viernes, 14 de enero de 2011

Siria-Turquía: una alianza en construcción

El número 139 (enero-febrero 2011) de la revista Política Exterior incluye mi artículo "Siria-Turquía: una alianza en construcción". A continuación incluyo algunos extractos:

En la última década, Siria y Turquía han superado las diferencias que antes les separaban y sentado los cimientos de una alianza estratégica. En este periodo, Damasco y Ankara han intensificado sus relaciones políticas, económicas y militares y, además, han fijado una agenda común basada en la necesidad de frenar el nacionalismo kurdo, estabilizar Irak, resolver el conflicto árabe-israelí y, por último, evitar un ataque contra Irán.

Aunque previamente ya se había experimentado un tímido acercamiento, el estrechamiento de relaciones entre Damasco y Ankara se aceleró a partir de 2001. Una vez en la Casa Blanca, George W. Bush decidió dar carpetazo a la política de puentes abiertos de Bill Clinton y congeló la relación con Siria. Los sectores neoconservadores consideraban que Bashar el Asad era un obstáculo para el nuevo Oriente Próximo que se diseñaba en Washington. El aislamiento internacional no sólo ha fortalecido a el Asad, sino que, además, le ha marcado el rumbo a seguir en el futuro, dado que poco o nada cabe esperar de las potencias árabes (al contrario que Turquía, Arabia Saudí y Egipto secundaron la estrategia aislacionista de Bush).
El camino para blindar el régimen pasa por forjar un partenariado estratégico con sus vecinos no árabes: Irán y Turquía. Si bien Bashar no ha abandonado su agenda tradicional –recuperación del Golán, tutela de Líbano y patronazgo de la cuestión palestina–, es evidente que la cooperación con Turquía ha cobrado un inusitado protagonismo, entre otras razones porque es determinante para impulsar su ‘estrategia de los cuatro mares’, que busca convertir a Siria en un punto neurálgico del transporte de hidrocarburos entre Oriente Próximo, Europa y Asia Central.

Por su parte, la nueva política exterior turca puesta en práctica por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) parte de la necesidad de revisar algunos de los postulados kemalistas y, también, llenar un vacío en Oriente Próximo que ninguna potencia árabe parece interesado en ocupar. Aunque sus dos ejes centrales –alineamiento con Estados Unidos y adhesión a la Unión Europea– no han sido ni vayan a ser revisados, se está poniendo cada vez un mayor énfasis en la proyección natural turca hacia Oriente Próximo, que formó parte del Imperio Otomano hasta la Primera Guerra Mundial.

El arquitecto de esta política es el actual ministro de Asuntos Exteriores Ahmet Davotoglu, quien interpreta que Turquía debe equilibrar sus relaciones con los países del entorno y diversificar sus alianzas para conseguir una mayor profundidad estratégica que le de un mayor peso en la escena regional e internacional. Los ejes de esta política serían: equilibrio interno entre seguridad y democracia, política de cero problemas con los vecinos, reforzamiento de las relaciones no sólo con Europa, sino también con Oriente Próximo, Cáucaso y Mediterráneo y, por último, fortalecimiento de las actividades políticas, diplomáticas, económicas y culturales con el entorno regional.

La aproximación sirio-turca ha tenido que sobrepasar tres importantes escollos antes de afianzarse. En primer lugar, el respaldo sirio al Partido de los Trabajadores Kurdo (PKK) durante las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo. En segundo lugar, la disputa en torno a la provincia de Hatay (la Alejandreta árabe), cedida a Turquía por Francia, entonces potencia mandataria, en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. En tercer lugar, la repartición del agua del Éufrates, que nace en territorio turco, pero también atraviesa Siria e Irak. La construcción de numerosas presas y plantas hidroeléctricas dentro del proyecto GAP (destinado a irrigar vastas zonas del sudeste de la península de Anatolia) ha provocado el descenso del caudal del río en su vertiente siria, colocando a su agricultura en una delicada situación.

Estos tres problemas se han resuelto de manera exitosa. El Acuerdo de Adana de octubre de 1998, que contó con la mediación egipcia e iraní, puso fin a la ‘guerra no declarada’ que vivían ambos países abriendo una nueva etapa en sus relaciones bilaterales. Mediante éste, Siria se comprometía a combatir el terrorismo, cerrar los campos de entrenamiento del PKK, prohibir sus actividades, interrumpir el aprovisionamiento de armas, detener a sus activistas y expulsar a su líder, Abdalla Ocalan, al que hasta aquel entonces había dado cobijo. A partir de entonces, el Consejo Mixto de Seguridad se encargó de coordinar la cooperación en el terreno de la seguridad y analizar los desafíos geoestratégicos comunes.

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