viernes, 8 de abril de 2011

Kurdos en Siria

Ayer el diario israelí Haaretz recogía la noticia de que el presidente sirio Bashar al-Asad había celebrado varias reuniones con líderes de la comunidad kurda y, finalmente, había aceptado una de sus principales reivindicaciones desde hace más de cincuenta años: conceder la nacionalidad siria a más de 250.000 kurdos nacidos en el país.

Esta medida está orientada a calmar la zona kurda del Hasake, donde se concentra buena parte de los 2.500.000 que viven en el país y, asíu, evitar que se sumen a la revuelta popular contra el régimen. Aprovecho la ocasión para recuperar algunos extractos referidos a la minoría kurda de mi artículo "Las fronteras etno-confesionales sirias" publicado en la revista Culturas hace unos meses:

La población kurda se distribuye entre varios países de Oriente Medio. En Siria, representa la minoría étnica más relevante y se encuentra dispersa entre varias zonas sin solución de continuidad: la Yazira (regada por el Éufrates y donde viven el 40% de los kurdos), el Kurd Dagh (fronteriza con Turquía con otro 30%), Kobani (en el Éufrates) y, por último, Damasco (donde Saladino fundó el Barrio Kurdo).

Tras la independencia, los kurdos detentaron puestos de gran responsabilidad. En 1949 Husni Zaim, hasta entonces jefe del Estado Mayor, llegó a la presidencia tras dar un cuartelazo y designó como primer ministro a otro kurdo: Muhsin al-Barazi. Poco después alcanzaría el poder Adib Shishakli, también de madre kurda, que se convertiría en hombre fuerte de Siria entre 1951 y 1954, hasta ser derrocado por un golpe dirigido por militares drusos. El ascenso del nacionalismo árabe deterioró rápidamente la situación de los kurdos. En los tres años (1958-1961) que duró el experimento de la República Árabe Unida (la unión entre Egipto y Siria bajo la dirección de Gamal Abdel Naser) decenas de oficiales kurdos fueron destituidos de sus cargos, entre ellos el jefe del Estado Mayor Tawfiq Nizamaddin.

La minoría kurda en Siria, cuenta con una larga historia de persecuciones y de ostracismo político, social y económico, debido a que es la comunidad étnica no árabe más cohesionada del país y la única que puede representar una amenaza para el proyecto nacionalista árabe. El hecho de que un 9% de la población de la República Árabe Siria, como oficialmente se la denomina desde 1961, sea precisamente no árabe representa una evidente paradoja. El censo del Hasake, elaborado en 1962, quitó la ciudadanía a 120.000 kurdos. Medio siglo después, unos 160.000 kurdos siguen siendo considerados extranjeros en su propio país de nacimiento y no pueden participar en las elecciones, tener propiedades o desempeñar determinadas labores (abogado, periodista, ingeniero, doctor o cualquier otra profesión que requiera pertenecer a un colegio profesional). Otros 75.000 kurdos figuran como no registrados, por lo que no tienen acceso a la educación ni a la sanidad.
            
A finales de los sesenta y principios de los setenta del pasado siglo arrancó la arabización de las zonas kurdas. Como señala Robert Lowe, “se puso en práctica un plan para construir un cordón sanitario entre Siria y los vecinos kurdos del norte y noreste de la Yazira, en las fronteras con Turquía e Irak. La tierra kurda fue confiscada y los kurdos debieron reasentarse en el interior y ceder su lugar a los árabes”. En el curso de esta operación, 300 localidades kurdas fueron desalojadas y reocupadas por tribus árabes seminómadas.

En opinión de Jordi Tejel Gorgas, los kurdos han respondido a estas políticas represivas mediante la ‘disimulación’ identitaria, tradicionalmente empleada por las minorías confesionales chiíes para resistir las presiones del poder central. Al mismo tiempo, el régimen sirio no ha escatimado esfuerzos a la hora de cooptar a personalidades religiosas y civiles kurdas. Entre ellas merece la pena destacarse a la figura de Ahmad Kaftaru (mufti de la república entre 1964 y 2004) y Said Ramadan Buti (responsable de la mezquita de los Omeyas desde 2008 y mediador entre la autoridad central y las distintas hermandades sufíes del país). Diversos notables kurdos también participan en la política nacional, eso sí siempre que acepten las políticas de ‘sirianización’ y eviten el ‘pankurdismo’.

En la última década, el movimiento kurdo parece haber apostado por asumir una mayor visibilidad demandando mayores libertades, al igual que sus compatriotas en Irak y Turquía. Estas demandas han sido respondidas con mano de hierro. En los disturbios del Qamishle, que tuvieron lugar en la primavera de 2004, más de 40 kurdos perdieron la vida, 400 resultaron heridos y otras 2.000 personas fueron detenidas acusadas de “incitar a la guerra civil y a la lucha sectaria”. Un año más tarde, el jeque Muhammad Jaznawi, un prominente líder de esta comunidad, apareció despedazo tras reunirse en el extranjero con el dirigente de los Hermanos Musulmanes, Ali Sadr al-Din al-Bayanuni.

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