miércoles, 25 de enero de 2012

Egipto: la revolución inconclusa

Hoy publico en El Diario Vasco (y otras cabeceras del grupo Vocento) este artículo sobre el primer aniversario de la revolución popular egipcia. La foto que acompaña al artículo es un cartel en el que enseña cómo depositar el voto.

Ha transcurrido ya un año desde que comenzaran las movilizaciones populares que pusieron fin a los treinta años de dictadura de Hosni Mubarak. Es hora, pues, de valorar los cambios que han tenido lugar en Egipto y aquellos que todavía están pendientes.
 
Entre los logros de esta revolución está el descabezamiento de régimen con la detención de Mubarak, que en la actualidad está siendo juzgado. Fue precisamente su empeño por imponer como sucesor a su hijo Gamal la chispa que encendió la llama del descontento de la población, que no deseaba que Egipto siguiera los pasos de Siria donde años antes se había instaurado una república hereditaria de los Asad. Este proyecto no sólo encontró fuertes resistencias en la sociedad egipcia, sino que además provocó la fractura del régimen, ya que destacados miembros de la 'vieja guardia' de altos cargos militares plantaron cara a la 'nueva guardia' de tecnócratas que respaldaba al vástago de los Mubarak. De hecho, los sucesos de Tahrir costaría entenderlos sin las manifestaciones convocadas en los años precedentes por Kifaya (Es suficiente), cuya máxima prioridad era abortar este proceso sucesorio.
 
Otro buen dato es que se ha iniciado el proceso de transición del autoritarismo hacia la democracia. La celebración de las primeras elecciones libres, transparentes y realmente competitivas en la historia contemporánea de Egipto, entre noviembre y enero, han venido a constatar lo que todos los analistas pronosticaban: la victoria de los islamistas, con el 70% de los escaños de la Asamblea del Pueblo (si sumamos los votos del Partido de la Libertad y la Justicia, y los de los salafistas de Al Nur). La tendencia liberal, que incluye tanto los partidos laicos tradicionales como las formaciones de nuevo cuño surgidas al albur de la revolución, no han sido capaces de alcanzar una tercera parte de los votos ni tampoco de ocupar el vacío dejado por el oficialista Partido Nacional Democrático.
 
El tercer elemento positivo ha sido la constante movilización de la calle egipcia para evitar que los militares se perpetúen en el poder y para demandar que deleguen la autoridad en un gobierno civil. Los manifestantes no se contentarán con meras reformas de carácter cosmético y con un simple cambio de caras al frente del régimen militar que ha regido los destinos del país en los últimos sesenta años. Exigen plenas libertades civiles, pero también justicia social y redistribución de la riqueza. Por eso han respondido de manera enérgica y contundente siempre que han considerado amenazada la revolución, convocando multitudinarias manifestaciones para protestar contra la desesperante lentitud del proceso de transición y contra lo que perciben como un pacto secreto entre militares e islamistas para repartirse el poder e ignorar la voz de la calle.
 
Las asignaturas pendientes de esta inconclusa revolución son numerosas. Quizás la principal sea poner fin al monopolio político ejercido por los militares desde el derrocamiento de la monarquía en 1952. La Junta Militar, presidida por el mariscal Tantawi, no parece muy predispuesta a devolver el protagonismo a un gobierno civil ni tampoco a renunciar a sus numerosas prerrogativas. Debe tenerse en cuenta que el Ejército es un estado dentro del estado y controla más de un tercio de la economía egipcia. El escenario más probable es que traten de imponer el modelo turco constituyéndose en garantes de la estabilidad y el orden, tratando de intervenir en el caso de que los consideren amenazados por la evolución política del país. La opción más plausible es que se alcance, si no se ha alcanzado ya, una repartición de poder por la cual los islamistas se harán con el control político, mientras que los militares conservarán sus parcelas en la esfera económica. El que aún existan tiranteces entre unos y otros demuestra a las claras que se mantiene el pulso por el grado de autonomía que disfrutará el nuevo Parlamento y las prerrogativas que mantendrán los militares.
 
En los próximos meses deberá elaborarse la nueva Constitución que probablemente revisará el actual modelo presidencialista gracias al cual Mubarak retenía la mayor parte de los poderes, entre ellos la capacidad de designar al gobierno, dirigir las Fuerzas Armadas, firmar tratados internacionales, disolver el Parlamento o convocar elecciones. Tras el referéndum constitucional, la Junta Militar delegará la autoridad al nuevo gobierno. En julio llegará la hora de la verdad puesto que el nuevo gobierno, de marcada orientación islamista independientemente de por qué tipo de alianzas opten los Hermanos Musulmanes, tendrá que enfrentarse a una situación socio-económica extremadamente delicada.
 
No debe pasarse por alto que la mitad de la población egipcia vive bajo el umbral de la pobreza. Los jóvenes, verdaderos artífices de la revuelta, representan dos terceras partes de la población y se ven especialmente afectados por las elevadas tasas de desempleo. Por esta razón, los islamistas tendrán una fuerte presión para dar respuestas concretas y efectivas a los problemas endémicos que padece el país, agravados por un escenario de estancamiento económico. Probablemente la actual luna de miel que vive la población con los islamistas no dure mucho, ya que pronto se verán obligados a rendir cuentas ante su electorado por su labor de gobierno.

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