viernes, 16 de septiembre de 2011

Egipto según al-Aswany

El nuevo número de Política Exterior incluye mi reseña sobre el libro de "Egipto: las claves de la revolución inevitable" del escritor egipcio Alaa al-Aswany. Libro muy recomendable para todos que quieran conocer de cerca la realidad egipcia.

"Además de exitoso autor de best-sellers como El edificio Yacobián y Chicago, Alaa al Aswany es un conocido defensor de la democracia y las libertades en Egipto. Así se constata en Egipto: las claves de una revolución inevitable, donde se recogen las columnas publicadas por el escritor en los diarios cairotas Al-Shorouk y Al-Doustour en los últimos cinco años. En ellas destripa los principales problemas del país, denunciando al régimen autoritario de Hosni Mubarak y anticipando la revolución popular que provocó su caída.

A lo largo de sus páginas, Al Aswany se muestra como un escritor extraordinariamente comprometido que pretende movilizar a la población y asentar los valores democráticos. El libro ha sido prologado y traducido directamente del árabe por Haizam Amirah Fernández, investigador principal del área Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano.

Concebida inicialmente como una mera recopilación de artículos, la caída del dictador el 11 de febrero le llevó a modificar el título de la obra y a realizar un prólogo de urgencia que lleva como título “Desde la plaza de Tahrir”, epicentro de la revuelta popular. El libro ofrece una radiografía de la situación socio-política egipcia: la falta de libertades, las elecciones amañadas, la corrupción siste­má­tica y el desprecio por la población aparecen, una y otra vez, en cada uno de los artículos, que siempre terminan de la misma manera: “la democracia es la solución”, lo que es tanto una denuncia del autoritarismo imperante como un torpedo en la línea de flotación del movimiento de los Hermanos Musulmanes, cuyo lema es precisamente “el islam es la solución”.

No solo las columnas de Al Aswany ejercen una importante labor pedagógica, sino que además el autor se esfuerza por hacer comprender al pueblo egipcio todo su potencial. En un artículo publicado un año antes de las manifestaciones del 25 de febrero, el autor señalaba premonitoriamente: “Si un millón de ciudadanos egipcios se manifestara en las calles o declarara una huelga general, si eso ocurriera aunque solo fuera una vez, el régimen se plegaría de inmediato a las peticiones del pueblo. El cambio es posible e inminente, pero tiene un precio que debemos pagar”. En otra ocasión, el intelectual egipcio va más allá: “La situación en Egipto ha tocado fondo y ya no es posible permanecer callado. Millones de egipcios viven en condiciones infrahumanas, en medio de una pobreza, desempleo, enfermedades, represión y corrupción sin precedentes. Esas víctimas de la injusticia tienen derecho a una vida humana  digna”.
 
A lo largo de sus 256 páginas, describe la naturaleza despótica del régimen egipcio. En uno de sus artículos se pregunta “por qué nos quedamos atrás mientras el mundo progresa”, y llega a la conclusión de que una de las principales razones es la falta de democracia y el carácter represivo del régimen: “Egipto tiene una anomalía: el Estado se gasta cerca de 9.000 millones de libras egipcias en el ministerio del Interior, una cantidad que duplica el presupuesto del ministerio de Sanidad. Es decir: el régimen egipcio se gasta el doble en someter, detener y reprimir a los egipcios que en procurarles atención médica”. El retrato que dibuja es, por momentos, asfixiante, con detenciones sin acusación, juicios sin mínimas garantías, así como torturas sistemáticas y crímenes impunes en nombre de la defensa de la seguridad nacional.

Al Aswany arremete también contra el estamento religioso, al que acusa de complicidad con el régimen. Recuerda que desde la irrupción del islam, “la mayoría de los jurisconsultos se aliaron con los gobernantes despóticos distorsionando la realidad e interpretando la religión de una forma destinada a apoyar al gobernante déspota y eximirlo de supervisión”. Una de sus críticas recurrentes es que los telepredicadores no hablen “jamás de la libertad, la justicia y la igualdad, que son los valores humanos para cuya realización el islam fue orginalmente revelado”, por lo que les acusa de estar compinchados con el régimen en su misión de apaciguar a la sociedad y mantenerla anestesiada rezando y ayunando, pero no reclamando sus derechos.

Arabia Saudí tampoco sale bien parada. El escritor considera que el reino saudí ha aprovechado su riqueza petrolífera para propagar el rigorista rito wahabí, responsable de la radicalización registrada en buena parte del mundo islámico. En un pasaje señala que “Egipto fue invadido por una poderosa ola de fundamentalismo wahabí”, lo que creó “una costra, contraída como por contagio, de unas sociedades beduinas cerradas, retrógradas e hipócritas”. Esta costra saudí-wahabí ha tenido especial influencia, por ejemplo, en la extensión del niqab entre las mujeres: “La visión retrógrada de la mujer, tan extendida ahora en Egipto, ha sido, por desgracia, importada de sociedades beduinas desérticas que están muy por detrás de Egipto en todos los aspectos de la actividad humana”.

Como no podía ser de otra manera, el autor egipcio también llama la atención sobre el respaldo sin fisuras que Mubarak siempre ha recibido de los países occidentales. De los gobiernos norteamericanos dice que son “los menos indicados para hablar de democracia y de derechos humanos (…) por haber prestado apoyo a los peores y más autoritarios gobernantes árabes”, lo que le lleva a afirmar que “la política exterior de Estados Unidos es contradictoria e hipócrita” porque “hace la vista gorda ante los crímenes que se cometen contra sus pueblos”.

Durante las tres décadas de mandato de Mubarak, el peso específico de Egipto en Oriente Próximo no ha dejado de reducirse como consecuencia de su pérdida de autonomía y de sus políticas seguidistas. Como afirma en más de una ocasión Al Aswany, “el objetivo más importante de la política exterior de Egipto se resume, con todo mi pesar, en conseguir el apoyo de los países occidentales para el señor Gamal Mubarak. El precio de esta aprobación se paga con los intereses, el dinero y la dignidad de los egipcios. El régimen ha comprendido que la llave que abre la aprobación de Occidente está en manos de Israel”. De ahí las ventajosas condiciones con las que Israel ha accedido al gas, al petróleo y al cemento, muy por debajo del precio de mercado, y la complicidad egipcia con el bloqueo de la Franja de Gaza, duramente criticado por el autor.

Egipto: las claves de una revolución inevitable no es ni un ensayo político ni un libro de historia, pero analiza la realidad socio-política egipcia con la precisión de un cirujano. Describe un régimen decadente en estado de descomposición y a un presidente acorralado y a la defensiva cuyo principal error fue tratar de crear una república hereditaria en manos de su hijo Gamal Mubarak. Pese a ello, el libro está cargado de esperanza, ya que constata que cada vez más egipcios se movilizan para reclamar libertad, justicia, igualdad y democracia. En definitiva: una lectura extraordinariamente útil y recomendable para comprender no solo los cambios registrados en Egipto, sino también los que han tenido y tendrán lugar en el resto del mundo árabe".

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