jueves, 8 de junio de 2017

Qatar en la encrucijada

Cuando parecía que la situación en Oriente Medio no podía deteriorarse más, Arabia Saudí y algunos de sus satélites han decidido romper relaciones con Qatar, su socio en el Consejo de Cooperación del Golfo, establecido precisamente para tratar de frenar a Irán y limitar su influencia regional. Este movimiento debe interpretarse como una demostración de fuerza de la monarquía saudí que ha decidido dar un golpe en la mesa para demostrar quién manda en el golfo Pérsico y plantear una enmienda a la totalidad a la política exterior qatarí.
 Qatar’s emir Sheikh Tamim Bin Hamad Al-Thani (L) and US President Donald Trump in a bilateral meeting during the latter’s recent visit to Saudi Arabia. Photo: Mandel Ngan/AFP
Aunque Arabia Saudí ha tratado de justificar su decisión aludiendo a la necesidad de preservar su seguridad nacional y combatir el terrorismo, las desavenencias con Qatar vienen de lejos y se explican por las resistencias del pequeño emirato a seguir las directrices fijadas por el gigante saudí. En lugar de rendir vasallaje a Riad, Doha ha puesta en marcha una diplomacia alternativa basada sobre todo en el ‘poder blando’ que le ha deparado no pocos éxitos, pero también importantes quebraderos de cabeza. Gracias a ello ha conseguido poner en el mapa a este pequeño emirato de apenas dos millones de habitantes en el que sólo el 10 por 100 de la población tienen la nacionalidad qatarí y, por lo tanto, el 90 por 100 restante son inmigrantes atraídos por la inmensa fortuna que posee: las terceras reservas mundiales de gas licuado que le han convertido en el país más rico del mundo en renta per cápita.


Cuatro son los puntos de fricción entre Arabia Saudí y Qatar. El primero de ellos es la proximidad de Qatar a Irán, que se explica por dos factores. De una parte, la necesidad de equilibrar sus relaciones exteriores y evitar quedar sometido a la tutela saudí; de otra parte, el imperativo de mantener una buena vecindad con el país con el que comparte la explotación de la mayor reserva de gas a escala mundial. Qatar no obtendría ningún beneficio por secundar la estrategia frentista de Arabia Saudí hacia Irán y, sin embargo, tendría mucho que perder en esta guerra fría que libran Riad y Teherán por la hegemonía en Oriente Medio.

El segundo punto de fricción es la creciente influencia regional lograda por el canal de televisión qatarí Al Jazeera, que se convirtió en altavoz amplificador de la denominada Primavera Árabe. En sus dos décadas de vida, Al Jazeera se ha convertido en la vía de información predilecta de la población árabe para sortear la férrea censura imperante en muchos de sus países. Es decir: un dolor de cabeza permanente para muchos gobiernos autoritarios que no han dudado en interrumpir su programación y expulsar a sus periodistas para tratar de cortarle las alas. Arabia Saudí es uno de los países más beligerantes hacia la cadena y no ha dudado en establecer Al Arabiya, su propia cadena, para tratar de contrarrestar su influencia.
El tercer elemento de tensión es el patrocinio qatarí a los Hermanos Musulmanes, organización islamista que goza de gran predicamento en buena parte del Oriente Medio. Su apuesta por la vía política y por las elecciones le permitió hacerse con el poder en Egipto tras la dimisión de Hosni Mubarak, el máximo aliado regional de Arabia Saudí e Israel. Su renuencia a aceptar los dictados saudíes y su intento de aproximación a Irán provocaron el derrocamiento del presidente Morsi tras un golpe militar encabezado por el general al-Sisi, que casualmente había servido como agregado militar en Arabia Saudí. Desde entonces, Riad se convirtió en el principal sostén económico del régimen egipcio. En 2014, Arabia Saudí incluyó a los Hermanos Musulmanes en su lista de organizaciones terroristas junto a Al Qaeda, el Estado Islámico o el Frente al Nusra, lo que no deja de ser un sinsentido ya que la Hermandad ha denunciado el empleo de la  violencia con fines políticos y no ha tomado las armas a pesar de la sistemática persecución que ha sufrido y que ha llevado a más de 20.000 de sus miembros a las cárceles egipcias.

Por último pero no menos importante, Arabia Saudí considera que Qatar apoya a los grupos terroristas que campean a sus anchas por la región, acusación que probablemente tenga cierta base sobre todo en el caso del Frente Al Nusra (la filial siria de Al Qaeda ahora rebautizada como Tahrir Al Sham), pero que no deja de sorprender por provenir precisamente de quien ha financiado desde hace décadas a toda clase de grupos yihadistas, desde los talibanes hasta el autodenominado Estado Islámico pasando por Al Qaeda, tal y como denunciara la propia comisión encargada de investigar los atentados del 11 de septiembre de 2001. En su reciente visita a Riad, el presidente norteamericano Donald Trump se comprometió a combatir a quienes difunden ideologías radicales en la región. A pesar de que Arabia Saudí tiene una reconocida trayectoria en la difusión del wahabismo, una lectura puritana y radical del islam que pretende imponer al resto de países musulmanes, EEUU ha decidido estrechar su relación con la monarquía saudí, que a cambio del blindaje del eje Washington–Riad se ha comprometido a adquirir armamento por valor de 110.000 millones en los próximos años.


Así las cosas, la crisis diplomática puede evolucionar de diferentes maneras, pero parece difícil que Qatar renuncie a delimitar su propia política exterior según dicten sus intereses. De hecho, el tiro saudí podría salirle por la culata en el que caso de que Qatar se considere acorralado y no vea otra alternativa que fortalecer sus vínculos con otras potencias regionales e internacionales para tratar de blindarse frente a la creciente hostilidad saudí.

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