miércoles, 6 de julio de 2011

El desafío de Bashar al-Asad

El último número de Política Exterior (nº 142) incluye un artículo de la periodista Natalia Sancha titulado "El desafío del Assad y las vacilaciones de Occidente". A continuación alguno de sus extractos, en concreto las dedicadas a la reacción de EEUU e Israel ante la inestabilidad regional:

"Tan sorprendente ha sido la tenue respuesta de la administración de Barack Obama hacia El Assad como la de Israel. Ambos países llevan décadas condenando a Siria como foco desestabilizador en la región, así como las ambiciones nucleares de El Assad. Sin embargo, israelíes y estadounidenses parecen jugar el mismo juego que el líder sirio, dando “una de cal y otra de arena”.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha condenado las muertes de civiles fruto de la represión policial en Siria y ha reclamado reformas inmediatas, pero sigue ofreciendo oportunidades para la reinserción política de El Assad como líder autócrata pero reformador. Esta mano tendida muestra que EE UU no las tienes todas consigo y que en plena incertidumbre, con la transición abierta en Túnez y Egipto, y en medio de una guerra en Libia que ha despertado los fantasmas de Irak, la caída de El Assad no es hoy el escenario ideal tantas veces anunciado.
El gobierno israelí ha optado por la cautela y el silencio. El tan extendido –aunque poco justificado– temor a un resurgir del islamismo radical en un Oriente Próximo post-revolucionario empuja al régimen de extrema derecha israelí a preferir “el radicalismo político de Bashar, que el radicalismo islámico” que pudiera sustituirle, en palabras del parlamentario del Likud Ayoob Kara. Esta posición ha puesto de manifiesto una vez más la política del doble rasero, desacreditando aún más a la comunidad internacional entre el pueblo árabe cuando se trata de derrocar a autócratas en la región.

La unanimidad a la hora de atacar a Muammar el Gaddafi fue bastante rápida y consensuada, mientras que para El Assad se está reduciendo a débiles amenazas. Al fin y al cabo, Israel y Siria mantienen 30 años de guerra fría. Desde 1973, no han protagonizado enfrentamientos armados. En 2007 el ejército israelí bombardeó una base siria que supuestamente albergaba un centro nuclear, sin que se produjeran represalias. En 2008, Imad Mughnye, jefe de las operaciones militares de Hezbolá, fue asesinado con un coche-bomba en Damasco. La omnipresencia de los servicios secretos sirios y el hecho de que el atentado no tuviera mayores repercusiones llevó a pensar en la connivencia siria, enfriando temporalmente sus relaciones con Hezbolá.

En tres ocasiones desde principios del siglo XXI se vaticinó un acuerdo de paz sirio-israelí. Tras el 11-S, el acercamiento se produjo mediante el intercambio de información con EE UU sobre redes terroristas, reduciendo las actividades de Hamás en territorio sirio y manteniendo negociaciones indirectas con Israel. En 2003 el régimen sirio dio un primer paso. Y en 2008 Turquía se presentó como nuevo mediador. Pero todos los intentos cayeron en saco roto.

Si bien la total recuperación del Golán ocupado por Israel desde 1967 permitiría sellar un acuerdo entre ambos países sin desacreditar a El Assad, Israel apostó por la política de “resultados primero y acuerdos después”. Exigía que Siria rompiera con Irán, Hezbolá y Hamás antes de sellar ningún acuerdo. Esta exigencia suponía un suicidio político y económico para el régimen sirio, que cuenta con pocos aliados como para prescindir de aquellos que aún le confieren un peso regional y una válvula de escape al embargo económico. Irónicamente, esta es la misma política que ha adoptado el régimen de El Assad con la oposición interna, exigiendo un cese de las manifestaciones como condición previa a posibles negociaciones.

Israel mantiene frontera con cuatro países árabes: Jordania, Egipto, Siria y Líbano. Hasta hora tenía acuerdos de paz con los dos primeros. De conseguir los Hermanos Musulmanes egipcios una mayoría de escaños en el Parlamento en las próximas elecciones, previstas para septiembre, podrían vetar toda decisión política, incluyendo revertir o modificar el actual acuerdo de paz con Israel. Ante tal incertidumbre sobre la relación de Egipto con Israel, Siria cobra paradójicamente mayor fuerza, al tiempo que El Assad parece arrinconado por su pueblo. El presidente sirio no solo mantiene hasta la fecha una frontera estable con Israel –que tan solo se ve alterada por la retórica política– sino que también puede influir en la frontera norte de Israel con Líbano a través de Hezbolá.

Siria e Israel han protagonizado choques indirectos como la guerra de Tamuz de 2006, entre el ejército israelí y Hezbolá, o la de Gaza en 2008-09 con Hamás. En las negociaciones de paz que se iniciaron entre Siria e Israel, se considera a Líbano parte del lote: si Siria sella un acuerdo de paz, Líbano le seguirá proporcionando a Israel tranquilidad y seguridad en sus cuatro fronteras".

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