lunes, 12 de septiembre de 2011

10 años del 11-S

Ayer publiqué en el Diario Vasco este artículo titulado "Diez años después" del 11-S analizando lo qué ha cambiado y lo que sigue igual en la política exterior de EEUU hacia Oriente Medio.

"Sin los atentados del 11-S, la historia reciente de EE UU y de Oriente Medio habría sido completamente distinta. La política norteamericana fue revisada de la noche a la mañana, cuando ni siquiera habían dado comienzo las labores de desescombro de los restos de las Torres Gemelas. Tras los ataques, la guerra contra Al-Qaida y contra todos quienes fueran considerados como una potencial amenaza para la seguridad nacional se convirtió en una obsesión para la Administración de Bush. Los neoconservadores se hicieron con el control de la política exterior defendiendo un papel mucho más intervencionista de EE UU en la escena internacional no solo para combatir el terrorismo, sino también con la clara intención de imponer su hegemonía política, militar y económica.
 
Aunque previamente EE UU había dado sobradas muestras de su desdén hacia los canales multilaterales al negarse a suscribir el Protocolo de Kioto o formar parte de la Corte Penal Internacional, lo cierto es que los ataques del 11-S acentuaron esta tendencia. Las guerras preventivas contra Afganistán e Irak fueron la carta de presentación de este nuevo orden internacional que recordaba al viejo 'ojo por ojo, diente por diente'. Pero en lo que más empeño se puso fue en descabezar a Al-Qaida y capturar a Osama Bin Laden 'vivo o muerto', como si nos hallásemos en el Viejo Oeste. Este comportamiento deterioró la imagen internacional del país y llevó a muchos a pensar que «EE UU era el mejor ejemplo de eso que la propia derecha norteamericana ha dado en llamar Estados canallas» (tal y como advirtiese el politólogo Samuel Huntington, el creador de la teoría del choque de civilizaciones).
El aventurismo militar de George W. Bush tuvo un elevadísimo precio en términos militares, políticos y económicos. Todavía está pendiente realizar un estudio sobre el coste definitivo de la guerra de Irak, pero el premio Nobel Joseph Stiglitz cifró un gasto de cerca de dos billones de euros en su primer lustro. A ello habría de sumarse la pérdida de centenares de miles de vidas, el desplazamiento forzoso de cinco millones de iraquíes y la fragmentación sectaria del país. En Afganistán, donde todavía existe una numerosa presencia militar estadounidense, la Administración de Obama ha llegado a la conclusión de que la pacificación del país será imposible sin un acuerdo previo con los talibanes, con lo cual el derramamiento de sangre de esta última década habrá sido en balde. Es más, el Pentágono considera, hoy en día, que Irak y Afganistán ya no son una amenaza para la seguridad nacional norteamericana y que estos países han sido reemplazados por Pakistán (donde el poder central corre el riesgo de desintegrarse) e Irán (que podría convertirse en potencia nuclear en poco tiempo).
 
Desde su llegada a la presidencia, Barack Obama ha hecho lo posible por distanciarse del legado de su predecesor en el cargo, aunque no ha terminado de conseguirlo. En su esperanzador discurso de El Cairo anunció que EE UU promovería la democracia en Oriente Medio y respaldaría la creación de un Estado palestino. Las buenas intenciones no han sido acompañadas, desgraciadamente, por iniciativas políticas en la misma dirección. Desde el inicio de las revueltas populares, EE UU ha ido siempre a remolque de la calle árabe. Si bien es cierto que ha sabido subirse a la ola de la Primavera Árabe, también lo es que ha perdido a dos aliados centrales en la región (Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto) y que está por ver si los gobiernos que saldrán de las urnas en las próximas elecciones llegan al grado de servilismo alcanzado por los anteriores gobernantes. Es bastante posible que los futuros ejecutivos tunecino y egipcio cuenten con una presencia relevante de islamistas, tradicionalmente poco proclives a aceptar los dictados norteamericanos y extremadamente críticos con su agenda regional.
 
En lo que respecta a la cuestión palestina, Obama ha evidenciado una absoluta incompetencia. Si bien es cierto que durante los primeros meses de su mandato presionó activamente a Israel para que frenase su actividad colonizadora, también lo es que Netanyahu le ganó el pulso. Desde el final de las negociaciones israelo-palestinas en 2000, la obsesión de los gobiernos derechistas israelíes ha sido torpedear cualquier intento de retomar el proceso de paz. De esta manera se gana tiempo y se sigue colonizando el territorio palestino. Con su displicente actitud, Obama ha dado carta libre a Israel para que construya decenas de miles de viviendas en Jerusalén Este y Cisjordania, lo que podría sepultar de manera definitiva la posibilidad de que surja un Estado palestino viable y con continuidad territorial. No solo eso, sino que además ha amenazado con retirar las ayudas económicas a la Autoridad Palestina en el caso de que siga adelante en su proyecto de pedir la entrada del Estado de Palestina en las Naciones Unidas. No debe extrañarnos que EE UU cada vez está más solo en su defensa acrítica de Israel.
 
El principal logro de EE UU en estos últimos diez años ha sido, sin ningún género de dudas, su éxito en la lucha contra Al-Qaida. La organización ha sido combatida efectivamente y se han evitado numerosos intentos de atentar de nuevo contra el territorio norteamericano. En la actualidad su capacidad operativa está muy mermada. Los líderes de sus principales brazos en Irak, Arabia Saudí, Yemen, Afganistán y Pakistán han sido objeto de 'asesinatos selectivos' y, en la actualidad, el grupo terrorista tan solo cuenta con unos pocos centenares de militantes pobremente armados en el África subsahariana y en el sur de la península arábiga, lugares donde el Estado es débil o apenas existe".

1 comentario:

  1. Yo me pregunto por qué tanto bombo y tanto eco por el 11-S y ninguno por las masacres de Sabra y Chatila de 1982 (cuyo responsable vive, aunque agoniza en su casa del Neguev), ni por los bombardeos de Halabja de 1988. Ni por los asesinados de Darfur, ni de Somalia, ni del Congo. Hay masacres que se recuerdan y otras que se olvidan. Hay muertos que valen más que otros, por lo que se ve. Y los medios de comunicación son cómplices de todo esto.

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