sábado, 12 de febrero de 2011

El Egipto post-Mubarak

Alf Mabruk Misr! Mi reflexión sobre la época que ahora se abre en Egipto tras la caída de Mubarak aparece hoy en El Correo:

Después de la caída del presidente egipcio quedan muchas incógnitas por despejar relacionadas con la época pos-Mubarak que ahora se abre. La primera, y quizás la más importante, es el papel que asumirá el Ejército, que desde el inicio de la revolución popular ha intentado pilotar la transición y manejar los tiempos. Al final no le ha quedado otra opción que sacrificar al 'rais' ante el clamor de los manifestantes y las presiones de Washington. Ahora se abre una nueva etapa en la que no bastarán meras medidas cosméticas, sino que deberán adoptarse reformas estructurales, entre ellas la derogación de la leyes de emergencia, la enmienda de la Constitución, la legalización de todos los partidos, la liberación de los presos políticos y, por último, la celebración de unas elecciones libres y transparentes. De intentar torpedear este movimiento imparable, Omar Suleimán, el nuevo hombre fuerte, podría correr la misma suerte que Mubarak.
 
Por eso es especialmente importante que el Ejército no intente secuestrar la revuelta ni ralentizar los cambios que la población demanda. Un gobierno de unidad sería la mejor fórmula para hacer frente a este proceso constituyente, aunque es improbable que los militares acepten volver a los cuarteles y abandonar la política que han manejado en solitario desde el golpe de los Oficiales Libres en 1952. Mucho más probable es la creación de una junta cívico-militar con la presencia de altos mandos militares y destacadas figuras de la oposición. En este sentido sería recomendable que dicha junta fuese lo más representativa posible, sin ningún tipo de marginación o de exclusión por motivos ideológicos. Deberían formar parte de ella los partidos de la oposición tradicionales, los artífices de la revuelta, las nuevas fórmulas políticas (entre ellas la liderada por El-Baradei), pero también los ilegalizados Hermanos Musulmanes, que en la última década han dado suficientes muestras de su moderación.
Este proceso constituyente no debería basarse en políticas de tierra quemada. Si algo nos ha demostrado la desastrosa experiencia iraquí pos-Sadam, en la que el Baas fue ilegalizado y el Ejército disuelto, es que no puede prescindirse, de la noche a la mañana, de la que ha sido la columna vertebral del país durante el último medio siglo. Los miembros del oficialista Partido Nacional Democrático menos identificados con el régimen y menos manchados por la corrupción deberían tener un papel en la fase pos-Mubarak. Así se lograría sumar a todos aquellos que converjan en la necesidad de erigir un sistema verdaderamente democrático. En este contexto emergen figuras que podrían jugar un papel clave en la fase de transición, entre ellas Amro Musa (el actual secretario general de la Liga Árabe y exministro de Exteriores), quien secundó las manifestaciones no sin cierto oportunismo, o Mohamed el-Baradei (Nobel de la Paz y dirigente de la Asamblea Nacional por el Cambio), que ha ejercido como portavoz de la revuelta a pesar de las reticencias de buena parte de los manifestantes.

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