jueves, 14 de marzo de 2013

Salafistas en el Sahel

En su último número, Política Exterior analiza la irrupción salafista en el Sahel. El diplomático Juan José Escobar, embajador en misión especial para el Mediterráneo, firma el artículo "Salafismo en el Sahel: lo que Europa se juega" donde se incluye un repaso de las raíces del movimiento salafista. El texto completo puede consultarse en el portal de la revista.

"La ‘primavera árabe’ ha transformado los movimientos salafistas. Unos han optado por un mayor activismo político; otros por nuevas ofensivas violentas, gracias al flujo de armas desde Libia y los ingresos de los tráficos ilícitos. El Magreb y Europa comparten los riesgos.

La desestabilización del norte de Malí y la reciente intervención militar francesa para recuperar el control de sus principales ciudades, el goteo de secuestros de ciudadanos occidentales o el asalto a la planta de gas argelina de In Amenas son ejemplos palpables de las amenazas que se ciernen sobre el Sahel por parte de grupos salafistas. Sus efectos desestabilizadores podrían alcanzar a los países del Magreb si no se adoptan las medidas oportunas.

El salafismo es fundamentalmente un método para determinar la correcta interpretación de la religión basada en el Corán, la Sunna y el modelo de los primeros musulmanes. Pero es también un movimiento cuya extensión en el mundo árabe en las últimas décadas se vio impulsado por las ambiciones de Arabia Saudí para difundir el wahabismo, que mantiene una visión rigorista del islam muy cercana al salafismo. De hecho, la evolución del salafismo como movimiento ha estado ligada al desarrollo de los acontecimientos en el reino saudí.

Hasta la década de los noventa, el salafismo fue ante todo un movimiento pietista y apolítico que no planteaba retos al poder establecido. Ello explica el amplio apoyo que recibe de Arabia Saudí, e incluso la utilización que determinados regímenes hicieron del conservadurismo salafista para contrarrestar a los movimientos islamistas más políticos. Es a partir de esa década cuando comienza a perfilarse una clara separación entre lo que se ha denominado salafismo académico (salafiyya al ilmiyya) y el salafismo yihadista o combatiente (salafiyya al jihadiyya).

El punto de partida lo constituye la primera guerra del Golfo. Arabia Saudí responde a la invasión iraquí de Kuwait invitando a las tropas de Estados Unidos a estacionarse en su territorio. Académicos salafistas, hasta entonces inmersos en el pietismo apolítico se radicalizan. La lucha contra los infieles (kafir) se convierte en una obligación religiosa y en el principal Leitmotiv de los nuevos salafistas. El concepto de takfir (acto de declaración de apostasía) es el principal punto de fricción entre los salafistas y fractura el movimiento en todo el mundo árabe. El salafismo se convierte así en la ideología de los grupos que, bajo el paraguas de Al Qaeda, deciden apostar por la lucha armada en un buen número de países islámicos.
Efectos imprevisibles de la ‘primavera árabe’
Los procesos de cambio político que han sacudido el mundo árabe desde que el joven tunecino Mohamed Bouazizi decidiera inmolarse, en diciembre de 2010, también han provocado profundas transformaciones en los movimientos salafistas. Una parte importante del salafismo académico ha abandonado su apoliticismo y ha decidido pasar a la acción política constituyendo partidos con los que pretenden participar en los procesos de transición.

Como tantas veces en la historia, Egipto ha mostrado el camino. Los salafistas egipcios, aunque divididos, participaron en las primeras elecciones legislativas tras la caída de Hosni Mubarak, obteniendo un resultado sorprendente; cerca del 25 por cien de los votos emitidos. Hizb al Nour (Partido de la Luz) obtuvo 111 escaños, y otros dos grupos menores, al-Bina wa al Tanmiya (Construcción y Desarrollo) y Hizb al Asala (Partido de la Autenticidad) 13 y tres escaños, respectivamente. Los salafistas tunecinos siguieron el camino y, aunque no pudieron participar en las elecciones, han creado dos partidos; Al Asala y Al Islah. Otros partidos salafistas en el Magreb están en proceso de creación. La caída de Zine el Abidine Ben Alí, Mubarak y Muamar el Gadafi provocó además un fenómeno mucho más preocupante: la vuelta del exilio y la excarcelación de un buen número de salafistas que habían luchado en los distintos escenarios de la yihad armada. Algunos se han integrado en los nuevos partidos políticos, pero otros han decidido continuar con la lucha y podrían aprovechar la inestabilidad en el Sahel para volver a atentar en el Magreb.

Uno de los principales logros de las revoluciones árabes fue la caída del régimen de Gadafi, que tuvo profundas consecuencias para la propia estabilidad de Malí, el país del Sahel más propenso a sufrir los embates del salafismo yihadista. La secuencia de los hechos es conocida. La derrota militar de Gadafi provocó el regreso a Malí de un buen número de soldados tuaregs que militaban en su ejército, bien pertrechados de armas procedentes del arsenal libio. Los sectores más radicales del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA) aprovecharon esta coyuntura para iniciar una ofensiva en el norte de Malí en enero de 2012, a la que pronto se sumaron las tres organizaciones salafistas que llevan tiempo recorriendo a sus anchas las rutas de contrabando que recorren el norte del país. Tras dos meses de ataques a las guarniciones de un ejército maliense desmotivado y sin recursos, el golpe de Estado en Bamako del capitán Amadou Haya Sanogo, el 22 de marzo, abría las puertas a la rápida conquista de las tres principales ciudades del norte de Malí: Kidal, Gao y Tombuctú. El 6 de abril, responsables del MNLA proclamaban la independencia de la República de Azawad. El 26 de mayo los nacionalistas tuaregs y los grupos salafistas acordaban en Gao establecer un Estado independiente basado en la sharia. Pocos días después, el propio MNLA declaraba nulo el acuerdo y se iniciaban los primeros enfrentamientos, que concluyeron a finales de junio con la expulsión del MNLA de la ciudad de Gao, tras una batalla que se cobró más de 35 vidas.

Desde entonces y hasta la reciente intervención militar francesa, los salafistas impusieron su ley en el norte de Malí. Azotes públicos, lapidaciones y amputación de miembros, demolición de mausoleos y lugares de culto, abandono de la educación de las niñas, constitución de una policía religiosa y otras veleidades propias de un código moral que se convirtió en la pesadilla de las poblaciones de las tres ciudades conquistadas por los rebeldes [...]".

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