lunes, 24 de junio de 2013

Género y contrarrevolución en Egipto

La profesora Nicola Pratt ha escrito un detallado artículo para Jadaliyya sobre la situación de la mujer en Egipto dos años después de la revolución. Sinfo Fernández lo ha traducido para Rebelión: "La mujer egipcia: entre la revolución, la contrarrevolución, el orientalismo y la autenticidad". A continuación alguno de sus extractos:

Muchos activistas afirman que la violencia contra las mujeres está organizada y políticamente motivada, incluida la de los Hermanos Musulmanes, para intimidar a las mujeres y hacer que se queden en casa y no participen en las protestas. Atacar a las mujeres de esta forma no sólo consigue sacarlas de la esfera pública sino también deslegitimar a las que se manifiestan. Los islamistas del Consejo de la Shura han culpado a las manifestantes “que insisten en manifestarse junto a los hombres en zonas inseguras” de la violencia que experimentan. La violencia pública contra la mujer disciplina a la “auténtica” mujer egipcia como mujer obediente, en vez de una mujer que desafía las existentes normas sexuales y de género. La conducta modesta de la mujer es, para ciertas tendencias políticas, un símbolo de la nación egipcia y quienes transgreden esas normas deben ser castigadas. Un general egipcio de alto rango justificaba la necesidad de las pruebas de virginidad para impedir que las manifestantes acusaran al ejército de violación y declaró ante la CNN que las mujeres arrestadas “no eran como su hija o la mía. Eran chicas que habían acampado en las tiendas con los manifestantes”. Además, el uso de la violencia contra las mujeres se justificaba en términos de mantener los valores “nacionales”, que están entrelazados con los “valores islámicos”. La oposición del gobierno egipcio a una declaración de las Naciones Unidas en Nueva York, en marzo de 2013, en contra de la violencia contra la mujer se basó en que su contenido entraba en contradicción con los “principios establecidos del Islam”, socavando la “ética islámica”, “destruyendo la familia” y llevando a la “completa desintegración de la sociedad, lo que sería realmente la fase final de la invasión intelectual y cultural de los países musulmanes”.

La violencia pública contra la mujer juega también un importante papel contrarrevolucionario. Ciertas tendencias políticas consideraron la glorificación de la participación de la mujer en la Revolución del 25 de enero, vista en retrospectiva, como algo excepcional en vez de representar una redefinición de las normas de género existentes. Esa excepcionalidad fue considerada necesaria a fin de rectificar la preeminencia de sexos, invertida bajo el régimen de Mubarak como consecuencia de décadas de dictadura y empobrecimiento. La necesitad de restaurar un orden de género perdido aparece implícita en la apasionada súplica de Asma Mahfuz, difundida por Youtube a principios de 2011. En el video, ella dice: “Si te crees muy hombre, ven conmigo el 25 de enero. Quien diga que las mujeres no deberían ir a las protestas porque van a golpearlas, que tenga honor y hombría y venga conmigo el 25 de enero”.

Al desafiar a los hombres de Egipto a unirse a ella en las manifestaciones, Mahfuz presentó una crítica implícita a la situación de género bajo el régimen de Mubarak, sugiriendo que los hombres se habían convertido en mujeres, mientras que las mujeres como Mahfuz habían llegado a ser como hombres, enfrentándose animosamente a la brutalidad de la policía para defender su honor. Si las palabras de Mahfuz tuvieron o no amplio impacto, al menos constituyen un giro estratégico del discurso de la “masculinidad en crisis” que llegó a ser fundamental para la política de seguridad global y local bajo Mubarak. La recuperación de la dignidad masculina fue uno de los temas de muchas de las pancartas desplegadas en la Plaza Tahrir (como ilustran las fotografías de Karima Jalil). Y la recuperación de la dignidad masculina se hizo depender del reestablecimiento de una jerarquía de género más que de su desmantelamiento. La exclusión forzosa de las mujeres de las manifestaciones a través de la violencia sexual pretende marcar el fin del “proceso revolucionario” (y, con él, las demandas de justicia social y responsabilidad por los crímenes del régimen en el pasado) y la vuelta a la “normalidad”, incluyendo las relaciones normativas de género.
 
Las narrativas de los medios de comunicación occidentales que equipararon las acciones de las mujeres en la revolución con la liberación de la mujer han dado paso a la narrativa de que “la revolución está amenazando lo conseguido anteriormente por las mujeres”, no sólo porque las mujeres están siendo cada vez más víctimas de la violencia pública, sino también porque los derechos logrados bajo el régimen de Mubarak están ahora bajo amenaza. Por ejemplo, la muy ambigua cuota femenina introducida en 2005 (bajo Mubarak) ha sido cancelada, la muy debatida ley khula de 2000 se está reconsiderando, y el Consejo Nacional para la Mujer, dirigido antes por la ex Primera Dama Suzanne Mubarak, está siendo marginado por el Presidente Mursi. La revocación del nuevo régimen de lo que muchos egipcios llaman las “leyes de Suzanne” marca en parte la transición del anterior régimen, laico de nombre, apoyado por Occidente, al nuevo gobierno islamista. Sin embargo, para los medios occidentales, la transición marca la vuelta al imaginario orientalista de la victimizada mujer árabe/musulmana como el tropo principal a través del cual Occidente entiende el mundo árabe.

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