sábado, 21 de marzo de 2015

Más Netanyahu, menos paz

Mi reflexión sobre las elecciones israelíes, publicada este miércoles en el blog de la Fundación Alternativas en El País. Creo que el título lo dice todo: "Más Netanyahu, menos paz". Mañana incluiré en el blog mi artículo "Netanyahu de Israel", que publicó el jueves el diario El Correo.  

Las elecciones legislativas en Israel han deparado no pocas sorpresas. La primera, y también la más significativa, ha sido la abrumadora victoria del Likud. La segunda, la derrota de la Unión Sionista, una alianza formada por el Partido Laborista y el centrista Hatnuah con el propósito de reconstruir el campo de la paz. La tercera, el retroceso experimentado por los partidos ultranacionalistas Casa Judía e Israel Nuestra Casa, que han perdido la mitad de sus escaños. La cuarta, la emergencia de Kulanu, una fuerza que se convierte en un elemento clave a la hora de garantizar la gobernabilidad del país, al igual que el laico Yesh Atid, que sin embargo cede posiciones. La quinta, el importante avance de las formaciones árabes, que concurrían bajo el paraguas de una Lista Unida, que cosechan los mejores resultados en la historia. La sexta y última es la supervivencia del izquierdista Meretz, que ha superado, a duras penas y por unas pocas décimas, el umbral necesario para obtener representación parlamentaria.

El Likud ha conseguido dar la vuelta a las encuestas y consolidarse como la fuerza política hegemónica en Israel. Los 30 escaños obtenidos (de los 120 que tiene la Knesset, el Parlamento israelí) dan a Benjamin Netanyahu un espaldarazo para proseguir sus políticas, neoliberales en economía y ‘halcones’ en lo que se refiere a la cuestión palestina e Irán. La victoria de Likud es, esencialmente, un éxito de Netanyahu, quien planteó las elecciones como un referéndum a su labor de gobierno. Su liderazgo sale, por lo tanto, extraordinariamente reforzado, sobre todo si tenemos en cuenta que casi ha duplicado los resultados del Likud (de 18 a 30 escaños) y que, además, podría sumar a su coalición de gobierno a Kulanu (Todos Nosotros), una formación de nuevo cuño creada por el antiguo dirigente del Likud Moshe Kahlon, que ha obtenido 10 escaños.
 
Si en el campo likudista predomina la euforia, el laborismo está en estado de shock. La contundente derrota de la Unión Sionista (24 escaños) se ve agravada por el hecho de que las encuestas le otorgaban una sensible ventaja sobre su tradicional rival. Si bien es cierto que el dueto Herzog-Livni ha conseguido frenar la sangría de votos experimentada por el campo laborista en pasadas elecciones, también lo es que el denominado ‘campo de la paz’ parece incapaz de superar techo y convertirse en alternativa de gobierno. Sus intentos de focalizar la campaña en el alza del coste de la vida y soslayar el proceso de paz, un asunto en el que existe una evidente polarización social, han sido insuficientes para atraer a sus antiguas votantes desencantados, que han preferido inclinarse por otras opciones, como el laico Yesh Atid (Hay Futuro) de Yair Lapid que ha obtenido 11 escaños.

Los partidos ultranacionalistas Casa Judía e Israel Nuestra Casa han sido los más perjudicados por el avance del Likud, ya que han visto como una parte significativa de su electorado (los colonos y los inmigrantes rusos, respectivamente) se han movilizado a última hora para evitar una eventual derrota de Netanyahu. Este trasvase de votos explica que hayan pasado de 25 a 14 escaños, siendo el más perjudicado el partido de Avigdor Lieberman que el de Neftali Bennett. En los últimos días de campaña, Netanyahu prodigó los gestos hacia los colonos mostrándose en contra de las concesiones territoriales y del establecimiento de un Estado palestino, lo que a luz de los resultados ha sido un acierto.
 
Dos partidos centristas, Kulanu y Yesh Atid, serán claves a la hora de formar gobierno y dar estabilidad a la futura coalición gubernamental. Tampoco debe descartarse la participación de los partidos ultraortodoxos, en su vertiente ashkenazí representada por  la Judaísmo Unido de la Torá o en su versión sefardí por el Shas, que han captado un 15% de los votos, pero que han perdido posiciones pasando de 18 a 13 escaños debido sobre todo a la escisión registrada en el seno de este último. En el pasado, dichos partidos se han mostrado extraordinariamente flexibles a la hora de formar alianzas, siempre que se respeten sus exigencias religiosas.

Los únicos partidos que no se integrarán en ningún caso en la futura coalición de gobierno son el izquierdista Meretz, una fuerza residual al pasar de 6 a 4 escaños, y la Lista Árabe Unida, que se ha convertido en la tercera fuerza política con 14 escaños. A pesar de ello, su papel en la nueva Knesset será nulo, puesto que las formaciones árabes son un mero elemento decorativo y nunca en los 67 años de historia de Israel han sido invitados a formar parte de ninguna coalición de gobierno.

Lo más probable es que el nuevo ejecutivo israelí, bajo la batuta de Netanyahu, siga una política continuista en lo que respecta a la cuestión palestina basada en la colonización intensiva del territorio ocupado, en la creación de nuevos obstáculos para el establecimiento de un Estado palestino y en el lanzamiento de esporádicas campañas punitivas contra la Franja de Gaza. Su máxima prioridad es, como ya ha quedado de manifiesto, enterrar de manera definitiva la solución de los dos estados y anexionar la mayor cantidad de territorios posible con la menor cantidad de población.

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