jueves, 26 de enero de 2012

Un año sin Mubarak

Cientos de miles de personas volvieron a colapsar la plaza de Tahrir para festejar el primer aniversario de la revolución egipcia y para reclamar a la Junta Militar que culmine la transferencia de poder a las autoridades civiles.

Recupero parte del artículo sobre Egipto, firmado por Athina Lampridi, aparecido en nuestro libro "Informe sobre las revueltas árabes".

"El futuro de Egipto está repleto de incógnitas. Desde el inicio de la revuelta, la economía egipcia no ha dejado de retroceder. Las incertidumbres políticas debilitan la inversión extranjera directa, así como los ingresos por turismo, y la debilidad económica mundial también ha hecho reducir el flujo de comercio a través del Canal de Suez que, con el turismo y las remesas, es la principal fuente de ingresos del país. Por si no fuera suficiente, la guerra civil libia ha obligado a cientos de miles de emigrantes egipcios a retornar a Egipto, lo que ha hecho aumentar el desempleo. Ante la crisis económica interna, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas ha optado por medidas populistas como recuperar los subsidios a los alimentos de la cesta básica y aumentar el salario de los funcionarios, lo que a su vez ha incrementado los gastos públicos.
Por el momento la ayuda económica norteamericana no se ha interrumpido, lo que ha permitido garantizar cierta estabilidad en esta etapa de incertidumbres. No obstante, esta ayuda no es suficiente por sí sola para satisfacer las necesidades de los egipcios ni tampoco está garantizada en un futuro. En el hipotético caso de que el gobierno salido de las urnas opte por revisar algunas de las políticas tradicionales de Egipto en la región (por ejemplo la alianza con Israel o la relación con los palestinos), Washington podría congelar estas ayudas (tal y como han pedido en repetidas ocasiones congresistas republicanos en el curso de la última década).
Además debe tenerse en cuenta que de los 3.000 millones de dólares que EEUU ofrece anualmente a Egipto, la mayor parte está ligada a la compra de armamento norteamericano. Parece difícil que las Fuerzas Armadas renuncien al papel privilegiado que han desempeñado en la política egipcia desde 1952 y que se resignen a transpasar pacíficamente el poder al gobierno que sea elegido en las próximas elecciones. Nueves meses de control del poder desde bastidores han demostrado la aversión por el cambio del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y su vocación continuista, tal y como quedó patente en la reforma constitucional de mínimos.
También la sistemática represión de las manifestaciones registradas desde la caída de Mubarak evidencia su escasa receptividad ante las demandas de la calle egipcia. En abril de 2011 las fuerzas de seguridad dispararon contra  los manifestantes dejando dos muertos y decenas de heridos en un intento de dispersar a los manifestantes pacíficos que habían pasado la noche en la plaza de Tahrir. Decenas de miles de personas se habían reunido para mostrar su repulsa a las prácticas de los militares, entre las que se incluyen la tortura, el abuso de mujeres y la detención administrativa de miles de personas que han sido juzgados por tribunales militares. Dos meses más tarde, el 29 de junio, una protesta de familiares de fallecidos durante la revolución acabó con más de mil heridos.
La ‘matanza de Maspero’ el 9 de octubre, que se saldó con la muerte de 24 cristianos coptos y cientos de heridos, es el último de los incidentes en que se ha visto involucrado el Ejército. Los violentos disturbios provocados fuera del edificio de la televisión pública egipcia –Maspero– entre coptos y musulmanes tras la quema de una iglesia copta degeneraron en una auténtica batalla campal en la que el Ejército acabó reprimiendo a los coptos. La dimisión no aceptada del viceprimer ministro y titular de Economía, Hazem Beblaui, que declaró que «aunque el Gobierno no es directamente responsable, en última instancia, la responsabilidad recae sobre sus hombros» puso en evidencia la incapacidad del Consejo Supremo para proteger a sus ciudadanos. La tensión sectaria resucitó el debate sobre el papel de la Junta Militar, azuzado por las declaraciones de varios de sus miembros en torno a la prolongación de su labor más allá de las elecciones de noviembre. Como en el pasado, los militares podrían estar tentados de atribuirse el papel de garantes de la estabilidad interna para tratar de perpetuar sus privilegios.
Por otra parte, las fuerzas democráticas egipcias no parecen dispuestas a abandonar su lucha. Desde la caída de Hosni Mubarak, los egipcios verdaderamente comprometidos con un cambio real prosiguen su labor. Trabajadores y estudiantes, islamistas y laicos, hombres y mujeres han proseguido sus campañas para denunciar las arbitrariedades del régimen obligando a los periodistas de Palacio a abandonar sus puestos, llevando a la justicia a la familia Mubarak y a sus colaboradores más cercanos, forzando el cierre de la odiaba Seguridad del Estado y confiscando los archivos de la policía. También han establecido nuevos partidos políticos y nuevas asociaciones profesionales y celebrado las primeras elecciones verdaderamente libres en consejos universitarios y sindicatos profesionales.
La posición hegemónica de los militares egipcios y los intereses de las potencias internacionales en Oriente Medio hacen difícil imaginar un Egipto no autoritario en el corto plazo. Las fuerzas conservadoras y no democráticas, principalmente los militares egipcios, el oficialista PND y los líderes de la Hermandad Musulmana, parecen interesados en mantener el statu quo y preservar la fachada democrática de la época Mubarak".

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