viernes, 1 de febrero de 2013

Derechos sexuales de la mujer árabe

La revista Pueblos publica, en su último número, este artículo dedicado a los "Derechos sexuales de las mujeres árabes: una cuestión de coherencia" escrito por Magali Thill, miembro del  Comité Ejecutivo de la Red Euromediterránea de Derechos Humanos.

"Pocas reivindicaciones han encontrado tan férreas resistencias como las relativas a los derechos sexuales y reproductivos. A diferencia de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, que han sido recogidos y reconocidos en dos convenciones de Naciones Unidas, los derechos sexuales no han sido objeto de ningún tratado específico, y su reconocimiento por parte de la comunidad internacional ha sido fruto de intensas pugnas lideradas esencialmente por expresiones laicas y radicales del movimiento feminista contra el orden patriarcal transnacional y contra las jerarquías religiosas, firmemente opuestas al avance de las libertades sexuales de las mujeres [...].
En las sociedades tradicionales de la región, el conocimiento del propio cuerpo, el control sobre él y la sexualidad de las mujeres son verdaderos tabúes. Además, los valores patriarcales defendidos por la corriente islámica subordinan a las mujeres mental, corporal y sexualmente al padre y, después del matrimonio, al marido.
De esta subordinación de partida se declinan todas las disposiciones discriminatorias del derecho musulmán que regulan las relaciones sexuales y matrimoniales y pretenden “justificar” las múltiples formas de violencia de género de las que son víctimas las mujeres arabo-musulmanas: invisibilidad e impunidad de la violación, abuso sexual e incesto (que, en muchos casos, “se arregla” casando a la víctima con su agresor o con un amigo de la familia dispuesto a asumir las consecuencias del coito forzado); la obligación de las mujeres de satisfacer sexualmente a sus maridos (lo que excluye la posibilidad de denunciar la violación conyugal); la desigualdad en el matrimonio y su disolución (que sigue impidiendo a una gran mayoría de las mujeres elegir a su cónyuge y a otras muchas acceder al divorcio, incluso en casos de poligamia); la altísima prevalencia de la operación de reconstrucción del himen (con el fin de recrear la ilusión de la virginidad, condición básica para poder contraer matrimonio); la violencia física contra las mujeres (que en casos extremos llega a ser feminicida) y su justificación social y jurídica cuando se alegan razones de “honor” de la familia; la penalización e invisibilización de la homosexualidad femenina; la estigmatización de las madres solteras (condenadas a huir de sus lugares de origen para escapar a las posibles represalias de sus familias y abocadas en la mayoría de los casos a la prostitución); las mutilaciones genitales a las que sigue sometida la gran mayoría de las mujeres jóvenes y niñas egipcias; y, finalmente, las limitaciones del derecho de las mujeres a la planificación familiar (aunque en torno al aborto el Islam no es tan estricto como la Iglesia Católica y muchos teólogos islámicos admiten plazos de hasta 120 días).

A través del control que ejerce sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres, el patriarcado familiar, social, político y religioso intenta limitar la asombrosa capacidad de las mujeres árabes para generar cambios, su voluntad irreductible de justicia social y su demostrada capacidad de organización y movilización. Por su lado, conscientes de los intereses económicos y geoestratégicos en juego, los poderes occidentales parecen dispuestos a sacrificar los derechos de las mujeres con tal de garantizar que sus relaciones con los nuevos gobiernos, de corte islamista, sean lo más estables posible [...].

Con la victoria de los islamistas en las elecciones celebradas con relativa libertad y transparencia en países como Marruecos, Túnez y Egipto, se despertaron las alarmas de los demócratas, las minorías religiosas, los defensores de derechos humanos y, sobre todo, de las feministas. Ellas se pusieron en pie de guerra, con el único objetivo de evitar que se vieran frustradas las expectativas de justicia social de tantas mujeres de diversas edades, lugares de residencia, confesiones y extracciones sociales, que desempeñaron un papel fundamental en las profundas transformaciones que ha atravesado la región.

La mayoría de las constituciones de los países árabes redactadas bajo gobiernos de corte socialista, nacionalista o liberal, reconocen que el Islam es religión de Estado y que el derecho musulmán es la fuente principal del derecho. Pero, para los islamistas, este reconocimiento no es suficiente. El islamismo político anhela el retorno al derecho musulmán y la depuración de las legislaciones nacionales de las aportaciones heredadas de la época colonial o importadas de las normas internacionales, como es el caso de la CEDAW [...].

Los derechos sexuales de las mujeres son derechos humanos y, en tanto, universales, inalienables e indivisibles. Ante esta afirmación no caben los “peros” del relativismo cultural ni el entusiasmo acrítico. Lo único que cabe es la coherencia con los principios de derechos, justicia y dignidad que constituyeron la chispa, el fuelle y la llama de estas revoluciones. Además de ser una condición sine qua non para desmontar el orden patriarcal y neoliberal hegemónico, la defensa de los derechos sexuales de las mujeres es una de las reivindicaciones hoy en día más revolucionarias en el mundo árabe.

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