jueves, 14 de noviembre de 2013

El proceso de paz sirio-israelí

El Colegio de México acaba de publicar, bajo la dirección del profesor  Luis Mesa, el libro Las relaciones exteriores de Siria. En él se incluye mi capítulo dedicado a la evolución de la relación bilateral entre Siria e Israel y titulado "Las negociaciones entre Siria e Israel: del `territorios por paz al 'realineamiento estratégico'". El texto se centra, esencialmente, en las negociaciones desarrolladas entre 1993 y 2008. A continuación incluyo la presentación:
 
"La relación entre Siria e Israel ha estado tradicionalmente condicionada por el conflicto árabe-israelí. Desde 1948, los dos países se han enfrentado en diversas ocasiones en el terreno de batalla de manera directa (las guerras de los Seis Días en 1967 y Yom Kippur en 1973) o a través de actores interpuestos (como sucedió durante la guerra y posguerra libanesa).
 
Esta enemistad sirio-israelí no sólo obedece a un enfrentamiento entre dos proyectos irreconciliables, como lo son el arabismo y el sionismo, sino también a la competencia que ambos actores mantienen por una misma área de influencia: la Gran Siria / la Tierra de Israel (Cobban, 1991: 15). La Doctrina Asad consideraba al Bilad al-Sham como una esfera de influencia sobre la cual debían imponerse sus concepciones regionales (Picard, 1989: 219).
 
Si bien es cierto que durante la Guerra Fría Siria supo explotar habilmente la confrontación bipolar en su propio beneficio, tras la disolución de la URSS Hafez al-Asad optó por una ‘paz estratégica’ que salvaguardase sus intereses en la región. El proceso de paz sirio-israelí, iniciado en la Conferencia de Madrid en 1991, abrió las puertas a una solución negociada del conflicto basada en el principio ‘territorios por paz’.
 
Siria condiciona la paz a la devolución del Golán y la retirada israelí a las posiciones previas al estallido de la guerra de los Seis Días. Dicho territorio sigue teniendo hoy en día un gran valor geoestrátegico, puesto que domina una vasta llanura que conduce a Damasco (situada a tan sólo 35 kilómetros) y, lo que es más importante, posee una gran riqueza hídrica: el lago Tiberiades, la cuenca del Jordán y el río Banias suponen un 25% del agua consumida por Israel. Un obstáculo añadido para la consecución de la paz es la presencia de 17.000 colonos en los 33 asentamientos erigidos desde 1967.
 
Tras su llegada al poder en el año 2000, Bashar al-Asad concentró todas sus energías en afianzar su posición ante las presiones de la administración norteamericana, que se hicieron especialmente intensas tras la aprobación de la Ley de Responsabilidad Siria, que exigía a Damasco un realineamiento estratégico y la ruptura de su alianza con Irán, Hezbollah y Hamas. A pesar de que no constituía una de sus prioridades, el presidente Bashar aceptó la mediación turca en 2007, probablemente con la intención de aliviar la intensa presión internacional que sufría.
 
En las tres décadas de negociaciones sirio-israelíes se pueden apreciar diferentes altibajos que suelen coincidir básicamente con quién gobierna en EE.UU. e Israel. El proceso de paz es consecuencia directa de las presiones de Washington sobre los diferentes gobiernos israelíes, poco o nada proclives a cambiar ‘territorios por paz’. Pese a que se suele considerar a los presidentes demócratas norteamericanos más favorables a involucrarse en las negociaciones, no siempre se respeta este patrón como demuestra claramente los casos de George H. Bush y de Barack Obama. En lo que respecta a Israel se puede apreciar que las negociaciones de paz sólo avanzan cuando gobierna el Partido Laborista (en especial durante los mandatos de Rabin y Barak) y se estancan en los periodos de gobierno del Likud, cuyos dirigentes son completamente reacios a cualquier devolución de territorios.
 
Hoy en día, el proceso de paz ha quedado relegado a un segundo plano. El Gobierno de Netanyahu se encuentra demasiado ocupado en la colonización intensiva de Cisjordania y Jerusalén Este para hacer inviable un eventual Estado palestino con continuidad territorial o, al menos, reducirlo a su más mínima expresión. Tras el estallido de la Primavera Árabe, que ya ha provocado la caída de Ben Ali, Mubarak y Gadafi en Túnez, Egipto y Libia, la absoluta prioridad de Bashar al-Asad es garantizar su propia supervivencia política y poner fin a la revuelta popular siria iniciada en marzo de 2011".

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