miércoles, 20 de febrero de 2013

Juventud y revolución

La juventud ha sido el motor de las revueltas árabes. El antropólogo José Sánchez García centra la atención en este aspecto en su contribución al libro Sociedad civil y contestación en Oriente Medio y el Norte de África recientemente editado por la Fundación CIDOB:  "Jóvenes en tiempos revolucionarios. Protagonismo político y agencia juvenil en los levantamientos del Norte de África".

Ser joven en Egipto
"En esa multiplicidad de referentes y ambigüedad social, las poblaciones por debajo de los 25 años suponen una mayoría que supera ampliamente el 60% de la población. Una parte de esta generación ha sido educada en sistemas universitarios y profesionales para ocupar puestos representativos en la vida económica y política que, en la práctica, les son negados por sistemas de poder monolíticos que impiden la regeneración de los cuadros gobernantes. Con todo, la mayoría de la población juvenil no llega ni tan siquiera a la enseñanza universitaria, como demuestra la caída entre el número de matriculados en la enseñanza secundaria (76%) y los estudios universitarios (17%), siendo, en los dos casos, menores los porcentajes de matriculadas femeninas.
 
Así, una vez finalizada la educación secundaria, la opción de iniciar la vida laboral, es la impuesta a las poblaciones de ingresos económicos bajos. Son las clases altas las que siguen la educación universitaria, reproduciendo el modelo dominante, facilitando la endogamia y dificultando la movilidad ascendente. A pesar de ello, las cifras de desempleo juvenil, del cincuenta y dos por ciento entre los que buscan su primera ocupación, alcanza el setenta y siete por ciento del total de desempleados. Se trata de graduados de la educación secundaria y diplomados universitarios que, abocados a la precariedad laboral de la economía informal, se convierten en dependientes de las redes establecidas en torno a la familia y el vecindario.
 
De todas formas este tipo de análisis macro sociológicos poco explican de la cotidianeidad de los diferentes grupos juveniles. En el caso de las cifras de matriculados en educación secundaria, por ejemplo, no se refleja que, en la mayoría de ocasiones, lo que se produce es absentismo al tratar de buscar formas de conseguir ingresos adicionales. Las diferencias de renta familiares facilitan la aparición de desigualdades educativas al no poder conciliar vida laboral y académica. Además, en el caso de los jóvenes menos favorecidos, la obligación moral de contribuir al mantenimiento de la familia obliga a dejar los estudios a temprana edad, contribuyendo a la desigualdad en capacitación profesional impuesta por las diferencias económicas. Pero todos ellos, favorecidos y desfavorecidos, accederán, generalmente, a puestos de trabajo que difícilmente alcanzarán un nivel salarial que les facilite la emancipación. La norma es, por tanto, la precariedad laboral de los jóvenes de los grupos económicamente desfavorecidos con jornadas de trabajo que se extienden más allá de las nueve o diez horas. Aún así, en el norte de África y Oriente Medio, la principal diferencia entre los diferentes grupos juveniles se produce en términos económicos.

Son los jóvenes de clases favorecidas los que, mayoritariamente, han militado en las comunidades construidas a través las redes sociales electrónicas. Sus referentes culturales como el cosmopolitismo -observable en la preferencia por el uso del inglés como lengua hablada-, las profesiones “modernas” –habitualmente relacionadas con las tecnologías de la comunicación-, la socialización basada en modelos occidentales –películas, cómics, música- o el consumo de artículos importados, ha facilitado la aparición de formas locales de los denominados “nuevos nuevos movimientos sociales” (Feixa, Pereira y Juris 2009). Su estilo de vida y su mundo social conforma un “capital cosmopolita” que, aunque manipulado también por los grupos juveniles de las clases bajas, ha permitido la aparición de cierto horizonte ideológico cuyos símbolos compartidos estarían en los términos de libertad, justicia social o democracia (Koning 2009: 17-73).
 
A diferencia de estas clases cosmopolitas, los miembros juveniles de las clases bajas pasan su tiempo de ocio hablando con amigos, en el café del callejón o del barrio, utilizando comunalmente, en algunas ocasiones, el ordenador conseguido con duros esfuerzos, reforzando sus vínculos primarios en el espacio del barrio. La reciprocidad, la solidaridad de clase y el comunitarismo son los mecanismos fundamentales de las agrupaciones juveniles fundadas en la residencia. De esa manera, el grupo de iguales es uno de los principales determinantes de sus adscripciones identitarias y de clase. El dinamismo de las redes así construidas, permite la inclusión de estos jóvenes en las tramas económicas informales, entre cuyas actividades principales se pueden enumerar la vigilancia de puestos de venta ambulante, el cobro de rentas de arrendamiento informal, la venta ambulante, el tráfico de estupefacientes, alcohol o pornografía. Sin embargo, a pesar de esta fragmentación, fundamentada en la heterogeneidad de sus prácticas sociales, los jóvenes compartían cierta marginalidad fijada en jerarquizaciones generacionales en sus grupos primarios, atravesadas, al mismo tiempo, por desigualdades económicas y culturales".

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