jueves, 17 de mayo de 2012

Relatos de refugiados palestinos (I)

Uno de los relatos que recopilé en el campamento de refugiados libanés de Nahr al-Bared antes de que fuera destruido. Aparece en mi artículo "Añoranza de la tierra" publicado en 2005 por la revista Legado Andalusí:

"Mahmud Hasan Layla nació en 1932 y llegó con su familia a Líbano en julio de 1948 después de haber recorrido a pie los ochenta kilómetros que les separaban de la frontera. Mahmud procede de Saffuri, localidad de la Baja Galilea a medio camino entre Haifa y Tiberiades. Dicha localidad era mayoritariamente musulmana, aunque también cobijaba una importante comunidad cristiana, ya que estaba a siete kilómetros de Nazaret: “De hecho, muchos de sus habitantes se refugiaron en uno de sus barrios llamado al-Rum”.

Ahora vive en Nahr al-Bared, campamento al norte de Trípoli que cuenta con unos 30.000 refugiados. Evocando su periplo, cuenta: “Nuestro primer refugio fue un antiguo barracón francés en el valle de la Bekaa donde fuimos alojados por las autoridades libanesas. No disponíamos de agua ni electricidad y vivíamos hacinados, ya que cada barracón albergaba a veinte familias únicamente separadas por unos trapos. Para alumbrarnos utilizábamos latas con aceite que formaban mucho humo y hacían irrespirable el aire”. Más tarde, la UNRWA empezó a “proporcionar a cada familia harina, azúcar, arroz, legumbres, conservas y aceite”.
Extraña sobre todo la fertilidad de sus tierras: “A tres kilómetros de distancia de Saffuri había una fuente que regaba los huertos del pueblo, conocidos por sus coliflores, sus gringueles, sus coles y, sobre todo, por sus granadas. Incluso los judíos de las colonias vecinas venían a comprarlas al pueblo”. Recuerda también que “existían varias almazaras, algunas tradicionales que requerían el trabajo de una acémila para girar su rueda y otras modernas que funcionaban a motor”.

El tiempo trascurrido desde entonces lleva a Mahmud a idealizar aquellos días: “Algunos de los olivos centenarios tenían un diámetro de dos metros y, para recoger sus olivas, se requería el trabajo de diez jornaleros durante todo un día. El aceite se empleaba para cocinar, pero también para fabricar un jabón que se vendía en los pueblos vecinos y en la propia Nazaret”.

De las fiestas populares recuerda, sobre todo, el recibimiento a los peregrinos que regresaban de La Meca. Mahmud dice que “el hajj resultaba complejo y costoso: mi padre lo hizo en 1942 y le llevó más de tres meses. Primero viajó en autobús hasta la ciudad costera de Haifa, tomó el ferrocarril hasta Rafah y, una vez allí, cruzó el canal de Suez en barco de vapor hasta Yedda; a La Meca llegó a lomos de camello. A su retorno cumplió con la obligación de visitar la mezquita del Aqsa en Jerusalén”.

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