miércoles, 16 de mayo de 2012

Los refugiados palestinos en Líbano

En recuerdo a los cientos de miles de palestinos que fueron expulsados de sus tierras hace ahora 64 años recupero este artículo mío titulado "Añoranza de la tierra". Lo publiqué en 2005 en la revista el Legado Andalusí y recoge testimonios orales recogidos entre refugiados de los campamentos palestinos en Líbano.

"Al intentar explicar qué es un campamento de refugiados, Hana Jaber, investigadora del Centre d’Études et deRecherches sur le Moyen-Orient Contemporain, considera que son “lugares de historias plurales, cuyas constantes y variables, continuidades y rupturas reflejan, a distintas escalas y con distintas cadencias, los avatares de la historia palestina forjada en lances nacionales, regionales e internacionales, y también expresan grados de interacción muy diversos, tanto en el interior de los campamentos como con las sociedades de los países de acogida”.

La historia de los refugiados palestinos y la de los países árabes que los acogen queda entrelazada de tal manera que es prácticamente imposible disociarlas. A este respecto, cabría preguntarse cuál hubiera sido la evolución de Oriente Próximo en este último medio siglo sin la intervención de la diáspora palestina. Su presencia en Líbano se remonta a 1948 cuando llegaron diversas oleadas de refugiados de la zona de Galilea, aunque años antes ya se habían establecido algunos centenares de familias pudientes que, ante la inestabilidad existente en Palestina, habían fijado su residencia en territorio libanés a la espera de que las agitadas aguas retornasen a su cauce.

El hecho de que nos centremos en los refugiados palestinos en Líbano no es ni mucho menos casual. Como destaca Kodmani-Darwish, “en Líbano viven `los mendigos´ del pueblo en el exilio, la anti-diáspora por excelencia, aquellos que no tienen ninguna prisa por su presente, por no hablar de su porvenir. Golpeados, desplazados en varias ocasiones, no han podido acumular riquezas, ni estatuto social, ni tampoco una formación que les permita mejorar su situación [...]. Su pasado en Líbano es trágico, su presente es difícil y su futuro es incierto”. Esta incertidumbre responde a la doble amenaza que se cierne sobre sus cabezas cual espada de Damocles. Por una parte, Israel impide el retorno de los refugiados por considerar que pondrían en peligro la propia existencia del Estado judío; por otra parte, Líbano se niega a naturalizarlos al interpretar que romperían el frágil equilibrio confesional del país.
El primer censo elaborado por la UNRWA en Líbano data de 1950 y recogía a 127.000 refugiados, pero desde entonces su número se ha triplicado. En 2005 superan los 400.000, de los que 256.000 residen en alguno de los doce campamentos del país. Los refugiados inscritos en esta agencia de las Naciones Unidas disponen de documentos de viajes, pero quienes llegaron en los años posteriores procedentes de otros países sólo tienen derecho a cartas de residencia, que deben renovarse anualmente para evitar que el Departamento para la Seguridad General y los Asuntos de los Refugiados les elimine de sus registros (como ha ocurrido en más de 25.000 casos entre 1985 y 1995).

En un principio, los refugiados fueron asentados en el sur, aunque pronto fueron distribuidos por el resto del país. Es probable que en esta decisión pesase la necesidad de evitar la concentración de los refugiados en una determinada zona; todo ello, con el objeto de prevenir el colapso del sistema político libanés, basado en el equilibrio entre las comunidades cristiana (maronitas, protestantes, griegos ortodoxos, católicos y maliquíes) y musulmana (sunnitas, chiítas y drusos). La llegada de decenas de miles de refugiados de confesión musulmana fue percibida como una amenaza que podría quebrar este heterogéneo mosaico doctrinal, no así la presencia de unas 3.000 familias de refugiados cristianos que fueron inmediatamente naturalizadas.

La mayor parte de refugiados vagó de un lugar a otro antes de fijar su residencia definitiva. Los sentimientos entremezclados de indiferencia, hostilidad o simpatía de las décadas de los cincuenta y los sesenta, desembocaron en los setenta, coincidiendo con la entrada de la Organización para la Liberación de Palestina en Líbano, en una fuerte polarización entre los partidarios y adversarios de los palestinos. Tras el estallido de la guerra civil en 1975, las tensiones aumentaron y los refugiados pagaron las cuentas con la destrucción parcial o total de los campamentos de Mie Mie (Saida), Rashidiyye (Tiro), Tal Za tar y Shatila (Beirut). Se calcula que la confrontación dejó a 32.000 palestinos sin hogar. Tras los Acuerdos de Taef en 1989, la clase política libanesa llegó a la conclusión de que la amplia presencia palestina (un 11% del total de la población) podría volver a desestabilizar el país, por lo que se acordaron un conjunto de medidas encaminadas a reducir su número.

En opinión de Jesús A. Núñez y Julieta Espín, “la práctica totalidad de las fuerzas políticas libanesas han hecho todo lo posible por impedir cualquier asomo de asimilación de la población palestina refugiada, restringiendo sus derechos y libertades y sometiéndolos, en la práctica, a condiciones de extrema marginación”. Quizás la más llamativa de todas estas medidas fuese la prohibición de ejercer 73 profesiones (abogado, médico, ingeniero, electricista, fontanero, conductor, sastre o peluquero). Como resultado de esta política, el 80% de los refugiados vivía en 1996 bajo el umbral de la pobreza.

En la actualidad, los refugiados dependen de la economía informal: braceros en la época de recolección o peones en el proceso de reconstrucción. O lo que es lo mismo: mano de obra barata en un mercado negro en el que obtienen salarios por debajo de los libaneses. Otro fenómeno ha sido el crecimiento de “la economía de los campamentos” destinada a satisfacer las necesidades de la propia población refugiada. En esta coyuntura, la UNRWA juega un papel de extraordinaria relevancia pues emplea a una parte significativa de los refugiados —más de un 5%—, aunque la crisis financiera en la que se encuentra inmersa le ha obligado a reducir de manera drástica sus ayudas".

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