martes, 8 de enero de 2019

Los intereses energéticos de Rusia en Siria

El nuevo número de la revista académica Política y Sociedad incluye mi artículo "El conflicto sirio y la distribución de hidrocarburos en Oriente Medio" en el que trato de analizar cómo ha influido en el desarrollo del conflicto sirio el factor energético. En él repaso los intereses energéticos de los actores internacionales que han participado de una manera activa en el conflicto sirio. Recupero para el blog el extracto dedicado al papel jugado por Rusia y sus compañías petrolíferas en el país árabe.

Los vínculos entre Moscú y Damasco no son nuevos, ya que ambos países mantuvieron una estrecha alianza en el transcurso de la Guerra Fría que se coronó con la firma del Tratado de Amistad y Cooperación Militar en 1980. Tras varias décadas de alejamiento, el estallido de la guerra siria creó las condiciones necesarias para el retorno de Rusia a una zona de importancia geoestratégica como Oriente Medio en la que la URSS tuvo una destacada presencia en el pasado. Como señala Nicolás de Pedro, la intervención rusa está destinada a “restaurar un supuesto equilibrio, previamente violado por Occidente con sus sucesivas injerencias en el espacio euroasiático” y está guiada por “la convicción del Kremlin de su derecho natural y necesidad vital de disponer de un área de influencia (léase control) en el antiguo espacio soviético” (De Pedro, 2017: 38-39).

Desde el inicio de la guerra, Rusia ofreció una ayuda determinante para evitar que el régimen sirio se desmoronase. Al apoyo diplomático y económico previo se sumó la intervención militar a partir del 30 de septiembre de 2015 cuando la aviación rusa comenzó a bombardear las posiciones rebeldes. Al intervenir en favor del régimen, Rusia lanzaba el mensaje de que podría “otorgar protección efectiva a sus aliados” en el caso de cualquier eventual amenaza (Bruno, 2016). Además de garantizar el control de la base naval de Tartus, la única de la que dispone la flota rusa en el mar Mediterráneo, Rusia pretendía evitar la imposición de un gobierno pro-occidental en Damasco, fortalecer la relación de patrón-cliente con al-Asad, desviar la atención de la guerra de Ucrania y proyectar la idea de que combatía al fundamentalismo islámico luchando contra el ISIS (Nixey y Wickett, 2015).

Debe tenerse en cuenta que, según un informe de The Soufan Group, en las filas del ISIS combatían 4.700 yihadistas de las antiguas repúblicas soviéticas que representarían una amenaza potencial para Rusia. De hecho, los ataques aéreos rusos acabaron con la vida de numerosos responsables yihadistas, no solo del ISIS sino también de otras formaciones como el Frente al-Nusra y Ahrar al-Sham, que también intentaban establecer un Estado teocrático regido por la sharía siguiendo el modelo wahhabí promocionado por Arabia Saudí. La coalición establecida entre estas dos formaciones permitió la captura de la provincia de Idlib, desde la cual amenazó con avanzar a la costa mediterránea lo que ponía en peligro no sólo los feudos del regimen, sino también la base naval rusa y los yacimientos gasísticos descubiertos en las aguas territoriales sirias que pretende explotar Soyuzneftegaz una vez que finalizase la guerra.
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Los intereses energéticos rusos en Siria no son nuevos, sino que se remontan décadas atrás. La compañía rusa Soyuzneftegaz explota varios pozos petrolíferos en el país, entre ellos los Bloques 12 y 14 en la zona fronteriza con Irak, así como parte del Bloque 26 en el Hasake. Al mismo tiempo, Stroytransgaz ha tenido un papel significativo en la construcción de plantas de procesamiento, oleoductos y gasoductos por un montante de 12.000 millones de dólares desde la llegada de Bashar al-Asad al poder (Butter, 2015).

Rusia ha aprovechado la coyuntura actual para estrechar sus relaciones con Siria. De hecho, el contrato más relevante ha sido firmado en plena guerra, cuando el régimen se encontraba en una situación de extrema debilidad ante el avance de los grupos rebeldes y requería, más que nunca, apoyos externos. El 25 de diciembre de 2013 Soyuzneftegaz y el Ministerio del Petróleo sirio firmaron un acuerdo por una modesta cantidad (100 millones de dólares) para que la compañía rusa explotase durante un periodo de 25 años las reservas petroleras y gasísticas de la costa mediterránea (que abarcan una extensión de 2.190 kilómetros cuadrados), que según diferentes sondeos podrían albergar una de las mayores bolsas de gas del mundo (Delanoë, 2014). Como ha señalado Ruba Husari, “al intentar garantizar su participación en la división de las zonas de influencia e intereses con otras potencias, Rusia quiere tener voz en la emergente explotación del gas del Mediterráneo Oriental, que involucra a Chipre, Israel, Líbano y Turquía” (Husari, 2013).

Por otra parte, la intervención rusa también guarda una estrecha relación con la necesidad de torpedear la construcción de un gasoducto entre Qatar y Turquía que, obligatoriamente, debería atravesar el territorio sirio, además del saudí y jordano. La propuesta qatarí fue rechazada en 2009 por el presidente al-Asad con “el propósito de proteger los intereses de Rusia, aliado sirio, y preservar su posición dominante en Europa” (Butter, 2015). Debe tenerse en cuenta que Turquía, que importa más de la mitad del gas que consume de Rusia, también hubiera resultado beneficiado de la construcción de dicho gasoducto, al aumentar sus vías de aprovisionamiento y, así, reducir su dependencia energética.
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Por otra parte, la tutela rusa sobre el régimen de al-Asad también le permitiría tener voz en el proyectado gasoducto entre Irán, Irak y Siria anunciado en 2010. El progresivo deshielo de las relaciones entre la UE y Teherán, interrumpido tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, es contemplado con cautela por parte de Moscú, ya que podría reducir la influencia rusa en Oriente Medio en el medio plazo (Bruno, 2016). En este sentido debe tenerse en cuenta que Irán también es un potencial rival para la industria gasística rusa. Por ello cabe concluir que “ambos gasoductos serían un desastre para el Kremlin, ya que Rusia tiene un interés vital en controlar las vías de provisión de gas a Europa, donde Gazprom vende el 80% de su gas” (Orenstein y Romer, 2015).

Por último, cabe señalar que la intervención rusa en Siria también le ha permitido abrir nuevos mercados para su industria armamentística. En este sentido, cabe recordar que, según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), Rusia fue el segundo exportador mundial de armamento durante el periodo 2000-2015 con una cuota de mercado del 23% y con una industria que cada año genera 12.000 millones de dólares y emplea a tres millones de personas. Aunque las ventas a las petromonarquías del golfo Pérsico siguen siendo reducidas, en los últimos meses ha conseguido vender 24 cazas MiG-35 a Egipto y el sistema de defensa antiaéreo S-400 a Turquía y Arabia Saudí, países tradicionalmente situados en la órbita de EEUU.

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