lunes, 27 de julio de 2015

EEUU-Irán: puentes abiertos

Esta semana aparece en el mensual Diagonal este artículo que he escrito sobre el acuerdo nuclear Irán y el G5+1.

Con demasiada frecuencia se catalogan como históricos algunos acontecimientos, cumbres o acuerdos que, en realidad, no serán contemplados por la Historia más que como episodios anecdóticos o notas al pie de página. No es este el caso que nos ocupa. El acuerdo en torno al programa nuclear iraní alcanzado en la Cumbre de Viena el 14 de julio evita, al menos durante un periodo de diez años, que el programa nuclear iraní tenga derivaciones militares y abre las puertas a una normalización de relaciones entre Irán y el mundo occidental. El acuerdo establece, además, que las centrales nucleares iraníes podrán ser inspeccionadas por la Organización Internacional de la Energía Atómica e Irán se verá obligado a deshacerse de la mayor parte del uranio que ha enriquecido hasta el momento. A cambio de ello logra que la comunidad internacional levante las sanciones que asfixian a la economía iraní.

De las declaraciones efectuadas por sus firmantes podría parecer que el acuerdo no tiene ganadores ni perdedores, pero no es así. El progresivo levantamiento de las sanciones internacionales permitirá a Irán recuperar parte del terreno perdido en los últimos años en el seno de la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Debe tenerse en cuenta que Irán atesora las cuartas reservas mundiales de petróleo en su subsuelo: nada más y nada menos que una décima parte de las reservas existentes. Hoy en día exporta un millón de barriles de crudo diarios, frente a los dos millones y medio que producía en el pasado. La culpa de esta reducción la tienen las sanciones internacionales y la obsoleta industria petrolífera del país, diezmada por años de embargo y necesitada de inversiones inmediatas para recuperar su productividad. Otro elemento clave del acuerdo es la devolución a Irán de los 150.000 millones de dólares bloqueados en el extranjero desde hace décadas, lo que dará un balón de oxígeno a la economía iraní y permitirá que la población note, en su día a día, las ventajas del acuerdo.
 
Pero quizás lo más relevante sea que, al firmar el acuerdo, EEUU y el resto de firmantes e integrantes del G5+1 (Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania) reconocen el poder ascendente de Irán en la región. En tiempos no tan remotos, las potencias coloniales acostumbraban a imponer sus designios por la fuerza de las armas. En esta ocasión se ha optado por la vía de la negociación, conscientes de que Irán se ha convertido en un actor clave en Oriente Medio y que su contribución es vital para estabilizar los múltiples fuegos que se extienden en países como Siria, Irak y Yemen y para combatir a quien parece haberse convertido en el enemigo número uno de Occidente: el autodenominado Estado Islámico, cuyo poder de destrucción no ha dejado de crecer desde la proclamación del califato hace un año.

Por último, pero no menos importante, cabe señalar que Irán ha dado un paso de gigante a la hora de normalizar sus relaciones con los países occidentales. De hecho, Reino Unido ya ha anunciado su voluntad de reabrir su embajada en Teherán a finales de 2015. Probablemente el restablecimiento de relaciones entre Teherán y Washington tendrá que esperar más tiempo, entre otras cosas porque el Departamento de Estado todavía incluye a Irán entre los países que financian el terrorismo, pero llegará más temprano que tarde si el acuerdo se aplica sin contratiempos.

Al rubricarlo EEUU reconoce, en cierta medida, que Israel y Arabia Saudí, sus tradicionales aliados desde la Guerra Fría, no están en condiciones o no están interesados en poner fin a las múltiples crisis que sacuden la región. Es, por lo tanto, un cambio sin precedentes que modifica la distribución de fuerzas sobre el terreno. Lo anteriormente dicho no quiere decir, ni mucho menos, que Washington vaya a distanciarse de Tel Aviv o Riad de la noche a la mañana, sino más bien que adopta un nuevo enfoque y opta por reequilibrar sus alianzas regionales. Tras 35 años de aislamiento ininterrumpido a Irán, EEUU no puede permitirse el lujo de seguir considerando a dicho país como un paria.

El presidente Barack H. Obama también tiene razones para mostrarse razonablemente satisfecho. Aunque todavía no es un ‘pato cojo’, Obama lleva ya seis años y medio en la Casa Blanca y sus éxitos en la escena internacional, más allá del acercamiento a Cuba, brillan por su ausencia. Durante su primera legislatura, Obama intentó, sin demasiado éxito, hacer entrar en razón al gobierno israelí para que frenase la colonización y reanudase el proceso de paz con los palestinos. Ante este fracaso, las negociaciones con Irán representaban la última oportunidad para dejar una impronta positiva en un Oriente Medio cada vez más convulso. Lo ha hecho, además, con la abierta oposición de la mayoría republicana, que probablemente rechazará el acuerdo en el Congreso en las próximas semanas. También ha tenido que sortear los múltiples obstáculos que Israel y su primer ministro Benjamin Netanyahu han colocado a lo largo del camino. No obstante, la activa movilización del lobby pro-israelí en EEUU ha sido incapaz de frenar el acuerdo, entre otras cosas porque el influyente AIPAC ha perdido protagonismo y se ha visto perjudicado por la irrupción de J Street, más próximo a los demócratas, que ha ejercido como contrapeso mostrándose favorable al histórico acuerdo.

Así las cosas, parece claro que el gran perdedor es Israel y su actual gobierno. En los últimos años, Netanyahu no se ha cansado de repetir hasta la saciedad que Irán no representaba una amenaza sólo para Israel, sino para el mundo entero y que un acuerdo fortalecería a Irán e intensificaría el terrorismo internacional. También se ha dirigido en varias ocasiones al Congreso y al Senado estadounidenses para tratar de presionar a la Administración Obama con movilizar sus peones para boicotear el acuerdo. Estas maniobras no sólo no se han mostrado contraproducentes, sino que además han evidenciado el creciente aislamiento de Netanyahu ante una comunidad internacional que se ha congratulado de manera generalizada ante el acuerdo alcanzado. Al gobierno radical israelí no sólo le inquieta el fortalecimiento del régimen de los ayatolás, su principal enemigo en la región, sino la posibilidad de que un Obama reforzado aproveche la nueva coyuntura para tratar de resucitar el proceso de paz e imponer una solución basada en la fórmula de los dos Estados, lo que supondría un ataque en la línea de flotación del Gran Israel que defiende Netanyahu.

miércoles, 15 de julio de 2015

Nueva era en Oriente Medio

Hoy recupero la actividad en el blog después de varios meses cerrando un nuevo libro. Mi artículo de hoy en El Correo pone el foco en el pacto nuclear iraní. Aquí os lo dejo.


El acuerdo sobre el programa nuclear iraní alcanzado ayer en Viena abre una nueva era para Oriente Medio y representa el triunfo de la diplomacia sobre la guerra. El pacto consiste, esencialmente, en la limitación del programa nuclear iraní durante los próximos diez años a cambio del levantamiento gradual de las sanciones internacionales. Las maratonianas negociaciones desarrolladas en los últimos 18 días han logrado desenredar los últimos flecos existentes. Irán se compromete a reducir sus reservas de uranio ya enriquecido en un 98% y a limitar en un 65% la actividad en sus centrales nucleares, que sólo podrán tener un uso civil. En el caso de que Irán viole dicho acuerdo, las sanciones serán restablecidas de manera inmediata. El Organismo Internacional de la Energía Atómica se encargará de inspeccionar las centrales iraníes.

El acuerdo es un rotundo éxito del presidente Barack H. Obama, que desde que llegara a la Casa Blanca ha hecho lo imposible por desligarse de la herencia envenenada que le dejara su predecesor en el cargo: George W. Bush. Debe tenerse en cuenta que la Doctrina Bush consideraba a Irán como el principal peligro para la estabilidad en Oriente Medio y el elemento central del denominado Eje del Mal. Al aceptar a Irán como interlocutor, EEUU da por sentado que «la estrategia del palo» aplicada desde la revolución islámica iraní de 1979 no ha deparado los resultados esperados y que, por lo tanto, debe replantearse. Irán se ha convertido en una potencia regional que dispone de una profundidad estratégica sin precedentes gracias a las estrechas relaciones que mantiene con Irak, Siria y Hezbollah, por lo cual es necesario también recurrir a «la estrategia de la zanahoria» para que contribuya a apaciguar la turbulenta situación que atraviesa Oriente Medio.

Por otra parte, la Casa Blanca es plenamente consciente de que la coalición internacional formada para derrotar al autodenominado Estado Islámico ha sido un rotundo fracaso, puesto que tal grupo no sólo no ha sido descabezado, sino que además ha seguido ampliando sus dominios mediante la conquista de nuevos territorios como Palmira (a tan sólo 230 kilómetros de Damasco) o Ramadi (a un centenar de kilómetros de Bagdad). Siria e Irak, los dos feudos en los que opera el Daesh, están a punto de convertirse en Estados fallidos y probablemente el único actor capaz de evitar su descomposición definitiva sea Irán, sin cuya contribución Bashar al Asad y Haidar al Abadi habrían sido desalojados del poder desde hace tiempo.
 
El acuerdo da un balón de oxígeno a un régimen iraní extraordinariamente debilitado por las sanciones internacionales y por el descenso de los precios del crudo, del que Irán es el cuarto productor a nivel mundial a pesar de que sólo exporta un millón de barriles diarios como consecuencia del embargo que sufre. Más importante aún, es el primer paso para la normalización de relaciones entre Irán y los países occidentales, lo que podría contribuir al reforzamiento de su papel en la región. En clave interna, supone un claro éxito de los sectores reformistas y, en particular, del presidente Rohani. El levantamiento de las sanciones y la apertura comercial favorecerán, en el medio plazo, una mejora económica, que redundará en beneficio de las clases medias, partidarias de una mayor apertura política y de un reforzamiento de los poderes presidenciales frente al todopoderoso Guía Supremo Jamenei. También es un fracaso de los sectores duros y, sobre todo, de la influyente Guardia Republicana, que en un futuro podría intentar sabotear la aplicación del acuerdo si considera que pone en peligro sus privilegios. En este sentido debe tenerse en cuenta que las fundaciones religiosas controlan cerca de un 20% de la economía iraní.

Como no podía ser de otra manera, el acuerdo también tiene claros perdedores: Israel y Arabia Saudí, que paradójicamente han sido los dos principales aliados de Estados Unidos en la región desde la Guerra Fría. Ambos países han sido incapaces de adaptarse a los radicales cambios registrados en Oriente Medio desde la caída de la Unión Soviética y, en consecuencia, se han convertido en una evidente carga estratégica para la política exterior americana. Israel ocupa los territorios palestinos de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este desde hace casi medio siglo y no tiene la menor voluntad de respetar la legalidad internacional que le obliga a retirarse de ellos. Más bien al contrario, sobre el terreno está llevando a cabo una política de hechos consumados que tiene como objetivo final hacer inviable cualquier futuro Estado palestino con continuidad territorial. Arabia Saudí, por su parte, se ha embarcado en una aventura sumamente peligrosa: extender el sectarismo apoyando a grupos salafistas en buena parte del Oriente Medio, estrategia que ha llevado a la región al borde del abismo. A ello debe sumarse su decisiva contribución para hacer fracasar la Primavera Árabe y las transiciones democráticas a las que dio lugar, restaurando, tal y como ha ocurrido en Egipto, el autoritarismo mediante el apoyo al golpe militar de Sisi.

En el corto plazo, el acuerdo podría intensificar la conflictividad regional, dado que Arabia Saudí y otros países del Consejo de Cooperación de Golfo interpretan que el peso específico de Irán ha aumentado. Esto podría traducirse en un intento de recuperar el terreno perdido en los variados frentes en los que se libra actualmente la guerra fría irano-saudí y, en especial, en Siria, Irak y Yemen. De ahí la necesidad de que la comunidad internacional aproveche la nueva coyuntura para redoblar sus esfuerzos para apaciguar las tensiones irano-saudíes y estabilizar Oriente Medio.

viernes, 24 de abril de 2015

La yihad chií en Irak y Siria

Esta semana publiqué en Esglobal este artículo dedicado a la irrupción de milicias chiíes en la escena siria e iraquí. Un asunto sobre el que habitualmente no se suele hablar demasiado a pesar de su relevancia.

La nada soterrada guerra fría que Irán y Arabia Saudí libran por la hegemonía en Oriente Medio ha provocado, como es bien sabido, una fractura sectaria en la región. La proclamación, en junio del pasado año, de un califato por Abu Bakr al Bagdadi evidencia el creciente poderío del autodenominado Estado Islámico, que tiene su base territorial en Irak y Siria y en el que combaten unos 25.000 yihadistas internacionales. Menos conocida es la irrupción de milicias armadas chiíes, surgidas precisamente para combatir a los grupos yihadistas de orientación salafista, que disponen de un número similar de combatientes sólo en territorio sirio. Estas milicias, procedentes de Líbano e Irak, cuentan con el patrocinio directo de Irán.

Uno de los principales argumentos empleados por el Frente Al Nusra, la franquicia local de Al Qaeda, para justificar su intervención en Siria fue la necesidad de combatir al apóstata régimen alawí. Su primer comunicado, emitido el 24 de enero de 2012, describe la guerra como una cuestión islámica y como la oportunidad para imponer la sharia por medio de una yihad defensivo haciendo alusión directa a la azora 9.39 (“Combate a los politeístas tal y como ellos te combaten a ti”). Con frecuencia los combatientes yihadistas se refirieren a diversos hadices y profecías que sitúan a Dabiq, una pequeña localidad norteña, como el lugar en el que tendrá lugar una batalla decisiva entre las tropas del islam y las de los infieles que desencadenará el Juicio Final.

Los chiíes, por su parte, no olvidan que fue Yazid, un califa de la dinastía Omeya, el responsable de la muerte en Kerbala del tercer imán chií Husayn, hijo de Alí y nieto de Mahoma, y consideran la actual confrontación como una revancha contra el islam suní. No por casualidad, las milicias chiíes contemplan la guerra siria como una batalla entre el bien y el mal que precederá la llegada del mahdi. Algunas profecías indican que el último imán chií pondrá fin a su ocultación en una época de caos en la que un personaje denominado Al Sufiani (identificado por algunos con Abu Bakr al Bagdadi) tratará de exterminar a los chiíes, pero será derrotado por el Ejército del mahdi comandado por Jurasani y Shu`aib bin Saleh (a quienes se identifica, respectivamente, como el ayatolá Alí Jamenei y Hasan Nasrallah, líder del Hezbolá libanés, o Qasem Suleimani, responsable de la unidad de élite Al Quds de la Guardia Republicana iraní).

El enemigo común de las milicias chiíes que combaten tanto en Siria como en Irak serían los yihadistas, que comulgan con el wahhabismo de inspiración saudí, a los que se tacha de takfiríes (aquellos que practican el takfir: declarar apóstata al resto de musulmanes que no comparten esta ideología radical lo que justificaría sus muertes). El jeque Nasrallah, en un discurso pronunciado el 25 de mayo de 2013, advertía de los riesgos de la deriva yihadista que vive la región: “Esta mentalidad takfirí ha matado a más suníes que a miembros de otras sectas musulmanas… No estamos abordando la cuestión desde una perspectiva suní o chií, sino desde una perspectiva que engloba a todos los musulmanes y cristianos: para todos ellos el proyecto takfirí representa una amenaza”.

Hoy en día, Irán se ha convertido en el principal sostén tanto del régimen sirio dirigido por Bashar al Asad como del iraquí de Haydar al Abadi. Ante la desintegración gradual de ambos países y el progresivo avance del Estado Islámico, los asesores militares iraníes han auspiciado el establecimiento de diversas milicias armadas que han ido progresivamente desplazando en sus funciones a unos ejércitos regulares cuestionados por las sucesivas derrotas que han cosechado en el terreno de batalla. Su propósito sería el de preservar los intereses iraníes en la región y afianzar un arco chií que va desde el Golfo Pérsico al mar Mediterráneo, una arco que arranca en Teherán y llega hasta Beirut pasando por Bagdad y Damasco.

En Siria se establecieron, a partir de 2012, las Fuerzas de Defensa Nacional y el Ejército Popular que disponen de unos 200.000 efectivos, superando al propio Ejército regular. Dichos grupos tienen su origen en los comités populares nacidos para combatir a los rebeldes. Al estar demasiado atomizados y actuar de manera caótica, la Guardia Revolucionaria iraní y Hezbolá decidieron convertirlos en unas fuerzas paramilitares más cohesionadas ofreciéndoles tanto entrenamiento como asesoramiento. En estos grupos no sólo combaten alawíes, sino también cristianos y drusos, así como una nutrida nómina de suníes aliados del régimen. Algunas de sus unidades son dirigidas por el propio clan Assad, como evidencia el caso del recientemente fallecido Hilal al Assad, primo del presidente y responsable de las FDN en Latakia. Estos grupos son financiados por el régimen, que también les permite practicar el pillaje, perpetrar secuestros y desarrollar otras actividades ilícitas para financiarse.

Como señala Aron Lund en un reciente artículo publicado por el think tank Carnegie Endowment for International Peace, “desde comienzos de 2011, el Gobierno comenzó a emplear dinero y servicios para comprar la lealtad de los jóvenes desempleados entre los cuales distribuyó armas y coches, a la vez que ofreció ventajas a sus leales y sus familias, militarizando las vastas redes clientelares establecidas durante más de cuatro décadas de gobierno de los Assad. Entre los reclutados estaban familias de militares, simpatizantes baazistas, bandas de matones con respaldo de los servicios de inteligencia, las comunidades religiosas minoritarias, algunas tribus árabes suníes y otros actores locales dependientes del régimen de Assad”.

Menos conocida es la presencia de milicias chiíes procedentes, en su mayor parte, de Líbano e Irak. Un reciente informe realizado por Phillip Smyth para The Washington Institute for Near East Policy bajo el esclarecedor título de The Shiite Jihad in Syria and Its Regional Effects advertía de este fenómeno. Además de Hezbolá, que ha servido como modelo para estas milicias chiíes, combaten sobre el terreno una pléyade de milicias iraquíes como Liwwa Abu Fadl al Abbas, Asaib Ahl al Haqq, Kataib Hizb Allah, Badr, Harakat al Nujaba o Kataib Sayyid al Shuhada, todas ellas entrenadas por la Guardia Republicana iraní. Esta presencia se ha tratado de justificar aludiendo a la necesidad de defender los santuarios chiíes en territorio sirio y combatir a los grupos yihadistas de ideología wahhabí.
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Aunque se trata de grupos relativamente poco numerosos (se estima que, en total, suman 25.000 efectivos), disponen de importantes recursos y su intervención ha sido determinante para impedir la caída de Bashar al Assad. El grupo más relevante es Hezbolá, cuya implicación activa data, al menos, desde febrero de 2012 cuando intervino en la ofensiva para recuperar la estratégica ciudad de Zabadani, entonces en manos del Ejército Sirio Libre. En la primavera de 2013 también tomó parte en la reconquista de Qusayr, que comunica Damasco con la franja mediterránea predominantemente alawí. En total se habla de, al menos, unos 5.000 de sus milicianos, muchos de ellos desplegados en la zona fronteriza de la Beqaa libanesa, precisamente su feudo. Más allá de su presencia sobre el terreno, Hezbolá ha servido como modelo de inspiración para otros grupos paramilitares.

Una decena de milicias chiíes iraquíes han tenido o tienen presencia activa en Siria. Una de los más relevantes es Liwa Abu al Fadl al Abbas, que se desplegó para proteger el santuario chií de Sayyida Zeinab (hermana del imán Husayn), situado en las afueras de Damasco, para evitar un posible atentado por parte de los grupos yihadistas similar al perpetrado en 2006 contra la mezquita del `Askari en Samarra, que precipitó la guerra sectaria iraquí. También se han desplegado en otras mezquitas como la de Sayyida Ruqayya, siendo su papel eminentemente defensivo. Otra de las milicias, que ha participado en diversas ofensivas, es Asaib Ahl al Haq, desplegada en torno a Alepo. Se trata de una escisión del Ejército del Mahdi del clérigo chií Muqtada al Sadr que contó con el respaldo del entonces primer ministro iraquí Nuri al Maliki. También tienen presencia las Kataib Sayyid al Shuhada, un grupo nacido en mayo de 2013 para defender los santuarios chiíes en el mundo islámico. En mayo de ese año, el Harakat Hezbollah al Nujaba creó Liwa Ammar ibn Yasir, el nombre de un santuario chií de Raqqa que fue destruido por los yihadistas, y que también combate en el frente de Alepo. También la organización Badr cuenta con efectivos sobre el terreno.

Como hemos visto, buena parte de las milicias chiíes son originarias de Irak. La invasión estadounidense de 2003 fue respondida con la creación de diferentes fuerzas paramilitares chiíes que se enfrentaron contra las tropas ocupantes y también contra la rama iraquí de Al Qaeda dirigida por Abu Musab al Zarqawi. Quizás el caso más conocido, aunque no el más importante, fuera el del Ejército del Mahdi (que ahora ha pasado a denominarse Saraya al Salam, las Brigadas de la Paz) dirigido por Muqtada al Sadr, pero también existen numerosos grupos próximos a Irán que cuentan con el patrocinio de su Guardia Revolucionaria, que se encarga de su adiestramiento y les proporciona armamento. Según un reciente artículo publicado por Spyer y Al Tamimi en The Tower, “Irán no está interesada en que ninguno de estos grupos llegue a ser lo suficientemente fuerte como para romper lazos con Teherán y establecer su propia agenda. Para evitarlo mantiene múltiples milicias que compiten entre sí”.

Como en el caso sirio, es difícil conocer con exactitud el número de integrantes de las milicias chiíes que combaten en Irak contra el Estado Islámico, aunque diferentes fuentes estiman que podrían contar con más de 100.000 combatientes, un número similar al que dispone el propio Ejército regular iraquí, en pleno proceso de descomposición. La caída de Mosul en el pasado verano y la proclamación de un califato por parte de Daesh provocaron un alistamiento masivo de combatientes chiíes en el marco del proceso de movilización popular (al hashad al shaabi) alentado por una fatua del influyente ayatolá Alí Sistani en torno a la necesidad de defender Irak ante el avance del grupo yihadista.

En el marco de la operación para recuperar la ciudad de Tikrit en el mes de marzo combatieron entre 20.000 y 30.000 milicianos chiíes integrantes de la organización Badr, Kataib Hezbollah, Asaib Ahl al Haq, Kataib Imam Alí y Saraya al Salam, todos ellos dirigidos por la Guardia Revolucionaria iraní y su brigada de élite al Quds, comandada por el omnipresente Qasem Soleimani. También la coalición aliada, dirigida por EE UU, bombardeó la ciudad, aunque los mandos militares norteamericanos se apresuraron a señalar, de manera poco convincente, que no habían coordinado sus operaciones con las autoridades militares iraníes.

Con frecuencia se ha acusado a estos grupos armados chiíes de disponer de una agenda sectaria. Recientemente, Amnistía Internacional publicó un demoledor informe titulado Absolute Impunity: Militia Rule in Iraq en el que las acusaba de secuestrar y asesinar a miles de civiles suníes con total impunidad en las zonas bajo su control. Donatella Rovera, una de sus investigadoras, ha señalado: “Las milicias chiíes están atacando implacablemente a la población civil suní por motivos sectarios, bajo el pretexto de combatir el terrorismo, en un aparente intento de castigar a los suníes por el ascenso del Estado Islámico y por sus atroces crímenes. Al dar su bendición a milicias que perpetran este tipo de atroces abusos de forma habitual, el Gobierno iraquí está autorizando los crímenes de guerra y fomentando un peligroso círculo de violencia sectaria que está destrozando al país. El apoyo del Gobierno de Irak al dominio de las milicias debe terminar ya”.

No obstante todo parece indicar que desde el Ejecutivo iraquí no sólo no piensa disolver dichas milicias chiíes, sino que además se está planteando la posibilidad de regularizar su existencia por medio de la creación de una Guardia Nacional que se nutriría, precisamente, de sus cuadros. De hecho, el 3 de marzo el Parlamento debatió una propuesta de ley en esta dirección que, al menos por el momento, no ha sido aprobada, aunque sin duda se retomará en los próximos meses en el caso de que sigan cosechando éxitos en su combate contra el Estado Islámico.

jueves, 16 de abril de 2015

Claves yemeníes

Hoy sale el nuevo número del periódico quincenal Diagonal, en el que publico este artículo en el que trato de aportar las claves internas para comprender la descomposición de Yemen y que puede leerse en paralelo a "El puzle yemení" que apareció el martes en El Correo. Mañana colgaré un post con el enlace al debate de El dilema titulado de "La primavera a la yihad" que emitió anoche la televisión pública vasca.

De la noche a la mañana, Yemen ha pasado de ser un absoluto desconocido a ocupar las portadas de la prensa. El motivo es la operación Tormenta Decisiva, lanzada por una coalición de países árabes dirigida por Arabia Saudí para impedir que los rebeldes húzies prosigan su avance militar y conquisten Adén, puerto estratégico del Cuerno de África que controla Bab al-Mandeb, la puerta de acceso al mar Rojo y al canal de Suez, por donde pasa el 15% del comercio mundial. Con este movimiento, Arabia Saudí intentaría evitar la caída de Yemen en manos de los húzies, una milicia chií que ha aprovechado el vacío de poder existente para apoderarse de la capital y hacerse con el control del país.

El rompecabezas yemení, sin embargo, no sólo se explica en clave sectaria o en el marco de la guerra fría que libran Irán y Arabia Saudí por la hegemonía de la zona. Para entender la situación que atraviesa Yemen, un país con una extensión similar a la de Francia y que cuenta con 25 millones de habitantes, debemos aludir a las divisiones confesionales, la deriva autoritaria, la naturaleza tribal, la pujanza del yihadismo y el levantamiento húzi. Estas cinco claves explican el colapso estatal y la conversión de Yemen en un Estado fallido.

La primera clave explicativa es la existencia de una minoría zaydí, una corriente del Islam chií profesada por un tercio de la población. Desde el siglo IX, los zaydíes dispusieron de su propio estado dirigido por linajes sagrados. En 1911, Yemen del Norte alcanzó la independencia bajo la dirección del imán Yahya, que gobernó un estado agrícola, tribal y atrasado que tenía su epicentro en las montañas de Saada. El golpe militar de 1962 permitió el establecimiento de una república, pero también provocó una cruenta guerra civil en la que los dos bandos en liza fueron respaldados por Arabia Saudí y Egipto, las principales potencias regionales de aquel momento. El actual levantamiento húzi da comienzo en 2004, en el marco de un proceso de renacimiento zaydí que fue respondido con una brutal represión por el entonces presidente Abdullah Saleh.

La segunda clave es la deriva autoritaria durante el mandato de Saleh (1978-2011) y el subsiguiente vacío político que dejó su marcha. Durante sus tres décadas en el poder, Saleh instauró un régimen presidencialista, autoritario, clientelista y cleptómano que recortó las libertades, recompensó a sus fieles, persiguió a los disidentes y, sobre todo, extendió la pobreza. Saleh controló con mano de hierro a las Fuerzas Armadas, de las que provenía, y también al partido Congreso General del Pueblo, que monopolizó la vida política. La Primavera Árabe puso fin a este poder omnímodo y obligó a Saleh a presentar su dimisión, eso sí tras asegurarse la inmunidad. Su abrupta salida de escena dejó un vacío que ningún actor ha sido capaz de llenar hasta el momento, incluido su débil y cuestionado sucesor Abd Rabboh Mansur Hadi, que ha huido a Arabia Saudí.
 
La tercera clave para comprender la realidad yemení es el factor tribal, que progresivamente ha ido perdiendo peso en el golfo Pérsico pero que en Yemen todavía está fuertemente arraigado. El expresidente al-Iryani llegó a afirmar en 1978 que Yemen no necesitaba partidos políticos, puesto que ya disponía de tribus. Saleh reforzó estas dinámicas neopatrimoniales situando a los miembros de su tribu –los Sanhan– en los principales centros de autoridad políticos y militares. Esta circunstancia explica el actual apoyo que el Ejército yemení presta a los húzies, vital para entender su fulminante avance. También la oposición, representada por el partido islamista Islah, erigió fuertes redes clientelares con parte de las tribus desafectas al poder. De hecho, dicho movimiento fue dirigido por el jeque Abdullah al-Ahmar, líder de la poderosa confederación de tribus Hashid.

La cuarta clave la representa la presencia de Al Qaeda. Ya en el año 2000 el grupo reivindicó el ataque contra el destructor norteamericano USS Cole en el puerto de Adén. Desde entonces no ha hecho más que reforzar su presencia, sobre todo en la zona sureña donde cuenta con sus bases militares más importantes en toda la península Arábiga. Yemen se ha convertido, por lo tanto, en retaguardia estratégica, base logística y reserva espiritual para Al Qaeda, que ha sobrevivido a las ejecuciones extrajudiciales y a los ataques con drones lanzados por EEUU. Una buena muestra de ello es su reivindicación del atentado contra el semanario Charlie-Hebdo en enero. También el Estado Islámico ha aprovechado la actual coyuntura para implantarse en territorio yemení, tal y como demuestran sus ataques contra las mezquitas chiíes de Sanaa de marzo, que provocaron 150 muertes.

La quinta clave que explica el colapso yemení es la irrupción en escena de los húzies, un grupo zaydí que ha aprovechado la debilidad estatal para expandirse desde las montañas del norte hasta la ciudad costera de Adén, pasando por la capital Sanaa que fue capturada el verano pasado. Los húzies, agrupados en el partido Ansar Allah, pretenden combatir a Al Qaeda y frenar la expansión del salafismo impulsada por la vecina Arabia Saudí, aliada estratégica de EEUU. Además demandan un Estado federal, con amplios poderes para las provincias norteñas donde son mayoritarios. Estas reivindicaciones representan una clara amenaza para los países del golfo Pérsico que cuentan con población chií, empezando por la propia Arabia Saudí y siguiendo por Kuwait, Emiratos Unidos y Bahréin, ya que podrían ser asumidas como propias por sus poblaciones chiíes.