jueves, 1 de septiembre de 2011

Siria en su laberinto

El blog vuelve a la normalidad después de las vacaciones. Septiembre empieza caliente tanto en Palestina como en Siria. La Autoridad Palestina tiene previsto solicitar a las Naciones Unidas su reconocimiento como Estado en las fronteras de 1967. También el Consejo de Derechos Humanos de las NNUU está asumiendo un gran protagonismo a la hora de condenar los crímenes contra la humanidad perpetrados por el régimen sirio y exigir su investigación internacional. 

Sobre la situación en Siria y sobre la pérdida de apoyos regionales e internacionales de Bashar al-Asad publiqué la semana pasada este artículo en el Diario Vasco:

"El régimen sirio ha entrado en una dinámica peligrosa. Su apuesta por la opción militar para sofocar las manifestaciones no sólo no ha tenido éxito, sino que además ha provocado un 'efecto llamada'. Las protestas, que empezaron siendo poco numerosas y en localidades periféricas, han alcanzado las principales urbes del país donde cada viernes cientos de miles de personas salen a las calles para exigir la caída del régimen. Tampoco las tímidas reformas, como la derogación de las leyes de emergencia o la nueva ley de partidos, han logrado apaciguar los ánimos de la población ante la falta de credibilidad de los gobernantes. Cada vez son más quienes piensan que ya no hay vuelta atrás y que el triunfo de la revolución siria tan sólo es una cuestión de tiempo.
Mientras que en el interior del país el aparato represivo ha tenido que emplearse a fondo para evitar que Bashar el-Asad corra la misma suerte que Ben Ali y Mubarak, desde el exterior no dejan de llegar malas noticias. El Consejo de Seguridad de la ONU ha condenado la represión, aunque las presiones de China y Rusia han impedido hasta el momento una resolución mucho más expeditiva. EE UU y la UE han aprobado sanciones contra los miembos más destacados del régimen. Turquía ha amenazado con congelar las relaciones económicas (con unos intercambios comerciales anuales de 2.500 millones de dólares), lo que supondría un duro golpe para una economía siria al borde del colapso.
Siria en su laberinto
Desde el inicio del levantamiento popular, el Gobierno turco ha venido demandando sin mucho éxito el acometimiento de reformas y el cese de la represión. Hasta el momento, el régimen sirio ha hecho oídos sordos a estas peticiones, lo que ha generado un profundo malestar en Ankara, acentuado por la llegada de miles de refugiados que huían de la asediada localidad de Yisr al-Shugur. La perspectiva de una guerra civil siria inquieta a Turquía, que considera que la intensificación de la violencia podría multiplicar la llegada de refugiados a su territorio. Ante esta posibilidad, el Ejército turco ha reforzado su presencia en la frontera llamando a filas a los reservistas. Ante la deriva sanguinaria del régimen sirio, Turquía ha acogido en su territorio diversos encuentros de los grupos opositores con el propósito de establecer una hoja de ruta para la etapa post-Asad. Incluso su ministro de Asuntos Exteriores, Ahmet Davotoglu, se ha permitido advertir a El-Asad que correrá la misma suerte que Gadafi en el caso de no modificar radicalmente su política.
Así las cosas, la única tabla de salvación para el régimen sirio es el Irán de los ayatolás. Desde el inicio de la revuelta popular no dejan de sucederse los rumores en torno a la presencia de consejeros iraníes que asesoran a los militares sirios sobre cómo reprimir la revuelta. El opositor Mamun al-Homsi, un antiguo diputado que pagó con cinco años de prisión sus críticas a la corrupción de los Asad, incluso ha aventurado que Hezbolá habría enviado a 3.000 de sus efectivos para ayudar a sofocar las manifestaciones.
Para Irán, el mantenimiento de la alianza estratégica con Siria es, prácticamente, una cuestión de vida o muerte. Desde hace tres décadas, ambos países han hecho un frente común contra EE UU en la región. Juntos han conseguido fortalecer a Hezbolá hasta convertirlo en un actor central en Líbano. Todo ello ha hecho posible que se hable de un 'arco chií' que arrancaría en Irán, pasaría por Irak, atravesaría Siria y, finalmente, se cerraría en Líbano. La caída de los Asad supondría un durísimo golpe para Teherán porque aislaría a Hezbolá y, con ello, haría desvanecerse la influencia iraní en el conjunto de la región. Aún más: el éxito de la revuelta podría acabar contagiando a Irán, donde decenas de miles de personas se movilizaron hace dos años contra el pucherazo de Ahmadineyad en las últimas elecciones presidenciales.
Para complicar más las cosas, Arabia Saudí, junto con otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, ha retirado a su embajador en Damasco, medida que podría ser imitada por otros países árabes (ya ha sido secundada por Túnez). La mano saudí también está detrás de la enérgica condena de la Liga Árabe a la represión siria, medida que cuenta con escasos precedentes en la historia de dicha organización. En público se defiende que estas presiones abocarán al régimen sirio a introducir reformas, aunque en privado se admite que lo que se pretende es acelerar la caída de los Asad y, con ello, desalojar del poder a los alawíes, una secta musulmana chií heterodoxa que los wahhabíes saudíes tachan de herética. Con esta jugada maestra, Arabia Saudí devolvería el Gobierno sirio a los musulmanes suníes (allanando el terreno para la creación de un ejecutivo en el que tomen parte los Hermanos Musulmanes, con los que mantiene una estrecha relación) y, lo que es más importante, recuperaría la centralidad en Oriente Medio tras una década en permanente retroceso".

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