viernes, 18 de octubre de 2013

Balance de la revolución egipcia

El nº 54 de la Revista Estudios y Cultura, publicada por la Fundación 1 de Mayo incluye el artículo de Isaías Barreñada: "Tres años después: transiciones, contrarrevoluciones y guerras civiles en los países árabes". Reproduzco la parte dedicada a Egipto, donde hoy los Hermanos Musulmanes han convocado nuevas manifestaciones. 
 
"La revolución en el país árabe más influyente, por tamaño y peso humano, político y cultural, fue sin duda la máxima ilustración de la irrupción de las masas en las calles y encarnó a nivel regional las esperanzas puestas en el cambio. Pero hoy también Egipto es la imagen más destacada del descalabro y de la decepción. Desde el primer momento la experiencia egipcia estuvo marcada por la tutela del ejército, una institución clave en la política y la economía del país, que todavía esgrime cierta legitimidad histórica, pero que es la valedora de los intereses del llamado estado profundo, una amalgama de grupos y personas que han beneficiado del viejo régimen y que se han servido del estado durante seis décadas. Ante la revolución popular, el ejército depuso a Mubarak, pero fue mucho más allá: fijó las nuevas reglas de la transición y designó al gobierno interino. Más aún, los militares fueron los responsables de reprimir la contestación popular de los meses siguientes y ellos pactaron con los islamistas.
 
La llegada de los Hermanos Musulmanes al gobierno no supuso la retirada del ejército de la política. El presidente Morsi creyó ingenuamente que con su victoria en las urnas tenía carta blanca para llevar a cabo no su programa electoral, sino su proyecto político. sin controlar realmente todos los resortes del poder y sin generar el consenso necesario, tal como se espera en una transición inclusiva, pretendió definir un nuevo régimen y poner las bases a un cambio de sociedad basado en los valores de su organización. su deriva autoritaria y su incapacidad para dar respuestas rápidas en materia económica, le granjeó una enorme rechazo social y provocó una vasta ola de contestación que terminó por hacer volver al ejército mediante un golpe.
 
Los islamistas egipcios en el gobierno no midieron bien sus fuerzas, no fueron capaces de ser la pieza clave de una transición en un sistema pluralista. Para ello deberían haber asumido su representatividad limitada, haber aceptado la diversidad del país y haber propiciado una dinámica inclusiva. Al contrario, su actuación abocó a una alianza entre liberales y militares para volver a la tutela del ejército sobre la transición.
Egypt'sChief of Staff Abdel Fattah al-Sisi (R) and Egyptian President Mohamed Morsi in April, 2013.
El golpe en Egipto, al ser secundado por demócratas, nacionalistas e izquierdistas que esgrimen la legitimidad revolucionaria de las protestas, ha creado un vasto desconcierto en la región. ¿Es el golpe revolucionariamente legítimo aunque no sea democráticamente legal? ¿no supone también un comportamiento poco coherente de los demócratas egipcios que así renuncian a ser oposición en el sistema democrático?
 
También un hecho incómodo para Estados Unidos (que lo ha encajado a regañadientes) y  para la Unión Europea (“más complejo que un golpe de estado”, en palabras del Enviado especial Bernardino león), mientras que ha sido aplaudido o visto con satisfacción por un elenco de países tan democráticos como Arabia saudí, siria e israel. Pero ni se trata propiamente de una contrarrevolución, ni de una segunda revolución que aúne a pueblo y ejército ante el secuestro de la revolución por los Hermanos Musulmanes.
 
Se ha inaugurado una modalidad de transición autoritaria en la que se ha confiado al ejército, ahora dirigido por una nueva hornada de militares conservadores, el papel de garante y de clave del proceso. no hay retorno al viejo sistema de Mubarak, ni se trata de un régimen democrático pluralista (pues sigue excluyendo a la principal oposición del país). se trata de una transición tutelada, con un gobierno de tecnócratas, con más espacio para los restos del viejo régimen (abiertos a los cambios), y con la aceptación de liberales y revolucionarios (que desde posiciones anti-islamistas asumen el coste político de la operación). Un gobierno que no toque los intereses creados del viejo régimen. En suma un pseudo-consenso que probablemente recibirá en breve el visto bueno internacional.
 
Tras su experiencia fallida y la lección recibida los islamistas deberán penar un período de repliegue y es previsible que asuman a medio plazo una participación más moderada. Pero también caben derivas imprevisibles en todos los órdenes. El reto del gobierno será de nuevo encauzar la transición, asumiendo la necesidad de incluir a todos los actores, consensuando nuevas reglas, reformando las instituciones y asumiendo pactos sociales. Pero el gran desafío será dar respuestas a las demandas sociales y abordar los muy importantes problemas económicos del país (déficit público, deuda, desempleo, falta de divisas, caída del turismo)".
 

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