viernes, 7 de junio de 2013

La pasión turca

Cerramos la semana con una nueva reflexión sobre los acontecimientos que vive Turquía. En esta ocasión recupero un artículo del profesor de la Universidad Javeriana de Bogotá: Víctor de Currea-Lugo. El artículo apareció hace unos días en el diario El Espectador y se titula "La pasión turca".

"Turquía, que sobrevivía sin sobresaltos a la ola de revueltas de Oriente Medio y a la crisis económica europea, hoy no es ajena a tensiones internas. El rechazo a un proyecto urbanístico que afectaría el parque Gezi (cerca de la emblemática plaza Taksim, en Estambul), fue sólo el detonante para las protestas.

Para algunos, las manifestaciones son el rechazo a medidas autoritarias como la reciente ley que restringe el consumo de alcohol, o contra viejas prácticas que vulneran derechos humanos, como la detención de periodistas. Para otros, es un pulso entre la sociedad laica (aunque el 99% de la población es musulmana) y giros islamistas del gobierno, como son la ampliación del uso del velo y de la educación religiosa. Lo cierto es que hoy Turquía está en la calle gritando “la resistencia está en todo sitio, todo sitio es la plaza Taksim”.

La represión policial excesiva, que aceptó el propio primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, en vez de restar fuerzas a la protesta, la alimentó. El número de manifestantes, la lista de reivindicaciones y sitios involucrados crecieron en pocos días. Varios miles de personas cruzaron el puente sobre el Bósforo, desde la parte oriental de Estambul, para sumarse a las marchas. La principal fuerza de oposición, el Partido Republicano del Pueblo, decidió apoyar las manifestaciones (aunque los manifestantes rechazan la presencia de banderas de partidos políticos), así como la Confederación Sindical de Trabajadores Públicos, que llamó a movilizaciones obreras.

En menos de una semana de protestas, ya se reportaban 200 manifestaciones en 67 ciudades, incluyendo la capital Ankara. En los barrios de Estambul, los manifestantes reciben el apoyo de los habitantes con cacerolazos contra el gobierno, incluso en barrios de ricos; algunos les dan comida y otros les ofrecen alojamiento. Ni el uso de armas de fuego ni el bloqueo a las redes sociales han frenado la protesta. Así, el modelo turco, tan elogiado en Túnez y en Egipto, ahora se cuestiona desde dentro.

Algunos manifestantes ya pasaron de una reivindicación local ambientalista a la petición de dimisión del gobierno. Turquía miró con buenos ojos las protestas árabes, pero no resuelve sus problemas internos: los militares versus el partido musulmán en el poder, las restricciones a la libertad de prensa, las tensiones con los kurdos, una moral laica versus una moral islámica, etc. (En un mal chiste, el gobierno de Siria llamó a los turcos a abandonar Estambul para “proteger sus vidas”).
La falta de libertad de prensa se ve de nuevo reflejada en el silencio de los principales medios locales sobre lo que sucede a pocos metros de sus instalaciones, lo que ha llevado a que sean objeto de ataques por parte de los manifestantes. Turquía tiene el triste registro de ser el país con el mayor número de periodistas detenidos. La situación con los kurdos había mejorado en el marco de los acercamientos entre el gobierno y el PKK, la fuerza político-militar más relevante de los kurdos y el proceso de paz en ciernes. Pero la coyuntura actual está muy lejos de poder explicarse por tensiones étnicas y más bien el proceso con el PKK ha quedado cubierto por los hechos recientes.
Y en el caso de las concepciones morales, vale resaltar el creciente papel movilizador de las mujeres, consiguiendo modificar incluso el código penal al abolir la figura del hombre como “jefe de familia” o el castigo al adulterio. Hay sectores laicos que ven en las recientes medidas del gobierno un paso hacia la reislamización. Aunque la sociedad ha incrementado el uso del velo, no por eso aprueba las medidas de Erdogan que ponen en peligro un percibido equilibrio entre lo musulmán y la democracia, lo que precisamente hacía de Turquía un modelo para el mundo...

Erdogan es sin duda un líder con mucha popularidad y la economía turca está pasando por un buen momento, a pesar de la crisis europea. Las reformas de su primer gobierno, como la abolición de la pena de muerte y la ampliación del respeto a los derechos humanos, fue bien visto por Europa. Pero estas cosas positivas no bastan. Por eso, repetir el discurso de reducir los manifestantes a “grupos extremistas” sólo aumenta el descontento social. Es más, retroceder en la reforma urbanística podría no ser ya suficiente. La decisión de Erdogan de mantener su viaje a Marruecos, Argelia y Túnez, es vista como un desplante más a la gente en las calles.

Luego de los choques, los jóvenes limpiaron el centro de Estambul en una simbólica medida de recuperación de lo público. Más allá de esto, ¿qué sigue? ¿Cuál es el grado real de conciencia política? ¿Estas protestas están más cerca de los desmanes de Londres o de las marchas de Egipto? De cómo gestione el gobierno las frustraciones sociales, de la pasión turca y de la capacidad movilizadora de la sociedad, dependerá el rumbo de estas protestas".

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