martes, 25 de septiembre de 2012

¿Quiénes son los salafistas?

Las manifestaciones en el mundo árabe parecen estar perdiendo fuelle, pero queda claro que los actores sallafistas están ganando peso en muchos países árabes. Christian Caryl trata de explicar en la edición española de Foreign Policy el por qué en su artículo "El movimiento salafista".

"En primer lugar, los definamos como los definamos, estos nuevos “puritanos populistas” se encuentran en un momento de auge extraordinario. Aunque es difícil obtener cifras fiables, todo el mundo dice que son el movimiento que más deprisa está creciendo en el islam actual. A diferencia de los Hermanos Musulmanes, los salafistas egipcios no tuvieron casi presencia en el panorama político durante los años de Mubarak, pero luego irrumpieron en el escenario para capturar la cuarta parte de los votos del país en las primeras elecciones democráticas, el año pasado. Ese resultado podría incrementarse, porque es de prever que al nuevo Gobierno encabezado por los Hermanos Musulmanes le será difícil cumplir las ambiciosas promesas hechas a los votantes de su país durante el último año. Sorprende en especial su rápido ascenso en Túnez, dada la actitud relativamente relajada de dicho país respecto a la religión.

En realidad, la historia de las revoluciones nos demuestra que los vuelcos sociales transformadores como los que vimos en la Primavera Árabe no siempre favorecen a los moderados. El día en que el Sha abandonó Irán en 1979, nada parecía garantizar que las fuerzas radicales en torno al ayatolá Jomeini -seguidoras de su innovadora teoría del gobierno de los clérigos- iban a acabar gobernando el país. El poder se lo disputaban socialistas laicos, comunistas, demócratas liberales, demócratas nacionalistas, islamistas moderados e incluso otros clérigos chiíes. Pero Jomeini triunfó a la hora de la verdad porque ofrecía un liderazgo enérgico e incorrupto con un mensaje sencillo -“gobierno islámico”- que imponía la autoridad de la fe en medio del caos. Lenin entendía la misma dinámica política: de ahí su lema directo e implacable de “pan, paz y tierras”, perfectamente calculado para atraer a unos rusos hartos de la anarquía, la guerra y la injusticia social.
La idea salafista de volver a la pureza del islam del siglo VII puede tener un atractivo similar para algunos musulmanes exasperados por la corrupción cotidiana y los gobiernos abusivos. Siria es un buen ejemplo. Si alguien se enfrenta a los helicópteros de combate de Bashar el Asad con un fusil antiguo y unas cuantas balas oxidadas, lo normal es que prefiera emprender la batalla con un eslogan simple en los labios. “Reparto de poder entre todos los grupos étnicos en una democracia parlamentaria liberal” no acaba de ser lo que busca, sobre todo si ese alguien es un suní que ha visto cómo las milicias asesinas de El Asad descuartizaban a sus familiares. Eso no quiere decir que la oposición esté hoy dominada por los salafistas, ni mucho menos. Pero me atrevo a decir que, cuanto más se prolongue la guerra, más se radicalizarán los extremos.

Al mismo tiempo, los salafistas suníes son un factor importante en la creciente polarización general de la comunidad  islámica entre chiíes y suníes. El especialista francés en el islam Olivier Roy afirma que la rivalidad interna entre los dos grupos se ha vuelto ahora todavía más importante que el enfrentamiento teórico entre el islam y Occidente. El hecho de que muchos salafistas, en diversas partes del mundo, estén financiados por unos elementos igual de conservadores que ellos en Arabia Saudí no facilita las cosas. Lo irónico es que la propaganda iraní ya ha empezado a tratar de presentar a Occidente como puntal del extremismo salafista, que busca desestabilizar a Teherán y sus aliados. Me temo que en el futuro vamos a ver más cosas de este tipo.

En resumen, que nadie piense que los salafistas van a desaparecer de aquí a corto plazo. De modo que, ¿cómo debe abordarlos el mundo exterior, en especial si van a empezar a dedicarse a atacar embajadas extranjeras?

Creo que la respuesta es doble. En primer lugar, no generalicemos. No debemos tratar a todos los salafistas como algo intolerable. A los que estén dispuestos a respetar las reglas de la democracia y reconocer los derechos de las minorías religiosas y culturales, debemos animarles a participar en el sistema. Con el tiempo, los votantes de las nuevas democracias de la región distinguirán entre los demagogos y las personas que verdaderamente pueden ofrecer una sociedad mejor [...]".

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