lunes, 25 de agosto de 2014

Guerra Fría en Oriente Medio

El ascenso del Estado Islámico tiene mucho que ver con la Guerra Fría que Arabia Saudí e Irán libran por el control de Oriente Medio. He escrito este artículo sobre el tema en el diario vizcaíno El Correo. Difícilmente se resolverán los problemas de la región si su futuro sigue estando en manos de estos dos actores que rechazan el diálogo y que están atrapados en una guerra de zero sum en la que sólo habrá un vencedor. A continuación  el artículo.

Oriente Medio vive uno de sus periodos más convulsos que se recuerdan y los focos del incendio no dejan de propagarse. Irán y Arabia Saudí han aprovechado esta creciente inestabilidad para extender a Siria e Irak su particular lucha por la hegemonía regional, utilizando para ello a actores interpuestos. Lo que está en juego es, nada más y nada menos, el futuro de la región tras las convulsiones que desencadenó la denominada Primavera Árabe y las revueltas antiautoritarias registradas en Túnez, Egipto, Libia y Siria.
No es ningún secreto que Arabia Saudí pretende exportar su modelo ultraortodoxo salafí al resto del mundo árabe y que ha puesto sus petrodólares al servicio de esta causa. Lo verdaderamente novedoso es que los saudíes han aprovechando la actual coyuntura, teóricamente adversa para sus intereses, para tratar de recuperar el terreno perdido en las dos últimas décadas. Su propósito no sería otro que cortocircuitar cualquier reforma democratizadora y extender el rigorismo religioso. De otra parte nos encontramos con Irán, que intenta preservar a toda costa el arco chií que va desde Irán hasta Líbano pasando por Irak y Siria e, incluso, extenderlo a otros países del golfo Pérsico con población chií.
 
Algunos autores no dudan en describir esta bipolarización saudí-iraní como una nueva Guerra Fría que se libra en Irak, Siria, Líbano y Palestina. La analista francesa Fatiha Dazi-Héni considera que no es pertinente hablar de un enfrentamiento religioso entre sunismo y chiísmo, puesto que «las actuales divisiones sectarias entre Arabia Saudí e Irán parecen estar mucho más relacionadas con el enfrentamiento geopolítico y el antagonismo ideológico en su búsqueda por el predominio en Oriente Medio, que con la religiosidad. Esta nueva Guerra Fría puede verse acentuada debido a las estrategias que utilizan los dos países desde la Primavera Árabe, que han mostrado una creciente bipolarización basada en el sectarismo de los conflictos que enfrentan a suníes y chiíes».
Al exacerbar las tensiones sectarias en una zona con una elevada heterogeneidad confesional ambos países son igualmente responsables del descenso a los infiernos que se vive en diversos escenarios y que amenaza con llevar a la región al abismo. Siria se ha convertido en un polo de atracción para salafistas y yihadistas deseosos de combatir a un régimen que es tachado de apóstata. De hecho, el sectarismo se ha convertido en uno de los elementos clave que explican la irrupción de grupos yihadistas en la órbita de Al Qaeda. El avance del Estado Islámico en Irak no puede entenderse tampoco sin aludir a los intentos de Arabia Saudí y del resto de petromonarquías del golfo Pésico de torpedear al gobierno sectario de Nuri al Maliki, cuyo principal respaldo es Irán.

 
Una muestra de este enconamiento son las ‘fatwas’ o edictos religiosos emitidos por importantes predicadores, entre ellos el influyente clérigo egipcio Yusuf al Qaradawi, que tiene su base en Qatar y emite un programa en la cadena Al Jazeera, quien consideraba lícito «matar a todos quienes trabajan para el gobierno sirio, ya sean civiles, militares, clérigos o ignorantes». El clérigo yihadista mauritano Abu al Mundir al Sinqiti emitió, por su parte, un edicto en el que afirmaba que «la yihad contra la secta politeísta alawí es una obligación de todo musulmán», que «debe emprender la yihad contra los alawíes al igual que la yihad contra los judíos, ya que no hay ninguna diferencia entre ellos».
Tras la revuelta antiautoritaria, el régimen sirio apostó por la denominada ‘solución militar’ para desactivar las protestas populares. La mayor parte de los países occidentales optaron por el ‘ver y esperar’ limitándose a dar respaldo político a la oposición. Las petromonarquías árabes aprovecharon esta situación para armar a los grupos de orientación yihadista. El embargo de armas occidentales a los rebeldes en los primeros compases de la confrontación incrementó la dependencia del golfo Pérsico y de los financiadores privados, que son el principal sustento para la mayor parte de grupos que combaten en territorio sirio. Debe recordarse que dicha financiación se supedita a la asunción de una agenda religiosa puritana y que los grupos yihadistas pretenden imponer por la fuerza de las armas un Estado islámico regido por la ‘sharía’.
La superposición de grupúsculos islamistas radicalizados y las agendas de los países del Golfo ha tenido efectos catatróficos en Irak y Siria, caos en el que también tiene una parte nada desdeñable de responsabilidad EE UU. La Administración de Obama ha tratado de distanciarse de Oriente Medio para marcar diferencias con la política intervencionista de George W. Bush. No obstante, su estrategia de salida ha estado marcada por los errores, puesto que ha apostado por los caballos equivocados. En Irak ha permitido durante demasiado tiempo los excesos de Nuri al Maliki, quien ha gobernado desde el sectarismo y el rencor provocando el desafecto de la minoría sunní. En Siria parece haberse resignado al manteniminento de Bachar al Asad como un mal menor ante el avance del Estado Islámico, como si la única alternativa posible al dictador fuese el yihadismo. Al mismo tiempo ha permitido que Arabia Saudí financie generosamente a los grupos salafistas que quieren imponer en todos los confines del mundo árabe una visión sesgada y medieval del Islam. Ahora ha llegado el momento de recoger los frutos de tan desastrosa apuesta.

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