martes, 18 de septiembre de 2012

Otoñal primavera árabe

De la noche a la mañana la Primavera Árabe se ha convertido, porr arte de magia, en Otoño Árabe. El ataque contra la delegación consular norteamericana en Bengasi ha sido instrumentalizado por parte de algunos para tratar de trasladar a la opinión pública que el radicalismo impera a sus anchas por el mundo árabe y que, quizás, hubiera sido mejor que no hubieran aconteciddo las revoluciones populares en Túnez y Egipto. Con Mubarak, Ben Ali y Gadafi vivíamos mejor, ¿verdad?

El mensaje que se trata de trasladar, una vez más, es que Islam y democracia son dos términos irreconciliables y que las elecciones celebradas en los países del Norte de África, que en algunos casos han llevado a formaciones islamistas al poder, representan un peligro para los intereses occidentales en la orilla sur del Mediterráneo.

Hace unos días fui entrevistado en una radio autonómica  y se me preguntó (más bien se afirmó con rotundidad) qué había pasado para que las manifestaciones de la Dignidad se hubieran convertido en celebraciones de Odio (antiamericano y, por ende, antioccidental). Se formulaba, de esta manera, un paralelismo entre las multitudinarias manifestaciones celebradas en la plaza de Tahrir, que convocaron a cientos de miles de personas que trataban de recuperar la dignidad perdida tras tres décadas del régimen autoritario y cleptómano de Mubarak con las recientes manifestaciones que apenas han atraido a unos pocos centenares de personas (y que, en buena medida, han sido instrumentalizadas políticamente por los sectores salafistas). ¿Inocentemente? Aquí está la portada del último número de  Newsweek:
Una vez más se trata de confundir y de hacer un totum revolutum en el que no se necesita un análisis detallado, ya que la sentencia ya se ha dictado de antemano: el Islam equivale a radicalismo, violencia, terrorismo y odio hacia todo lo occidental. Nada hay que discutir. Este determinismo (que algunos prefieren llamar islamofobia) impide que se abra un debate razonable sobre el asunto.

¿Acaso nadie ha caído en que el ataque terrorista contra el consulado de Bengasi fue realizado el onceavo aniversario del 11-S por un grupúsculo autóctono situado en la órbita de Al-Qaeda? Elementos salafistas que, por cierto, han quedado descolocados en el nuevo escenario post-Gadafi y que reclaman, de esta manera, que se les tenga en cuenta de cara a un futuro.

¿Acaso nadie sospecha que las manifestaciones en El Cairo y Túnez fueron convocadas por elementos salafistas que están lanzando no sólo un órdago a EEUU, sino (y sobre todo) a los gobiernos islamistas democráticamente elegidos en las urnas? ¿No existen diferencias entre los islamistas pragmáticos y los salafistas hostiles a la democracia? ¿No nos hallamos, cada vez más cerca, de un choque de islamismos (más que un choque de civilizaciones)?

No, parece que hay sectores tanto en Occidente (el Partido Republicano estadounidense, los neoconservadores, los culturalistas...) como en Oriente (Arabia Saudí, Israel...) empeñados en demostrarnos que un experimento democrático no puede florecer nunca en un país árabe. Probablemente el tiempo les quite la razón.

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