jueves, 14 de abril de 2011

El blindaje del régimen sirio

Hoy publico un análisis en el Real Instituto Elcano con el título "Siria ante la revuelta: el blindaje del régimen" (también se puede bajar en formato pdf). En él que analizo el futuro del régime sirio tras las revueltas populares. A continuación incluyo algunos extractos del ARI nº 66/2011:

Siria se encuentra en el ojo del huracán. La revuelta que se inició en Deraa ya ha tenido réplicas en buena parte del territorio (incluida la periferia de Damasco), aunque por ahora las manifestaciones distan de ser multitudinarias y el régimen no considera amenazada su supervivencia. En su discurso ante el Parlamento, Bashar al-Asad denunció una conspiración extranjera destinada a provocar una guerra sectaria y destruir al último bastión del arabismo. Pese a descartar realizar reformas baja la presión de la calle, el presidente ha adoptado varias medidas bien recibidas por la población, entre ellas el aumento del sueldo de los funcionarios, la liberación de algunos presos políticos, la formación de una comisión para suprimir las leyes marciales, la limitación del servicio militar obligatorio y la concesión de la ciudadanía a 250.000 kurdos del Hasake. Está por ver si estos guiños consiguen desactivar por sí solos las protestas.

El gran juego sirio
La comunidad internacional se ha inclinado por esperar y ver en lugar de actuar. Debe tenerse en cuenta que Siria es un régimen hermético con escasas relaciones con los países occidentales. Las relaciones con EEUU distan de ser ejemplares y, aunque se ha registrado una ligera mejoría en el curso de los últimos años al reconocer Washington el peso específico de Damasco en la región, la Administración Obama se sigue guiando en gran medida por la Doctrina Bush recogida en la Ley de Responsabilidad Siria. Por lo que respecta a la UE es Francia, como ex potencia mandataria, la que ha marcado la política a seguir hacia Siria, decretando su aislamiento tras el asesinato de Hariri y rehabilitándola con su entrada en la Unión para el Mediterráneo.

Ni Washington ni Bruselas tienen, por lo tanto, capacidad para presionar al régimen ni tampoco pueden adoptar la estrategia del palo y la zanahoria, que tan escasos resultados les ha dado en el pasado. Además, Damasco sigue conservando la capacidad para interferir en los asuntos libaneses y, en consecuencia, desestabilizar el país vecino a través del patronazgo que ejerce sobre Hezbolá, algo que preocupa a Francia y a EEUU. En este sentido, es probablemente Teherán el actor que más capacidad tiene para influir en las decisiones del régimen debido a la alianza estratégica vigente desde hace tres décadas. Irán no es partidario de una apertura política en Siria, ya que considera que las reformas podrían alejarlo de la esfera iraní. No debería subestimarse, por último, el efecto que puedan ejercer las presiones del primer ministro turco Erdogan para que Bashar ponga en marcha reformas de calado, dado que Ankara ha multiplicado sus relaciones comerciales y económicas con Siria en el curso de la última década.

Si bien es cierto que Turquía ha ganado peso entre los sectores reformistas sirios, también lo es que Irán mantiene una relación mucho más estrecha con el núcleo duro del régimen y, de manera particular, con las Fuerzas Armadas. No debe extrañar, pues, que los consejos de Erdogan en torno a la necesidad de reformas profundas hayan caído, al menos por el momento, en saco roto. No en vano, también la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, animó a Bashar a emprender reformas, lo que generó la alarma de Irán, puesto que Siria es su principal aliado estratégico y un actor esencial para mantener su influencia sobre Líbano a través de Hezbolá. No menos paradójico es que Israel observe también con alarma las movilizaciones populares y que las considere una amenaza para sus propios intereses, dado que un cambio de régimen podría obligar a replantear las relaciones bilaterales y acabar con la situación de ni paz ni guerra vigente desde hace cuatro décadas.

Conclusión: Pese a haber aludido a la existencia de una conspiración extranjera destinada a provocar una guerra sectaria, Bashar al-Asad es plenamente consciente que debe introducir reformas de calado si quiere garantizar la supervivencia del régimen sirio. La ola democratizadora árabe, que por ahora ha tenido más éxito en los países norteafricanos árabes que en el Oriente Próximo, llegará tarde o temprano a Siria. Ante ella, el régimen sirio sólo tiene dos opciones: librar una lucha a vida o muerte contra los manifestantes o, por el contrario, tratar de reformarse desde dentro asumiendo las demandas de la población (derogación de las leyes de emergencia, fin del sistema de partido único, liberación de los presos políticos y libertad de expresión). El futuro del régimen sirio dependerá, de una parte, de quién gane el pulso que libran los sectores inmovilistas y reformistas y, de otra parte, de que surja un liderazgo capaz de canalizar el descontento popular y extender la revuelta al conjunto del territorio.

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