viernes, 6 de septiembre de 2013

El dilema de Obama

Ayer publiqué en El Correo, y en otras cabeceras del grupo Vocento, esta tribuna dedicada a la política de EEUU hacia Siria. Espero que sea de vuestro interés. 
 
Durante dos años y medio Siria se ha despeñado por el abismo de la guerra sin que la comunidad internacional se decidiese a tomar cartas en el asunto. Estados Unidos y el resto de los países occidentales se contentaron con dar un respaldo simbólico a la oposición siria, pero sin llegar a armar a los rebeldes. Rusia, Irán y Hezbollah, por el contrario, no dudaron en acudir al rescate del régimen prestando una ayuda vital que sirvió para mantenerle a flote. A su vez, Arabia Saudí, Catar y Turquía apoyaron, respectivamente, a las facciones salafistas, a los Hermanos Musulmanes y al Ejército Libre Sirio.
 
El resultado es conocido por todos. Más de 100.000 muertos, dos millones de refugiados en los países del entorno y otros cuatro millones de desplazados internos. Una catástrofe humanitaria de gran magnitud provocada ante todo por la inacción de la comunidad internacional, pero también por la injerencia de los actores regionales, más interesados en desestabilizar el país que en encontrar una salida al conflicto. La estrategia estadounidense de la contención, basada en que el conflicto no salpicara a los países vecinos, ha fracasado de manera estrepitosa puesto que el conflicto ha desbordado las fronteras sirias para contagiar al conjunto de Oriente Medio.
 
Aunque pudiera parecer que el empleo de armas químicas el pasado 21 de agosto hubiese marcado un punto de inflexión, la realidad es bien distinta. Estas han sido ya empleadas a pequeña escala en un centenar de ocasiones sin que nadie se rasgase las vestiduras. Ahora, el presidente Barack Obama considera que se han sobrepasado las líneas rojas que marcara hace un año y que debe darse una respuesta contundente para evitar que el régimen sirio vuelva a las andadas. De permanecer con los brazos cruzados, alega, se establecería un precedente que podría ser empleado en un futuro por otros Estados canallas como Irán o Corea del Norte.
 
No obstante, no está claro que un eventual ataque unilateral norteamericano contra Siria consiga hacer entrar en razón al régimen. Un golpe preventivo podría deteriorar aún más la situación, puesto que podría desencadenar una respuesta imprevisible por parte de un régimen que ha dado sobradas muestras de su brutalidad en estos últimos dos años y medio. La indefensa población civil podría convertirse en blanco de su ira. Tampoco debería descartarse la entrada en escena de Irán o de Hezbollah, que disponen de los medios necesarios para desestabilizar la región, como han demostrado en el pasado.
 
Así las cosas cabe preguntarse qué busca realmente Obama cuando habla de un ataque limitado contra el régimen sirio. Más allá de las razones invocadas en estos días parece claro que Estados Unidos pretende debilitar a Bachar al-Asad sin fortalecer con ello a la heterogénea oposición siria. El propósito sería impedir que el régimen afiance su posición y siga recuperando terreno, como viene haciendo en el curso de los últimos meses, pero sin allanar el camino a una victoria de los rebeldes. Obama no pretende derribar al régimen sirio, sino perpetuar el conflicto para castigar a Siria, un estado con el que Estados Unidos siempre ha mantenido unas relaciones conflictivas.
 
En este sentido debe tenerse en cuenta que Siria siempre ha sido una piedra en el zapato en las políticas de Washington en la región. Durante la Guerra Fría, Damasco se alineó con Moscú con el que firmó un Tratado de Amistad y Cooperación que permitía el despliegue de la flota soviética en la basa naval de Lataquia. Tras el inicio del proceso de paz de Oriente Medio, el régimen ofreció su apoyo a los movimientos palestinos Hamás y Yihad Islámica para que lo torpedearan. En 2003, tras la invasión de Irak, el-Asad no dudó en abrir sus fronteras para los yihadistas que acudían al país ocupado a combatir a los ‘nuevos cruzados’. Si a ello le sumamos la activa implicación de la CIA en el golpe militar que llevó al general Hosni Zaim al poder en 1949 podremos entender la profunda animadversión y desconfianza que existe entre ambos países.
 
Los sucesivos titubeos del presidente Obama a la hora de autorizar el ataque contra Siria, amén de erosionar su dañada credibilidad, obedecen a la ausencia de alternativas sólidas al presidente Bachar el-Asad. Si su régimen se desmoronase podría crearse un vacío político que ninguna de las fuerzas de la heterogénea y dividida oposición parece capaz de llenar. Precisamente uno de los principales temores de la Casa Blanca es que el país se hunda en una cruenta guerra civil o, aún peor, en un conflicto confesional de incierta duracion. En dicho caso, la unidad del país no estaría plenamente garantizada. Los residuos del régimen intentarían agrupar a la minoría alawí en la franja costera, mientras que los kurdos, que representan una décima parte de la población, intentarían establecer un pseudo-Estado en el noreste, emulando el modelo iraquí.
 
Mientras persistan todas estas interrogantes, Washington podría inclinarse por prolongar indefinidammente el conflicto y mantener el statu quo actual actuando para que ninguna de las partes se haga lo suficientemente fuerte como para imponerse a su adversario. Es en este marco en el que debe contemplarse cualquier futura acción militar estadounidense, que previsiblemente se limitará a golpear algunos lugares estratégicos del régimen, porque lo que aconseja la realpolitik, como en la guerra irano-iraquí de los ochenta, es prolongar el conflicto y no resolverlo.

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