viernes, 27 de abril de 2012

Primavera árabe: ¿libertad o frustración?

Acaba de aparecer el Panorama Estratégico 2012 pubicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos y el Ministerio de Defensa. Haizam Amirah Fernández, inestigador principal del mundo árabe en el Real Instituto  Elcano, escribe un artículo titulado "Primavera Árabe: ¿libertad y desarrollo o frutración y caos?". Incluyo alguno de sus párrafos, en particular los dedicados al ascenso de los islamistas al poder:

"Las elecciones celebradas en algunos países árabes en el último trimestre de 2011 –más transparentes y democráticas de lo habitual– han arrojado resultados favorables a formaciones políticas de corte islamista. En Túnez, el partido En Nahda –duramente reprimido durante la época de Ben Ali– logró en octubre 89 escaños de 217 posibles en la Asamblea Constituyente, obteniendo así la presidencia del Gobierno, mientras que un socialdemócrata encabezaba la Asamblea y un nacionalista presidía la República. En las elecciones legislativas celebradas en Marruecos en noviembre, el islamista Partido Justicia y Desarrollo (PJD) obtuvo 107 diputados de 395 posibles, logrando así el cargo de primer ministro. Por su parte, el partido islamista Libertad y Justicia, vinculado a los Hermanos Musulmanes egipcios, fue el vencedor de la primera de las tres vueltas de las elecciones legislativas en Egipto, en la que también obtuvo un apoyo significativo el partido salafista Al Nur, representante de una versión integrista del islam vinculada a Arabia Saudí.

En Nahda, mientras que en Marruecos solo ocho de cada cien votantes potenciales dieron su voto al PJD–. Esto quiere decir que, aunque en estos países la gran mayoría de la población sea musulmana, no por ello van a votar siempre a partidos islamistas. Estos datos deberían servir para que el resto de las formaciones políticas se esfuercen por conectar mejor con las poblaciones, ofrezcan programas políticos creíbles y esperanzadores y, sobre todo, no se presenten a las elecciones fragmentadas y apelando al voto del miedo frente al islamismo.

A pesar de las alarmas que esos resultados han hecho sonar dentro y fuera de esos países, las transformaciones profundas en el mundo árabe no han hecho más que empezar, y se prolongarán durante un periodo largo de tiempo hasta asentarse. Los éxitos electorales de los partidos islamistas en Túnez, Marruecos y Egipto indican una preferencia de los votantes por los partidos que llaman a moralizar la vida pública y se presentan como adalides en la lucha contra la extendida corrupción, teniendo en cuenta los índices de participación y los resultados oficiales de cada formación política –en Túnez 20 de cada 100 votantes potenciales depositaron una papeleta del partido En Nahda, mientras que en Marruecos solo ocho de cada cien votantes potenciales dieron su voto al PJD–. Esto quiere decir que, aunque en estos países la gran mayoría de la población sea musulmana, no por ello van a votar siempre a partidos islamistas. Estos datos deberían servir para que el resto de las formaciones políticas se esfuercen por conectar mejor con las poblaciones, ofrezcan programas políticos creíbles y esperanzadores y, sobre todo, no se presenten a las elecciones fragmentadas y apelando al voto del miedo frente al islamismo.

De la ilegalidad a la legalización y a la competición por los votos, los partidos islamistas son una fuerza importante, pero no la única, en las nuevas realidades políticas que se abren en un mundo árabe en profunda transformación. Los temores no deberían surgir por el hecho de que sean islamistas, pero sí habría motivos para la preocupación si avanza cualquier totalitarismo, del tipo que sea, en ausencia de reglas de juego democráticas acordadas y respetadas por la mayoría de fuerzas políticas y sociales.

Los regímenes cleptocráticos árabes han sido –y varios siguen siendo– auténticas incubadoras de un malestar que se traduce con frecuencia en fundamentalismo religioso, y aún así han recibido –y algunos siguen recibiendo– un apoyo acrítico de los Gobiernos occidentales. Durante años, los autócratas árabes agitaron el espantajo de los islamistas para generar miedo en las sociedades occidentales. Lo anterior, sumado a las acciones de los sectores más extremistas que actúan en nombre del islamismo (criminales como Al Qaeda o exaltados durante crisis como la de las caricaturas de Mahoma), han generado una percepción de los islamistas como si todos fueran radicales, violentos y hostiles a Occidente. La realidad es mucho más variada. No hay que olvidar que numerosos dirigentes islamistas han vivido o se han formado en países occidentales, cuyas lenguas y culturas conocen. (4). Por tanto, cuando los islamistas asuman funciones de gobierno, no cabe esperar que sus agendas estén dictadas por los sectores más radicales, pues las economías nacionales dependen del exterior para obtener financiación y, sobre todo, para alimentar a millones de estómagos [...]".
Diversas organizaciones islamistas han puesto en marcha redes de servicios sociales, incluyendo hospitales, escuelas o bancos, para ayudar a amplios sectores de la sociedad, sobre todo a los desfavorecidos. Es decir, en ausencia de un Estado que respondiese a las necesidades de la población, estos movimientos islamistas han llegado donde el Estado estaba ausente. Ahora bien, si el Estado funciona, como es de esperar en un sistema democrático eficaz, el atractivo que estos movimientos pudiera despertar en la población no sería el mismo que durante las dictaduras. No es lo mismo tener legitimidad por haber ejercido la oposición a la dictadura y haber sufrido su represión que ganarse la legitimidad realizando una buena gestión de los asuntos públicos.

Las sociedades árabes están pidiendo un nuevo clima de libertad, dignidad y justicia del que no han gozado en el pasado, así como oportunidades y resultados tangibles (trabajo, prosperidad, avances sociales, fin de la corrupción). Los nuevos Gobiernos que surjan tras las elecciones tendrán que hacer frente a los problemas reales que sufren estos países, entre ellos el déficit alimentario, muy extendido en la región (particularmente agudo en Egipto, país que es el mayor importador de trigo del mundo y que se encuentra entre los países africanos más afectados por el déficit alimentario). La religión no alimenta cuando los estómagos están vacíos y, por ende, el islamismo por sí solo no puede producir los resultados concretos que las poblaciones demandan.

Los partidos islamistas no pueden ignorar la dependencia del exterior que tienen sus países y que se manifiesta en forma de ayuda externa, inversión extranjera e ingresos por el turismo (en 2009 las actividades económicas relacionadas con el turismo representaron más del 15% del PIB de Egipto, mientras que en Túnez rondaron el 17% del PIB). Por tanto, cuando los islamistas asuman funciones de gobierno, no cabe esperar que sus agendas estén dictadas por los sectores más radicales, pues las economías nacionales dependen del exterior para obtener financiación y, sobre todo, para alimentar a millones de estómagos [...]".

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