lunes, 7 de marzo de 2016

Más allá de la Primavera Árabe

Este fin de semana el suplemente Planeta del diario catalan Ara publicó mi artículo "Més enllà de la primavera àrab" en el que trato de responder a la pregunta qué queda de las primaveras árabes cinco años después de su inicio. Aquí os dejo la versión en castellano del artículo:

"Las enormes expectativas que generó la Primavera Árabe han dejado lugar, cinco años después, a una acentuada frustración. El sueño de una democratización progresiva del mundo árabe parece haber sido reemplazado por la pesadilla del caos que se extiende desde Libia hasta Yemen pasando por Siria. No obstante, esta es una lectura de claros y oscuros que no tiene en cuenta las radicales transformaciones desarrolladas en el último lustro y el cambio profundo en la cultura política que ha representado la Primavera Árabe.

Como es bien sabido en 2011, las masas salieron a las calles para demandar el fin del autoritarismo. Libertad, dignidad y justicia social fueron los lemas más repetidos en dichas movilizaciones transversales y posideológicas. El objetivo compartido de los manifestantes, independientemente de su credo, género, clase e ideología, era desalojar del poder a los Ben Ali, Mubarak y Gadafi de turno, pero una vez alcanzada dicha meta pronto se evidenció la ausencia de un proyecto común que sirviera de aglutinante a grupos tan heterogéneos. 

Las revueltas marcaron también la irrupción de nuevas formas de acción y, sobre todo, de nuevos actores. Los jóvenes, que representan dos terceras partes de la población árabe, asumieron el protagonismo porque tenían poco que perder y mucho que ganar. La mujer, asimismo, ocupó un lugar central denunciando la desigualdad imperante en las sociedades árabes y cuestionando los valores patriarcales vigentes. También los sindicatos fueron claves al movilizar a los trabajadores, principales víctimas de la aplicación a rajatabla del modelo neoliberal en países como Túnez o Egipto. Por último debe destacarse el papel de las organizaciones de derechos humanos, que en las últimas décadas habían denunciado, contra viento y marea, las sistemáticas violaciones perpetradas por los aparatos de seguridad árabes y el reino de la impunidad existente.


Una vez derrocados los autócratas, la calle árabe se fue desmovilizando de manera progresiva permitiendo la irrupción en escena de diferentes actores que no compartían las reivindicaciones de los manifestantes y que aprovecharon la nueva coyuntura para acrecentar su poder. De una parte, los islamistas que, a pesar de ser sistemáticamente perseguidos durante décadas, habían sido capaces de conservar importantes bolsas de apoyo y eran vistos como el único grupo lo suficientemente cohesionado para auparse al gobierno. De otra parte, los sectores contrarrevolucionarios, que interpretaban que el triunfo de la revolución pondría en peligro sus intereses y que se conjuraron para desactivarla.


No todos los países han corrido la misma suerte. Túnez, donde arrancaron las movilizaciones, sigue siendo la gran esperanza de la Primavera Árabe. Las elecciones a la Asamblea Constituyente se saldaron con la victoria del islamista Ennahda, que fue posteriormente derrotado en las elecciones legislativas por el laico Nida Tunis. La alternancia funcionó relativamente bien y la sociedad civil medió entre los bandos laico e islamista para evitar que las tensiones hicieran descarrilar la transición. Esta labor fue reconocida con la concesión del premio Nobel al Cuarteto de Diálogo integrado por la Unión General de Trabajadores, el Colegio de Abogados, la Liga de Derechos Humanos y la patronal. Lo anteriormente dicho no quiere decir que la transición haya sido modélica ni mucho menos, puesto que los episodios de violencia han sido frecuentes y el autodenominado Estado Islámico ha golpeado tanto a las fuerzas de seguridad como al turismo, agravando los problemas de la economía tunecina. 


El caso de Egipto es más complejo, puesto que es el país árabe más poblado y parte de una situación socioeconómica mucho más delicada. Tras el triunfo electoral de los Hermanos Musulmanes se estableció un cordón sanitario contra el gobierno por parte del resto de fuerzas políticas. El ejército, que controlaba buena parte de los resortes de poder desde medio siglo atrás, no dudó en intervenir y desalojar del poder a los islamistas en verano de 2013 con el pretexto de salvaguardar el orden. El mariscal Sisi, nuevo hombre fuerte de Egipto, justificó el golpe militar aludiendo a la necesidad de evitar una guerra civil. Desde entonces, la represión se ha cebado no sólo con los islamistas, sino también con los sectores revolucionarios y la propia sociedad civil. Destacados activistas han sido condenados a elevadas penas de prisión por manifestarse contra esta deriva autoritaria. El presidente Sisi es plenamente consciente de que Egipto es un país clave y que su eventual desestabilización tendría graves consecuencias en el entorno mediterráneo, de ahí que muchos mandatarios europeos hayan aceptado de buen grado el retorno a la política del puño de hierro como un mal menor.


Un tercer caso es el de los países en descomposición que están inmersos en conflictos armados como Siria, Yemen o Libia. En todos ellos encontramos un mismo patrón, un estado central en retirada que apenas domina algunas partes de su territorio y unas milicias armadas que se han hecho fuertes en la periferia movilizando a diferentes sectores de la población descontentos con la desigual repartición de poder y con la arbitrariedad de los gobernantes. Este vacío político ha favorecido la irrupción de grupos yihadistas que gravitan en la órbita de Al-Qaeda y el Estado Islámico. En todos estos países, la injerencia de potencias regionales e internacionales, que han intervenido en respaldo de uno u otro bando, ha agravado los conflictos y acentuado el sectarismo.


Aunque este balance nos podría invitar a pensar que la Primavera Árabe ha sido un rotundo fracaso, lo cierto es que más bien constituye un punto de inflexión que cierra una etapa y abre otra. Cualquiera que considere que el statu quo actual se perpetuará está profundamente equivocado. El mundo árabe está cambiando y lo está haciendo a toda prisa, aunque todavía no sepamos a ciencia cierta hacia dónde se dirige".

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