el Kurdistán, está siendo exterminada por medio de un genocidio. Por último se considera que los kurdos seculares también deben ser perseguidos y eliminados. Por todo ello, el EI se ha convertido en una amenaza no sólo para la seguridad internacional sino, y sobre todo, para la población local que lleva padeciendo sus arbitrariedades desde hace ya casi dos años.

   P. ¿Israel y los kurdos han establecido algún tipo de pacto? ¿Cuál o cuáles?
R. Ante el avance del EI, el Kurdistán iraquí se encuentra amenazado. Debe tenerse en cuenta que Irak es un Estado federal y que el Kurdistán cuenta con una amplia autonomía lo que les permite controlar todo lo referido a la seguridad, la educación, la sanidad, las infraestructuras y, parcialmente, sus fuentes petrolíferas. Es, por lo tanto, un Estado dentro de otro Estado. La caída del Kurdistán sería una hecatombe por varias razones. En primer lugar colocaría en una situación delicada a la población kurda, en segundo lugar amenazaría directamente al único aliado real que le queda a EEUU en Irak y, por último, expondría al peligro a la propia Irán, que pasaría a compartir fronteras con el EI. Por todo ello se ha establecido una alianza entre los dos archienemigos de la región –EEUU e Irán- para aprovisionar de armas al Kurdistán iraquí y evitar el avance del EI. También varios países europeos, entre ellos Alemania, Francia y Reino Unido, han enviado material bélico a los kurdos para frenar al EI. En lo que respecta a Israel debemos señalar que es partidaria de la creación de un Estado kurdo, probablemente porque considera que así dejaría de ser una excepción en la zona y, también, porque es consciente que esta decisión debilitaría a dos de sus tradicionales rivales: Siria e Irak.
 
  P. Hace unas semanas, en Guerra Fría en el Oriente Medio, recordaba cómo Arabia Saudí e Irán están aprovechando «la inestabilidad para extender su particular lucha por la hegemonía regional». ¿Cuáles son los intereses de Irán? ¿Qué estrategia está desarrollando? ¿Y Arabia Saudí?, ¿cuáles son sus intereses en el conflicto? ¿Hay algún tipo de relación entre el EIIL y las petromonarquías del Golfo?
R. El Irak de Sadam Husein ejercía como un Estado tapón entre los dos grandes rivales regionales: Arabia Saudí e Irán. Con su caída, esta función desapareció. Sin duda, el principal beneficiado por la ocupación norteamericana de Irak fue Irán, entre otras cosas porque se instauró un Estado sectario y la política se confesionalizó. Los chiíes, que representan el 60% de la población, pasaron de ser unos parias a controlar lo que quedaba de aparato estatal. Irán aprovechó la situación para reforzar su presencia en el país árabe provocando el temor de Arabia Saudí y del resto de las petromonarquías árabes del Golfo, que tienen importantes bolsas de población chií (no sólo en el caso de Bahréin). Todo ello motivó que estos países intentaran hacer descarriar al nuevo Irak apoyando no sólo a las facciones armadas sunníes, sino también a los grupos yihadistas que empezaron a operar en las provincias sunníes iraquíes. Soy de la opinión de que debemos hablar de un conflicto por la hegemonía regional, pero es obvio que también existe una dimensión religiosa. Arabia Saudí e Irán son países antitéticos. El primero es aliado de EEUU, defensor a ultranza del conservadurismo y pone sus petrodólares al servicio de la expansión del ultraortodoxo salafismo wahabí por todos los confines del universo. El segundo es la punta de lanza del Eje de la Resistencia frente a EEUU e Israel, es el patrón de Hezbollah y del régimen sirio y pretende exportar un Islam revolucionario. Ambos países libran una Guerra Fría por el control de la zona, lo que ha intensificado el sectarismo en todo Oriente Medio.

   P.  En otro reciente artículo sostiene que uno de los elementos que explica la creación del EIIL es «la cantidad de errores cometidos por EEUU desde el derrocamiento de Sadam Hussein», ¿cuáles habrían sido esos errores?
R. Han sido tantos que cuesta pensar que muchos de ellos no hayan sido intencionados con el objetivo de crear un caos controlado que hiciera inevitable su presencia en la región durante una larga temporada. Tradicionalmente, la política exterior norteamericana se ha basado en tres ejes: defensa a ultranza de Israel, alianza con Arabia Saudí (y el resto de petromonarquías del Golfo) y freno al comunismo. Tras el desmoronamiento de la URSS y los atentados del 11-S, este último objetivo fue reemplazado por la lucha contra Al-Qaeda. No obstante, el mundo de 2014 guarda poca relación con el existente tras la Segunda Guerra Mundial y las alianzas de entonces no sirven hoy en día. Hoy tanto Israel como Arabia Saudí pueden ser considerados Estados canallas, países que ponen en peligro la estabilidad de la región y violan sistemáticamente los derechos humanos más elementales, tal y como hemos tenido oportunidad de ver en la reciente agresión contra Gaza. En la práctica, su alianza acrítica con estos dos países se ha convertido en una carga estratégica que ha condicionado sus políticas regionales y deteriorado su imagen entre la población local. Obviamente, EEUU no puede modificar de la noche a la mañana su política exterior, pero lo cierto es que las posibilidades reales de hacerlo son extraordinariamente limitadas, puesto que Israel dispone de un poderoso lobby en Washington que elimina de raíz cualquier eventual crítica  y Arabia Saudí se ha cubierto las espaldas comprando una parte significativa de la deuda externa norteamericana y subvencionando generosamente su industria armamentística mediante la compra de armamento sofisticado que sabe que nunca necesitará, ya que su propia seguridad nacional ha sido subcontratada a EEUU. A esta alianza con Israel y Arabia Saudí debemos añadir los errores de la Administración de Obama, particularmente evidentes en Siria e Irak donde ha apostado inequívocamente por el mantenimiento del statu quo, aunque ello implicase la conservación del régimen asesino de Bashar al-Asad y del sectarismo de Nuri al-Maliki.

  P. ¿EEUU está desarrollando alguna estrategia sobre el terreno? ¿En qué consiste?, ¿cuáles son sus objetivos?
R. Una vez que se ha constado el peligro que representa el Estado Islámico parece que los principales actores regionales han llegado a la conclusión de que es necesario golpearle antes de que sea demasiado tarde. Arabia Saudí y el resto de las petromonarquías del Golfo, principales responsables de la creación de este monstruo, consideran ahora que podría volverse en su contra y dejar de representar el papel que le habían encomendado: desestabilizar a Siria e Irak. A su vez, Irán ha presionado activamente al régimen sirio para que empiece a combatirlo, ya que en el pasado lo toleró con el objeto de dividir a la oposición y fortalecer al yihadismo: un enemigo ideal que le permitía presentarse como una trinchera frente a Al Qaeda. También EEUU, tras el asesinato de dos periodistas estadounidenses, parece haber llegado a la conclusión de que su estrategia de contención basada en esperar y ver lo que ocurría en Siria no ha dado los resultados esperados, ya que ninguno de los bandos parece capaz de imponerse sobre su rival y los elementos yihadistas son los grandes beneficiados, puesto que han aprovechado el vacío de poder para conseguir una base territorial desde la que actuar. Esta tormenta perfecta podría crear un clima de entendimiento entre todos estos países anteriormente enfrentados para unirse en una alianza coyuntural contra el EI.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Descabezar al Estado Islámico

La madrugada del martes, EEUU y varios países árabes atacaron posiciones del Estado Islámico y el Frente al-Nusra en territorio sirio La ofensiva aérea ha sido bievenida por el régimen sirio, pero genera numerosas incógnitas. Se trata más bien de una solución de urgencia para tratar de frenar la expansión yihadista, pero parece del todo insuficiente para descabezar al Estado Islámico. Esta es mi reflexión sobre el asunto que hoy publico en el diario El Correo. 

EE UU está de nuevo en guerra. Así lo advirtió Barack Obama en el décimo tercer aniversario de los atentados del 11-S. Una vez más, el objetivo a derrotar es el movimiento yihadismo internacional encarnado ahora por el Estado Islámico (EI), que ha desplazado a Al Qaeda como enemigo número uno de Washington. Para ello el presidente estadounidense ha prometido una campaña prolongada que combine los ataques aéreos, la coordinación con los aliados locales, las actividades de inteligencia y la asistencia humanitaria. Al contrario que en 2003, cuando la belicista Administración de Bush invadió apresuradamente Irak sin calibrar de manera acertada las implicaciones que tendría su acción, en esta ocasión la titubeante Administración de Obama va a la guerra con desgana, forzada por una opinión pública airada por la decapitación de dos periodistas estadounidenses.

El hecho de que no sea la primera vez que EE UU interviene en Irak evidencia que su aproximación hacia el problema no ha sido excesivamente acertada. La larga ristra de errores cometidos desde 1991 acrecienta la cautela de Obama, que es consciente que tiene poco que ganar y mucho que perder en esta nueva aventura bélica. Quizás por esa razón ha apostado desde un primer momento por el establecimiento de una amplia coalición que le guarde las espaldas. Un total de 30 países, incluida España, se han comprometido en la Cumbre de París a contribuir en la ofensiva para destruir al EI, que de la noche a la mañana ha dejado de ser una amenaza local para convertirse en una amenaza global.
 
Parece evidente que la Administración de Obama evita el unilateralismo del pasado. No obstante no es fácil que todos los países se impliquen con la misma intensidad. Arabia Saudí, Bahréin, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Líbano, Jordania, Kuwait, Omán, Qatar y Turquía, los tradicionales aliados de EE UU en Oriente Medio, han ofrecido su colaboración, aunque no han firmado un cheque en blanco, ya que ninguno parece dispuesto a comprometer tropas terrestres. Una vez más, EEUU opta por una receta ya conocida que le ha reportado escasos réditos: la colaboración con las petromonarquías del Golfo, en no poca medida responsables, por acción u omisión, del caos que azota Oriente Medio, ya que han armado a los grupos salafistas y yihadistas que combaten en Siria e Irak con el pretexto de frenar a Irán y limitar su creciente influencia en la región. En definitiva: un frente sunní para descabezar a un grupo que empieza a ser visto como una potencial amenaza. Una coalición de la que, de manera inexplicable, queda fuera Irán, uno de los actores más influyentes en la escena medioriental y, también, el principal soporte de los gobiernos sirio e iraquí.

Otro de sus puntos débiles de esta estrategia es el énfasis puesto en los ataques aéreos, ya que cuesta creer que una amenaza como la que representa el EI, que controla seis provincias sirias e iraquíes y gobierna sobre ocho millones de personas, pueda ser eliminada sin desplegar tropas terrestres. Por ello, EE UU necesita imperiosamente implicar tanto al gobierno iraquí como a los rebeldes sirios. En Irak cuenta con la ayuda de los peshmergas kurdos y confía en ganarse al nuevo primer ministro Haidar Abadi, aunque es difícil que el ejército iraquí pueda plantar cara a los yihadistas mientras siga primando el sectarismo sobre el interés nacional. También se prevé entrenar en territorio saudí a 5.000 combatientes del Ejército Sirio Libre, aunque no está nada claro que dicho grupo se preste a hacer el trabajo sucio de EE UU sin recibir ninguna compensación a cambio. En todo caso, estas fuerzas parecen del todo insuficientes para enfrentarse a los 30.000 efectivos con los que cuenta, según recientes informes de la CIA, el EI.

Si quiere tener éxito, la coalición anti-EI debería distinguir claramente entre sus objetivos a corto y largo plazo. En una primera fase se debería frenar el avance del EI y evitar que siga aterrorizando a la población local que, no lo olvidemos, sigue siendo la principal víctima de los yihadistas. Probablemente sea una cuestión de tiempo que los propios naturales de Raqqa o Mosul muestren su descontento contra el sectarismo y la barbarie de sus nuevos gobernantes. El problema es que los ataques aéreos pueden ser contraproducentes, ya que no nos hallamos ante un ejército regular sino a combatientes que llevan a cabo una guerra de guerrillas. En Afganistán, Yemen y Somalia, EE UU ha demostrado que no existen ataques cien por cien quirúrgicos y que los bombardeos desde aviones no tripulados tienen una alta probabilidad de provocar víctimas entre la población civil, lo que podría predisponerla en contra de la coalición.

En una segunda fase se hace necesario pacificar Siria e Irak, lo que requiere combatir a los grupos yihadistas pero también plantar cara a sus regímenes sectarios que han manipulado las diferencias confesionales de sus poblaciones para perpetuarse en el poder siguiendo la máxima del ‘divide y gobierna’. Para evitar que ambos países se conviertan en Estados fallidos es imperiosamente evitar su descomposición antes de que sea demasiado tarde, lo que requiere no sólo la cooperación entre EE UU y Rusia, sino también la presión sobre Irán y Arabia Saudí, las dos grandes potencias regionales, para que entierren de una vez por todas el hacha de guerra y dejen de envenenar la región con la guerra sectaria que libran entre bastidores a través de actores interpuestos.

lunes, 25 de agosto de 2014

Guerra Fría en Oriente Medio

El ascenso del Estado Islámico tiene mucho que ver con la Guerra Fría que Arabia Saudí e Irán libran por el control de Oriente Medio. He escrito este artículo sobre el tema en el diario vizcaíno El Correo. Difícilmente se resolverán los problemas de la región si su futuro sigue estando en manos de estos dos actores que rechazan el diálogo y que están atrapados en una guerra de zero sum en la que sólo habrá un vencedor. A continuación  el artículo.

Oriente Medio vive uno de sus periodos más convulsos que se recuerdan y los focos del incendio no dejan de propagarse. Irán y Arabia Saudí han aprovechado esta creciente inestabilidad para extender a Siria e Irak su particular lucha por la hegemonía regional, utilizando para ello a actores interpuestos. Lo que está en juego es, nada más y nada menos, el futuro de la región tras las convulsiones que desencadenó la denominada Primavera Árabe y las revueltas antiautoritarias registradas en Túnez, Egipto, Libia y Siria.
No es ningún secreto que Arabia Saudí pretende exportar su modelo ultraortodoxo salafí al resto del mundo árabe y que ha puesto sus petrodólares al servicio de esta causa. Lo verdaderamente novedoso es que los saudíes han aprovechando la actual coyuntura, teóricamente adversa para sus intereses, para tratar de recuperar el terreno perdido en las dos últimas décadas. Su propósito no sería otro que cortocircuitar cualquier reforma democratizadora y extender el rigorismo religioso. De otra parte nos encontramos con Irán, que intenta preservar a toda costa el arco chií que va desde Irán hasta Líbano pasando por Irak y Siria e, incluso, extenderlo a otros países del golfo Pérsico con población chií.
 
Algunos autores no dudan en describir esta bipolarización saudí-iraní como una nueva Guerra Fría que se libra en Irak, Siria, Líbano y Palestina. La analista francesa Fatiha Dazi-Héni considera que no es pertinente hablar de un enfrentamiento religioso entre sunismo y chiísmo, puesto que «las actuales divisiones sectarias entre Arabia Saudí e Irán parecen estar mucho más relacionadas con el enfrentamiento geopolítico y el antagonismo ideológico en su búsqueda por el predominio en Oriente Medio, que con la religiosidad. Esta nueva Guerra Fría puede verse acentuada debido a las estrategias que utilizan los dos países desde la Primavera Árabe, que han mostrado una creciente bipolarización basada en el sectarismo de los conflictos que enfrentan a suníes y chiíes».
Al exacerbar las tensiones sectarias en una zona con una elevada heterogeneidad confesional ambos países son igualmente responsables del descenso a los infiernos que se vive en diversos escenarios y que amenaza con llevar a la región al abismo. Siria se ha convertido en un polo de atracción para salafistas y yihadistas deseosos de combatir a un régimen que es tachado de apóstata. De hecho, el sectarismo se ha convertido en uno de los elementos clave que explican la irrupción de grupos yihadistas en la órbita de Al Qaeda. El avance del Estado Islámico en Irak no puede entenderse tampoco sin aludir a los intentos de Arabia Saudí y del resto de petromonarquías del golfo Pésico de torpedear al gobierno sectario de Nuri al Maliki, cuyo principal respaldo es Irán.

 
Una muestra de este enconamiento son las ‘fatwas’ o edictos religiosos emitidos por importantes predicadores, entre ellos el influyente clérigo egipcio Yusuf al Qaradawi, que tiene su base en Qatar y emite un programa en la cadena Al Jazeera, quien consideraba lícito «matar a todos quienes trabajan para el gobierno sirio, ya sean civiles, militares, clérigos o ignorantes». El clérigo yihadista mauritano Abu al Mundir al Sinqiti emitió, por su parte, un edicto en el que afirmaba que «la yihad contra la secta politeísta alawí es una obligación de todo musulmán», que «debe emprender la yihad contra los alawíes al igual que la yihad contra los judíos, ya que no hay ninguna diferencia entre ellos».
Tras la revuelta antiautoritaria, el régimen sirio apostó por la denominada ‘solución militar’ para desactivar las protestas populares. La mayor parte de los países occidentales optaron por el ‘ver y esperar’ limitándose a dar respaldo político a la oposición. Las petromonarquías árabes aprovecharon esta situación para armar a los grupos de orientación yihadista. El embargo de armas occidentales a los rebeldes en los primeros compases de la confrontación incrementó la dependencia del golfo Pérsico y de los financiadores privados, que son el principal sustento para la mayor parte de grupos que combaten en territorio sirio. Debe recordarse que dicha financiación se supedita a la asunción de una agenda religiosa puritana y que los grupos yihadistas pretenden imponer por la fuerza de las armas un Estado islámico regido por la ‘sharía’.
La superposición de grupúsculos islamistas radicalizados y las agendas de los países del Golfo ha tenido efectos catatróficos en Irak y Siria, caos en el que también tiene una parte nada desdeñable de responsabilidad EE UU. La Administración de Obama ha tratado de distanciarse de Oriente Medio para marcar diferencias con la política intervencionista de George W. Bush. No obstante, su estrategia de salida ha estado marcada por los errores, puesto que ha apostado por los caballos equivocados. En Irak ha permitido durante demasiado tiempo los excesos de Nuri al Maliki, quien ha gobernado desde el sectarismo y el rencor provocando el desafecto de la minoría sunní. En Siria parece haberse resignado al manteniminento de Bachar al Asad como un mal menor ante el avance del Estado Islámico, como si la única alternativa posible al dictador fuese el yihadismo. Al mismo tiempo ha permitido que Arabia Saudí financie generosamente a los grupos salafistas que quieren imponer en todos los confines del mundo árabe una visión sesgada y medieval del Islam. Ahora ha llegado el momento de recoger los frutos de tan desastrosa apuesta.

jueves, 21 de agosto de 2014

El furor del Estado Islámico

El diario El País publica hoy mi  artículo sobre el avance del Estado Islámico en Siria e Irak: "El furor del Estado Islámico". Ayer el presidente Barack Obama lo calificó de cáncer que debe extirparse. La pregunta a hacerse es por qué no ha actuado antes, no sólo para impedir su crecimiento sino también para cortar las vías a quiénes lo financian. En mi opinión, el Estado Islámico no es más que el hijo descarriado del wahabismo saudí.

La proclamación de un nuevo califato el pasado 29 de junio de 2014 ha sorprendido a propios y extraños, tanto en los países occidentales como en el propio mundo árabe. Y su brutalidad, que ha mostrado su lado más perverso con el asesinato del periodista James Fowley, ha despertado ya todas las alarmas. Abu Bakr al Bagdadi, que ahora se hace llamar califa Ibrahim, es el artífice del fulgurante ascenso del Estado Islámico, que ya domina buena parte de Siria e Irak.

Desde la caída de Mosul, el Estado Islámico no ha dejado de ganar posiciones tomando plazas estratégicas en torno a Bagdad y amenazando Erbil, la capital del Kurdistán autónomo, lo que ha constatado la descomposición del Estado iraquí. Este creciente poderío ha obligado al presidente estadounidense Barack Obama a abandonar su tradicional mutismo y autorizar ataques selectivos para contener el avance yihadista. Con este movimiento del todo insuficiente intenta redimirse de su nefasta gestión del dossier sirio, ya que ha sido precisamente el vacío de poder provocado por la guerra civil el que ha permitido la irrupción del Estado Islámico. Como advirtiera hace dos años el International Crisis Group: “La guerra siria ofrece a los salafistas un entorno propicio: violencia y sectarismo, desencanto con Occidente, líderes seculares y figuras islámicas pragmáticas, así como acceso a la financiación del golfo Árabe y el saber hacer militar yihadista”.

Si bien es cierto que Al Qaeda no tenía presencia en territorio sirio antes de marzo de 2011, también lo es que aprovechó la guerra para implantarse sobre el terreno. En un video difundido en febrero de 2012, su líder Ayman al Zawahiri invitó a todos los musulmanes a acudir a Siria para combatir al régimen “apóstata” de Bachar El Asad. El desembarco de Al Qaeda en Siria se realizó por medio de su franquicia local: el Frente al Nusra. Sin presencia en los primeros compases de la contienda fue precisamente la inmovilidad de la comunidad internacional y la regionalización del conflicto, lo que provocó un “efecto llamada” entre los yihadistas internacionales paralelo a la progresiva sectarización de la guerra siria. Este proceso se debe a varias razones, pero quizás la más relevante es el respaldo de los países del Golfo a las facciones islamistas ante la pasividad de los países occidentales.

En realidad, el Frente al Nusra no era otra cosa que la rama siria del Estado Islámico de Irak comandado por Abu Bakr al Bagdadi. No obstante, las relaciones se tensaron cuando este último anunció la fusión de ambos grupos el 8 de abril de 2013. Unos meses más tarde, el propio Ayman al Zawahiri intercedió en la disputa exigiendo que cada grupo se centrara en su propio país de origen, orden que no fue acatada por Bagdadi. Desde entonces, ambos mantienen un enconado enfrentamiento por el control del movimiento yihadista internacional. De hecho, la conquista de una base territorial por parte del Estado Islámico y el establecimiento de un nuevo califato representan una amenaza sin precedentes para Al Qaeda, que ve peligrar su monopolio de la ideología yihadista detentado desde los atentados del 11-S.
El principal objetivo del Estado Islámico no es sólo restablecer un califato regido por la sharía, sino también imponer su disparatada interpretación del islam basada en una lectura extrema del wahhabismo. Para tratar de justificar su guerra sin cuartel contra el régimen alawí sirio y contra el gobierno chií iraquí aluden a hadices atribuidos a Mahoma y a ciertas aleyas coránicas como la que reza: “Combate a los politeístas tal y como ellos te combaten a ti” (9:39). A los cristianos se les ofrece elegir entre el pago de un impuesto de capitación, la conversión al islam o la expulsión. Otras religiones minoritarias como el yazidismo han corrido todavía peor suerte al no ser consideradas religiones monoteístas reveladas, por lo que deben ser, simple y llanamente, erradicadas de la faz de la tierra.

Todos estos planteamientos forman parte del ADN de cualquier formación yihadista. Lo que les hace especialmente peligrosos es que ahora el Estado Islámico tiene una base territorial en la cual pasar de la teoría a la práctica. En Siria han logrado conquistar las provincias de Al Raqqa y Deir Zohr, aunque también tiene presencia en Idlib y Alepo. En Irak ha logrado avances aún más espectaculares en las provincias de Al Anbar y Nínive aprovechando el hartazgo de la población suní hacia el gobierno sectario de Nuri al Maliki, recientemente desalojado del poder por quienes antaño fueran sus principales protectores: EEUU e Irán. Su objetivo final sería redibujar las fronteras establecidas un siglo atrás por británicos y franceses en los Acuerdos de Sykes-Picot. No obstante, su osadía tiene límites, ya que de manera significativa no han cuestionado la existencia de las petromonarquías del golfo Pérsico, que durante la última década han financiado generosamente a los grupos yihadistas con el pretexto de contener el avance de Irán en la región.
El principal éxito del Estado Islámico radica, por lo tanto, en haber triunfado allí donde Al Qaeda fracasó. No sólo representan una organización yihadista transnacional con una creciente facilidad para captar a islamistas de diferentes nacionalidades (incluidos españoles), sino que han sido capaces de conquistar una base territorial en la cual proclamar su propio califato. Además disponen de una eficaz red de financiación que les aporta abundantes recursos materiales gracias a su control de campos petrolíferos y a los impuestos que recaudan en las zonas bajo su autoridad, sin olvidarnos de la extorsión a los hombres de negocios y a los minorías confesionales a las que requisan sus pertinencias. Sólo en la toma de Mosul las huestes del Estado Islámico se hicieron con 400 millones de dólares provenientes del Banco Central. Dichos recursos les permiten adquirir material militar y pagar las soldadas de sus milicianos, pero también distribuir alimentos entre la población y abrir centros de predicación para captar nuevos adeptos. En las medersas que han establecido, la educación se reduce al Corán, la Sunna y las tradiciones de los califas ortodoxos con contenidos plagiados de los textos escolares saudíes.

Los brutales métodos empleados por el Estado Islámico parecen haber generado un rechazo unánime, no obstante la respuesta de la comunidad internacional no ha estado ni mucho menos a la altura de las circunstancias. Los coches bomba y los atentados suicidas empleados en el pasado han dejado lugar, a medida que controlaban cada vez mayores porciones de territorio, a las ejecuciones sumarias, las decapitaciones públicas e, incluso, la crucifixión de infieles, todo ello con el objeto de extender el terror entre sus rivales. Tras la toma de Mosul se ha intensificado la espiral de violencia registrándose un éxodo masivo entre la diezmada minoría cristiana. Hoy en día, la espada pende sobre los yazidíes, una secta sincrética preislámica que cuenta con especial predicamento entre la población kurda y que está siendo objeto de un genocidio cuidadosamente planificado. Esta violencia irracional e indiscriminada podría pasarle factura y volverse en su contra, tal y como ocurrió en 2006 cuando los jeques tribales suníes organizaron sus propios comités de autodefensa con el objeto de expulsar a las fuerzas de Al Qaeda en Mesopotamia.

A estas alturas parece probado que el Estado Islámico se ha convertido en una amenaza no sólo para Irak y Siria, sino para el conjunto de Oriente Medio. Los garrafales errores cometidos por EEUU desde el derrocamiento de Sadam Husein, la nada soterrada Guerra Fría que mantienen Arabia Saudí e Irán y el creciente sectarismo de los gobiernos iraquí y sirio han creado un monstruo incontrolable que no será fácil de domeñar mientras todos estos actores sigan atrincherados en sus posiciones maximalistas y utilicen al Estado Islámico como cortina de humo para ocultar sus respectivos fracasos.

jueves, 10 de julio de 2014

Jugando con fuego en Gaza

Hoy publico en el diario vizcaíno El Correo y otras cabeceras del grupo Vocento este artículo sobre la situación en la Franja de Gaza.

Una vez más la historia vuelve a repetirse. La Franja de Gaza es atacada de nuevo por tierra, mar y aire por las Fuerzas de Defensa Israelíes. El objetivo declarado es detener la lluvia de cohetes lanzados contra el territorio israelí; el objetivo encubierto es golpear a Hamas, organización que había encontrado en el acuerdo de reconciliación sellado con Fatah una tabla de salvación a una situación desesperada, ya que sus principales vías de financiación han sido interrumpidas a lo que debe añadirse la rampante erosión de su popularidad por su deficiente gestión de gobierno.
Lamentablemente la historia nos enseña que no existen operaciones quirúrgicas y que la población civil será la principal víctima de una operación militar que agravará los problemas endémicos de la Franja de Gaza, en la que más del 80% de la población depende de la ayuda humanitaria internacional para sobrevivir. Una prisión a cielo abierto como tantas veces se ha descrito con todas sus salidas y entradas controladas por las fuerzas israelíes que, en 2005, se retiraron del territorio pero que no le permitieron cortar el cordón umbilical con la ocupación. Una operación desproporcionada que, como todos sabemos, está condenada al fracaso, puesto que no parece factible que a estas alturas Israel sea capaz de destruir a Hamas, una organización que cuenta con un amplio respaldo popular y que, además, suele salir reforzada tras cada una de las campañas desencadenadas contra ella.
Con el bombardeo de la franja, Israel lanza un claro mensaje a la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas a la que dicta unas líneas rojas que no deberá sobrepasar. El gobierno israelí sigue apostando por el ‘divide y vencerás’ según el cual la escena palestina tendrá que seguir enfrentada y no se permitirá a Fatah y Hamas sellar sus diferencias, porque ya se sabe que al enemigo es mejor mantenerlo dividirlo e impedir que unifique sus fuerzas para plantar cara a la colonización. Por eso, la prioridad de Benjamin Netanyahu es imposibilitar a toda costa y a cualquier precio que las dos principales fuerzas políticas palestinas resuelvan sus diferencias y establezcan un programa de acción común. Ese es el peor escenario para Israel y eso es lo que se trata de impedir con la operación Margen Protector.
ataque israeli a palestina
Lo que no parece tener en cuenta Israel es que está jugando con fuego. En el poco probable caso de que Hamas fuera extirpada de raíz del territorio palestino, deberíamos preguntarnos quién ocuparía su lugar y quién asumiría la defensa del islam político. Si los Hermanos Musulmanes palestinos desaparecieran de la faz de la tierra de la noche a la mañana no cabe duda que sería remplazada por grupos más radicales situados en la órbita salafista y yihadista. El remedio podría ser, por lo tanto, peor que la enfermedad, puesto que favorecería la emergencia de fuerzas situadas en la órbita de Al Qaeda que aprovecharían la desesperación y la frustración existente entre la población para tratar de ganar terreno e impulsar su causa.
A estas alturas parece claro que el miserable asesinato de tres adolescentes israelíes está siendo hábilmente instrumentalizado por el gobierno israelí para tratar de sacar réditos en aguas turbulentas. Curiosamente nadie se ha rasgado las vestiduras por los 1.520 menores palestinos muertos desde el año 2.000 como como consecuencia de ataques israelíes. Como ya sabemos, no todos los muertos valen lo mismo y la sangre palestina cotiza a la baja en el mercado de la geopolítica internacional. Se trata de una estrategia, cuanto menos, arriesgada, puesto que apuesta por añadir más leña al fuego en un Oriente Medio que vive en un momento especialmente volátil, con Siria hundida en el lodo de la guerra civil y con un Irak cada día más fragmentado con el Estado Islámico en plena fase de ascenso. En este contexto, cualquier chispa podría encender un incendio de impredecibles consecuencias abriendo la caja de truenos. Además, todos sabemos cómo empiezan las guerras en la región, pero no cómo acaban. Basta con recordar que el bombardeo de Gaza en 2006 provocó un efecto contagio a Líbano con el enfrentamiento entre Israel y Hezbollah, un choque que acabó sin ganadores ni perdedores pero que provocó una crisis de gobierno que se cobró la cabeza del por entonces primer ministro Ehud Olmert por sus costosos errores de cálculo.
Cuando las autoridades israelíes decidan, en unos días o en unas semanas, poner fin a la operación Margen Protector será el momento de hacer el recuento de víctimas en ambos bandos y enterrar los cadáveres. Como en el pasado, los líderes mundiales condenarán con firmeza el terrorismo de Hamas y, en menor medida, se lamentarán de la desproporción de la ‘respuesta’ israelí. Una vez más apremiarán a las partes a retornar a la mesa de negociaciones y apostarán por la solución de los dos Estados, declaraciones que no serán acompañadas de ninguna presión efectiva para que se cumplan las resoluciones internacionales ni para que Israel se retire del territorio ocupado. Un mensaje que, como tantas veces en el pasado, caerá en saco roto y acabará arrastrando el viento. Mientras tanto, Israel seguirá aprovechando la inmovilidad de la comunidad internacional para seguir aplicando su política de hechos consumados para judaizar el territorio ocupado mediante la construcción de nuevos asentamientos y hacer inviable un Estado palestino con continuidad territorial. Nada nuevo bajo el sol.

martes, 24 de junio de 2014

Retorno al autoritarismo en Egipto

Hoy publico en El País esta reflexión sobre hacia dónde se dirige Egipto. La respuesta es fácil: hacia un nuevo autoritarismo que recuerda mucho al vigente en época de Mubarak: "Retorno al autoritarismo en Egipto".
En poco menos de un año, Abdelfatah al Sisi ha pasado de ser prácticamente un desconocido a convertirse en el hombre fuerte de Egipto. Desde el desalojo de los Hermanos Musulmanes del Gobierno, Al Sisi ha seguido a rajatabla y sin vacilaciones su particular hoja de ruta presentándose como un nuevo mesías que traerá la estabilidad y espantará el fantasma de la confrontación civil. Sin embargo, su presidencia nace con un importante déficit de legitimidad: La exclusión de la vida política no sólo de los islamistas, sino también de todos aquellos que han osado denunciar su deriva autoritaria.
En este sentido, las elecciones presidenciales no pueden ser vistas más que como un retorno al pasado. Si bien es cierto que los electores tuvieron más de una opción por la que decantarse, también lo es que la participación del nasserista Hamdin Sabahi permitió al régimen darles un barniz democrático. Los resultados lo dicen todo, puesto que Al Sisi obtuvo un poco verosímil respaldo del 97% (con diez millones más de votos de los obtenidos por el expresidente Mohamed Morsi en 2012). La escasa participación (a pesar de que los datos oficiales la cifran en un 47%, diferentes organizaciones independientes consideran que no habría superado el 12%) muestra a las claras que los llamamientos realizados por relevantes actores socio-políticos, entre ellos los Hermanos Musulmanes y los Jóvenes del 6 de Abril, no han caído en saco roto.
La elección de Al Sisi cierra de manera abrupta las expectativas generadas por la Revolución del 25 de Enero de 2011 en torno a una posible transición democrática y devuelve, tras el breve paréntesis islamista, el absoluto protagonismo a los militares. Es pertinente recordar que la nueva Constitución egipcia, la tercera en tan sólo tres años, blinda a las Fuerzas Armadas al permitirles elegir al ministro de Defensa, conservar el carácter secreto de su presupuesto y, por último pero no menos importante, garantizar que los tribunales militares puedan seguir juzgando a civiles, prerrogativa que ha permitido que miles de ciudadanos hayan sido condenados sin las más básicas garantías procesales en el curso de los últimos años.
Al Sisi no sólo cuenta con el respaldo del Ejército, sino que además disfruta de significativos apoyos en el seno de la sociedad egipcia, sobre todo entre los críticos con el periodo de gobierno islamista caracterizado por la improvisación y el desgobierno. Durante su campaña electoral, el mariscal se presentó como el único capaz de restaurar la seguridad y garantizar el orden. No obstante, estas promesas chocan frontalmente con la realidad existente sobre el terreno. Desde el golpe militar, el país vive inmerso en una peligrosa espiral de violencia. En los últimos doce meses han muerto más de 3.000 personas, una tercera parte en el curso del brutal desalojo de la acampada de Rabaa al-Adawiya el pasado verano. Unos 300 militares han perdido la vida en atentados perpetrados por grupos yihadistas, especialmente activos en la península del Sinaí.
La judicatura no ha dudado un solo instante en ponerse al servicio del nuevo régimen. En los últimos tres meses, 1.212 dirigentes y simpatizantes de la Hermandad (incluido su guía supremo Mohamed Badia) han sido condenados a muerte en juicios sumarísimos, una cifra que supera con creces las penas capitales dictadas en las tres décadas de dictadura de Mubarak. Otros cientos de responsables de la Hermandad, con el expresidente Mohamed Morsi a la cabeza, podrían correr la misma suerte. El número de detenidos en este último año supera las 20.000 personas, entre ellos conocidos activistas y revolucionarios que han sido acusados de espionaje, conspiración y terrorismo. Un ejemplo de esta deriva represiva ha sido la ilegalización del movimiento Jóvenes del 6 de Abril, uno de los convocantes de las multitudinarias manifestaciones de la plaza Tahrir en 2011 al que ahora se considera una amenaza para la seguridad nacional. Las libertades públicas también han sufrido un fuerte retroceso, tal y como evidencia la aprobación de una ley antiprotestas que restringe severamente el derecho a la manifestación. El pasado año, Egipto ocupó el tercer puesto en la lista de países más peligrosos para ejercer el periodismo con seis informadores muertos y dos decenas encarcelados.
Sin duda quienes más han sufrido esta ola represiva han sido los Hermanos Musulmanes. La organización, indiscutible vencedora de las elecciones legislativas de 2011 y presidenciales del 2012, ha sido ilegalizada y declarada terrorista siendo confiscados todos sus bienes y propiedades. No es, ni probablemente será, la primera vez en la historia de Egipto que se pretende extirpar de raíz dicho movimiento cuyo origen se remonta a 1928. Antes ya lo intentó Gamal Abdel Nasser sin excesivo éxito, a pesar de que encarceló y ejecutó a sus más destacados dirigentes. Desde entonces, todos los presidentes egipcios se han resignado a coexistir con la Hermandad alternando el palo con la zanahoria: fases de intensa represión con otras de relativa tolerancia. Por eso se antoja complicado que Sisi vaya a tener éxito allá donde Sadat y Mubarak fracasaron.
Con bastante probabilidad será la evolución económica del país la que decidirá la suerte de Al Sisi. Es precisamente en este aspecto donde surgen más dudas en torno a su capacidad para enderezar el rumbo y afrontar la aguda crisis económica que azota el país, sobre todo si tenemos en cuenta que el principal activo de su currículo es haber dirigido con mano de hierro la Inteligencia Militar. Debe tenerse en cuenta que Egipto se encuentra al borde del colapso como ponen de manifiesto los datos macroeconómicos. En el último año, la deuda pública ha crecido un 14% y la inflación supera el 10%. Cuatro de cada diez egipcios viven bajo el umbral de la pobreza, por lo que el gobierno se ha visto obligado a destinar una cuarta parte del presupuesto para subvencionar productos básicos como el pan, la electricidad y la gasolina, todo ello con el objetivo de evitar un nuevo estallido social. Las exhaustas arcas egipcias deben afrontar, además, las nóminas de la sobredimensionada e inefectiva administración, integrada por siete millones de funcionarios. A ello ha de sumarse la caída en picado del turismo, una de las principales fuentes de riqueza del país.
Ante esta situación, el nuevo rais confía que los militares, que controlan un tercio de la economía, jueguen un papel esencial en el proceso de renacimiento que se anuncia a bombo y platillo. Entre tantas incertidumbres, la única certeza es que Egipto es cada vez más dependiente de las petromonarquías árabes, que le han prestado una ayuda de 12.000 millones de dólares en el último año. Obviamente esta ayuda no es desinteresada y, entre otras cosas, está ligada a un trato favorable a las inversiones provenientes del Golfo, pero también a que no se pongan trabas a la imparable penetración del credo salafista promovido por Arabia Saudí, hecho que está provocando un gradual deslizamiento de la población hacia posiciones rigoristas y puritanas cuyas consecuencias están por ver.
Para diversificar sus alianzas, Al Sisi ha prodigado en los últimos meses sus viajes al extranjero tratando, a su vez, de recuperar el protagonismo que antaño tuvo Egipto en el tablero regional. Ante las naturales cautelas de EE UU y la UE, Al Sisi se ha aproximado a Rusia con la que ha cerrado un importante acuerdo armamentístico por valor de 2.000 millones de dólares, lo que indica la tradicional alianza entre El Cairo y Washington, vigente durante las últimas cuatro decadas, pende ahora de un hilo.
Está por ver cuánto dura el periodo de gracia del que disfruta Al Sisi, ya que parece difícil que la proverbial paciencia del pueblo egipcio se mantenga de manera indefinida. En el caso de que el rais sea incapaz de mejorar sustancialmente la situación económica y siga apostando por medidas represivas para acallar a sus detractores no puede descartarse el estallido de una tercera ola revolucionaria que vuelva a reclamar en las calles “pan, libertad y justicia social”.

viernes, 20 de junio de 2014

Revueltas y transiciones en Oriente Medio

 
Entre el 7 y el 11 de julio celebraremos en la Universidad de Alicante este curso sobre 'Revueltas y transiciones en Oriente Medio: balance y retos'.

Tres años después del inicio de la Primavera Árabe, el mundo árabe contemporáneo vive un periodo de incertidumbre. Las transiciones hacia la democracia han chocado con múltiples escollos, entre ellos las inercias autoritarias, la fragmentación de las fuerzas revolucionarias, las resistencias del Estado profundo, las trabas de los militares, el choque de islamismos o la creciente polarización social. Este curso pretende analizar tanto la emergencia de nuevos actores en la escena socio-política de Oriente Medio como la evolución experimentada por diversos países (Egipto, Libia, Siria, Turquía, Palestina y Líbano).
Lunes 7 de julio - 16:30h a 17:00h. Inauguración y presentación del curso
Josefina Bueno, directora de la Sede Universitaria de Alicante. Universidad de Alicante.
Ignacio Álvarez-Ossorio Alvariño, profesor del departamento de Filologias Integradas de la UA
- 17'00h a 19'00h. Ignacio Álvarez-Ossorio (Universidad de Alicante). “Siria: del levantamiento popular a la guerra civil”
- 19'15h a 21'15h. Víctor Amado (Universidad del País Vasco). “Egipto de Mubarak a Sisi: estamento militar y gobierno autoritario”
Martes 8 de julio
- 17'00h a 19'00h. Javier García Marín (Universidad de Granada): “"Comunicación política en el mundo Árabe: cambios, avances y retrocesos desde 2011"
- 19'15h a 21'15h. Marién Durán (Universidad de Granada). “Turquía tras la revuelta popular de Taksim”
Miércoles 9 de julio- 17'00h a 19'00h. Isaías Barreñada (Universidad Complutense de Madrid). “Palestina: sociedad civil y activismo político”
- 19'15h a 21'15h. José Abu Tarbush (Universidad de La Laguna). “Estados Unidos ante la Primavera Árabe: la promoción exterior de la democracia”
Jueves 10 de julio- 17'00h a 19'00h. Francisco Torres (Universidad de Alicante). “El agua como factor de conflicto en Oriente Medio”.
- 19'15h a 21'15h. Rafael Ortega (Universidad de Granada). “La irrupción del salafismo en la escena política árabe”
Viernes 11 de julio
- 17'00h a 19'00h. Ignacio Gutiérrez de Terán (Universidad Autónoma de Madrid).  “La Libia post-Gaddafi: entre el tribalismo y el faccionalismo”
- 19'15h a 21'15h. Pedro Buendía (Universidad de Salamanca). “Líbano: el confesionalismo como factor estabilizador”

martes, 17 de junio de 2014

La espiral iraquí

El Correo publica hoy este artículo mío sobre la toma de Mosul por el Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS) en el que se trata de explicar cómo este grupo ha logrado resurgir de sus cenizas y extender su control sobre parte del Bilad al-Sham.

Irak está a punto de convertirse en un Estado fallido, si no lo es ya. La caída de Mosul ha puesto en evidencia la debilidad del gobierno central, incapaz de hacer frente a un millar de milicianos del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS). A pesar de que esta ofensiva haya tomado por sorpresa a propios y extraños desde hace tiempo era previsible que el rearme del ISIS en territorio sirio acabaría teniendo implacaciones en suelo iraquí, ya que ambos conflictos se retroalimentan mutuamente.
El ISIS ha sabido aprovechar la caótica situación en ambos países para ganar posiciones. La guerra civil siria se ha convertido en una guerra de todos contra todos en la cual la formación yihadista ha aprovechado el vacio de poder para asentarse en las provincias de Raqqa y Deir Zor. En los últimos meses, el régimen sirio ha concentrado sus ofensivas en la frontera libanesa y en las ciudades de Homs y Alepo sin atacar las bases del ISIS, que al fin y al cabo es un enemigo cómodo puesto que le permite presentar el conflicto como una lucha entre el secularismo y el radicalismo, entre el autoritarismo o la barbarie. El avance de los yihadistas obligará a Bashar Al Asad a mover ficha ante las crecientes presiones por parte de dos de sus principales aliados: Bagdad y Teherán, que temen una posible reactivación de la violencia sectaria en Irak y una desestabilización del país.
En el caso de Irak, el ISIS se ha beneficiado del profundo malestar de la población sunní hacia las políticas sectarias del presidente Nuri Al Maliki. Durante sus dos mandatos ha sido incapaz de sacar al país del pozo en el que la invasión anglo-iraquí lo dejó. Un 28% de la población vive en situación de extrema pobreza y el desempleo afecta al 60% de los iraquíes. Los servicios públicos no han conseguido recuperar los niveles alcanzados en época de Sadam Husein y un tercio de las viviendas carecen de agua y electricidad. Todo ello a pesar de que, en 2013, Irak fue el tercer exportador de petróleo mundial con 3,6 millones de barriles por día. El hecho de que Irak sea uno de los países más corruptos (ocupa el 169 en la lista de Transparencia Internacional) explica que una parte significativa de los beneficios obtenidos por la venta del crudo acabe en manos de las nuevas elites políticas, económicas y militares. A estos datos debe sumarse el rebrote de la violencia experimentado el pasado año cuando se registraron 9.000 muertos, una cifra que podría ser rebasada con creces este año.
Este caldo de cultivo ha permitido el resurgimiento del ISIS, especialmente en la norteña provincia suní de Al Anbar. Sus habitantes critican los modos autoritarios y la concentración de poderes por parte de Nuri Al Maliki, quien no esconde su agenda sectaria claramente pro-chií. En su ofensiva, la organización yihadista ha contado con la complicidad de varias milicias sunníes, entre ellas las dirigidas por Izzat Ibrahim Al Duri, el exvicepresidente de Sadam Hussein.
Para no cometer los mismos errores que provocaron la expulsión de Al Qaeda de las zonas sunníes en 2007, el ISIS se ha aproximado a los líderes tribales y a los consejos militares locales comprometiéndose a no lanzar operaciones de represalia ni a perseguir a todos aquellos que considera infieles. Además deberá coordinar sus acciones con las milicias armadas sunníes y abstenerse de acciones unilaterales. Sin embargo puede pronosticarse que la convivencia no será fácil puesto que este grupo suele imponer su peculiar interpretación de la ‘sharía’ en las zonas bajo su control, incluidos castigos corporales, prohibición de alcohol y tabaco, obligación de rezar cinco veces al día y reclusión de la mujer. Debe recordarse que el objetivo final del ISIS es establecer un califato islámico en el que prevalezca su versión descarriada del Islam.
Todo ello hace pensar que practicarán la autocontención hacia los sunníes dirigiendo su violencia hacia los chiíes. No debe olvidarse que la literatura yihadista se refiere a los chiíes como apóstatas que deberían ser eliminados de la faz de la tierra. Por otra parte parece claro que las provocaciones del ISIS buscan una respuesta fulminante y desproporcionada por parte del poder central y de las milicias chiíes armadas. Se iniciaría así una espiral de violencia sectaria que permitiría al ISIS asentarse en las zonas suníes. Es decir: cuanto peor mejor.
El radicalismo del ISIS no sólo despierta el temor del gobierno central iraquí, sino también de dos países que, a su vez, se hayan inmersos en una larga y costosa lucha por la hegemonía regional: Irán y Arabia Saudí. Irán ya ha anunciado que hará todo lo necesario por frenar el avance yihadista hacia algunos de los santuarios sagrados del chiísmo como Samarra, Nayaf o Kerbala. Arabia Saudí, por su parte, no parece dispuesta a que el EIIS, que tacha a la monarquía de ilegítima, consiga reforzarse y captar a más yihadistas saudíes, por temor a que en un futuro lancen su propia ‘yihad’ contra el denominado ‘enemigo interior’, fórmula empleada para describir a los gobernantes situados en la órbita occidental.
El ISIS se ha constituido incluso en una amenaza para la propia Al Qaeda, grupo que durante un tiempo le dio cobertura. No debe olvidarse que la organización yihadista ha sido incapaz de establecer una base territorial en la que instaurar su califato islámico, un objetivo que ahora parece haber alcanzado el EIIS que se ha hecho fuerte en las provincias próximas a la frontera sirio-iraquí. Un reciente comunicado de dicho grupo se permitía acusar a Al Zawahiri de haberse «desviado del camino correcto de la ‘yihad’».

lunes, 27 de enero de 2014

Nada que esperar de Ginebra II

Este fin de semana publiqué en el blog de la Fundación Alternativas en El País este breve artículo sobre las conversaciones entre el régimen y la oposición sirias que se celebran en Suiza: "Ginebra II: esperando nada".
Han tenido que transcurrir tres años para que el régimen y la oposición se sienten a la mesa de negociaciones para hablar juntos del futuro de Siria. Demasiado tiempo si tenemos en cuenta el nivel de destrucción alcanzado y la magnitud de la catástrofe humanitaria: 130.000 muertos, 2.400.000 refugiados y 6.500.000 desplazados internos.

El acuerdo de mínimos alcanzado entre EEUU y Rusia para convocar Ginebra II teóricamente obliga a las partes a aceptar el marco de negociación establecido en Ginebra I. Es decir: que se comprometan a una transición política en el curso de la cual se establecerá una autoridad transitoria con plenos poderes ejecutivos para gobernar el país hasta que se celebren unas elecciones legislativas y presidenciales libres y plurales. Sus integrantes deberían ser consesuados por las partes. Por lo tanto tanto el régimen como la oposición disponen de capacidad de veto. Se da por entendido que todas aquellas personas que tengan las manos manchadas de sangre no podrán ser parte de dicho gobierno interino.
¿Cuál será entonces el futuro de Bashar El Asad? Ante la falta de acuerdo, la Casa Blanca y el Kremlin apostaron en 2012 por la ambigüedad constructiva confiando en que el tiempo se encargase por sí mismo de despejar las incógnitas que se cernían en el horizonte. Pero contra todo pronóstico, el régimen ha sido capaz de mantener su cohesión y recuperar parte del terreno perdido más por los errores de sus rivales que por sus propios aciertos. Además de explotar a pleno rendimiento su maquinaria de aniquilación y muerte que ha devastado buena parte del país, también ha contado con la inestimable ayuda de tres aliados estratégicos. Rusia, Irán y Hezbolá le han mostrado un inquebrantable apoyo que ha sido indispensable para que el régimen pudiera sobrevivir en condiciones sumamente adversas. No debe extrañarnos, por lo tanto, que El Asad se sienta reforzado y que la delegación oficial siria desafie a la oposición acusándola de “traición” en la apertura de la conferencia.
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Por el contrario, la oposición ha tenido mucha menos suerte en sus respaldos. Sus desesperadas llamadas a la comunidad internacional para que se involucrara activamente y evitase una carnicería cayeron en saco roto. No se fijaron zonas de exclusión aérea ni corredores humanitarios, tal y como demandaban. Ni tan siquiera se aprobó un embargo armamentístico contra el régimen, que no ha dejado de masacrar a los rebeldes y a la población civil aprovechándose de su notable superioridad.
La oposición también ha acusado la falta de respaldo militar por parte de sus supuestos aliados, lo que le ha llevado a arrojarse a los brazos de países como Arabia Saudí o Catar, que financian genorasamente a las diferentes milicias que combaten sobre el terreno. Esta contribución no es, obviamente, desinteresada y ha pasado una elevada factura a la oposición. Los activistas que se movilizaron pacíficamente contra El Asad en los primeros compases de la revuelta han sido desplazados y ahora son los combatientes del Ejército Sirio Libre y el Frente Islámico los que combaten a las tropas asadistas. La penetración de yihadistas internacionales ha fortalecido al Frente de Al Nusra y al Estado Islámico de Irak y Siria, satélites de Al Qaeda, que libran su propia guerra sectaria contra el ‘apóstata’ régimen alauí.
Es en este alambicado escenario en el que tiene lugar Ginebra II, una conferencia que parece condenada al fracaso ante las abismales diferencias que separan al régimen y la oposición sirias. Mientras el primero considera que la prioridad debería ser combatir al terrorismo, los segundos tienen como meta trazar la hoja de ruta de la Siria post-Asad. El presidente sirio ha dejado claro, por activa y por pasiva, que no está dispuesto a abandonar el poder. Además considera que, dada la división de la oposición y su falta de respaldos internacionales, el tiempo juega en su favor. Si ha acudido a Ginebra II no ha sido para negociar su salida, sino para dejar claro que continuará resistiendo de manera numantina aunque su obstinación reduzca a cenizas al país.
Ante esta manifiesta falta de voluntad política debería fijarse una agenda más modesta basada en acuerdos concretos sobre puntos en los que existe cierta voluntad de consenso. El régimen y la oposición deberían centrarse en aliviar la catástrofe humanitaria en la que se haya inmersa Siria. Para ello sería conveniente que se alcanzaran acuerdos de alto el fuego en los frentes de combate y se permitiera la apertura de corredores humanitarios por los cuales se evacuase a los heridos y se introdujeran productos de primera necesidad y material médico. Un acuerdo de mínimos en torno a estas cuestiones además permitiría afianzar canales de diálogo entre las partes, punto indispensable para reconstruir puentes y sentar las bases de una posible, y todavía lejana, solución negociada.