viernes, 27 de enero de 2012

Guía del idiota para Siria

Leo en Rebelión este artículo titulado "Guía del idiota para luchar contra la dictadura siria y a la vez oponerse a la intervención militar" de Bassam Haddad inicialmente publicado en el portal Jadaliya. La traducción del inglés ha sido obra de Sinfo Fernández.

"Es fácil, racional y justo adoptar una oposición inequívoca ante las largas décadas de gobierno autoritario del régimen sirio. Es igualmente fácil, racional y justo condenar severamente y oponerse a los diez meses que lleva el régimen aplastando a manifestantes independientes. Sin embargo, los partidarios del régimen y diversas gentes del campo antiimperialista replican que algunos de esos manifestantes son agentes de fuerzas externas o simples bandas armadas.

Aunque puede haber un ápice de verdad en ese argumento, resulta algo vano. Es, en realidad, un insulto a la inteligencia de cualquier observador sirio. Pasa por alto la brutalidad del régimen en los últimos diez meses de levantamiento. Borra temerariamente décadas de opresión, detención, encarcelamiento, amordazamiento, excomunión política y tortura que el régimen ha venido imponiendo ante cualquier mero indicio de oposición. Ese es el régimen que cumplirá cincuenta años el próximo año.

En efecto, solo el implacable autoritarismo de Sadam Husein en Iraq logró superar el legado represivo del régimen sirio. Esto no es ningún secreto. No es una descripción polémica. Es así a pesar de la relativa estabilidad de Siria hasta marzo de 2011. Sus instituciones eran humildes pero suficientemente funcionales. Sus ciudades eran relativamente seguras. Y a partir de los últimos años de la década de los ochenta, sus centros urbanos alardearon de una vida cada vez más bulliciosa y dinámica. El régimen vendió esas características como un modelo de “paz social”.

La amenaza de duras represalias, junto con la formación y cooptación estatal de una clase empresarial excepcionalmente corrupta, constituían algunas de las desoladoras piezas que mantenían unida esa frágil “paz social”. A este respecto, también fue importante el hecho de que el estado del bienestar sirio pudo satisfacer las necesidades mínimas de la mayoría de los ciudadanos sirios hasta los años noventa, aunque las zonas rurales estaban en gran medida abandonadas. Por último, es precisamente la relación entre el estado y los más altos niveles empresariales de mediados de la década de los ochenta, lo que exacerbó gradualmente la polarización regional y social de Siria. Después de la sucesión de Bashar al Asad en 2000 y, en última instancia, la llegada de un equipo de supuestos “liberalizadores” en 2005, el partido Baaz sirio (en todos los lugares) introdujo lo que denominaron Economía de Mercado Social. Y fue para responder a varios llamamientos que no emanaban de la mayoría de ciudadanos sirios. Dentro de la aún constitucionalmente república socialista, el nuevo anuncio pretendió dar un golpe casi formal a los restantes vestigios de una economía centrada en el Estado.

Una serie resultante de camufladas políticas neoliberales y de mala suerte exacerbaron las disparidades estructurales y el descontento social existentes entre los menos privilegiados. La creciente retirada de subsidios estatales y de prestaciones sociales, la introducción gradual de débiles instituciones de mercado para sustituir a las corruptas pero funcionales instituciones del estado, junto con la continuada y terrible mala gestión de la economía se convirtieron en un conglomerado que propició el descontento social. Las escasas lluvias a lo largo de la última década causaron además migraciones masivas y la pérdida de puestos de trabajo en el campo, añadiendo combustible y, si así se me permite decirlo, ubicación, al fuego de las potenciales protestas sociales a partir de 2010. Solo se necesitaba una chispa. Bouazizi la proporcionó. La “paz social” de Siria quedó expuesta y diezmada.
Pero no todo empezó en marzo de 2011. Bajo las tranquilas y confortables calles de Damasco y Alepo, quedaban y aún quedan miles de prisioneros políticos. Atestando las cárceles sirias y aisladas unidades de confinamiento incluso mucho antes del levantamiento, había islamistas y ateos, liberales y comunistas y de muchas más procedencias. Los prisioneros eran de todo tipo y condición y, en efecto, se ajustaban a la retórica oficial del régimen sirio. Incluían a quienes habían dedicado sus vidas a defender la causa palestina contra el apartheid del estado de Israel. También a quienes habían conseguido honorables records oponiéndose a la duplicidad de EEUU y sus brutales políticas en la región, su apoyo a las dictaduras y su lanzamiento de guerras bárbaras a partir de falsos relatos.

La culpa de los prisioneros no era ser conspiradores, sino oponerse al régimen. Su encarcelamiento y tortura subrayaban el hecho de que el antiimperialismo no ha sido nunca, ni será, la prioridad del régimen. Está claro que el Consejo Nacional Sirio (CNS) no va a ser mucho mejor en ese aspecto. En realidad, el Consejo es ya mucho peor en lo que se refiere a los asuntos relacionados con la autonomía frente a los actores externos.

La tragedia es que la ascensión de tal entidad problemática –el CNS-, que cuenta con diversos grados de apoyo local, es una prueba innegable de la profunda represión y bancarrota del régimen. Algunos pueden defender que el apoyo del régimen a varias legítimas causas regionales, o a “la causa”, es un subterfugio ante la horrenda represión interna que crea resentimiento incluso entre los defensores de las causas. Muchos sirios están hartos de esa duplicidad, que se ha mantenido a sus expensas. Puede incluso que parezcan no estar interesados en las cuestiones y cálculos regionales. Muchos de los que se mueven en el campo “pro resistencia” consideran esa no prioridad del antiimperialismo, o incluso el llamamiento interno a una intervención externa, como una traición. No son capaces de captar la exasperación, desesperación, vulnerabilidad y, en última instancia, la fuerza motivadora de la auto-preservación. No ha sido sino el régimen el que ha motivado el nacimiento de ese imperativo de auto-preservación".

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