miércoles, 3 de abril de 2013

Para conocer mejor Israel

Jordi Pérez Colomé, autor del blog Obamaworld, ha viajado a Israel para intentar comprender una sociedad compleja y llena de aristas. Ahora en su blog publica esta primera parte de sus reflexiones: "Diez puntos para conocer mejor a Israel".

"1. Es un país pequeño. Israel es pequeño en tamaño y población. Desde Tel Aviv a Metula -la ciudad más al norte de Israel- hay 200 kilómetros, poco más de 2 horas (en la imagen); desde Jerusalén a Tel Aviv hay 60 kilómetros -hay menos aún de Tel Aviv a una hipotética frontera con Cisjordania- y el único espacio amplio que tiene el país es el desierto del Néguev, al sur.

La pequeñez geográfica se traslada bien a la ciudadana: mucha gente se conoce. Cuando he buscado a profesores, políticos o periodistas, me ha sido fácil encontrarles. Alguien tenía su teléfono en seguida. “Siempre estás a dos números de teléfono del primer ministro”, me han dicho. He tenido esa sensación.

“He visitado China 40 veces -me decía el ingeniero agrónomo Hadar Shalev. Cada vez que me preguntan por Israel y les digo que somos 6 millones, no se lo creen. Es como una ciudad allí.”

2. Hay al menos ashkenazíes y mizrajíes. En Israel el origen es importante. Una pregunta que solo me han hecho en Israel es esta (y me la han hecho dos veces): “¿Cuántas generaciones hace que tu familia vive en España?” No tengo ni idea, pero aquí es importante. Un joven catalán que acaba de mudarse a Israel me confirmó que le preguntan a menudo por su origen y apellido.

Una de las preguntas que hago en mis entrevistas es saber el pasado familiar de cada persona. Las variantes son espectaculares. Me he encontrado a familias que vinieron a Palestina con las primeras emigraciones en la década de los 80 del siglo XIX a judíos de Kerala (India).

Este detalle no es una tontería. Según su origen, los judíos se dividen en ashkenazíes -vienen del norte de Europa-, sefardíes -los que salieron expulsados de España y se repartieron por el norte de África y el sureste de Europa hasta Turquía; algunos aún hablan ladino o español antiguo- y mizrajíes -los que vienen de los países árabes al este de Israel, de Irán o más allá.

No he hablado con ningún judío en Israel que no sepa de dónde viene. Uno intentó quitarle importancia y decir que ahora eran “israelíes” porque una vez aquí es ya más normal tener padres de orígenes distintos.

¿Por qué es tan importante? Las primeras grandes oleadas de inmigrantes fueron ashkenazíes, antes de la creación del estado de Israel en 1948. Aún hoy son la elite israelí. Las grandes comunidades de judíos de países árabes llegaron en los 50. Son mizrajíes -sefardí se ha perdido por el camino- y se les tiene por menos avanzados. Su color de piel y apellido les delata.

Meir Javedanfar, un judío iraní que llegó a Israel en los 80, me contaba que su cultura está “más cerca de la árabe musulmana que de la judía ashkenazí”. Javedanfar se crió entre muecines y habla farsi como lengua materna. Muchos otros mizrahíes hablan árabe. “Si en lugar de ashkenazíes al principio hubieran venido mizrajíes -dice Javedanfar-, no habría habido tantos problemas, un judío egipcio se hubiera entendido mejor con un palestino que un alemán”.

Los ashkenazíes les tienen por menos. Es algo que tiene consecuencias sociales y políticas, hoy más diluidas pero aún vigentes. La primera victoria de la derecha en Israel -Menachem Begin en 1977- fue gracias al voto mizrají en contra de las elites izquierdistas ashkenazíes. Begin les prometió el reconocimiento que nadie más les daba. El partido ultraortodoxo Shas, por ejemplo, respresenta a judíos sefardíes. Aún hoy los ashkenazíes son de clases sociales más altas.

3. Es menos de izquierdas. Israel fue un país de izquierdas y ya no lo es. El lugar más emblemático para verlo son los kibbutz (kibbutzim en el plural hebreo). Algunos de los primeros asentamientos en Palestina antes de la creación de Israel eran kibbutz. Eran una comuna de inspiración soviética: un grupo de judíos compartía trabajo y todas las propiedades eran colectivas. Formaban pequeños pueblos de casas iguales con el objetivo añadido de fundar el estado de Israel.

Los kibbutz no solo tenían aspiraciones igualitarias, muchos se sentían el frente militar y se colocaban en lugares inhóspitos, en fronteras. Durante décadas los mejores soldados de Israel eran hijos de kibbutz. Hoy aún hay 270 kibbutz en Israel, pero sus aspiraciones son distintas, centradas en la supervivencia. Las empresas comunitarias a menudo han quebrado y los miembros han debido ir a trabajar fuera o han buscado recursos en privatizaciones.

El ideal se ha perdido. Ahora las unidades de élite tienen cada vez más soldados que proceden de los asentamientos. “¿Hay más kipás ahora en las reuniones de altos cargos militares del ejército que en los 70? Indudablemente sí”, me decía Amos Davidowicz, teniente coronel israelí y miembro del kibbutz Gezer (en la foto). Esas kipás son de religiosos nacionalistas -a menudo colonos- que no suelen votar a la izquierda.

4. La religión es importante. Las kipás indican religión. En Israel hay cuatro grandes grupos en asuntos religiosos: secular, tradicionalista, religioso nacionalista y ultraortodoxo. Solo un grupo omite la religión de su vida. Es también el único que suele votar izquierdas. Se ha reducido en las últimas décadas.

En Israel no hay matrimonio civil ni, por supuesto gay. Miles de estudiantes religiosos de todas las edades -ultraortodoxos- reciben subvenciones del estado para ellos y sus instituciones.

Amir Mizroch, director de Israel Hayom, me contó esta broma: “En Israel hay un tercio de la población que sirve en el ejército, un tercio que trabaja y un tercio que paga impuestos. El problema es que es el mismo tercio”. Es una exageración, pero la crítica principal es para los ultraortodoxos, y más velada para los árabes; entre ambos grupos son un 30 por ciento de israelíes, una cifra que crece. Los ultraortodoxos ni sirven en el ejército -muchos están en contra del estado de Israel porque se ha fundado antes de la llegada del Mesías- ni trabajan luego.

No todos los ultraortodoxos son iguales. He hablado con capitanes ultraortodoxos del ejército que se esfuerzan para que la comida sea kosher y puedan seguir el sábbat para hacer que más se alisten. En las últimas elecciones el segundo partido, el recién creado Yesh Atid, logró parte de su apoyo con la promesa de obligar por ley a servir y trabajar a los ultraortodoxos. Varios seculares y algún ortodoxo me han hablado con bastante rabia -“¡les odio!”- de los ultraortodoxos.

5. La ocupación queda lejos. He hecho unas 25 entrevistas desde que llegué a Israel; la mayoría, a israelíes judíos. He preguntado siempre cuál es el mayor reto de Israel hoy. El más citado ha sido la ocupación, pero con una mayoría escasa. Para muchos israelíes, la ocupación de Cisjordania no es el gran desafío.

Es fácil y humano olvidarse. En una terraza de Tel Aviv, incluso en la comodidad de un piso en un barrio de Jerusalén, es sencillo olvidar de cómo es de difícil vivir con todos los derechos básicos en Cisjordania. Es sorprendente el número de gente con la que he hablado en Israel que no ha estado nunca en un asentamiento ni conocen, por supuesto, las dificultades cotidianas de los palestinos.

La ocupación solo causa problemas cuando sale en las noticias. Pero solo sale en las noticias cuando hay violencia. Mientras, los israelíes intentan vivir como si su país fuera normal. Hasta el siguiente sobresalto".

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